lunes, 4 de abril de 2016

Trigo

En esta carretera no hay interlocutores de Dios.
Se han ido y me han dejado aquí solo
 y se han llevado consigo el mundo.

CORMAC MCCARTHY, en La Carretera

Indudablemente ese es el lugar al que debe dirigirse. Vaya si aprieta el sol, pero detrás no ha quedado nada; amén del repentino auxilio de un lejano verdugo, casa, patrimonio, reputación, vínculos, referencias, nada, absolutamente nada después de la tormenta que diezmó la anterior historia. Ahora comienza otra, y este sol, esta luz que incendia y le da en la cara, este sol abrasador, aun a estas siete de la tarde de este día de diciembre. Al viento se le ha dado por soplar durante varias jornadas desde el oeste, como trayendo la invitación de un destino que acaso inconscientemente, se ha ido prefijando, incluso en los momentos en que el rock ’n’ roll de la vida sonaba estruendoso y parecía no dejar lugar a otra cosa. No lleva consigo más que unas pocas pertenencias: una pequeña mochila con una muda de ropa, medio litro de agua, y el dinero que alcanzará para un mes de austera existencia, a lo sumo, si es bien administrado y la suerte no se descuelga con algún accidente que violente este sosiego que empieza a disfrutarse. Ha encanecido abruptamente, ha adelgazado más de dos decenas de kilos; lleva puestos anteojos de sol de marco plateado redondo con lentes de un azul intenso, un jean gastado, una camisa de trabajo verde recién comprada, arremangada, sandalias. Hace meses que su pelo, sus cejas y su barba crecen a su antojo, sin intervenciones. Tiene cincuenta y cuatro años. Encarna una epifanía de connotaciones místicas. Imposible reconocer a este caminante que ha purgado sus flaquezas y encara conmutado el fortuito devenir. La periferia de Cabo Sierras a esta hora ofrece una caliente desolación. Lo alegra escuchar el sonido de una radio apartada en la que empieza a sonar Nada interpretado por Julio Sosa. No sabe casi nada de tango, pero percibe con agrado esta frase instrumental del inicio de la versión, que dada su ubicación, es la parte de la canción que le está llegando más claramente mientras avanza hacia la avenida de circunvalación. Recibe la música como un saludo, más que un saludo, como un póstumo convite a hacer las paces, una caricia de la ciudad dispensando esta tierna nostalgia, dejándolo en libertad, aprobando su apuesta por el oeste, por el futuro. Podría haber evitado este itinerario, comenzar a andar desde el camino vecinal que une la amesetada serranía ―en una de cuyas casas se refugió estos últimos meses―, con la ruta que discurre hacia el destino al que ahora se piensa predestinado, pero había que pasar por la metrópoli a despedirse de las veredas anchas, del océano, de la avenida Independencia, de nada más. Recuerda por enésima vez en el día que hoy hace exactamente treinta años, treinta años de la celebración de su único matrimonio.   

“Una persona distinguida, el mínimo esperable viniendo de donde venís, …, sin cosas raras de las que avergonzarse”, era la más reiterada indicación de la señora de Cuyar a Raúl, el único hijo que había gestado (no sin inconvenientes) el matrimonio. El enlace había quedado establecido a dos años de restituido el régimen democrático en el país, y Raúl nació treinta y un meses después. La casa imponente que habían adquirido cuando el niño tenía seis años, en el reputado barrio Parque Loreto, representaba para la esposa del contador el cumplimiento de un sueño concebido desde su más temprana juventud. La consumación de tan amasado deseo, fue posible gracias a la señera cartera de clientes de Humberto Cuyar, que ya a principios de la década con que se despidió el siglo, hubiese posibilitado el tan anhelado salto inmobiliario que la señora deseaba efectuar. No obstante, el hombre de la casa, siempre difirió con ella en lo concerniente a dar esos pasos fundamentales que Clelia Zermatten (ese era su nombre de soltera y al que se aferró con garras y dientes luego de un acontecimiento que cobró relevancia nacional) juzgaba impostergables. Era también un punto de frecuente disputa conyugal, la presunta vocación docente del marido, que según la opinión de Clelia, restaba dedicación a la actividad a la cual se debía el progreso al que ella adjudicaba tanta importancia. “Me fascina la docencia, siento que contribuyo con algo grande, con el futuro, ni más ni menos que con el futuro de esta bendita nación, que tarde o temprano, empezará a encaminarse y a abrirse a la normalidad” declaró más de una vez en distintos ámbitos el contador. Había sin embargo, para quienes consideraban con reparos su ferviente afición pedagógica, la sospecha de que existía una recóndita motivación para que el prestigioso licenciado Cuyar, quien asesoraba fiscalmente a los más importantes empresarios de la ciudad, siguiese dando clases en el nivel secundario del más exclusivo colegio religioso de Cabo Sierras.     

