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domingo, 21 de junio de 2020

Flores robadas en los jardines de Quilmes, la novela más celebrada de Jorge Asís, cumple cuarenta años




Hablar del turco Asís es hablar de mucho más que del best seller Flores robadas en los jardines de Quilmes. No obstante, esta novela que está cumpliendo cuarenta años y que inicia una valiosísima tetralogía, se ha convertido en una cifra inevitable del autor de las también fundamentales Diario de la Argentina y Cuaderno del acostado.  

Hace hoy exactamente cuarenta años, el veintiuno de junio de 1980, Editorial Losada le entregaba a Jorge Asís el primer ejemplar de Flores robadas en los jardines de Quilmes. Una novela que acabó transformándose en un indiscutible distintivo del propio autor (es raro ver o leer una entrevista de la índole que sea en que no se le mencione el libro). Oberdan Rocamora, ese seudónimo que muchos ligan a ese periodismo artesanal que ejerce el turco en las actuales columnas semanales en su blog, ya era famoso en aquel entonces por sus publicaciones en el diario Clarín. Ese muchacho nacido en Avellaneda en 1946, con ya varios libros publicados (La manifestación, Don Abdel zalim, el burlador de Domínico, Los reventados, entre otros), había aceptado la propuesta de convertirse en el orificio por donde el "gran diario" respirase, ganándose muy a su pesar el injusto mote de periodista anuente con el proceso militar, pese a haber sido una de las pocas voces en pedir a las puteadas la aparición de su amigo Haroldo Conti, a quien está dedicada la historia de Rodolfo y Samantha, una narración de vaivenes y contrapuntos en el terreno del amor y de la militancia política.

Flores robadas en los jardines de Quilmes es en realidad un libro inescindible de una tetralogía conformada por esa novela y las subsiguientes Carne picada (1981), La calle de los caballos muertos (1982) y Canguros (1983). Las cuatro historias recorren con una maestría, una ironía y un humor verdaderamente brillantes las calles de esos Buenos Aires y Gran Buenos Aires, principalmente desde de los tempranos '70 a los primeros años del proceso. Allí está ese muchacho llamado Rodolfo Zalim (alter ego de Jorge Asís) que vende retratos hechos a partir de fotos provistas por los clientes de las barriadas más profundas del Conurbano. Sobrevuela en todo momento el corte definitivo y la pérdida de la fe en relación con el mundo de la militancia política que aún sueña con revolucionar la Argentina. Allí habita ese personaje de observación aguda, testigo de las desventuras padecidas por Luciano en Carne Picada, que juzga piadosamente al protagonista bajo el dictamen provocador, en modo muy turco, de que “robar no es para los pobres”. Hay asimismo un retrato magistral de un Gran Buenos Aires de marginalidad que ya desde aquellos años se venía prefigurando silenciosamente, emparentado con el delito y el mundo de los barrabravas en La calle de los caballos muertos. Y aparece en Canguros la amistad con Rodolfo Douksas, el Paul Newman compañero de juergas del Omar Shariff de la dupla que es Rodolfo Zalim. 

Se publicó posteriormente una saga (fundamental) de novelas, a la que se alude también como Serie Rivarola por el seodónimo Bartolomé Rivarola, que en la ficción equivale a Oberdan Rocamora. La saga está conformada por Diario de la Argentina (1984), El pretexto de París (1985) y Cuaderno del acostado (1987), e inequívocamente pone más el foco en el Zalim periodista. La relación inaugural con el medio de la prensa escrita de llegada masiva, narrada con una coralidad de personajes y situaciones y una minuciosidad admirables, recorre las páginas de la extensa Diario de la Argentina. Continúa la serie con el primer viaje a Europa en El pretexto de París como excusa para recobrar el contacto con los protagonistas de un exilio que el autor vuelve a mostrar desde un lugar de absoluta incorrección política. Y aquí otra vez el recurso característico de la ironía propia de Asís, porque en realidad el reencuentro con aquellos viejos compañeros de ruta pareciera por momentos no ser más que un pretexto del protagonista para en concreto fondear en París, meca inexorable para todo personaje de la cultura porteña y de buena parte del arte occidental, al menos. Cuaderno del acostado no obstante, narra las penurias, el precio casi insoportable, las pasadas de factura por ese pasado de supuesto hombre del proceso. Libro que hay que leer para comprender la constante causticidad del escritor respecto del radicalismo. En palabras del propio Asís: “En adelante es el turno del Acostado. El clima denso puede percibirse en Cuaderno del Acostado, acaso mi mejor libro que no puedo releer, 1987. Remite a los cuatro años en que nada tuve para hacer en la Argentina. Publiqué otros libros que competían entre sí. Difícil saber cuál pasaba más inadvertido. Si El pretexto de París, 1985; Partes de Inteligencia, 1986; o El cineasta y la partera y el sociólogo marxista que murió de amor, 1989. Aunque el fenómeno se había extinguido, igual vendía algunos miles de ejemplares. Me había transformado en un escritor de culto (o mejor de secta). Costaba asumir que mi trayectoria de escritor se encontraba oficialmente congelada. Aunque escribiera mi Ulises, mi Montaña mágica en adelante ya era inútil. Destino clavado de silencio. A lo sumo, se me podía rescatar. Horrible palabra. Ninguna vocación de náufrago. Cada uno que venía a plantear una entrevista literaria pretendía indagar en los motivos del desprecio que generaba. Me convertían en un maldito de entrecasa.”

Volviendo a Flores Robadas, en 1985 y bajo guion del propio Asís, se estrenó el film homónimo dirigido por Antonio Ottone y protagonizado por Soledad Silveyra y Víctor Laplace. Clickear para ver la película completa

La historia posterior es mucho más venturosa y popularmente conocida: embajador argentino ante la Unesco desde 1989 hasta 1994, un corto período como secretario de Cultura de la Nación y embajador argentino en Portugal hasta finales de 1999. Y una franja de producción de ficción que se ha venido intercalando con publicaciones de análisis e investigación política que nunca dejan de hacer honor a la esa marca literaria, que se extiende incluso a su portal Jorge Asís Digital, en el que semanal y religiosamente, desde hace ya muchos años, se hace un personalísimo análisis de coyuntura política.

