domingo, 5 de junio de 2016

Mi Gato Halley

A Federico,
cómplice imprevisto en aquel asfixiante embole,
por la charla sobre los eventos del cielo,
por We're Not Gonna Take It
y por convertirse en una de esas valiosas diferencias…

Había aparecido en el sudoeste hacía apenas unos minutos; eso barruntó Salvador, anonadado, mientras manejaba. La cola se volvía cada vez más visible y apuntaba hacia arriba, con una leve inclinación, en el cielo del anochecer. Todavía no decantaba el bullicio; el fin de año anterior, el comienzo traqueteado de aquel, su cumpleaños número veintiocho. ¿Habrían anunciado en algún medio que iba a poder observarse a simple vista lo que estaba viendo? Intuía haber leído algo al respecto en algún portal de noticias. No podía recordar con exactitud. Había habido varios recitales de la banda el pasado diciembre, presentación de nuevo disco; hubo que ponerse a tocar para poder exhibir con cierta autoridad las supuestas destrezas que había compartido con quienes concurrieron a presenciar su clínica de batería el día anterior. Un auditorio casi a pleno, teniendo en cuenta que en enero, Buenos Aires logra recuperarse del caos gracias al exilio de habitantes huyendo hacia destinos menos asfixiantes. En Mar del Plata lo esperaba el cuerpo de Halley en el freezer del departamento en el que desde hacía dos días, Salvador vivía solamente junto a Carol. Ni ellos, ni sus allegados, conocían el caso de un gato que hubiese estado tan cerca de cumplir veintiún años de vida, pero los había. La ruta no estaba muy cargada a pesar de que la temporada, según le había comentado Cristina por teléfono unos días atrás, perecía haber arrancado muy bien: “…no dábamos abasto anoche Salu, y hasta te diría que pude encontrar lectores para un par de buenos libros entre la tanta sandez que se suele vender en verano. Que no muera la buena literatura hijo.”
Halley iba a ser enterrado en el área de la sierra donde cuando adolescentes, los integrantes del grupo decidieron usar su nombre en honor a quien, incondicionalmente, era el primero en entrar a la sala de ensayo ―adosada a la casa con autorización de Cristina― al advertir los preparativos de una nueva sesión. Los cinco integrantes de Mi Gato Halley, decían que el animalito lograba captar la convulsión vibratoria de ese sitio, más que las melodías en sí, si es que las hubo al comienzo, cuando la sala de ensayo era un proyecto y los pioneros que se acercaban a hacer música a esa casa no sabían afinar una guitarra, pero se animaban de todos modos, contando al gato como espectador entusiasta. El debatido argumento de las limitaciones de Halley respecto de apreciar la música de los ensayos en su totalidad (más allá de los aporreos de Salvador a su batería y ciertos pasajes de las secuencias en las que el bajo iba más al frente), estaba fundado en que se había quedado casi completamente sordo a los tres años de edad a raíz de una infección generalizada que estuvo a un tris de matarlo.
Llegó con apenas tres semanas, amarillo, ojos verdes, raquítico de hambre. Se miraron, el chico de siete años lo alzó y conectaron inmediatamente. Fue de una enorme ayuda la compañía de su nuevo amigo por esos días, gracias a ella, pudo superar su angustia por no haber logrado ver pasar al cometa en el que papá, según habían asegurado Cristina y la abuela, pasaría a conocerlo. Y decidió llamarlo Halley. De papá, habían quedado los discos de vinilo que Salvador escuchaba desde que aprendió a usar el equipo de música. Una parte no menor, la había traído César, un amigo de Carlos, en los setenta, cantante de tango él, de sus tantos viajes al exterior. De modo que el chico y el gato pasaron incontables momentos en ese living, haciendo girar principalmente a Queen, David Bowie, Jackes Brel, Lou Reed y Led Zeppelin, mientras sumaban la música que iba llegando para incorporarse al recinto sinfónico (así llamaba Cristina al living, cuyo uso casi exclusivo era el de ser un espacio reservado a la música), en el cual era posible escindirse y recuperar un ámbito propio, cuyas llaves venían en manos de aliados tan lejanos en cuanto a distancias, pero tan cercanos respecto de la pertenencia a un universo vasto, auténtico e inagotable.
La fidelidad de Halley para con la música de Salvador, fue algo previo a los ensayos. Cuando el chico, a los catorce años, comenzó a tomar clases de batería y a encerrarse obsesivamente en el recinto sinfónico a practicar los ejercicios con los que pasaba tardes enteras, aprovechando que Cristina llegaba muy tarde de la librería, bastaba con que Halley lo viera encaminarse, palillos en mano hacia el rebautizado living a la hora usual, para que se le adelantara con la cola en alto y se sentara siempre en el mismo sillón a escuchar con atención la repetición de esos patrones rítmicos, que eran reiterados hasta el hartazgo en una suerte de letanía percusiva, que los dos, intuitivamente, percibían como el adelanto de algo en lo que solo ellos parecían tener fe.
La casa de Cristina siempre fue muy concurrida. Especialmente, desde que Carlos no estuvo, una parte de familiares, vecinos y amigos, entendió que ese espacio tan grande que había quedado vacío, debía ser llenado con su asistencia a ese domicilio del macrocentro marplatense. Hubo otro tanto, incluso más numeroso, que no estuvo dispuesto a asumir los presuntos riesgos, o que los esgrimió a su tiempo para justificar su deserción definitiva, fundada en otras inconfesadas razones. En cuanto a Halley, daba la impresión de que las únicas visitas a las que era proclive, eran aquellas que estaban directamente vinculadas con la música. César siempre los visitaba al regresar de sus giras en el exterior, y cuando llegaba, no terminaba de preguntar por el gato antes de sentir el roce de las ancas amarillas en sus delgadas pantorrillas. César frecuentaba a Cristina y Salvador junto a su guitarrista, y al terminar las cenas, sabía que estaba literalmente conminado a ofrecer un mini-recital a sus anfitriones y al resto de los invitados. Invariablemente, durante esas interpretaciones, Halley se sentaba debajo de la silla del cantante con gesto de disfrutar del repertorio. “¿Pero cómo, no es sordo el gato?” preguntaban los menos asiduos después del incidente que había estropeado las facultades auditivas de Halley, y César, actuando una falsa modestia que no era particularidad suya, atribuía a ese motivo la presencia del animal solazándose debajo, tan consustanciado con la circunstancia que lo tenía a él como protagonista.  