Sorprendentemente, fue Rita Casciero quien lo visitó en la cárcel desde su séptimo año de reclusión hasta su salida en mayo del pasado otoño. Fue también la Casciero quien aportó el dinero de los ocho meses de alquiler y lo necesario para la austera manutención durante el tiempo en que se fue forjando el peregrino que ahora, camina hacia su destino. Podría haberlo hecho toda la vida si Tres Cascadas no hubiera sido la inevitable predestinación de Cuyar. Cuando salió del penal, fue Gabriel, discreta pareja y asistente personal de la bisoña drag queen, quien lo llevó en su auto a la casa previamente alquilada en Sierra de los Santos. Había que obrar con suma modestia; la artista y su consorte no estaban al tanto de la íntima maduración de su asistido, y juzgaron que el lugar, alejado del centro de la ciudad, era el indicado para pasar un período de varios años de introspección. El otoño ayudó, aportando muy pocos turistas a los alrededores del secreto refugio, y la transformación fue aconteciendo en el marco de una soledad casi absoluta. Además de una tarjeta de débito a nombre de un tercero, hubo que hacer llegar una importante cantidad de dinero en efectivo, y se recurrió a un cuarto personaje al tanto de la iniciativa, para evitar incluso el más remoto peligro de ser descubiertos. Reflexiona, mientras anochece y el camino ofrece una postal ascética, exhibe los restos del diurno incendio que va cediendo espacio a la opacidad de la tibia noche; considera el rol de Rita en su vida como el de un actor capital, inconsciente, artífice de un designio que a la preciada libertad antepuso el descenso a la afrenta y la pérdida. Siente que no podría acometer la etapa que avizora, enredado en los meandros de su antigua vida. ¿Quién ha elucubrado este ser atravesado por algo que sobrepasa su ínfima voluntad? ¿Quién es el que emprende este andar rotundo? ¿Quién le ha enseñado a sucederse a sí mismo, a ir tras el encantamiento al cual bastó un exiguo instante para determinar una vida toda? ¿Qué confidencia retiene la mágica coreografía del trigo? ¿Por qué este incontestable rumbo, el camino a las sierras, el oeste, el oeste?            

Uno de los primeros taxiboys con los que estuvo, fue Tomás. Era la época de la adquisición del caserón de Parque Loreto. En ese entonces él tenía treinta y tres años y el muchacho veinte. Nunca pudo quitarse la extraña costumbre al pagar por un servicio sexual a alguien, sobre todo si era hombre, de hablar, hablar en los interludios del repertorio de singularidades que traía premeditadas y que esgrimía al partenaire con el fin de dejar en claro por qué y cuánto debería cobrarse. Tomás le contó, la primera vez que estuvieron juntos en ese primer piso por escalera de la calle Castelli ―regenteado por un travesti estrafalario que se hacía llamar Cristal―, que fuera de temporada, trabajaba de instructor en un gimnasio de Tres Cascadas, y que desde mediados de diciembre a fines de febrero, ya era el tercer año que optaba por la actividad de venir a la concurrida Costa Atlántica a vender su compañía y “casi toda” su humanidad, puesto que había una parte de su cuerpo que se aclaraba de antemano al cliente que le estaba vedada, principalmente a cierto tipo de incursión. Al señor Cuyar lo fascinó sobre todo, una anécdota referida por Tomás en una de sus conversaciones. El incidente había ocurrido en medio de una pletórica plantación de trigo, a unos diez kilómetros del centro de Tres Cascadas, en una cálida tarde de diciembre. Se trataba de un episodio a partir del cual el joven decía haber descubierto el don de despertar ciertas avideces. El en aquel tiempo adolescente de quince años, había sido descubierto masturbándose, recostado en el tronco de en un solitario sauce en el que erróneamente, se creía guarecido. Luego de ordenarle a Tomás subirse la malla, el ingeniero Maciel, dueño de la tierra donde había sido pescado su reprendido tramitando el desahogo de un irreprimible arrebato hormonal, lo obligó ―mientras cargaba la bicicleta en la caja de su camioneta― a subir a la parte delantera, y lo llevó hasta su casa, emplazada en una poco poblada manzana de un barrio de clase trabajadora de las afueras del pueblo. Durante el viaje, fueron vanos todos los intentos del ingeniero por disimular su exaltación. Había pasado de una verborrea en cuyo auxilio invocó hasta al “pobre y ocupado” Jesucristo, a un silencio convulso, extremadamente incómodo. Cuando llegaron, el captor hizo esperar a su rehén, tocó timbre, y al salir la abuela de Tomás, celebró un breve y simpático coloquio con ella, invitando posteriormente al retenido a bajar, mientras lo esperaba del otro lado de la zanja con la bicicleta en la mano. Las manos del cincuentón Maciel temblaban cuando ofreció su amigable derecha a su restituido prisionero, intentando trocar el papel de una crispación sobreactuada, por el de un sorpresivo compinche, quien para los ojos del liberado no representaba otra cosa que un patético grotesco intentando ocultar sus debilidades palmarias. A partir de ese affaire ―sobre el cual el chico, en ese momento, no supo con qué excusa había sido llevado a su casa, ya que la abuela lo recibió con un intrascendente “¿tomamos unos mates Tomi?”―, no sólo Maciel, sino también Ayala el farmacéutico y Gómez Toledo, escribano él, ambos compañeros de la camarilla de golf en la que se enrolaba el ingeniero, comenzaron a solicitar la conversación de Tomás Laguna cada vez que se lo cruzaban en el pueblo.