El turco Asís es obviamente muchísimo más que su best seller Flores robadas en los jardines de Quilmes; hablar de o sobre él es a la vez hacerlo sobre literatura, periodismo político e inteligente y constante espíritu de provocación. Muy difícil trazar los límites entre una y otra de estas tres cosas. Acaso la literatura sea la que prevalezca, casi siempre, porque según el autor todo lo que nos pasa en la vida es un pretexto para transformarlo en literatura. Como si el escribir fuese un acto de redención. Jorge Asís, un hombre que se reconoce como un libremercadista en un país en donde hace un par de décadas que para tantísima gente eso ha pasado a ser una mala palabra, un país en donde todo proceso político, según uno de sus más repetidos dictámenes, “termina invariablemente mal”. Ese “buen leñador que no da hachazos a los árboles caídos”. Ese "periodista artesanal", "profesional de la palabra", depositario de críticas y adhesiones de ambos lados de la grieta conforme van alternándose los gobiernos de distinto signo, quizás por trackear y dar parte de la realidad política desde un lugar y con un estilo y mirada incuestionadamente propios, más allá de los vientos ante los cuales convenga desplegar los velámenes del periodismo.

Fragmento de Flores robadas...

-¿Y militar? -como por joder pregunta Rodolfo, aunque sabe que nunca un porteño habla en broma. Por supuesto entonces la voz es más baja, casi un susurro, apenas más audible que un pensamiento. Porque, ante todo, uno ya es un experto en cuestiones de miniseguridad. Ojito, el temor nos alerta, el terror oculta gendarmes groseros en cualquier rincón, nos espían, hay micrófonos escondidos hasta en los pocillos de café, en los zaguanes, en las paredes, son aparatos modernísimos que detectan con fidelidad hasta el pensamiento. Tal vez por eso mismo nos dejan el libertad, porque somos unos locos sueltos, porque saben lo que, en el fondo, pensamos, que somos unos desechados, ya rezagos inofensivos, alejados totalmente de la militancia, ese buzón.

Sabiéndose abandonada, humillada, desairada, Samantha intentó lo que intentaron la mayoría de las mujeres del universo cuando se sintieron desairadas, humilladas, abandonadas. Desde la conquista, a lo mejor desde los legendarios días de Bizancio, las mujeres vienen intentando lo mismo, es decir, tratar de recuperar a los supuestos malditos, traicioneros, insatisfechos. De más está puntualizar que Samantha no fue ninguna excepción a esa antigia regla, y, como suele ocurrir, se encajetó más.

La lucha por la justicia, por un mundo menos sórdido, el ideal, el afán de ser útil, inscribir nuestra muesquita en el revólver de la historia, como Billy the Kid. La militancia fue un buril que marcó profundamente a mi generación; una de dos, o se militaba o no, había que estar obligatoriamente en algo y era, después de todo, lindo, dicisivo, meterse. La militancia era tan lógica como el amor, o como el sol, o la comida, si se militaba -donde fuera- uno estaba quizás equivocado pero completo, participando activamente de la efervescencia de su tiempo. Y si no se militaba había que explicar por qué causas, pero había penetrado tan hondo el buril que no militar era la mejor manera de cinchar por un aspecto, por un platillo, en una atmósfera de confusión, inmadurez y días precipitados. La no militancia, entonces, tenía sabor a descuelgue, olía a individuo escupido de su época, por eso entonces los valores instaban a la actividad, al riesgo y al fuego, para ubicarse, granjearse un ambiente, aunque no tuviéramos mayor conciencia de lo que pregonábamos, y diéramos la vida, los mejores años, dolorosamente, por ellas, aunque tuviéramos poquita educación política pero el impulso bastaba, la mística cierta o inventada, el optimismo, la seguridad de ser útiles a un proyecto, aferrarnos a una esperanza, a una vaga noción de la justicia.

miércoles, 10 de julio de 2019

Recuerdo, por un joven llamado Marcel


Recuerdo es un cuento que forma parte de los primeros doce textos de Proust que contaron con la reválida simbólica de pasar por la imprenta. Fue publicado por Le Mensuel, una revista que se editó en París entre octubre de 1890 y septiembre de 1891.

Escribió Jérôme Prieur en el estudio introductorio de Marcel antes de Proust: “Cada nuevo lector, es cierto, inventa a Proust, pero hace falta decir que a través de los años, las épocas, las generaciones, las circunstancias, e incluso los países, las culturas, los años luz, es él el que nos inventa a nosotros, el que nos observa. Después de un siglo, nos hemos ubicado bajo su mirada.” Semejante dictamen, sumado a lo que Proust y Henri Bergson nos enseñaron acerca de ese tiempo irrelevante simbolizado bajo una mera cifra, deberían ser razones suficientes para dejar de lado las cronologías y no esperar los aniversarios exactos para aportar un grano de arena más respecto de la obra de alguien cuya vigencia (se comparte la opinión de Prieur) sigue siendo tan categórica. Pero por alguna razón, seguimos aguardando fechas conmemorativas como la de hoy, aniversario de su nacimiento en Auteuil el 10 de julio de 1871, para hablar o escribir sobre el autor de En busca del tiempo perdido, creyendo que de ese modo nos volvemos más oportunos.

Le Mensuel fue una revista modesta en su formato, pero con grandes pretensiones en lo relativo a su redacción. Tenía entre 10 y 16 páginas y carecía de ilustraciones. Su pretensión de retratar y describir la realidad, la actualidad, no solo las de Francia, sino también los acontecimientos geopolíticos, se valió ―tal vez por una cuestión de ahorro de espacio y dinero, quizás a instancias de simplificar el proceso de edición― de lo meramente textual. Su editor jefe, Otto Bouwens Van der Boijin (1872-1922), era un joven generacional de Proust, quien al igual que él, cursó sus estudios en el Liceo Condorcet de París. Otto Bouwens, posteriormente hombre bastante influyente, además de dramaturgo y compositor de música para piano, era hijo de un conocido arquitecto parisino de origen holandés. La relación que tuvo con el joven Proust fue muy fugaz, no conociéndose más allá del período de publicación de Le Mensuel algún otro tipo de contacto, razón por la cual se conjetura como algo muy probable que debe haber habido alguna clase de discordia entre ambos. Escribió Jean-Yves Tadié: Otto Bouwens “atraviesa como un meteorito invisible la biografía de Proust hasta el día de hoy… ¡Extraña desaparición la de este personaje con el que Marcel seguramente habrá tenido alguna desavenencia y al que dejó de frecuentar!” (Jean-Yves Tadié, Marcel Proust, París, Gallimard, 1996)

