domingo, 16 de agosto de 2026

Cincuenta y cuatro

 Y que ninguno tiene el derecho a sacar
al que esté en la paz de la nada, 
a traerlo al horror de la vida
y al horror de la muerte

FERNANDO VALLEJO

Recorríamos aquella tarde de otoño en el auto de Gabriel, la ruta donde cuando niños, junto a Ferdinando Gombik Ferdi desde entonces y para siempre solíamos pasear en bicicleta en esas tardes de verano en que la brisa del sudeste y su relativa frescura permitían aventurarse al camino y sus innumerables adyacencias, pletóricos de lo que para nosotros, junto con los laberínticos meandros del río que flanqueaba el pueblo, era en ese temprano tiempo un universo interminable a descubrir, o más bien, la plataforma de despegue a esos mundos que tan cándidamente, tan maravillosamente niños, concebíamos como misteriosos paraísos que nos aguardaban en ese porvenir que parecía desplegarse tan por delante, tan eternamente.

Ferdi, Gabriel y yo habíamos sido compañeros de curso casi toda la escuela primaria y hasta terminar la secundaria en un colegio religioso que no nos la había hecho nada fácil a ninguno de los tres: la evidente e inocultable homosexualidad de Ferdi, mi fanatismo por bandas de rock detestadas por el grueso del profesorado, directivos de la escuela y la mayoría del alumnado, y Gabriel con su espíritu contestatario y sus cuestionamientos políticos y religiosos.

Esa tarde, después de casi seis horas de ruta, estábamos ya en las inmediaciones de nuestro pueblo natal y a unos pocos minutos de la casa de Ferdi. Allí se iba a celebrar esa noche lo que el anfitrión aseguraba que sería, por decisión propia y cabal, su último cumpleaños, el número cincuenta y cuatro. No niego que nos intranquilizara hasta cierto punto aquel veredicto tan tajante, pero el bueno de Ferdi había expuesto muchas veces ante nosotros decisiones determinantes, que luego, tras un intento disuasorio no tan vehemente de nuestra parte, pasaban al olvido, y muchas de esas rutinas, tantas veces acicaladas con las declaraciones suicidas de nuestro amigo, finalizaban en la época en que los tres aún vivíamos en el pueblo, en una comilona en el enorme bar del viejo Julián, donde Ferdi se zampaba hasta tres de esas gloriosas milanesas completas en sándwich que la enigmática cocinera del lugar preparaba tras unas bambalinas que casi nadie osaba franquear.

Llegamos al caserón de Ferdi bien entrada la tarde, cuando apenas quedaba un mínimo de claridad si uno miraba hacia el oeste. La enorme residencia de dos plantas, ubicada a unos ocho kilómetros del centro del pueblo, se ocultaba dentro de un denso bosque que había sido diseñado por el abuelo materno de Ferdi. Nuestro amigo había vivido prácticamente toda su vida allí, dado que era hijo único y sus padres habían muerto en un accidente aéreo cuando él contaba con apenas dieciséis años de edad, y su abuelo, viudo desde muy joven, había dejado este mundo por voluntad propia al año siguiente. Con la otra parte de la familia, la relación era prácticamente inexistente. Así que en nuestra adolescencia, pasamos incontables días en un estado de casi total anarquía en ese lugar poseedor de un halo de misterio que Ferdi se encargaba de acrecentar contando historias que en su mayoría, inferíamos que eran una invención, pero invenciones tan geniales y extravagantes, que uno se olvidaba de la verosimilitud o falsedad de todo aquello y se entregaba con total predisposición al relato en boca de ese narrador nato que era nuestro camarada Ferdinando Gombik.