Camina por la banquina de la ruta. Un camión se detuvo hace unos instantes al lado de él, y el conductor, en un portuñol festivo y estruendoso, le preguntó hacia dónde se dirigía. Él contestó que había salido a caminar sin más, sin mirar a los ojos a su interpelador. El chofer le dijo que tenía como destino final una ciudad de la Patagonia, que si lo deseaba podía subir y hacer unos kilómetros con él. El viandante ofreció un saludo disuasorio, valiéndose de una sonrisa mustia, no desviando nunca su vista enfocada hacia adelante y el vehículo se alejó lentamente. El viento le da ahora de lleno en la cara. A pesar de encontrarse en medio del campo, de ser ya pasadas las diez de la noche, los pulsos de aire se sienten todavía tibios. El olor del pastizal lo reconforta. Recuerda la primera vez que junto a su padre pasó por la entrada a Tres Cascadas. Se dirigían a un pueblo del oeste de la provincia, situado en un valle rodeado por esas sierras que para él siempre representaron el anticipo de la Patagonia. Su padre tramitaba en esa época con un vendedor las últimas gestiones de la compra de una finca que él heredó, y que como todas sus posesiones, tal fue su sorpresiva iniciativa, pasaron al dominio de la señora Zermatten mediante las reservadísimas diligencias de la escribanía cuyos honorarios también saldó Rita Casciero en estos últimos meses. Era diciembre también cuando el iniciático viaje junto a su padre a las sierras. En aquel entonces él tenía once años. Recuerda que en la radio del Ford Falcon modelo 70 sonaba Canción de verano y remo, interpretada por Jorge Cafrune. En ese momento, en los alrededores de Tres Cascadas, el trigo refulgía bajo el sol del mediodía. Un viento fresco del sur entraba desde el océano y hacía que las enormes planicies amarillas parecieran un mar que se perdía en el horizonte azul del día cristalino. Durante ese pequeño lapso de Tiempo, ese trayecto del camino parecía predestinado a los silenciosos viajeros, absorbidos por una canción que si bien hablaba de un paisaje distinto, fluvial, litoral, poseía una declaración, por el momento indescifrable, pero que no obstante lograba que los oyentes fundieran por completo su carácter, intuitiva, involuntariamente, con el cuadro pampeano por el que se desplazaban. Tres Cascadas pasó a ser desde ese punto, la puerta a un atavismo que comenzaba a agigantarse cuando ese límite geográfico era evocado. Aunque a veces duraba apenas segundos la percepción que fue perdiendo intensidad conforme el tiempo fue borrando aquel primer fulgor de la niñez, en ese lugar, capturado por la imprecisa fotografía de su memoria, era posible cuando menos, avizorar la puerta de una quimera que siempre esperaría su regreso definitivo a un sitio de genuina pertenencia. 