¿Venganza literaria? Al leer las biografías de Proust, uno se entera de que se cobró unas cuantas facturas pendientes en su literatura, y algunas de sus revanchas no fueron precisamente sutiles. En La Prisionera, quinto tomo de En busca del tiempo perdido, aparece una sola vez un personaje llamado Otto, fotógrafo con quien Odette se había hecho hacer unas fotografías que a su esposo Swann no le agradaban tanto como una pequeña foto de álbum tomada en la juventud de su mujer en Niza. Es cierto también que Marcel Proust trató en París a un fotógrafo mundano llamado Otto Wegener a finales del siglo XIX. Hay, cuando menos, dos retratos hechos por él en torno a 1895 y una foto en grupo en la que el escritor aparece junto a sus amigos Robert de Flers y Lucien Daudet. Teniendo en cuenta la precisión milimétrica, obsesiva, con la que Proust planificó, escribió y corrigió semejante novela, resulta improbable que la aparición de ese nombre en un personaje que se gana el descrédito de Charles Swann haya sido casual. ¿A cuál de los dos Ottos aludirá? Sea cual fuere la respuesta, nunca se sabrá, a menos que en el futuro aparezca alguna correspondencia inédita en la que el factible vengador escriba a algún destinatario sobre el asunto y revele algún detalle esclarecedor.  

Previamente a su paso por Le Mensuel, las publicaciones del adolescente Marcel se dieron en las revistas editadas con sus compañeros de liceo, copiadas a mano y reproducidas con papel carbón: “Una publicación que no es ni naturalista, ni idealista, ni decadente, ni incoherente, ni progresista, ni delicuescente, puede parecer extraordinaria. Pero más extraordinario es que haya una publicación naturalista, idealista, decadente, incoherente, progresista y delicuescente. La revista de arte y de literatura, no obstante, es tanto lo uno como lo otro. Sin tomar partido ni hacer distinciones de género, aceptamos todo lo que nos parezca digno de leerse.”, se anunciaba en la presentación del primer número de una serie de revistas conformada por Le Lundi, La Revue verte y La Revue lilas.

Hay tres textos personales de Proust en Le Mensuel: Poesía, poema firmado por M. P., Cosas Normandas (único escrito certificado con el verdadero nombre del autor y que habla sobre Trouville, Normandía, a comienzos del otoño), y el cuento Recuerdo que se comparte al final de esta entrada, publicado bajo el seudónimo Pierre de Touche. El resto de sus colaboraciones para Le Mensuel consiste en artículos que cubren mayormente las secciones de moda, music hall y pintura, adoptando los alias Estrella Fugaz, De Brabant, M. P., Y, Carbonilla y Bob. El uso de seudónimos era por lo visto una suerte de patrón editorial en la revista. Otto Bouwens por su parte firmaba sus publicaciones con sus iniciales o las de Le Mensuel. Indicar el nombre del autor, como lo hace Proust en Cosas Normandas, era en consecuencia la excepción a la norma. Incluso el apodo Y, utilizado por Proust en Miscelánea, una crítica bastante cáustica a un poemario de Gabriel Traireux titulado Confiteor, es empleado por otro autor para firmar un artículo sobre la difusión de la censura. Esto se infiere de la enorme incompatibilidad de estilos entre ambos textos.   

Hasta 2012, año en que se publicaron en Francia, recobrados y prologados por el bibliófilo Jérôme Prieur bajo el nombre Marcel antes de Proust. Textos recobrados de Le Mensuel, los trabajos de Marcel Proust editados por la revista dirigida por Otto Bouwens, formaron parte de una pequeña e incipiente franja de su obra sobre la cual la crítica y los biógrafos no habían puesto prácticamente su atención. Acaso el motivo sea que se conocen solamente dos colecciones completas con sus doce números, que van desde el correspondiente a octubre de 1890 al de septiembre de 1891. En el año 2016, se publicó la primera traducción del libro al español realizada por Matías Battistón (Buenos Aires, Ediciones Godot, 2016).  

Es imposible dejar de observar en el cuento Recuerdo, texto divulgado en el último número de la revista, la impronta decadentista, elegíaca y romántica de un joven visiblemente influenciado por la literatura de Edgar Allan Poe. Pero también se exponen, en la forma en que podía hacerlo un escritor ―con un enorme potencial― pero amateur, un escritor de veinte años, los temas de un amor inviable, así como el del paso del tiempo cronológico y sus consecuencias físicas y psicológicas, materias trabajadas posterior y magistralmente, de manera mucho más exhaustiva, en En busca del tiempo perdido. Aparece asimismo un personaje llamado Odette, nombre de una de las heroínas centrales de  À la recherche.
Recuerdo
Un criado de librea marrón con botones de oro me vino a abrir y me hizo pasar casi de inmediato a una sala tapizada en cretona, con paneles de madera de pino y vista al mar. Cuando entré, un muchacho, un joven bastante apuesto, se puso de pie, me saludó con frialdad y luego siguió leyendo su periódico, sin dejar ni por un momento de fumar su pipa. Me quedé de pie, algo incómodo, diría incluso algo preocupado por el recibimiento que se me daría aquí. ¿No me habría equivocado, después de tantos años, en venir a esta casa, donde quizá me hubieran olvidado desde hacía mucho? ¿Esta casa antaño tan hospitalaria, donde había vivido horas profundamente dulces, las más felices de mi vida?

El jardín que rodeaba la vivienda y que formaba una terraza en una de sus extremidades; la casa misma, con sus dos torres de ladrillo rojo e incrustaciones de mayólica de diversos colores; el largo vestíbulo rectangular, donde pasábamos los días de lluvia; y hasta los muebles de la sala a la que acababan de hacerme pasar: nada había cambiado.

