Si
bien, al hablar de la vasta obra literaria de Manuel Mujica Láinez, no puede
omitirse el cuerpo conformado por la tetralogía de la aristocracia porteña: Los ídolos (1953), La casa (1954), Los viajeros (1955)
e Invitados en El Paraíso (1957), y
el constituido por algunas de sus últimas producciones: Cecil (1972), Sergio (1976),
Los cisnes (1977) y El gran teatro (1979), en el cual se
observa claramente la utilización de una prosa que se desliza con más fluidez, un
estilo más directo, y un soltar amarras del anacronismo; la novela histórica,
con el infaltable ingrediente fantástico, la ironía y la confesión entre líneas
de su verdad humana —artificios que se advierten con más nitidez en Bomarzo—, es el tópico desde el cual se
suele hacer una primera aproximación a la producción del escritor que pasó sus
últimos años en un enigmático caserón de las sierras de Córdoba. Aquí vivieron (1949), Misteriosa Buenos Aires (1950), Bomarzo (1962), El unicornio (1965) y El
laberinto (1974), fueron sin dudas las obras que más trabajo de
documentación acarrearon, y por lo tanto, las más representativas de la
fracción histórica de Manucho. Misteriosa
Buenos Aires, es un conjunto de cuentos en el que interactúan personajes
reales e imaginarios, haciendo un recorrido por la historia de la ciudad de
Buenos Aires, desde su segunda fundación, hasta principios del S. XX. De la misteriosa Buenos Aires, es un
tríptico cinematográfico realizado en 1981, adaptado por Ernesto Schoo, en que
se filmaron tres cuentos del libro de MML publicado en 1950: El hambre, dirigido por Alberto
Fischerman; La pulsera de cascabeles, dirigido
por Ricardo Wulicher y El salón dorado, dirigido
por Oscar Barney Finn. El film estuvo protagonizado por Aldo Barbero, Oscar
Cruz, Graciela Dufau, Eva Franco, José María Gutiérrez, Jorge Mayor, Walter
Santa Ana y Julia Von Grolman.
No necesitaba del sudor para ahuyentar el miedo a la solitaria noche, sacudíase cada vez más las sanguijuelas de las pantorrillas (tan bajo habían caído que ahí podía vérselas con la inestimable ayuda del vino, apiñadas como ratas bajo influjo de un dulce e inesperado veneno.) Cundía un pavor cinematográfico cada vez que los desprevenidos voyeurs compulsaban el sonido de quien revelaba un secreto capaz de derretir no sólo sus alas, sino también, por si acaso, las de los aparentes dueños de las letras, los gestos, las imágenes y la música. Es el teatro muchachos, incautarse un prestigio perenne, haber nacido lejos del barro. Sin embargo, no le es dado a cualquiera el arte de la intrépida burla, debe ponérsele savia a tanta secreta venganza. Y ahí se lo ve bailando, eléctrico, envolviendo gorrioncitos en retales de seda, tornándose cada vez más azul, cada vez menos sonoro, cada vez más invisible...
En la ópera prima de Hernán Guerschuny, se explora el constante y a veces controvertido diálogo entre artífices y críticos. El crítico reflexiona además acerca de la aventurada arbitrariedad con que suele juzgarse el arte, y muestra a Rafael Spregelburd interpretando a un personaje atrapado por lo que él llama lamaladie du cinemá.
Alguna
vez, Severo Sarduy, dijo que quien escribe, de alguna manera representa una
amenaza a la seguridad simbólica de los demás. Podría agregarse que quien
escoja cualquier campo del arte para interpretar la realidad se adscribe en esa
liga de personajes sentenciados a una relativa soledad. Probablemente, el
ejercicio de la crítica represente una vuelta de tuerca más a esa regla, dado
que un crítico da cuenta de la obra de quien da cuenta, constituyéndose en una
doble amenaza, y teniendo que pagar el precio de ambas impertinencias.