Cruzamos la cerca abierta de entrada a la finca, Gabriel tocó un par de bocinazos antes de estacionar el auto y a los pocos segundos, una mujer que por lo que se veía desde allí claramente no era el ama de llaves que conocíamos, abrió la puerta principal y nos esperó en el extremo del pórtico entre esas columnas dóricas que sostenían el techo a dos aguas de la entrada. Entretanto avanzábamos, la mujer nos observaba muy sigilosamente mientras se limpiaba las manos en su delantal. Y a medida que nos íbamos acercando, comencé a decodificar una cara harto conocida por Gabriel y por mí. Mas cuando estuvimos junto al pórtico, ya no quedaba un mínimo rastro de dudas, se trataba de Imelda, nuestra maestra de cuarto grado. Para corroborar el acierto de mi constatación, la mirada rápida de horror que me lanzó Gabriel lo terminó de confirmar. Pero, ¿qué perversa elucubración de Ferdi había concebido semejante demencia? ¿Cómo había podido contratar o sencillamente meter a vivir con él a esa mujer que me había hecho pasar a mis nueve años por una humillación que había dejado sus huellas marcadas durante años? Y no sólo esa pregunta era la que cabía plantearse ante semejante pasmo, ya que habían transcurrido cuarenta y cinco años del affaire KISS, o sea que aquella joven de veinticinco años, se había convertido ahora en una mujer de setenta, que para incrementar la sensación de horror de Gabriel y mía, exhibía el aspecto de una anciana de al menos diez años más.

Imelda nos saludó con un: imagino que se acuerdan de su maestra. Ambos respondimos casi al unísono que por supuesto que sí. Y sin al menos esbozar una mínima frase respecto de las razones que la habían hecho aterrizar en ese lugar tan emblemático para nosotros, nos hizo pasar y nos invitó a sentarnos en el living, anoticiándonos de que Ferdi ya estaba enterado de nuestra llegada y que en breve vendría a nuestro encuentro.

Pero ¿de qué se trataba el affaire KISS para Ferdi, para Gabriel y para mí, el principal damnificado por semejante acto de barbarie pedagógica? Muy bien, el affaire KISS había constituido para mí una verdadera pesadilla: unos meses antes de ser alumno de Imelda, en tercer grado, yo había comprado Paul, Peter, Ace & Gene, un casete que era un compilado de los discos solistas que habían lanzado en paralelo Paul Stanley, Peter Criss, el gran Ace Frehley (uno de mis héroes de entonces) y Gene Simmons. El álbum tenía doce temas, o más precisamente, tres temas solistas de cada integrante de la banda. Yo literalmente amaba esas canciones, sobre todo las de Ace, las escuchaba a diario y casi obsesivamente, más allá de contar en esa época con una discografía muy amplia para un chico de esa edad. Y un mal día, se me ocurrió la desatinada idea de sacar la foto de tapa con la lista de temas en el reverso, ponerla en un folio de la carpeta y llevarla al colegio para mostrársela a mis compañeros. Y para mi desgracia, no llegué a mostrársela de refilón más que al mamerto de Manfredi, un personaje verdaderamente insoportable que parecía haber sido puesto dentro del curso para atentar contra los pocos momentos de dicha que allí se daban. Manfredi me vio mirando la foto sin sacarla del folio, empezó a pedirme a los gritos que se la muestre, e Imelda, que justo entraba al aula en ese momento, ya que habíamos regresado de un recreo, se anotició de la patética puja, se acercó a mi banco, vio la foto, me la pidió de una manera en que no pude negarme a dársela y ahí comenzó la sesión de tortura.

Fue hasta el pizarrón, escribió la palabra KISS de arriba hacia abajo, y a partir de la letra K la palabra Kings, a partir de la I la palabra International, Service a partir de la primera S y Satanic a partir de la segunda S. Y valiéndose del efecto visual y de la significación de semejante cosa, dado que no había nadie en el aula que no manejase a esa altura el inglés básico como para comprender eso, se esmeró frenéticamente por ilustrar a un aula de nenes de nueve años acerca de las investigaciones que estaba haciendo gente muy “reputada y seria” de la Iglesia bajo cuya égida se encontraba el colegio, pesquisas que arrojaban pruebas casi irrefutables de que los integrantes de KISS eran los Reyes Internacionales del Servicio Satánico. Ergo, yo pasaba a ser de ahí en más en ese horrendo lugar una suerte de representante menor pero no menos peligroso de esa poderosísima y extendida organización satanista, descubierto en flagrancia por las fuerzas del bien, y puesto bajo constante y meticulosa vigilancia.