Unos instantes después, entró un viejo de barba blanca; era muy petiso y muy encorvado. Su mirada vacilante tenía su expresión de una gran indiferencia. Reconocí de inmediato a Monsieur de N. Pero él no me reconoció a mí. Me presenté varias veces: mi nombre no evocaba en él recuerdo alguno. Nos miramos a los ojos, sin saber muy bien qué decir. Me esforcé en darle pistas, pero fue en vano: me había olvidado por completo. Yo era un extranjero para él. Íbamos a despedirnos, cuando la puerta se abrió bruscamente: “Mi hermana Odette ―me dijo, con una vocecita aflautada, una bonita niña de unos diez a doce años― acaba de enterarse de su llegada. ¿Quisiera venir a verla? ¡Se pondría muy contenta!”. La seguí, y bajamos al jardín. Allí, en efecto, encontré a Odette, acostada en una chaise longue, envuelta en un enorme manto escocés. No la habría reconocido, por así decirlo, de tan cambiada que estaba. Sus rasgos se habían alargado, y sus ojos, rodeados de círculos oscuros, parecían perforar su lívido rostro. De su belleza, que tan deslumbrante había sido, ya no quedaban ni rastros. Con un gesto un poco forzado, me pidió que me sentara cerca. Estábamos solos. “Seguramente estará muy sorprendido de encontrarme en este estado”, me dijo después de unos instantes. “Lo que sucede es que, desde mi terrible enfermedad, quedé condenada a guardar reposo acostada, sin moverme. Vivo de sentimientos y de dolores. Sumerjo la mirada en este mar azul, cuyo tamaño, en apariencia infinito, tanto adoro. Las olas, que vienen a romper contra la costa, son pensamientos tristes que acuden a mi mente, así como esperanzas que debo abandonar. Leo, leo mucho, incluso. La música de los versos evoca en mí los más dulces recuerdos y hace vibrar todo mi ser. ¡Qué amable de su parte no haberme olvidado después de tantos años, y haber venido a verme! Es algo que me hace bien. Ya estoy mucho mejor. Puedo decírselo, ¿no  es así? Ya que hemos sido tan buenos amigos. ¿Recuerda los partidos de tenis que jugábamos aquí, en este mismo lugar? Yo era muy vivaz en aquel entonces, muy alegre. Hoy en día, ya no me queda vivacidad, ya no me queda alegría. Cuando veo cómo el mar se retira a lo lejos, muy a lo lejos, pienso a menudo en nuestros paseos solitarios al bajar la marea. Guardo de ellos un recuerdo encantador, que podría bastar para ser feliz, si yo no fuera tan egoísta, tan mezquina. Pero, como verá, me cuesta resignarme, y de tanto en tanto no puedo evitar rebelarme contra mi suerte. Paso el tiempo así, aburriéndome sola, porque estoy sola desde la muerte de mamá. Y papá está demasiado enfermo y viejo como para ocuparse de mí. Mi hermano sufrió mucho por una mujer que lo engañó de un modo espantoso. Desde entonces, vive ensimismado; nada puede consolarlo o siquiera distraerlo. Mi hermanita, por su parte, es muy joven, y, además, hay que dejarla vivir feliz, mientras le sea posible”.

Mientras me hablaba, su mirada se iba animando; el color cadavérico de su tez había desaparecido. Había recuperado su expresión dulce de antaño. Era linda de nuevo. ¡Dios mío, qué hermosa era! La habría querido estrechar entre mis brazos, habría querido decirle que la amaba… Nos quedamos así, juntos, durante otro buen rato. Luego la llevaron adentro, porque la tarde refrescó. Después tuve que despedirme de ella. Las lágrimas me sofocaban. Recorrí ese largo vestíbulo, ese jardín delicioso, con alamedas cuya grava, lamentablemente, nunca volvería a crujir bajo mis pies. Bajé a la playa; estaba desierta. Comencé a caminar, meditativo, pensando en Odette a orillas del mar, que se retiraba con calma e indiferencia. El Sol había desaparecido detrás del horizonte, pero sus rayos purpúreos coloreaban todavía el cielo.
Pierre de Touche


jueves, 30 de agosto de 2018

Enrique Wernicke: a cincuenta años del fallecimiento del autor de La Ribera...


En la entrada del 2 de julio del año pasado, se publicó en este espacio un repaso de la vida y la obra del multifacético Enrique Wernicke (1915-1968). Clickear aquí para leer la reseña completa publicada en La Frontera. A cincuenta años de su relativamente prematura muerte, ocurrida el 30 de agosto de 1968, se comparte Juan Trapero, uno de los cuentos de Hans Grillo (1940).  