Víctor
Tellez (Rafael Spregelburd), padece con creces las adversidades antes
descriptas. Escribe para un importante diario de Buenos Aires sus inclementes
críticas de cine, acaso ejerciendo una indirecta forma de venganza, buscando
víctimas que de todos modos se lo merezcan. Es que el verdadero cine ya murió,
y tal vez solo quede de él el francés con que esgrime sus interminables y
lapidarios coloquios interiores. Odia las comedias románticas y sus
insoportables tópicos, lleva una ascética y característica vida de intelectual
solitario, rodeado de libros y cintas en VHS, relacionándose mayormente con
quienes abrevan en los mismos odres. Pero un buen día, accidentalmente, conoce
a Sofía (Dolores Fonzi) en la recorrida de un departamento en alquiler. Sofía
es una suerte de dechado de todo lo que Tellez cree que aborrece, plana, de una
sensibilidad explícita, transparente y desacartonada, y por supuesto, muy
linda. En ese momento la película comienza a mostrar una pulseada entre esos
dos mundos, por una parte, Tellez resistiendo ser conquistado por Sofía, por la otra, Sofía advirtiento las grietas por las cuales inocular sus encantos.
Este
es el procedimiento acaso más efectivo que posee el primer largometraje de Guerschuny,
el narrar este proceso en el cual los códices de la comedia romántica van
apareciendo: la comida compartida en el departamento de bohemia, los guiños a
los filmes del género, los paseos por la ciudad, la lluvia, la música evocando
literalmente la escena, etc. "Es la maladie du cinemá" maldice
Tellez, quien no puede evitar la faena de convertirse en el crítico de esa
comedia romántica que está representando sin poder a cierta altura resistirse a
los atractivos de Sofía.
El
mundo de la crítica está contado en el film de manera muy efectiva, ya que
Guerschuny conoce muy bien el paño. Hace ya un par de décadas que junto a Pablo
Udenio dirige la revista Haciendo Cine. Desfila en El crítico un buen número de
personajes de la crítica y el mundillo del cine porteño aportando su rol de
himselfer. Manifestó el director en una
reciente entrevista de Claudio D. Minghetti: "Creo que la película intenta
poner en tela de juicio las definiciones, los moldes, las etiquetas. Este
medio, como muchos otros, está lleno de mitos, como que los cineastas y los
críticos son razas de planetas distintos. Creo que en todo crítico hay un
cineasta y en todo cineasta hay un crítico. Al menos en los festivales nos
alimentamos del mismo cóctel".
Si
bien por momentos la película hace la plancha y redunda volviendo sobre cosas
que quedaron claras en los primeros minutos, es una interesante oportunidad
para pensar ese constante y a menudo sinuoso diálogo que el arte suele
enfrentar como primera y a veces insorteable prueba de fuego.
Venter es un tema adelanto
de Aurora, el próximo disco del
músico australiano Ben Frost, radicado desde 2005 en Reykjavík. El lanzamiento del álbum será en mayo próximo a través de Mute y Bedroom Community, colectivo
discográfico creado en Islandia por Nico Muhly, el propio Frost y Valgeir
Sigurðsson. Bedroom Community alberga también a Sam Amidon, Nadia Sirota, James
Mc Vinnie, Paul Corley, Daníel Bjarnason y Puzzle Muteson. Los anteriores
trabajos de Frost fueron Theory of
Machines (2007), By the Throat (2009)
y Sólaris (2011), obra compuesta por
encargo de los organizadores del festival de Polonia Unsound, basada en la novela homónima del escritor polaco Stanislaw
Lem, llevada al cine en 1972 por el genial Andréi Tarkovski. En la puesta de Sólaris colaboró con Frost Brian Eno
aportando sus film manipulations. Aurora contará
con la co-producción de Valgeir Sigurðsson, Daniel Rejmer y Paul Corley.
Nebraska, el último film de Alexander Payne, es sin lugar a dudas su mejor trabajo hasta el momento. Una película que araña el rango de obra maestra y en donde Bruce Dern descolla actoralmente.