Carlos, miércoles 21 de junio de 1978
“Aullando entre relámpagos
perdido en la tormenta
de mi noche interminable, Dios
busco tu nombre...”

ENRIQUE S. DISCÉPOLO, en Tormenta

Te vas a despertar después de una noche de no haber conseguido dormir normalmente. La llamada anónima a la radio. Habrás logrado conciliar apenas unos fragmentos de un sueño oscuro en el que no decrecerá el fuego, negro, estremecedor, que inconscientemente habrás encendido el día anterior. Adentro, a pesar del día gélido, las vísceras electrizadas de miedo por haber manifestado en tu programa de radio nocturno tu repudio al forzado éxodo de artistas; las entrañas quemándote, el pavor, atroz, palpitando, por haber decidido junto al operador pasar la música prohibida por los organizadores del jolgorio mundialista con el que intuirás el exterminio que se estará intentando ocultar, tal vez de manera exitosa. Vas a preguntarte por qué decidieron desafiar al engendro. Lo harás sin lograr responderte. Cristina te confirmará por la tarde su embarazo, no hará falta esperar más tiempo, solo los análisis de rigor que ratificarán lo que ambos estarán vislumbrando, que alrededor del enero sucesivo tu primer hijo o hija llegarán a esa casa en la que acaso ya no estarás para recibirlo. Atenderás solo la librería por la mañana. Cristina se quedará a descansar de la pésima noche pasada. No habrán hablado al despertarse. Sabrás que su silencio estará fundado en que tal vez te hayas entregado quijotescamente a las bestias que andarán rondando todo el día, olfateando, espiando, pasando por la librería en un Torino blanco que verás varias veces. Almorzarán las milanesas con ensalada de tomate y lechuga que preparará la madre de Cristina en la cocina de tu casa. La mujer te servirá sin hablarte y vos, no darás con el modo de reaccionar ante la silenciosa y quizás justificada tirria. Propondrás lavar los platos sin que nadie te conteste; lo harás de todas maneras y saldrás a caminar a la hora de la siesta. Otra vez el Torino blanco con tres tipos adentro cruzándote dos veces durante la caminata en la tarde destemplada. La segunda vez los verás parar a comprar banderitas argentinas en Colón y Corrientes. Recordarás que en un rato jugarán Brasil con Polonia, en Mendoza, y más tarde, les tocará el turno a Argentina y Perú, en Rosario. Irás hasta la rambla, bajarás a la playa, subirás a una de las escolleras y verás el mar planchado de la siesta de junio, pensando, entre cosas menos banales, que en dos meses y días hará treinta años que naciste. Después de ducharte, recordando vagamente a tu madre, tan joven, el ruido de la tierra sobre la madera parda; y a tu padre, fugado para siempre de las insoportables garras de esa noche que se agigantará, cada vez más confusa, oscura, Cristina te hablará en silencio, para que no se entere su madre, te dirá que descarta lo que ambos vendrán intuyendo desde hará un tiempo. La tarde en la librería será tranquila e irá muy poca clientela. Escucharás el primer tiempo del partido entre Argentina y Perú en el local desierto, olor a kerosene de la estufa sobre la cual pondrás el consabido jarro enlozado con agua y hojas de eucaliptus. Decidirás cerrar el negocio antes de lo acostumbrado, después del segundo gol de Kempes. Llegarás a tu casa y encontrarás un clima más amable. Ellas te saludarán casi como si nada de lo del día anterior y esa mañana y mediodía hubiese ocurrido. Cenarán pollo