No fue precisamente un hecho afortunado para el profesor Cuyar y el padre Augusto, que los cuatro alumnos más díscolos de las tardes de recreación de los sábados en el Instituto, fueran un auténtico plantel de bellezas cursando su anteúltimo año de formación secundaria. A poco de comenzadas las clases, cuando el sacerdote y el licenciado comenzaron a activar el ardid para convocarlos a las reuniones dominicales en uno de los departamentos desocupados de Cuyar, con la excusa de encarrilarlos, de afianzar los lazos entre el Señor y esas cuatro almas en riesgo de extraviarse, el encandilamiento de los maquinadores y el espíritu participativo de las cuatro gemas, constituyeron la sinergia perfecta que en pocas semanas, arrastró a los organizadores del secreto paraíso, al público desastre. Una de las mentiras de las que se valieron para convencer a los colegiales, fue que existía la firme posibilidad de hacer un viaje de intercambio a Europa, y que el colegio los tenía preseleccionados de incógnito a ellos y a otros pocos chicos de otros cursos. Había que mantener reserva en relación con el asunto; “incluso con sus padres, cero dato por ahora chicos” declaró Augusto en tren de darle credibilidad al señuelo. La fecha del viaje coincidiría con el Mundial de Fútbol de Alemania, y se les dijo que existían firmes posibilidades de llevarlos también allá a ver al menos los primeros tres partidos que jugaría la selección.
Y se lograron celebrar cuatro bacanales, en las cuales, si se habló del Señor, se lo hizo aludiendo al atributo físico de uno de los convocados. El cuarto domingo de tertulia, a Nazareno, claro cabecilla del cuarteto de beldades, se le ocurrió hacer a escondidas, in situ ―escindiéndose del aglutinamiento de participantes concentrado en uno de los dormitorios―, una copia de una de las filmaciones en las que habían quedado documentadas las primeras tres sesiones (con el objetivo de suscitar el entusiasmo en las correlativas) y exponer el video días después a uno de sus compañeros de curso, que por supuesto no participaba del asunto, lo que desencadenó el derrumbe de Cuyar y el prelado. Los intentos de la rectoría por llegar a un “arreglo beneficioso” entre los padres del cuarteto y la institución, fueron inútiles. Pronto la escandalosa herejía tomó estado público. Los medios nacionales no tardaron en levantar la noticia, reproduciendo incluso las escenas menos picantes de una copia del video de las tantas que circularon en un principio en Cabo Sierras, en una de las cuales, el sacerdote, cinco años mayor que su cómplice, desmelenado, con un pomo de lubricante en la mano, decía a cámara la frase “caramelín caramelito, la tía quiere su chonguito”, mientras se escuchaban las carcajadas de los circunstantes ubicados fuera de campo. Hubo hasta un grupo de música tropical que compuso una canción utilizando como estribillo el enunciado del enajenado clérigo. De parte de la Justicia, dadas las contingencias, no quedó más remedio que actuar sin ambages. Los intentos del arzobispado por llegar a un arreglo con la fiscalía, por “resguardar, dentro de lo posible, el nombre de esta centenaria institución educativa en la que fueron forjadas algunas de las más altas personalidades de las que Cabo Sierras debe enorgullecerse” (la lista incluía al fiscal que obraba en la causa), fueron estériles; el periodismo había plantado bandera. El juicio público, dada la mediatización a escala nacional de los hechos, ya había colocado a su hueste de opinadores a minar el terreno en que el anticipado y público veredicto, no dejaba chance alguna de un futuro en libertad para los promotores de las secretas reuniones de los domingos.  

Solo doscientos cincuenta kilómetros separan a Cabo Sierras de Tres Cascadas. Lleva andados más de veinticinco desde el momento en que la avenida de circunvalación se transformó en la vía que ahora transita. El viento sopla ahora desde el norte, tibio. Un nuevo camión se detiene al verlo caminar junto a la ruta que discurre hacia el oeste. El conductor del enorme vehículo, como el anterior, saluda y refiere una ciudad patagónica como destino final de su viaje (en perfecto y lunfardesco castellano). Esta vez acepta el ofrecimiento de ahorrarse el esfuerzo de caminar en la oscura y cálida noche. Sube rápida y atléticamente a la cabina.
―Si quiere tomar mate, ahí tiene el equipo y el termo con agua caliente.
―Si usted quiere preparo, pero para mí solo no.
―Haga mi amigo, haga que tomamos los dos. Mi nombre es Mario.
―Mucho gusto, yo soy… Pablo ―decide que este será su nombre de acá en más.
―¿Y qué se le dio amigazo por mandarse a gambas hasta Tres Cascadas, y encima de noche?
―Berretines de viejo, usted me entenderá. Llega un momento en que si no nos damos ciertos gustos…
―Por lo visto tan viejo no está. Por lo menos caminar puede. Yo con este trabajo me paso el día arriba de este mamotreto. La última vez que me pesé había pasado los ciento veinticinco. Para colmo uno en la ruta come para el culo. Tengo treinta y nueve pirulos y ya estoy con un cuadro de diabetes, hipertensión y toda esa milonga, ¿qué me dice? Jajaj…
―¿Le gusta manejar?