No
demasiadas veces, los que amamos el cine, podemos constatar tan claramente a
través de un film, el registro de esos rasgos universales que nos definen y que
se transforman en un código de correspondencia de esos que la gran pantalla,
cuando cuenta con artífices como Alexander Payne en su indiscutible mejor
trabajo, nos regala de una forma inigualable. Acaso la decisión de filmar en
terreno conocido, ya que el director de Nebraska nació en esos lares, tenga que
ver con esto, dado que difícilmente haya manera de pergeñar una película que
arañe tan de cerca la categoría de obra maestra, sin retornar, al menos de
manera simbólica, a los propios orígenes.
Seguramente,
desde la proverbial Big Fish, de Tim
Burton, sea muy difícil encontrar una cinta que aborde de manera tan bella y
profunda la relación padre-hijo, y el tema de la reivindicación de toda una
vida asumida por quien la fuerza de las circunstancias ha elegido para llevar a
cabo una empresa de una envergadura tal.
Woody
Grant (Bruce Dern), es un anciano cuya conexión con la realidad ha menguado
considerablemente, vive con la mujer con quien se ha casado (June Squibb) -acaso
porque fue la primera en pedírselo- en Billings, un pueblo del estado de
Montana en los Estados Unidos. Woody recibe un buen día un comprobante que lo
acredita ganador de un millón de dólares, timo ya pasado de moda que utilizaron
en su momento ciertas publicaciones para granjearse suscriptores, y a partir de
ese momento, su único objetivo es trasladarse a la ciudad de Lincoln, en el
estado de Nebraska, para cobrar su premio. Es casi imposible no retrotraerse al
entrañable personaje interpretado por Richard Farnsworth en A staight story, de David Lynch, en la
circunstancia de ver a un anciano jugándose su última carta existencial contra
viento y marea. Sin embargo, el personaje encarnado por Farnsworth, va
cosechando a lo largo del camino innumerables colaboradores que lo ayudarán a
lograr su objetivo, pero en el caso de Woody Grant, será solamente uno de sus
hijos (Will Forte) quien progresivamente asumirá el rol de aliado de su padre
en esto de trazar inconscientemente el camino de regreso a sí mismo.
El
marco visual de este viaje filmado por Payne, quien ha dado muestras sobradas
de saber de qué va el métier de las road movies en About Schmidt (2002) y en Entre
Copas (2004), es el otoño de ese medio oeste norteamericano, con sus
planicies interminables, sus árboles raquíticos, sus pueblos desplumados por un
aire de crisis económica, que gracias al aporte del blanco y negro, remite a
las épocas del crack de los ’30 arrojando sus residuales vendavales al
presente, como si el tiempo intermedio entre la gran crisis y la época actual
hubiese sido suprimido. Declaró Payne en una entrevista realizada por Jeff
Goldsmith: “cuando
comenzamos a rodar, Estados Unidos se hallaba en plena crisis económica. Eso me
hizo querer asociar visualmente la contemporaneidad con los tiempos de la
Depresión de los ’30. Y esos tiempos los vimos en blanco y negro.”
Nebraska es la
sexta película de Alexander Payne y la primera que no lo cuenta como guionista,
respecto de esto habló también su director en la entrevista que tuvo con
Goldsmith: “Encontré un guión, el
de Bob Nelson, que parece escrito por mí (risas). Tiene todo lo que suelo
incluir en mis películas: el camino, el viaje, un protagonista mayor, unos
personajes interesantes (así al menos me lo parecen a mí), la fusión entre
drama y humor. Y encima tiene algo que nunca incluí, de tan adentro que lo
llevo: transcurre en Nebraska, que es donde nací. Con la ventaja de localizarse
en zonas del Estado que no conocía bien y que el rodaje me dio oportunidad de
conocer.”
En un principio la idea de Payne era que el rol de Woody Grant lo
interpretase Gene Hackman, pero ante su negativa, acudió a un Dern que en Nebraska, como Jack Nicholson en About Schmidt o George Clooney en The descendants, hace un trabajo en
contrapunto con el cliché actoral con el que el público los asocia. Pocas veces
puede verse tan claramente la maestría de un director para capitalizar el
potencial actoral de uno de sus dirigidos, llevarlo a su grado cero y desde
allí, hacerlo descollar como lo hace Dern en la interpretación de este
quijotesco y taciturno anciano que entre otras cosas, sale al camino en busca
de la recuperación del honor perdido.