Juan Trapero

  
     Allí está, en la sierra. Flaco, viejo, miserable y rabón. En sus andanzas perdió la cola. ¡Pobre zorro! ¡Tiene mocho el destino! ¡Le han caído todas las pestes sobre el cuerpo! Así pasa siempre. La desgracia nunca viene sola. Ya lo sabe Trapero.
    Era en la Piedra Grande de la sierra. Una noche de octubre. No se veía una sola estrella. Negrura y soledad. En los cañadones corría el viento llamando al frío de las piedras. Jamás conoció noche más perra.
    Pero no siempre la vida fue tan cruel. Alguna vez fue joven y gordo. Alguna vez tuvo un hogar y siete cachorros bayos.
      Ahora, el frío y el hambre. ¡Y la vejez tan hundida en las costillas!
   Juan Trapero desciende entre las peñas buscando en algún valle un poco de comida. Camina arrastrando las patas. Y el viento, entre risas, le tira burlonamente del hocico.
    Pronto está en lo llano. Olfatea el aire. Nada. No encuentra nada. Sigue marchando, ya desorientado. La tristeza de su vejez lo envenena y el frío se le prende de las carnes. Se detiene, vuelve sobre sus pasos y sube entre las pencas y los espinos. Cada vez más triste y más lloroso.
     El cielo se desata. Se abre un nubarrón en relámpagos y truenos, y un chicotazo de lluvia aplasta los pajonales.
    Trapero llega hasta un recodo al pie de la quebrada. Agachado, lamentando sus rengueras, se esconde bajo una piedra. Contra la tierra revuelve su desesperación y su rabia:
     ―¡Maldita vida! ¡Maldito el egoísmo de la gente! ¡Maldita la miseria!
     Siguen la lluvia y el viento. El hambre y el frío le bailan delante.
     Y Trapero se asoma a la quebrada. Desde su altura mira el llano de los campos cerrado por la noche. La lluvia que ha cubierto los montes.
   Y vuelve a mirarse el alma desgraciada. Y grita, para que caigan sus palabras por las piedras, para que se estrellen contra la tierra de abajo. (Los ruegos de los pobres no muerden a ninguno.)
    ―¡Señor! ¡Señor! ¿A qué me tienes aquí? Estoy viejo y pobre. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame, que no puedo ver!
     El viento, de pasada, recoge su desdicha y lleva su ruego más allá de la quebrada. Mucho más allá. Hasta un montecito lejano de álamos y sauces, que tiene un arroyo pequeño oculto entre los pastos, con flores, perfumes y paz.
    La lluvia no ha llegado hasta aquel monte. Allí, el viento de la tormenta es apenas una brisa. Y la luna, tan perdida en las sierras, está sobre los sauces y los senderos.
     Es el cielo de los animales.
    Las almas dormitan calladas y felices. Pero el viento trae de la montaña el llanto del zorro trapero. Tan triste y desesperado.
   Despiertan los animales sobresaltados y asoman de sus refugios buscándose. Un gato pregunta:
     ―¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿De quién son esos gritos?
     Contesta un hornero:
     ―¡Un alma que llora!
     Y agrega una urraca: 
     ―¡Un alma que pide!
     ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos?
     Y un halcón, desde su rama, apacigua el alboroto:
     ―¿No griten! ¡No se asusten! Es el alma de Juan Trapero que nos llama.
     ―¿Quién es Juan Trapero?
     ―Un zorro desgraciado.
     ―¡Pues que venga! ¡Que venga con nosotros!
     Terminaron a gritos. Llamaron a la Muerte y le pidieron que marchara en busca de Trapero. Y la Muerte partió.
     Allá en la sierra, entre el viento y la lluvia, quedaba el zorro. La Muerte llegó oculta por la tormenta. Y guareciéndose en la oscuridad, se acercó sigilosa hasta su alma. Entonces, el cuerpo del viejo zorro cayó rodando entre las piedras. Rebotando, rebotando.
     Siguió la lluvia castigando la sierra. Siguió el viento.
     Pero el alma de Trapero, vestida de plata, entró galopando en aquel monte.


Los Talas, 1936.

domingo, 2 de julio de 2017

Un cuento de Enrique Wernicke


Se comparten un repaso de la vida y la obra (por cierto casi indivisibles) de Enrique Wernicke, y Don Lino, uno de sus cuentos de la selección Cuentos, de 1968

Si bien es cierto que todo listado o enumeración, aunque sean deliberados con el tiempo suficiente, conllevan una manifiesta arbitrariedad, un riesgo evidente, no es menos verdadero que quienes conozcan la obra de Enrique Wernicke (1915-1968), coincidirán en resaltar el hecho de que debería incluírselo en la larga lista de aquellos escritores a los que no se les ha brindado su merecida divulgación. En su relativamente corta vida, Wernicke ―además de ejercer múltiples oficios y vivir un tiempo en la bohemia de París― trabajó prácticamente todos los géneros literarios. También dejó un diario de mil cuatrocientas carillas que abarca desde marzo de 1936 a marzo de 1968, diario que consideraba su obra definitiva y al que tituló Melpómene. Jorge Asís en 1975 hizo una selección de veinte carillas del diario, que publicó la revista Crisis (Nº 29). Asimismo homenajeó el autor de Diario de la Argentina a Wernicke en esa suerte de pieza genial del hibridismo genérico vernáculo que es Cuaderno del acostado, nombrándolo como a un escritor a quien le hubiese gustado conocer personalmente. Guillermo Saccomanno, Gabriel Montergous y Osvaldo Gallone entre otros, coincidieron también en difundir y homenajear su obra.

Militante del Partido Comunista o del “partido”, como se le llamaba a ese espacio en esos tiempos, solitario empedernido, hombre de pocos pero fundamentales amigos, obsesivo de todo lo tocante con la muerte (esa muerte a veces deseada por sus personajes y por él mismo), aborrecedor atávico de toda clase de comedimiento, de convenciones sociales, inventor de personajes que atraviesan un presente en donde algún tipo de ausencia es acaso el haber más contundente de su realidad personal, todos estos rasgos suyos pueden rastrearse con mayor claridad a partir de los cuentos en que es abandonada la impronta fabulesca de los inicios (Función y muerte en el cine ABC y Hans Grillo, ambos publicados en 1940). Ya en los cuentos de El señor cisne (1947) van cobrando mayor relevancia sobre todo los temas del trabajo, de las economías precarias, del hombre llano, anónimo; y por su parte aparece también de un modo más persuasivo la naturaleza en contraposición a la escala humana, el agua de la inundación, como también la pequeñez del hombre ante la eventual virulencia del destino, precursores de sus dos novelas fundamentales: La ribera (1955) y El agua (1968).

Acaso en La ribera pueda rastrearse al Wernicke más puro y autobiográfico, en la vida de ese alter ego del autor, periodista de mediana edad, con tendencia al alcoholismo, reacio a vincularse con los círculos culturales de su tiempo, que opta por alejarse de casi todo (incluso de su esposa e hijo) para instalarse en una precaria casa a orillas del Río de la Plata, en el Gran Buenos Aires, y dedicarse a fabricar figuras de plomo, redescubriendo en esa nueva experiencia de vida el amor en el personaje de una empleada adolescente que trabaja en su taller. En esa novela y en El agua (genial retrato conjetural de la vejez que Wernicke no vivió, dado que murió a los 53 años) el río aparece como amenaza, como brazo fundamental del desastre e incluso la muerte, pero también como oxígeno existencial, como elemento redentor para algunos y aniquilador para otros, y es ahí donde el veredicto político se hace menos explícito y por ende más efectivo (la vida de los chicos de familias acomodadas de un colegio privado ―que no dista mucho de la casa en que vive el personaje principal de La ribera―, cotejada con la dura realidad de los pobladores ribereños).