al horno con papas, batatas y cebollas, después del seis a cero que habrá puesto al equipo de tu país en la final que jugará frente a Holanda el domingo siguiente. Te despedirás de Cristina con un beso más largo que lo habitual. Le tocarás el vientre, la mirarás y ambos sonreirán imbuidos por un inusitado arrebato de fe en el porvenir. Acompañarás caminando a tu suegra hasta su casa y seguirás camino hacia la radio. Hablarás poco en el programa sobre la alegría mundialista, cuyos bocinazos acabarán de decantar dejando lugar al acostumbrado silencio de la noche. Le hablarás al operador de un auto blanco. Él te dirá haberlo visto pasar de manera sospechosa al llegar antes que vos a la radio. Terminarás el programa, te despedirás del operador y saludarás a quien te sucederá en la emisora. Saludarás al portero, quien estará más frío que de costumbre al devolverte el saludo con su fría mano derecha. Saldrás del edificio y caminarás, casi hasta la esquina. Verás doblar un Torino blanco con un tipo manejando y un acompañante con medio cuerpo afuera del coche, apuntándote con un arma pequeña cuya ensordecedora retahíla será sucedida por un calor intenso en tu torso. Sentirás el golpe
sobre la vereda de pequeñas baldosas
que parecerán ir ablandándose,
licuándose
para ser engullidas
junto con vos
por un espacio cada vez más oscuro,
confuso,
incógnito…

Lo que comenzó como una lúdica actividad de exploración musical, se transformó en un trabajo en un relativamente corto período de tiempo, teniendo en cuenta la complejidad que conlleva el aprendizaje de un instrumento hasta llegar a un nivel de competencia profesional. Salvador pasó en cuatro años de ser un aprendiz a convertirse en profesor de batería, y en poco tiempo más, a ser contratado por otros músicos y formar parte de esa pequeña franja de artistas que gozan del privilegio de poder vivir de sus propios proyectos. La casa, que seguía siendo durante casi todo el día un lugar solitario debido a que Cristina atendía la librería hasta las nueve de la noche, era visitada por un número cada vez más significativo de alumnos, muchos de los cuales, eran fans de la primera banda en la que tocó Salvador, antes de que se formase Mi Gato Halley. Con el dinero que fue ganando, alcanzó de igual modo para ayudar a Cristina con los gastos domésticos, como para ir construyendo la sala de ensayo en la que ulteriormente se trabajó sobre tantísimos proyectos musicales, ya que el leal amigo de Halley, desde que fue tenido en cuenta como sesionista profesional, no solo grabó los discos de su banda; también fue baterista invitado en trabajos de otros grupos y de músicos solistas, incluso algunos de origen extranjero. Debido a sus nuevas exigencias, Salvador tuvo que dividir su tiempo entre Mar del Plata y Buenos Aires, lo que para Halley representaba dejar de ver a su camarada, a veces durante varias semanas. “Vieja, cuando no estoy dejale la compu con música cuando te vas; acá te dejé un compilado que sé que no va a fallar.” “Pero si está sordo como una tapia gordo.” “Vos haceme caso, poné el volumen en siete y no pongas el reproductor en aleatorio, acordate que empieza con Space Oddity y termina con Venus in Furs.” “¿Y esto que metiste acá en el medio? Parece el lavarropas cuando lavo los sweaters en ‘delicado’, con un violonchelo metido a las piñas.” “Es un performer canadiense que le fascina; haceme caso y reproducíselo tal como está.”