El último film de Payne obtuvo la “Palma de Oro” a “Mejor actor”
para Bruce Dern en el Festival de Cannes 2013 y está nominado a seis premios
Oscar 2014, en los rubros “Mejor película”, “Mejor director”, “Mejor guión
original”, “Mejor fotografía”, “Mejor actriz de reparto” para June Squibb y
“Mejor actor” para Bruce Dern.
Viento Magnético es el primer disco solista de Matías García, un álbum íntegramente acústico en donde el género "canción" es abordado con una gran lucidez y acierto musicales.
Los
antecedentes musicales de Matías García no son pocos. Ofició los roles de
baterista, cantante y compositor en las bandas Pulpo y Pikle; fue guitarrista,
cantante y compositor en Patriotismo Sur y bajista, cantante y compositor en
SWING!. Viento Magnético es el primer
disco solista de este multiinstrumentista de la ciudad de Zárate, un trabajo
conformado por algunas canciones que esperaron seis años en gateras el momento
de ser plasmadas en estudio y otras más recientes. Para quien redacta, la palabra canción es la
clave para entrarle a Viento Magnético, ya
que como muy pocas veces sucede, no hay en él un solo track que se preste a
categorizaciones de otra especie.
Solemos
aplicar el rótulo “canción” a un número demasiado excesivo de expresiones musicales,
y por supuesto, nadie es quien para exigirles a los músicos no tentarse con las
múltiples posibilidades de ramificación que ofrece el ya a estas instancias tan
explorado arte de referenciarse a través de los sonidos. Pero canciones son
canciones muchachos, y lo cierto es que quien se proponga vérselas con este
género debe estar dispuesto a deshacerse de la mayor cantidad de artificios
posible, y desde esa austeridad, universalizar lo que sea que haya motivado el hecho
de encomendarse a esas musas tan esquivas, y lograr seducirlas, empresa para
nada fácil por cierto.
Con Viento Magnético, Matías García da una
verdadera master class de la veta “canción”. Es un disco íntegramente acústico,
de canciones que delinean desde el flash epifánico de Culo Romano, el conciso dictámen de Oficio,
al que le basta un minuto y diecisiete segundos para defender su lugar en
la lista de tracks, alguna que otra faceta del amor aludidas elegantemente en Biónico (verdadero temazo), Por las buenas y Chapuzón, y el —para quien escribe— himno a la alegría del disco, Ventolín. Por otra parte, desde lo
guitarrístico, los temas van al grano, sin estorbos ni sobrecargas armónicas ni
técnicas, y desde lo lírico, las letras van en esa línea directa y sintética
que propone el álbum desde los primeros compases del primer track.
Es
muy habitual a la hora de reseñar música, hacer paralelismos entre lo que se
está reseñando y algún modelo de referencia. Hablar de supuestas influencias
implícitas facilita la empresa y suele constituir un recurso válido, pero las
canciones de Matías, sobre todo en lo concerniente a la personalísima
interpretación vocal, hacen positivamente dificultosa la faena de trazar similitudes.
Todos
los temas del disco, grabado en ESTUDIOS ION, son de Matías García, así como la
producción y la voz y la guitarra acústica que se registraron. La ingeniería de
sonido la realizó Leonardo Checchia. Camilo Semería es su productor ejecutivo. Andy
Domínguez y Julián Desbats fueron los responsables de la foto y el diseño de
tapa. Como promoción del disco, se filmó el video de Chapuzón, cuya realización estuvo a cargo de María di Lello. Respecto
del futuro próximo, Matías tiene pensado salir a girar con Viento Magnético y con nuevas canciones que quedaron fuera del
álbum, en el formato en que fue grabado el disco (guitarra acústica y voz).