Hay que decir que para el grueso del profesorado y el alumnado de la escuela, tanto Ferdi, como Gabriel y yo, ya éramos ovejas negras muy bien identificadas y por lo tanto enemigos declarados. Pero el frenesí antisatanista de la joven Imelda, terminó de arrastrarme a mí, y por carácter transitivo a mis dos inseparables amigos, a algo mucho peor, una condena de facto de la cual no pudimos recuperarnos del todo por unos cuantos años. Sin embargo, era claramente y poniéndolo en perspectiva nuestra propia candidez e inexperiencia lo que en buena parte nos condenaba, ya que nuestros enemigos manifiestos, no eran en su mayoría más que una recua de intrascendentes personajes de la pedagogía primaria y secundaria, y un alumnado que a posteriori terminó engrosando las filas de la tilinguería y el chapeo profesional del pueblo sin mayores penas ni glorias. Y toda esa gente, más allá del affaire KISS, siempre hubiese encontrado (o inventado) motivos para justificar su rechazo hacia nosotros. Sin embargo, eso no exoneraba en lo más mínimo a nuestra joven maestra de cuarto grado de habernos inoculado semejante veneno, sabiendo positivamente que dada nuestra condición de niños, no contábamos con los anticuerpos necesarios para gestionar de una manera menos dramática aquella situación, y separar la carga simbólica de la humillación, de los efectos concretos que podrían esperarse a futuro de todo aquello. Y hay que decir que un detalle que le confirió un mayor patetismo a la confiscación de la foto, fue que Imelda jamás me la devolvió. Fueron muy exiguos mis esfuerzos por recuperarla, ya que tanto ella como las autoridades de la escuela, me dejaron bien en claro que la violación del séptimo mandamiento en este caso estaba harto justificada si se tenía en cuenta que se estaba ante el hecho de librar a un niño de ser cooptado en su inocencia por las oscuras influencias de Satanás. Parece mentira visto en perspectiva, pero esa era la terminología que circulaba muy usualmente en aquella cárcel arancelada en la cual se nos depositaba, vaya uno a saber con qué enajenado objeto, donde señoreaba todo tipo de alimaña que el destino había puesto en la vida de niños como mis dos amigos y yo, para hacernos mucho más difícil el ingreso al mundo de los adultos.

El interior de la vivienda a la que se nos había hecho entrar hacía unos minutos, no conservaba el aspecto de los tiempos de nuestra infancia, se habían renovado los cortinados, parte del mobiliario y la pintura, ahora mucho más luminosa, dándole a todo eso una apariencia menos lúgubre y más moderna que la que habíamos conocido en nuestros primeros años. El living del enorme caserón, estaba unido por un desnivel al amplio comedor. Y asimismo se encontraba en ese recinto, en el mismo lugar de siempre, junto a un amplio ventanal desde el cual había una vista inmejorable del bosque, el lugar cuasi sagrado que eran para Ferdi los estantes de discos y el sistema de audio, del cual se habían conservado algunos componentes y renovado los indispensables con la intención de mantener lo más fielmente posible la impronta del sonido al que se había llegado décadas atrás.

Hacía dos años que no nos veíamos personalmente con Ferdi, por eso cuando apareció, nos impactó su grado de obesidad tan pronunciado. Habíamos llegado a ver en el pasado a nuestro amigo con más de 130 kilos, pero nunca en ese estado tan mórbido. Una de las primeras cosas que nos confesó a poco de empezar a hablar en el living, sin que Gabriel ni yo preguntásemos nada al respecto, era que esa misma mañana la balanza había acusado 179 kilos. Llevaba una de sus tradicionales túnicas (en este caso de un negro azabache) ciñendo su enorme humanidad. Había perdido bastante cabello también desde la última vez que lo habíamos visto, sobre todo en la frente y en las entradas que ahora dejaban ver los estragos de una calvicie que avanzaba al galope y sin la más mínima contraofensiva. Ferdinando Gombik nos confirmó lo que sospechábamos: que éramos los únicos invitados a la cena de cumpleaños.