―…
―El trabajo de camionero digo, ¿le agrada?
―Hice toda la vida esto maestro. Tenía catorce años y ya mi viejo y mi abuelo me llevaban con el camión a la ruta y me largaban a hacer unos kilómetros. Además, tengo cuatro pibes que mantener, una esposa y una ex a la que pasarle la manutención de mis dos primeros hijos. Tarjeta refinanciada. No tengo chance a esta altura. “Con la lírica al mopio” maestro, como decía un tío mío; a mí que no me engrupan con la monserga del contamusa. Tanto ladrón viviendo del verso en este ispa… En esta vida, al que no labura y se gana su vento como Dios manda, como debe ser, la vida se lo coje de dorapa.
―…
―¿Usted a qué se dedica?
―…
­―Su trabajo digo. ¿A qué se dedica?
―A simular.
―¿Cómo? Ah, es actor.
―… ―se sonríe mientras mira por la ventanilla el pastizal ondeándose a causa del viento nocturno.
―Me la pone difícil. Ah, no me diga más, trabaja para el gobierno. Inteligencia, por lo de los piratas del asfalto. A ese Carmona no lo pueden agarrar. Es la peste. Y esta ruta es la peor de la provincia. Cuente, cuente que me interesa el tema. Si yo hubiese podido entrar a la policía…
―… ―vuelve a sonreír, forzado, mirando ahora el camino.
―Yo cuando lo vi me di cuenta que era una persona importante, es más, ahora que lo veo me recuerda a alguien, pero no sé a quién. Pero si no quiere hablar de eso hablamos de otra cosa. Muy buen cebador Pablo, muy buenos sus mates. Ese dato suyo ya no me lo va a poder escamotear, jeje… 
―… ―mira a su interlocutor como si estuviese ante un ser de un orbe desconocido. Piensa en el trigo. Se esfuerza por hacerlo. Piensa en el sol refulgiendo sobre ese piélago amarillo, interminable, hincándose magnánimo en el horizonte azul. Piensa en las sierras del oeste. Piensa en un viento más amigable que el que sopla en este momento. Se esfuerza por hacerlo. Siente una repentina asfixia que trasciende los límites de su cuerpo, algo que tiene que ver con este hombre: Mario, contundente, multiplicado, multitud, ejército invencible; algo hunde a Cuyar en el asiento, es como un gigante aplastándolo finalmente después de haberlo perseguido durante toda su vida y haberlo alcanzado. Nada nuevo. Otra vez la imagen del pozo plagado de serpientes mordiéndose su propia cola. “Grelún, grelún”, lo ve y lo oye a Mario repitiéndolo, “grelún”; no sabe si la escena es real o si el camionero y su diatriba se han incorporado a este cuadro que con mínimas variaciones lo alcanza desde los primeros años en que estuvo recluido. Quiero bajarme. ¡Pare! ¡Quiero bajaaar!  

La casa de Parque Loreto se transformó en una solitaria y silenciosa abadía del desconsuelo. El cumpleaños número diecinueve de Raúl, transcurrió sin el más mínimo atisbo de celebración. Clelia Zermatten y su hijo no recordaron que Teresa, una de las dos mucamas, había dejado en la heladera una torta preparada por ella misma como regalo de cumpleaños a quien adoraba y había visto crecer a lo largo de los últimos doce años. Cenaron frugalmente, cada uno por su lado, en sus respectivas habitaciones. Fue esa triste noche la última en que la deshonrada esposa de Humberto Cuyar vio a su hijo. El confinado padre no había logrado hacerlo desde hacía meses. A la mañana siguiente, Teresa golpeó varias veces la puerta del dormitorio de Raúl con el pingüe desayuno servido en una bandeja, pero nadie contestó. No faltó dinero de la caja fuerte de la que madre e hijo tenían llaves. No faltaba un solo bolso, no había sido retirada una sola prenda limpia del enorme y atiborrado placard de la habitación del desaparecido. La cama de Raúl Cuyar estaba hecha por él mismo, tal era la rutina desde hacía ya varios años. A los dos meses de la evasión del muchacho, la búsqueda, como era de esperarse, comenzó a perder intensidad por parte de las instituciones e interés por parte de los medios de comunicación, que en un principio, echaron mano al suceso tratándolo como una secuela del caso central, protagonizado por el contador y el cura que esperaban el juicio en la cárcel. Muchas de las amistades de la familia retomaron relación con Clelia en el tiempo en que su único hijo abandonó el enorme, lujoso y despoblado caserón. Después de todo, no era ella la culpable de la debacle familiar. Pero fue la propia Clelia la que poco a poco fue reacantonándose, dando la orden al personal doméstico de eludir casi todo reclamo del mundo exterior. Los últimos embates que aquel año le asestó, fueron el resultado de las elecciones presidenciales y la asunción, el 10 de diciembre, como jefa de Estado, de esa mujer a quien, junto con el saliente mandatario, Clelia Zermatten y su eludido círculo simplemente detestaban.