Elvio Gandolfo, en su prólogo a los Cuentos completos (Ediciones Colihue, 2001) de Wernicke, declara que la fortaleza de su literatura, radica paradójicamente en los accesos de confianza, seguidos de una desesperante falta de fe en los que solía caer con frecuencia: “Imposible describir el entripado que me han provocado los cuentos. Estoy harto, aburrido, indignado de mis cuentos. Me parecen todos idiotas, afeminados y tontos. Sueño con hacer una literatura robusta.”, escribía Wernicke. Y escribe Gandolfo al respecto: “Una solidez conseguida paradójicamente a través de ese vaivén, esa vacilación que va desde la seguridad aplastante a la duda corrosiva sobre su propio valor, característica de tantos grandes escritores.”

Se editaron cinco selecciones de cuentos de Enrique Wernicke: Función y muerte en el cine ABC (1940), Hans Grillo (1940), El señor cisne (1947), Los que se van (1957) y Cuentos (1968, recopilación realizada por el propio autor y que incluye algunos trabajos inéditos hasta ese año). Pueden rastrearse en la actualidad (no sin cierta dificultad) agrupadas en la edición de Colihue Cuentos completos, como se dijo, prologada por Elvio E. Gandolfo. Si se observan de manera cronológica, sus cuentos tienden a volverse ―en su mayoría― cada vez más concisos, pero no menos efectivos, todo lo contrario, da la impresión de estar ante un narrador que trata de dar más consistencia argumental a medida que va omitiendo y dejando espacio, en ejercicio de una suerte de orientalismo rioplatense en el cual se opta por observar desde el margen, desde la “orilla”, acontecimientos a los cuales se les da su propio espacio de expresión, confiriéndoles una mínima estructura de significación. También se advierte un desplazamiento de los escenarios rurales a contextos urbanos, como el del cuento que se comparte, que pertenece a esa selección hecha por el escritor poco antes de fallecer.

Don Lino
   
    Llevaba cuarenta años en la empresa. Era el contador de confianza. Le decían Don Lino, y nadie recordaba que se llamaba Seferino Picapoti. Don Lino para aquí.
     Don Lino para allí.
    Murió su mujer, murió su único hijo en un accidente. Y Don Lino quedó solo, sirviendo a la empresa.
    ¿Qué pensaba? ¡No importa un carajo! ¿Qué sentía? ¡No importa otro carajo! ¿Qué vivía? ¡No importa mil carajos! La vida del país…
    Un día ―andando tanto las cosas― le entregaron un cuaderno negro y le pidieron que lo pusiera “al día”.
    Lo abrió en su casa, respetuoso, después de haber comido en el restaurante, lo estudió, lo estudió bien…
     Y en un ataque de locura, rompió el cuaderno, puteó a los dioses, lloró como un chico, y nunca más volvió a la empresa. Se emborrachó, lo agarró el cáncer, perdió sus ahorros en las carreras, fue a la ruleta, se dedicó a las putas…
     Camaradas: el detalle no tiene importancia.
     Don Lino vive en mi casa. Morirá conmigo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

César Aira: El santo



El último títere de César Aira, logra escapar de las garras de un sicario para navegar por el Mediterráneo, ser vendido como esclavo, enamorar perdidamente a la reina de un exótico país africano y descubrir el deleite de la acción tras una larga existencia contemplativa en un monasterio de la Cataluña de finales de la Edad Media.

Conociendo la obsesión de César Aira por singularizar cada ejemplar de sus libros, por dotarlos (al menos) de una infralevedad distintiva, hablar de su última novela como de la ochenta y tantas, sería contravenir uno de los rasgos caracterizadores del artífice. Acaso en las actuales épocas en que el concepto de viralización está tan en boga, podría considerarse al último trabajo del escritor nacido en Coronel Pringles como una pequeña partícula más lanzada a la multiplicación del aparentemente inagotable universo airano.
El santo nos lleva a las postrimerías de la Edad Media, a un pequeño pueblo catalán junto al mar Mediterráneo, desde donde un monje hacedor de milagros, advirtiendo la proximidad de su muerte, decide retornar a su Italia natal para morir en su terruño. Dicha decisión desencadena, ante la inclaudicable determinación del viejo asceta de cumplir con su peregrino cometido, y frente a la inminente pérdida del formidable negocio de la exhibición de su cuerpo una vez muerto, la urdimbre de un plan para asesinarlo. Para este cometido, el Concejo de correligionarios contrata al Cobalto, una suerte de sicario que persigue al santo en su viaje por mar en una falúa griega y en un barco pirata turco, y posteriormente, en un derrotero (con aires de road-movie lynchiana) por exóticos países africanos.
"¿Quieres saber quién eres? No preguntes. Actúa. La acción te definirá y determinará.", escribió Witold Gombrowicz en uno de sus Diarios; y si bien es indiscutible que el anciano religioso pasa de una vida de recogimiento a la acción, esta acción se da en dos fases muy bien definidas, ya que en un principio ese hacer, ese obrar, es forzado por las circunstancias, haciendo emerger empero, como consecuencia, como segunda instancia, un sentido de autodeterminación que va in crescendo a medida que la historia avanza. El arco transicional discurre desde un ámbito de oración, contemplación y rutina consuetudinarios, desde un día a día entre pájaros del mismo plumaje donde todo acontecer, fortuito o premeditado, se vuelve moralmente convincente si se lo atribuye a la voluntad de Dios, hacia una itinerante y exuberante vida en que hasta un apasionado romance con una reina sabe a poco ante las nuevas expectativas que van emergiendo en el transmutado hacedor de milagros; y ese quién soy aflora aportando cualidades dormidas, inimaginadas, presagiando un futuro colmado de nuevas posibilidades. “Es asombroso lo que se aprende saliendo del cascarón de lo cotidiano” dice el Cobalto al santo en el único diálogo que mantiene con quien ha sido objeto de su precipitada pesquisa.
En una entrevista que le realizaron en Montevideo, Aira manifestó: "Nunca me interesó la psicología de los personajes. Tampoco en la vida real me interesa ahondar en la psicología de la gente. En mis novelas, los personajes son solamente funcionales a la trama. Si sirven para que la historia avance, están bien. No trato de darles densidad psicológica, una redondez, algo para que crean que existe esa gente en el mundo, cuando son como figuritas, títeres que yo manejo a mi modo.", y el protagonista de El santo no es la excepción a esta pauta, el monje, si bien es un personaje forzado a actuar por la coyuntura en un comienzo y que luego acaba adquiriendo la capacidad del hacer deliberado, toma decisiones que no provienen de una mente dotada de una hondura analítica; es el característico personaje títere del autor, que como un Ema, la cautiva es absorbido por contingencias, orbes y culturas asaz desconocidos hasta entonces. 
Aira ha declarado tener que sobrellevar con cierto fastidio esa necesidad de tener que filosofar el porqué de las circunstancias, no solo las que describe el narrador de sus textos, sino también las propias. Tal vez sea por eso que el santo, ante la interpelación del Cobalto respecto de los pormenores que han hecho posible la inconsciente fuga, responde: “Para darle una respuesta, tendría que pensar, y a esta altura de mi vida y experiencia no quiero pensar más. En eso también coincidimos. Si me acepta un consejo, renuncie a la satisfacción banal del saber. Yo sé lo que le digo. Estos misterios de cuarto cerrado, y todos los de su especie, enigmas de salón, exhibiciones de ingenio, son una pérdida de tiempo. Usted espera una revelación, como quien espera ganar la lotería, pero esa revelación, que según las reglas del juego estaba implícita en los datos del planteo, es una construcción redundante además de imaginaria. ¿De qué le serviría? El caso se resuelve, y no queda nada, ni en el mundo ni en la memoria.”
Literatura Random House ha publicado hasta el momento las siguientes obras de César Aira: Ema, la cautiva (1997), Cómo me hice monja (1998), La mendiga (1999), Cumpleaños (2001), El mago (2002), Canto castrato (2003), Las noches de flores (2004), Un episodio en la vida del pintor viajero (2005), Parménides (2006), Las curas milagrosas del doctor Aira (2007), Las aventuras de Barbaverde (2009), El error (2010), El congreso de literatura (2012), Relatos reunidos (2013) y Los fantasmas (2013). El santo, en simultáneo con una selección de sus trabajos, da inicio a la Biblioteca César Aira del grupo editorial. 