Respecto de Imelda, nos confirmó que era desde hacía unos días su nueva ama de llaves, pero se encargó de aclararnos taxativamente que de ese tema no se hablaba esa noche. Mas yo no podía evitar pensar en el motivo de la contratación de nuestra exmaestra por parte de Ferdi. Y lo primero que conjeturé, teniendo en cuenta el rasgo de malicia con que él solía cobrarse las injurias, fue que se había tomado demasiado personalmente la antigua humillación de Imelda hacia mí, y la había contratado para hacerme el regalo de la venganza implícita y de plato frío que conllevaba el hecho de ver a esa mujer ejerciendo una función que indudablemente era para ella algo ultrajante. Pero, ¿tan bajo había caído económicamente Imelda como para necesitar depender de un trabajo doméstico en casa de alguien tan excéntrico y transgresor como Ferdi, y a esa edad? Y ese interrogante se volvía más perturbador, dadas sus posturas tan conservadoras y clasistas, que al menos hasta donde se sabía, habían perdurado más allá de la época del affaire KISS. Sabíamos que tampoco se había casado y que nunca se le había conocido pareja alguna. Corrillos de pueblo, como solía decir el abuelo de Ferdi. Para reforzar la hipótesis de venganza como regalo para mí de parte de mi amigo y anfitrión de esa noche, muchas veces, de adolescentes, lo habíamos escuchado a Ferdi hablar del tema trabajo. Era para él más allá de saber desde niño que la situación económica de su familia jamás lo haría tener que verse obligado a dedicar horas de su día a alguna actividad que no le agradara muy común hablar del tema trabajo como una suerte de maldición bíblica. Muchas veces lo observaba al pobre Ismael, el sexagenario maestranza del colegio, lidiando con la limpieza y las reparaciones que había que hacer constantemente en el edificio, y dictaminaba que entre tener que hacer ese trabajo y el suicidio, decididamente optaría por lo segundo. ¿Tan perversamente calculadora había llegado a ser la cabeza de Ferdi como para hacerme el regalo de ver a mi antigua humilladora, ahora humillada de semejante forma y a unos setenta años que aparentaban ochenta?

Llamaron del servicio de catering para avisar que en media hora llegarían con la entrega de la cena. Y me sorprendió que Ferdi no delegara en Imelda una tarea tan propia de un ama de llaves como ocupase de las menudencias de una cena de cumpleaños. De hecho, nuestra exmaestra no había vuelto a aparecer por el living y nuestro anfitrión era quien se encargaba de abrir el vino que estábamos tomando mientras charlábamos. Gabriel estaba comentando lo buena que sabía la segunda botella que estábamos atacando, cuando sonó su teléfono. Era Ludovico P quien estaba del otro lado, avisando que llegaría en breve. Ludovico era un joven de veintidós años que tenía un OnlyFans del cual sabíamos que nuestro amigo Ferdi era suscriptor. Lo sabíamos porque si bien hacía tiempo que no nos veíamos personalmente, nos lo comentaba en charlas telefónicas en las cuales también nos manifestaba que Ludovico era para él el paradigma de todo lo que podía considerarse deseable en materia de sex appeal. Nos había contado que si bien el muchacho no era un dechado de maestría sexual en los videos que se exhibían en su espacio, había algo en él, en su predecibilidad, en su candidez callejera al expresarse en las escenas de sexo en las cuales participaba, cuando no ofrecía sus tradicionales y célebres solos, algo que sumaba un rasgo de inocencia barrial que al bueno de Ferdi lo volvía literalmente loco. Así que con Gabriel habíamos decidido el regalo de esa tan codiciada gemita de nuestra parte para que Ferdi pudiese degustar en persona, si le apetecía, de la manera que le pintase. Habíamos hablado también de la posibilidad de que Ferdi, ante la sorpresa, rechazara cualquier tipo de contacto con Ludovico, ya que siempre había tenido por costumbre desconcertarlo a uno con ese tipo de reacciones que se consideran tan apartadas de lo esperable, pero cuando Gabriel cortó y le dio la noticia al homenajeado, se le iluminó el rostro como cuando éramos adolescentes y estábamos en una mesa del bar del viejo Julián esperando que nos traigan las milanesas completas que él tanto amaba zamparse.

El catering y el regalito para nuestro amigo llegaron casi al unísono. Salimos los tres al pórtico y ahí mismo Ludovico dio, con un beso en la mejilla, su feliz cumpleaños al homenajeado, que se disculpó por no estar vestido de manera más apropiada para recibir a semejante celebridad. Ludovico contestó que no importaba la ropa si pronto Ferdi iba a estar desnudito, esa fue la palabra exacta que utilizó y que el empleado del catering, que incidentalmente entraba con una tanda de cajas, no pudo evitar oír. Evidentemente el joven P consideraba algo atinado estar de movida en vena festiva con sus selectos y muy generosos clientes presenciales, aboliendo todo tipo de protocolo, solemnidades en las que tal vez ni siquiera tenía por costumbre recalar. Y era ese quizás el aspecto tan barrial y aleatorio que tanto conmovía a Ferdinando Gombik. Nos quedamos charlando muy desacartonadamente los cuatro en el pórtico. El empleado del catering seguía entrando y saliendo intermitentemente mientras adentro Imelda acomodaba el pedido en la mesa del comedor.