En diciembre amanece tan temprano… El escribano Gómez Toledo extraña sus épocas de estrépito ahora que el tiempo pasó a formar parte del catálogo de las tantas cosas que sobran. Al evaluar una vez más los resultados de su existencia, mientras bordea con su moderna pick-up uno de los lindes de su extenso predio en Tres Cascadas ―sembrado de un trigo que será cosechado en unas semanas―, concluye nuevamente que la suerte ha desempeñado un rol decisivo en esta vida pronta a cumplir setenta y cinco años. Empero esta no es precisamente la deducción que esgrime junto a sus generacionales Ayala y Maciel, con quienes sigue encontrándose los sábados para jugar al golf. Es que a los profesionales más jóvenes con los que suelen relacionarse los veteranos en el club, no les sería de provecho, tal vez por mera precaución, abandonar el paradigma del sacrificio. Han resuelto por ende obviar ciertas conclusiones en presencia de los más inexpertos (sumando a esta lista a sus esposas e hijos), acaso no tanto por no hacer honor a una verdad revelada (por lo menos a nivel de esas tres vidas), sino más bien porque el reconocimiento de ciertas cuestiones, trae aparejada necesariamente la obligación de asumir ante los demás, los dogmatismos retóricos de un pasado que a cierta altura de la vida, sería incómodo tener que reconsiderar. Vuelve a recordar por tercera vez en la incipiente mañana a Tomás Laguna, a cuyo entierro concurrió la pasada semana un número no tan importante de personas entre las cuales él se encontraba. Tenía cuarenta y un años, un puesto menor en el Banco Nación de Tres Cascadas, una esposa, dos hijas, y murió fulminado por un cáncer que comenzó a hacer de las suyas por el páncreas. Ni él, ni Ayala el farmacéutico, ni el ingeniero Maciel, ausentes estos dos últimos en el sepelio, van a olvidar las furtivas e intensas reuniones a las que Tomás, cuando adolescente, fue el excluyente y secreto convidado. El sol empieza a apretar. Va a ser un día caliente, como los que lo precedieron. No ve la hora de tomar el vuelo que lo llevará como primer destino a Madrid. Restan unos días de preparativos antes de emprender con su esposa el viaje que decidieron hacer a raíz de la invitación del mayor de sus hijos a pasar las navidades en la Barcelona de la que quizás no retornen más que como fugaces visitantes. Gómez Toledo ve a un hombre vestido con camisa verde de trabajo, jeans gastados, muy delgado, bajando de la caja de una camioneta. Piensa que debe ser Pablo Aguilera. Se acerca a marcha lenta y le pregunta si lo es. El hombre lo observa, mira el cartel de bienvenida al pueblo de Tres Cascadas y asiente con la cabeza sin emitir un solo vocablo.  