Carol

El grupo recibió la propuesta de grabar en Inglaterra su segundo disco. El manager había contactado un estudio modesto, pero cuyo ingeniero de sonido tenía en sus antecedentes el haber colaborado con bandas y solistas de fuste. Salvador viajó unos días antes que el resto de la banda a Londres a fines de ese julio. Por razones que ni él mismo lograba esclarecer, desde haber cumplido en enero veinticinco años, se había obsesionado con la visita a esa ciudad como con la de ninguna otra, y aprovechó la desagendada semana previa al ingreso al estudio, pautado para el 2 de agosto, para adelantarse al resto de los integrantes y encontrarse con las veredas con las que tanto había especulado involuntariamente, en sueños, indefectiblemente acompañado por Halley. La tarde del primer día del mes, los demás músicos, ya llegados a Londres, decidieron no ir al recital de Twisted Sister en el London Astoria y quedarse en el hotel con la excusa de entrar a grabar en las mejores condiciones al día siguiente. Por otro lado, conseguir entradas de reventa iba a ser difícil tan sobre la hora. No obstante Salvador, decidió hacer el intento, con la promesa de estar la mañana siguiente a la hora convenida en el estudio. Recordaría por siempre esa secuencia con una nitidez abrumadora: caminata por la vereda del Dominion Theatre, vecino del Astoria, regateo con el revendedor lookeado como un homeless, la mano pequeña, impoluta y femenina del tipo, uñas pintadas de negro, entregando de querusa el ticket y la bolsita de polietileno con los cristalitos opacos que iban como gentileza del tal Janick (the invisible), el tipo gritando “the water, don’t forget the water buddy”, ingreso al Astoria, último trago antes de la apertura, la chica mirándolo, preciosa como ninguna otra antes, arenga del presentador, voz rasgada y aguda, desentonando sobre la intro sonando a oscuras, luces intermitentes, la figura visible de los músicos con el riff de What You Don't Know (Sure Can Hurt You) arreciando, Dee Snider sosteniendo el micrófono unido al pie, el pelo rubio rizado relampagueando con los flashes, “Good evening! welcome to our show”, la chica mirándolo con la complicidad de encontrarse dentro del mismo globo, primer tema abrazados, comienzo de The Kids are Back, primer beso con Carol, lo más cercanos posible al escenario, a las vallas de contención protegiendo a una ingente cantidad de fotógrafos; ellos, atravesados por el enardecimiento del Astoria, colándose, un sonido iluminando las vísceras y proyectando un hilo invisible con los músicos, solo de Eddie Ojeda, y Snider, recobrando protagonismo, hincado frente a los flashes de los fotógrafos, divismo exonerado, el león haciendo gala de estar comiéndose a una manada entera de gacelas, entregadas, la sangre del ágape adherida a los ojos, las fauces y la cara de la fiera, cambiando de colores y el hilo tensándose y aferrando a amos y esclavos, haciendo posible la liturgia catártica. El recital con su primera furia, decantando, elegantemente, él abrazado a Carol y besándose más intensamente. Carol manejando. ¿Cielo iluminado? Tan reciente el desembarco en esas latitudes… Él proponiendo ir al grano en un inglés fortuitamente aceptable. Escalera desierta entre el primer y segundo piso del hotel, ruido de elásticos zurrando piel, en el silencio, oídos ensordecidos, las piernas de Carol cercando un cuerpo que devuelve la furia de la noche en medio de un aullido ensordinado por una mano con las uñas pintadas de verde. En ese momento, Cristina, en Mar del Plata, acariciaba a Halley, quien dormía en su falda al son del compilado prescripto y programado por Salvador, sentada ella en un sillón del living, recordando que Carlos siempre decía que las relaciones que comenzaban con una intensa afinidad sexual, tenían chances de prosperar mucho más allá que las otras. Y a millones de kilómetros, McNaught seguía camino a su perihelio, a hacerse visible desde la Tierra, dos años y cinco meses después.