Finalmente, cuando la mesa ya estuvo lista y el empleado del catering estaba haciendo arrancar el utilitario para irse, Imelda salió al pórtico y nos advirtió que los primeros fríos eran los peores para enfermarse, nos sugirió entrar y pidió permiso a Ferdi para subir a su cuarto. La mesa era una verdadera gloria para cualquier entendido en materia gastronómica. Habían dispuesto todo de una manera que sugería por dónde empezar y por dónde darle el remate final a la colosal comilona que había planificado Ferdi para su cumpleaños número cincuenta y cuatro, acaso el último. Se comenzaba con una gran variedad de quesos, fiambres y frutos secos, seguía un set de finger foods de una variedad impresionante: empanaditas de varios sabores, pequeños sándwiches de miga tradicionales e integrales, pinchos de diversas combinaciones, chips de diferentes tipos de pan saborizado con rellenos variados, bruquetas con pastas muy sutiles y exclusivas; había también albondiguitas de pollo y de res con dos tipos de salsa, tarteletas de varias clases y finalmente, en una mesa adicional, la parte de masas secas y finas y tres tartas frutales enteras. Cada sección tenía un número y en la cabecera de la mesa principal había un código QR para acceder a una descripción detallada de todo el menú. En la cocina había quedado el resto del pedido: la chocolatería, dos whiskies y seis botellas de champán importado. Había obviamente platos y compoteras individuales para que cada comensal se sirviese lo que le plazca y tenedorcitos para las albóndigas y tartas. El menú era para más de ocho personas. Ferdi nos dijo que nos vayamos sirviendo y que llevásemos los platos al living para cenar más cómodos; mientras, él fue a poner música. Tenía una gran colección de vinilos en cuyo armado yo había intervenido bastante. Comenzó sonando Tumbleweed Connection, de Elton John.

Ludovico y Ferdi se sentaron en sendos sillones individuales, enfrentados al sillón de tres plazas en que cenábamos y conversábamos Gabriel y yo. Se advertía que el joven P, tal vez arrepentido de la embestida explosiva de su llegada, ahora oficiaba deliberadamente de escucha en la conversación detallada y extensa que manteníamos sobre Elton John, sobre los primeros tiempos de su carrera y sobre la exitosa sociedad con Bernie Taupin, sobre Rocketman y las críticas favorables y desfavorables que había tenido la película, sobre la amistad de Taron Egerton con Elton y sobre el talento del joven actor como cantante. Pasó buena parte del disco sin emitir palabra alguna, comiendo muy poco y con expresión tal vez algo sobreactuada de estar ante tres celebridades participando de un coloquio de una trascendencia superlativa. Pero cuando sonó Amoreena, después de que Ferdi diese vuelta el disco, Ludovico la reconoció inmediatamente tras la intro del piano y dictaminó con un viso de autoridad con que rompió el silencio: Tarde de perros. Gabriel le preguntó si era fanático de esa película y dijo que sí, que uno de sus primeros clientes se la había recomendado hacía unos años y que la veía frecuentemente. Nos confesó que le maravillaba que la película comenzase con esas imágenes de Nueva York (ciudad que declaró conocer) acompañadas por Amoreena, tanto como el hecho de que el personaje interpretado por Al Pacino, un pobre lumpen casado y con hijos, mantuviese una relación homosexual con un trastornado que se encontraba internado en un psiquiátrico y que no le importara blanquearla públicamente en el momento de una toma de rehenes en la que estaba puesto el foco de los medios que viralizaron el hecho, haciendo especial hincapié en la relación y volviéndola acaso más importante que el atraco en sí y los planes de fuga de esos pobres tipos cuyo destino ya estaba sellado de antemano. Tanto a Ferdi, como a Gabriel y a mí, nos sorprendió positivamente el dictamen de Ludovico. Quizás habíamos sido extremadamente prejuiciosos juzgándolo apresuradamente por el pequeño desliz con que había hecho su entrada. Ferdi le propuso al joven P cambiar de vinilo, le dijo que se tomase el tiempo necesario para elegir algo que nos impresionase. Y mientras el muchacho se veía visiblemente compenetrado en la elección de un nuevo álbum, Ferdi nos confesaba en voz baja que estaba tratando de medirse con la comida (hecho del que ya nos habíamos percatado) porque quería estar en condiciones de poder degustar su regalito de cumpleaños en el mejor estado posible. Sabíamos, dado que nos lo había contado previamente, que Ferdi estaba en una etapa en la que lo visual, lo táctil y lo oral, habían desplazado casi totalmente cualquier otro tipo de incursión en materia sexual. Y atribuía esa decisión al hecho de evitar el indecoro (palabra que utilizaba de manera cada vez más frecuente y no sólo para hablar de sexo) del deterioro físico y los trágicos efectos del paso del tiempo.