A más de cuatro años de las tertulias dominicales en el departamento de Humberto Cuyar, el suceso había sido prácticamente olvidado por los medios, sobre todo a nivel de los de llegada nacional. En la primavera de ese año, la inesperada muerte de un importante hombre de Estado, expresidente de la Nación, junto con sus derivaciones sociales y políticas, ocupaba gran parte de las franjas de noticias televisivas, radiales, digitales y de los cada vez más soslayados periódicos en papel. Entretanto, Nazareno Sarduy, una de las cuatro beldades que habían inspirado la malograda juerga del religioso y el licenciado, venía bosquejando un plan desde hacía más de dos años para capitalizar los pormenores más mórbidos de aquel oprobio, sacándolos nuevamente a escena a fin de ponerlos al servicio de una de sus acostumbradas extravagancias. Había que idear una estrategia para poner nuevamente en relieve su figura, resguardada en aquel momento dada la edad de los involucrados en aquella pública hecatombe. Quiso la suerte que el joven de veinte años, a fines de diciembre de ese año, lograra ver cristalizadas las condiciones para activar una de sus hasta entonces premeditadas artimañas. Cleto Demarchi, cronista de espectáculos del más importante multimedio de la región, integrante del Consejo Directivo de una de las asociaciones de prensa con mayor número de afiliados del país, jurado en un programa de concursos de canto ―número uno indiscutido en el prime time televisivo desde hacía más de un lustro­―, cayó rendido ante la belleza de ese muchacho que deambulaba a su antojo por el lujoso hotel en que él se hospedaba. Nazareno había imaginado ese escenario como uno de los factibles para desarrollar una de las maniobras que tenía sopesadas, dado que desde hacía años, el hotel de la cadena cuyo mayor accionista era su padre, era el elegido por muchos de los famosos que se trasladaban en el verano a Cabo Sierras, capital teatral y polo farandulesco incuestionable durante las temporadas estivales. Esta vez no hizo falta ninguna prueba confidencial. Cleto Demarchi y Nazareno Sarduy fueron vistos y fotografiados juntos en teatros y restaurantes de Cabo Sierras. De más estaría citar quién proveyó el dato para que los programas de chimentos fijaran su foco en la particular relación, conectando el desempolvado pasado del más joven, con las sospechas que recaían sobre el más viejo, porque si bien el periodista era casado y tenía tres hijas (dos de las cuales tenían a la sazón edad sobrada para ser la madre de Narareno), en el ambiente eran hartamente conocidas sus verdaderas preferencias sexuales. De hecho era el mismo Demarchi, quien muchas veces en el medio, chistosamente, se ocupaba de reforzar esas conjeturas. Los tiempos habían cambiado, y el jugar con cierto grado de ambigüedad, se había transformado en una herramienta para descomprimir la situación de quienes habían tenido que esconder sus predilecciones durante toda su vida. Pero la coyuntura social en relación al tema, no ofrecía el oxígeno suficiente para que alguien que ya frisaba los setenta años, padre, esposo y abuelo, estuviese dispuesto a blanquear públicamente una relación con una persona de su mismo sexo, casi cincuenta años menor que él, deliberadamente indiscreta y víctima de un otrora famoso caso de abuso de menores. Colosalmente inversa fue la proporcionalidad de resultados del flirt entre Nazareno y el reputado periodista. Para el joven de veinte años, significó una veloz escalada mediática, que en dos años, lo llevó a formar parte de la revista con mayor convocatoria de Buenos Aires bajo el nombre de Rita Casciero, el cual sustituyó rápidamente a su predecesor. La Casciero, como pasó a llamarla la prensa de espectáculos, nació una noche en que en una anunciada entrevista con un joven exrelator de fútbol, devenido en una suerte de David Letterman argentino, el chico apareció sorpresivamente travestido al set televisivo del canal porteño, y abogó durante el extenso mano a mano ―valiéndose de su filosa e inteligente elocuencia― en pos de instalar su nueva condición y su nuevo alias: “sí, Rita por la Pavone, cuando era chico le birlaba los compacts a mamá y cantaba encima; Casciero por un viejo gay que vivía en nuestro edificio y todo el mundo detestaba, me crié en un ambiente tan timorato y reaccionario, …, con todo esto de alguna manera lo reivindico. Que en paz descanse… ¿Por el cross-dressing me preguntabas?, sí, la verdad es que siempre me gustó provocar, odio la pacatería”. Expuso los pormenores de la relación con Cleto Demarchi ante cientos de miles de televidentes, sin la más mínima misericordia para con el septuagenario cronista, quien a partir de ese momento, no logró reponerse de una profunda depresión, fundada no precisamente en el desenmascaramiento público de sus barruntados gustos sexuales, sino en la revelación de sus flaquezas como veterano amante, y en la evidente manipulación de que se había valido su victimario para catapultarse. Por supuesto los sucesos que dieron lugar a la causa que terminó con el encarcelamiento del padre Augusto y el licenciado Cuyar, fueron indagados y referidos, sobre todo al comienzo de la larga entrevista, pero la proximidad del asunto Sarduy-Demarchi, direccionó rápidamente la charla en ese sentido; había mucho que divulgar en relación con eso. Contrariamente, en cuanto a las orgías celebradas hacía años en Cabo Sierras, ya se había cortado demasiada tela en su tiempo, y lo único que lograba sonsacársele a la fondeante Rita Casciero en ese momento, eran meras y ya poco jugosas redundancias.