viernes, 13 de marzo de 2015

Otra puerta de acceso a la catedral proustiana


Ilustración de Pablo García


Con motivo del cumplimiento de los cien años de la primera publicación de Por el camino de Swann, en 2013 se publicó en este espacio un artículo titulado Marcel Proust: los primeros cien años de su catedral. Allí se mencionaba, entre otras ideas y aproximaciones a la extensa novela enciclopédica del escritor francés, que si bien el acceso a la "catedral" para algunos lectores significaba un fascinante viaje desde el encuentro con las primeras páginas, para otros suponía el riesgo incluso de conducir a un juicio errado respecto de las motivaciones que llevaron a Proust a consagrar los últimos años de su vida a la composición y constante corrección de En busca del tiempo perdido. "Como ha ocurrido con varias novelas, pongamos por caso La montaña mágica de Thomas Mann o Ulises de James Joyce, En busca del tiempo perdido se ha transformado en una suerte de ritual literario, que a pesar de haber transcurrido cien años de la publicación de su primer volumen, sigue sumando adeptos, esos 'amigos de Proust, que forman en el mundo entero una inmensa sociedad espiritual…', como los alude André Maurois en el prólogo de La vida de Jean Santeuil. Hay quienes desisten al primer volumen, esgrimiendo argumentos parecidos al de Humblot (ver artículo completo de La Frontera). Hay quienes llegan al tomo III o IV y abandonan en ese umbral en que las revelaciones proustianas comienzan a cuajar y a ejercer su efecto de fascinación. Los hay quienes, tras haber abandonado, vuelven al tiempo y completan la lectura de la novela. Hay quienes perciben, llegando acaso a través de testimonios, ensayos o artículos, que la catedral los estaba esperando, y comprueban, a los pocos instantes de comenzar la lectura de Por el camino de Swann, que esos senderos de Combray son un espejo cuyo objetivo es reflejar los caminos propios." escribí en aquel entonces al final del extenso artículo publicado en octubre de 2013 en La Frontera. Juan Forn, en su contratapa de hoy del diario Página 12, cuenta cómo, después de varios intentos, gracias a la lectura de El caso Lemoine, pudo al fin superar los prejuicios y adentrarse en ese orbe proustiano en donde el arte asume el rol de transportarnos al lugar en donde  "todo es más real que en la vida misma."

viernes, 6 de junio de 2014

Manucho y el cine: De la misteriosa Buenos Aires


Si bien, al hablar de la vasta obra literaria de Manuel Mujica Láinez, no puede omitirse el cuerpo conformado por la tetralogía de la aristocracia porteña: Los ídolos (1953), La casa (1954), Los viajeros (1955) e Invitados en El Paraíso (1957), y el constituido por algunas de sus últimas producciones: Cecil (1972), Sergio (1976), Los cisnes (1977) y El gran teatro (1979), en el cual se observa claramente la utilización de una prosa que se desliza con más fluidez, un estilo más directo, y un soltar amarras del anacronismo; la novela histórica, con el infaltable ingrediente fantástico, la ironía y la confesión entre líneas de su verdad humana —artificios que se advierten con más nitidez en Bomarzo—, es el tópico desde el cual se suele hacer una primera aproximación a la producción del escritor que pasó sus últimos años en un enigmático caserón de las sierras de Córdoba. Aquí vivieron (1949), Misteriosa Buenos Aires (1950), Bomarzo (1962), El unicornio (1965) y El laberinto (1974), fueron sin dudas las obras que más trabajo de documentación acarrearon, y por lo tanto, las más representativas de la fracción histórica de Manucho. Misteriosa Buenos Aires, es un conjunto de cuentos en el que interactúan personajes reales e imaginarios, haciendo un recorrido por la historia de la ciudad de Buenos Aires, desde su segunda fundación, hasta principios del S. XX. De la misteriosa Buenos Aires, es un tríptico cinematográfico realizado en 1981, adaptado por Ernesto Schoo, en que se filmaron tres cuentos del libro de MML publicado en 1950: El hambre, dirigido por Alberto Fischerman; La pulsera de cascabeles, dirigido por Ricardo Wulicher y El salón dorado, dirigido por Oscar Barney Finn. El film estuvo protagonizado por Aldo Barbero, Oscar Cruz, Graciela Dufau, Eva Franco, José María Gutiérrez, Jorge Mayor, Walter Santa Ana y Julia Von Grolman. 