Comenzó a sonar Vicious, el primer track de Transformer, de Lou Reed. Y Ludovico se atajó de antemano mientras caminada hacia nosotros ante lo supuestamente trillado de la elección, dictaminando con una autoridad que nos sorprendió e inmovilizó física y verbalmente a los tres: ya lo sé, pero es un clásico, punto

Nos costó destrabar el silencio provocado por del dictamen de Ludovico, y honestamente, era en Ferdi en quien más habían calado las disruptivas palabras del joven P. Fue Gabriel quien logró construir una tangente para salir de la incomodidad de aquel momento y le preguntó al muchacho qué música le gustaba escuchar además de Lou Reed. Pero cuando Ludovico estaba por soltar su primera sílaba, nuestro amigo y homenajeado lo cortó en seco dictaminando que él no había venido a disfrutar de una distendida velada sino que a hacer sencillamente su trabajo. Hay que decir que Ferdinando Gombik nos había tenido acostumbrados toda la vida a ese tipo de salidas carentes de un mínimo viso de contemplación diplomática, y su sensación de goce era harto visible cada vez que lo hacía, pero ni Gabriel, ni yo, y creo que tampoco Ludovico, esperábamos en ese momento tan temprano de la reunión un hachazo que cayó en ese living como un parteaguas que hizo que el cumpleaños número cincuenta y cuatro de Ferdi, tal vez el último, pase abruptamente a una fase cuyas consecuencias creo que ni él mismo estaba dispuesto a asumir.

Ferdinando Gombik se levantó de su sillón, fue hasta la bandeja, retiró el disco de Reed, sacó su celular de un pequeño bolsillo frontal que tenía su túnica negra a la altura de la tetilla izquierda, celular que estaba vinculado al mismo sistema de audio que la bandeja, y comenzó a sonar Venus in Furs, de The Velvet Underground. Se sentó en el centro del amplio sillón en que estábamos sentados Gabriel y yo, y hablándonos a un volumen en que el joven P podía perfectamente escuchar, nos dijo: nos conocemos desde hace siglos, amigos, y descarto que les agradaría ser testigos de esto. Y dirigiéndose a Ludovico: desplegá tus alas, chiquitín… Somos todo vista, oídos y olfato.  Ahí lo tenés a tu Reed. No te atrevas a tocar a nadie…

Lo más llamativo del joven P eran los rasgos. Mientras se iba sacando la ropa sin demasiada ceremonia, tenía sus ojos marrones (enmarcados por unas amplias y hermosas cejas negras) clavados en los de Ferdi. De tanto en tanto sonreía maliciosamente arqueando una rara nariz aguileña, rara por lo pronunciada y el ángulo de caída, pero a su vez redondeada en la punta y hacia la parte que cubría las fosas nasales. Y ese pico de pájaro que estaba comenzando a desplegar sus alas para hacer su pretendidamente espectacular vuelo, iba a encontrarse con la parte superior de unos labios bastante gruesos, que en la sonrisa descubrían el brillo de unos dientes perfecta y sospechosamente blancos. Ludovico debía pesar no más de setenta kilos, pero a medida que iba descubriendo su cuerpo, su apariencia era de una fortaleza natural nada trabajada ni deliberada. Y sabíamos que ese aspecto en particular era lo que a Ferdi lo perdía de los jóvenes con los que interactuaba virtual y presencialmente. Cuando la estrella de la noche estuvo completamente desnuda, le dio la orden al oído al homenajeado de que retirase los platos y copas que había en la mesa ratona. Pero si bien lo hizo de esa forma aparentemente confidencial, el volumen de la voz delataba su intención de que Gabriel y yo escuchásemos. ¡Y Ferdi obedeció con una candidez y subordinación que a Gabriel y a mí nos hizo encontrarnos en una fugaz mirada de extraña y recelosa sorpresa! Cuando la mesita estuvo libre, el joven P se sentó sobre ella mirando fijamente a Ferdinando Gombik y comenzó el vaivén de su mano derecha acompañándose de un gemido rabioso y de una especie de danza casi imperceptible dada su posición, mas no obstante, no daba la más mínima impresión de estar ante una patética sobreactuación de aficionado en esas tan sofisticadas artes, todo lo contrario, estábamos ante un atávico sonido de puños haciendo tronar una auténtica, juvenil y masculina furia, con Venus in Furs en repeat y sonando a un volumen muy alto.