Hace más de seis meses que está instalado en este lugar. Una casa mediana, rodeada por una ancha galería ―ubicada a menos de cien metros de la transitoriamente clausurada residencia principal―, ambas de escasa antigüedad, pero que no obstante replican el estilo colonial de las construcciones más antiguas del asentamiento. Julio no vino esta semana. Lo está haciendo de forma cada vez menos frecuente. ¿Por qué? Le manifiesta, cuando se llega hasta acá, lo conforme que se encuentra el escribano Gómez Toledo con su trabajo. ¿Qué trabajo? No hizo más que observar desde el enorme ventanal (desde donde vio las mejores puestas de sol de su vida) cómo se cosechó el trigo en enero. “El escribano está muy contento con usted Pablo, va a estar un par de meses más en Europa. Ya sabe que puede disponer de la casa como quiera, siempre y cuando no se hagan reuniones, eso al escribano no le gusta. ¿Necesita más dinero? Cualquier cosa, este es mi celular, se lo anoto, no gaste, llámeme desde el fijo que hay acá.” Cada vez que vino, Julio repitió más o menos las mismas cosas, sin indicarle tarea alguna que hacer. Por lo visto, después de la cosecha del trigo, han decidido no sembrar la extensión de terreno situada al oeste de esta casa que habita en soledad. Al principio, se trasladaba a diario a “La Provisión” con objeto de retirar lo que necesitaba para su consumo personal. Todo lo que adquiría en ese lugar, ubicado a dos kilómetros de la vivienda que lo aloja (recorrido que hacía caminando), era apuntado en la cuenta del escribano, cuenta que seguramente debía saldar mensual o semanalmente Julio, se imagina. Andrea, la chica de veinte años que lo atendía, lo hacía con un esmero sobreactuado. Él se sentía intimidado por la tanta escrupulosidad de parte de esa empleada de ojos marrones achinados y pelo negro, siempre recogido, que lo miraba sin excepción con la expresión de una groupie de rock atendiendo a su ídolo entrando sorpresivamente a comprar algo. Fue una sola vez al centro de Tres Cascadas, a comprar ropa y algunos libros cuya lectura tenía pendiente desde sus tiempos de estudiante universitario. Lo hizo en un micro zonal que pasa por la entrada de “El Recoleto”; tal es el nombre del territorio de más de tres mil hectáreas dentro del cual se desenvuelve en absoluta libertad, saludado muy de vez en cuando por alguno de los habitantes de las tres casas a las que Julio se refiere agrupándolas en un conjunto al que llama “el puesto”. Ve rara vez a las mujeres atravesando el perímetro del pequeño caserío, y a los hombres, desperdigados, realizando tareas cuya naturaleza no llega a decodificar. Se ha cruzado una sola vez con dos niños de entre ocho y once años, calcula. Cuando advirtieron su presencia, el mayor reprendió al más chico y se alejaron mirando intermitentemente en su dirección. Los días se han acortado tanto. Se levanta a la una de la tarde y se acuesta casi siempre a las cinco de la yerta y oscura madrugada. Las tardes se han vuelto plomizas desde hace varios días. Puede ver desde su posición cómo las luces de las casas del lejano puesto son encendidas desde la temprana tarde. El viento del sur se ha afianzado, trayendo unas nubes pesadas que descargan de manera intermitente una llovizna gélida. A menudo las ráfagas vienen impregnadas del mismo bálsamo que desprendía el pastizal de las sierras en los días de invierno que pasó en la finca que compró su padre, lejos en el tiempo, cuando el mundo parecía abrirse sin reserva a los sentidos de ese hijo tan esperado, tras la precoz muerte de su precursor. El invierno va a ser largo y muy frío. Lo sabe. Sabe también que el Tiempo, de cuyo transcurrir es parte por ahora indisoluble, ha sellado, por ahora, los límites de su experiencia. El contorno se aleja progresivamente, las personas se disipan. Julio…, Julio incluso, ya casi no aparece. Hizo las gestiones en “La Provisión” para que semanalmente le llegue a Pablo Aguilera lo que pida por teléfono. Los lunes, la mercadería es depositada en el suelo de la galería de la casa, por la mañana, muy temprano, mientras él duerme. Incluso el andar ha pasado a formar parte de un algo que parece tan distante. Por el momento, no es preciso algodonar cada instante con la exhalación del tener que dar cuenta de sí; aquella furia de lobos se ha aplacado bajo este gris que pareciera quererse perpetuo y que ilumina de manera cada vez más deficiente la desapacible mañana.
Es el primer lunes de Julio, son las dos de la tarde, y el abasto de “La Provisión”, por algún inquietante motivo, no se encuentra en la galería. Nieva intermitentemente, y la planicie que se extiende hacia el oeste, aquella que lo recibió en verano cubierta del mítico trigo de Tres Cascadas, se va volviendo blanca.