A las semanas de cumplir veinte años, Halley comenzó a padecer cuadros infecciosos que necesitaban variedades cada vez más sofisticadas de antibióticos para ser remitidos. Los períodos de bienestar se acortaron progresivamente ese año, y la música (que debía ser suministrada a volúmenes cada vez más estridentes) siguió siendo el irreplicable acicate. Carol y Salvador gastaron una verdadera fortuna en paneles fonoabsorbentes para aislar el living del departamento en que Halley se quedaba horas mirando las tardes en la plaza de enfrente y escuchando los repertorios que su amigo prescribía, basándose en esa habilidad instintiva que nunca había fallado. El septuagenario César, junto a su nuevo y joven guitarrista, de regreso de su última gira por México, Estados Unidos y un par de ciudades canadienses, los visitó en septiembre y cantó su última milonga a Halley y a un reducido grupo de amigos que participaron de una cena circunstancial e inolvidable. No lograron despertarlo el primer día de primavera. Lo encontró su cuasi adolescente novia de turno en la habitación del departamento de Buenos Aires donde paraba cuando decidía pasar unos meses en el país, sonriendo nostalgioso, aparentando mirar la nada misma, con un CD de Goyeneche en “repeat” girando desde hacía quién sabe cuántas horas. Pero es sabido que no a todos los mortales les es concedida la dicha de sortear con tanta rapidez ese evento inexorable… La primavera pasó, sin César, sin ese tan elocuente curador de un fuego de bohemia que había legado Carlos y que su amigo se había ocupado de mantener encendido para los que lo necesitasen. Comenzaron el verano y el año siguiente, y el ya esperado McNaught, estaba lo suficientemente cercano para hacer su estelar y para muchos sorpresiva aparición; el cometa se encontraba lo bastante cerca para llevarse, acaso, algo con él. Y aún ajenos al evento astronómico del que estaban próximos de ser testigos, Salvador, su esposa y su madre, celebraron un concilio en el que no hubo necesidad de defender postura alguna; llamar al veterinario y relevar a Halley de su ya perdida batalla contra la muerte, fue una decisión tomada con un avenimiento sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta que Cristina y su hijo tenían por costumbre no coincidir de movida cuando había que adoptar una determinación importante. Esos últimos días habían sido excesivamente crueles con Halley y con ellos, testigos cercanos de ese hecho inevitable, que a veces deviene en un proceso despiadadamente lento. La vida y la muerte tienen demasiado a menudo la costumbre de debatirse en esa franja inestable, difícil de definir, de acometer sin rodeos, pero ni por asomo menos contundente que cualquier otra experiencia. Él pidió a las mujeres que le dieran un par de horas. Necesitaba intimidad absoluta. Bajó la persiana hasta que la luz fue lo suficientemente escasa, y recostado en el sillón de tres cuerpos, escuchó entero Led Zeppelin III, acariciando sobre su pecho una pelambre dorada que aún no había dejado que se evadiera el calor de una vida.

Apagó el aire acondicionado y abrió la ventanilla para constatar la brisa, la aproximación al océano. Juzgó nuevamente exitosa la clínica de batería en el auditorio porteño. Había aparecido en el sudoeste. La estela rasgaba centelleante el espacio negro, cristalino, por el que se desplazaba. Cuando la noche terminó de afianzarse, cuando las luces de Maipú quedaron atrás, pudo verlo con toda claridad en medio de ese confín estrellado y transparente de enero. Al día siguiente irían con Carol a la sierra a enterrar los restos de quien quizás, enarcado sobre el cometa McNaught, había interrumpido su viaje a quién sabe dónde para pasar a despedirse. Ahora, en el reproductor de música del auto de Salvador, volvía a sonar Led Zeppelin III.