Estábamos los tres muy compenetrados con la performance del joven P, cuando después de varios minutos de haber comenzado, y siempre con la voz de Reed de fondo, Ferdi comenzó a temblar visiblemente, justo en el momento en que el solo del muchacho parecía estar a punto de llegar a su clímax, y nuestro amigo soltó un súbito y plañidero: qué divino, se llevó las manos a los ojos, se levantó del sillón, cruzó el living lo más rápidamente que su gigantesca humanidad se lo permitió y se perdió escaleras arriba.

Gabriel me sugirió que no fuésemos a buscarlo, que dejásemos pasar un rato, mientras levantaba el celular de Ferdi del piso y buscaba y daba play a The Works, de Queen. Ludovico, por su parte, se había levantado y me preguntaba si seguía con lo suyo o se volvía a vestir, tratando de gambetear una controversia que no obstante no había provocado que decaiga en lo más mínimo la importante prolongación de su humanidad, que instantes atrás había estado a punto de proyectarse vaya uno a saber sobre qué o sobre quién. Pero mi sugerencia de que se vista fue interrumpida por la brusca reaparición de Ferdinando Gombik, quien desde el extremo superior de la escalera le ordenó al joven P: subí, pendejo, sin cambiarte, entrá sin golpear en la segunda puerta a la derecha que te están esperando. Ludovico obedeció y se cruzaron en el descanso de la escalera con nuestro amigo, que se detuvo unos segundos mirando fijamente subir al joven P para después continuar con su descenso hacia el living. Volvió a sentarse en uno de los sillones individuales y nos dijo que la elección del disco de Queen había estado excelente, pidiéndome por favor que vaya a buscar una botella de champán (para celebrar) dado que las escaleras lo habían fulminado físicamente.

Ferdi se comportaba como si nada de lo anterior hubiese pasado, tratando de mantener viva una conversación sobre el disco que estaba sonando, conversación que se iba desarrollando cada vez más a los tropezones, muy incómodamente, y que ni Gabriel ni yo encontrábamos la forma de seguir de manera natural y fluida. Cuando estaba comenzando a sonar Man on the Prowl, escuchamos a Ludovico que desde el descanso de la escalera y junto a Imelda, decretó: escuchen, ¿me escuchan?, ella se viene conmigo, les dejo mi ropita de recuerdo, la interior puede llegar a valer fortunas en el futuro. Y continuaron bajando junto a Imelda, ella vestida con la misma ropa con que nos había recibido y llevando un pequeño bolso de mano; y el joven P sosteniendo sobre los escalones una carry-on y vistiendo una salida de baño que por el color y el tamaño era parte del muy austero vestuario de nuestra exmaestra de cuarto grado.

Cruzaron el living, echando sendas y desafiantes miradas a nuestro anfitrión, Ludovico abrió la puerta de entrada e hizo salir a Imelda, y a los pocos segundos, se oyeron el arranque del motor del auto y las desafiantes y deliberadas aceleradas de la partida. Ferdi nos dijo después de unos segundos que la fiesta tenía que continuar. Dio stop al disco de Queen, fue hasta uno de los estantes de vinilos, sacó Paul, Peter, Ace & Gene, nos lo mostró desde lejos, sonriendo en una pretendida vena de complicidad respecto de lo que ese álbum representaba para los tres, puso el disco en la bandeja e hizo sonar New York Groove.

Volvimos a sentarnos en el living. Ferdi, descartando por obvias razones la remota posibilidad de sexo que había contemplado hasta hacía unos instantes, trajo en varios viajes toda la chocolatería que había en la cocina, más champán y whisky, y mientras charlábamos, iba ingiriendo cantidades tales de chocolates y alcohol que provocaban que Gabriel y yo de tanto en tanto, nos echásemos miradas de preocupación e incredulidad a la vez. Conocíamos holgadamente ese tipo de escenas, Ferdinando Gombik tramitaba cualquier cosa que lo desestabilizara emocionalmente, con ingentes cantidades de comida. Pero esa noche, la impulsividad de la comilona era algo nunca antes visto por nosotros, sumado a que no lo hacía olvidarse de su rol de anfitrión y nos servía champán frenéticamente cada vez que veía que nuestras copas se vaciaban. Tampoco abandonaba su rol de DJ doméstico, aunque volvió a comandar la batuta nuevamente desde su celular. Pero la atención puesta en la ingesta de bombones y frutos secos de todo tipo, bañados en varias clases de chocolate, sumado a que nunca se resignaba a ser un mero escucha en un coloquio, hicieron que finalmente quedase sonando Closing Time, de Tom Waits, disco a través del cual sin embargo la intensidad de su ingesta y su conversación fue disminuyendo lentamente hasta que finalmente se quedó dormido. Lo acomodamos como pudimos en el sillón de tres plazas, trajimos frazadas y una almohada de un dormitorio y ahí quedó el bueno de Ferdi, arrojado por el destino de aquella noche tan extraña vaya uno a saber a qué dulces sueños o tortuosas pesadillas.

Cuando amaneció, varias horas después, nuestro amigo seguía durmiendo como un bendito. Había un silencio casi absoluto en la casa y en sus inmediaciones. No quisimos despertar a Ferdi para despedirnos. Nos cercioramos de que su celular tuviese carga y lo dejamos sobre la ahora célebre mesita ratona para que atienda nuestra llamada cuando ya estuviéramos en viaje. La helada que había caído era intensísima. Recordé la recomendación de Imelda de que entráramos a la casa debido a que los primeros fríos eran los peores para enfermarse. Las inmediaciones de nuestro pueblo de la infancia y adolescencia nos despedían bañadas de una blancura que pocas veces habíamos visto en aquel lugar. A Gabriel se lo veía muy afectado por todo lo que habíamos vivido en el cumpleaños número cincuenta y cuatro de Ferdinando Gombik. Volvió a declarar, como tantas veces lo había hecho, que celebraba que tanto Ferdi como yo no hubiésemos tenido hijos, y a enredarse como tantas veces se lo había escuchado en un monólogo que era una mezcla de arrepentimiento por haber procreado y una declaración de compromiso hasta agotar la última cuota de razón y de fuerza que la vida le concediera, a seguir bregando por el bienestar de sus dos hijos, uno de los cuales estaba en camino de hacerlo abuelo sin que él siquiera lo sospechase aún. El pueblo iba quedando atrás, muy pocas construcciones se iban viendo ya mientras el sol se hacía cada vez más fuerte y comenzaba a deshacer la blancura que cubría el verde, los techos de las casas y los pocos vehículos estacionados que seguían apareciendo. Y volvimos a recordar durante el viaje las tantas veces que Ferdinando Gombik nos amenazaba con tirarse desde el puente al río y lo relativamente fácil que era disuadirlo de semejante decisión sugiriéndole una gloriosa comilona en el enorme y concurrido bar del viejo Julián. Entre los tres habíamos vivido más de ciento sesenta años hasta el momento. Habíamos padecido, luchado y resistido tantas afrentas y gozado de algunas modestas victorias. Y ni Gabriel ni yo pudimos decodificar a lo largo de todo el viaje de vuelta a nuestra ciudad por opción, en qué columna tenía que anotarse la noche anterior. Nos seguía asombrando el hecho de que muchas cosas terribles parecían sucederle a uno con el único fin de experimentar el futuro y extraño placer de recordarlas o narrarlas. Pero más allá de eso, de lo que no cabían dudas, era de que aquellos primeros años de amistad, ese camino y sus cielos fabulosos en las tardes de verano en que la brisa del sudeste nos la hacía un poco más fácil, ese trigo de diciembre que bailaba bajo el sol para nosotros, ese río y sus meandros tantas veces navegados por los tres en las canoas del club desde el que cruzábamos para encontrarnos con un delta que parecía infinito, y sobre todo aquella música, aquella música…, habían quedado marcados a fuego en nosotros como cifras que conservaban intacta su naturaleza primaria, absoluta y hermosa, y que nos pertrechaban a su modo, tan extraño, en contra de un mundo al cual parecía que nunca terminaríamos de aprender a enfrentarnos.