Enlace para ver la película completa



sábado, 19 de octubre de 2013

Marcel Proust: los primeros cien años de su catedral


Hace cien años, publicado por la editorial Grasset, Por el camino de Swann, el primero de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, comenzaba a transitar una senda que la llevaría a convertirse en parte de una de las novelas capitales del Siglo XX. 

Marcel Proust, su autor, nació el 10 de julio de 1871. Su nacimiento se dio en Auteuil debido a que Jeanne Clemence Weil decidió alejarse del peligro que representaban los bombardeos alemanes en París y dar a luz allí. Jeanne, madre de Proust, era hija de un empresario bursátil de origen judío, y su padre, Adrien Proust, un notable médico epidemiólogo de su tiempo. La infancia y juventud del escritor transcurrieron en el marco político que prosiguió a la guerra franco-prusiana, en la estela divisoria que abrió el affaire Dreyfus y en el contexto social y cultural de la belle époque. El asma lo acompañó prácticamente toda su vida, desde los nueve años hasta su muerte a los cincuenta y uno. Contra la voluntad de su padre se negó a seguir la carrera diplomática y comenzó a frecuentar los círculos literarios de su época de juventud. Asistió a cátedras en la Sorbona, principalmente a la de Henri Bergson, filósofo que influyó profundamente en Proust; de hecho el eje principal de su exploración literaria está anclado en los conceptos de creación, tiempo, obra de arte y percepción e intuición bergsonianos. En 1896 publicó Los placeres y los días, una miscelánea de sueltos, poemas y esbozos filosóficos. Jean Santeuil, su primera novela, se dio a conocer póstumamente en 1953. Allí se advierten ciertos rasgos precursores de la profunda indagación que más tarde llevaría a cabo en la novela que se está reseñando. En 1904 publicó traducciones al francés del crítico de arte inglés John Ruskin. Los artículos publicados por Proust en Le Fígaro constituyeron también una suerte de mix en los que se narraban desde los pormenores del salón donde “recibía” una noble de la época, hasta el recuerdo de los espinos blancos de su infancia. En 1909 comenzó a trabajar en En busca del tiempo perdido, obra que fue creciendo y nutriéndose a medida que Proust declinaba. François Mauriac declaró tras su muerte: “vimos, en un sobre manchado de tisana, las últimas palabras ilegibles que había trazado y entre las que sólo acertamos a descifrar el nombre de Forcheville. Así, hasta el fin, sus criaturas se nutrieron de su sustancia, agotando lo que le quedaba de vida”. La novela terminó de publicarse hacia 1927, es decir cinco años después de la muerte su autor.

Pero ciertamente podría asegurarse que todo lo escrito en el párrafo anterior a modo de introducción, de breve biografía del artífice de la novela que inspira este artículo, sería refutado por el propio Proust, ya que él no creía acertada esta forma de dar cuenta acerca de la vida de un escritor. De hecho fue famosa su polémica con Charles Augustin Sainte-Beuve a través de un escrito llamado Contra Sainte-Beuve redactado entre 1908 y 1909 y publicado de manera póstuma en 1954, haciendo referencia a esto. Proust afirmaba que los testimonios de amigos, familiares o allegados, las cartas, las invitaciones a fiestas, en última instancia la vida social, no aportan elementos esclarecedores del yo-escritor. ¿Qué necesidad habría de escribir si ese yo fuese fácilmente asequible a esas personas con quienes el escritor se ha relacionado? Dice Arturo Fontaine en una conferencia que dio en Santiago de Chile en 1995 sobre À la recherche: “precisamente lo que hace escribir es que hay una cierta dimensión de la persona que queda sumergida y que escapa al yo-social de alguna manera”. De modo que si es el yo-escritor y no el yo-social el que construye una obra en donde queda asentado el más fiel registro de quién fue verdaderamente ese ser humano que sintió la férrea necesidad de dar cuenta de algo, vayamos sin más a su En busca del tiempo perdido e intentemos encontrar a ese sujeto que asediado por la muerte que llegaba inevitablemente, rescató del olvido sus tesoros personales con el objetivo de invitar a sus lectores a rescatar los propios.  

En busca del tiempo perdido es una novela extensísima. Está compuesta por siete volúmenes: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La Prisionera, Albertina ha desaparecido y El tiempo recobrado. La traducción al español que más se ha difundido es la de Pedro Salinas y Marcelo Menasché. Se publicó entre 1913 y 1927, de manera que los últimos volúmenes llegaron a los lectores tras la muerte de Marcel Proust el 18 de noviembre de 1922. Los temas de la novela son variadísimos.

El primer volumen, Por el camino de Swann, es una introducción a ese universo proustiano de una inquisición analítica y filosófica exhaustiva. Frecuentemente se le atribuye a André Gide la frase: "No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de dormirse”, la frase en realidad corresponde al editor Humblot. Humblot argumentaba esto como excusa para rechazar la publicación del libro, cuyo derrotero hasta llegar a los lectores no fue precisamente fácil. Los temas de este primer tomo son la dependencia emocional del personaje principal para con su madre —tema desarrollado ya por Proust en Jean Santeuil—, la infancia en Combray (Illiers en la “realidad”), lugar en donde el pequeño Marcel pasa los veranos con su familia que es visitada por las noches por Charles Swann, un marchante de arte que hace sonar una campanilla que le da la pauta al niño al escucharla de que esa noche no recibirá el beso de su madre. Aparece por primera vez un tema recurrente en Proust, los celos. Un amor de Swann es una sección importante de Por el camino de Swann, en efecto, se ha publicado también por separado. La relación entre Charles Swann y Odette de Crécy, está tratada como una suerte de ensayo en relación a las arbitrariedades que está destinado a sufrir inevitablemente —según Proust— quien ama. El tema del amor y los celos vuelve como preocupación central en los quinto y sexto volúmenes.

En A la sombra de las muchachas en flor este personaje que aún se encuentra en una etapa de recolección de datos e impresiones, sin sospechar siquiera que llegará el día en que sentirá la ferviente e insoslayable necesidad de formular a través de la literatura un sistema de decodificación de esas señales, conoce a varios de los personajes centrales de En busca del tiempo perdido: Bergotte, ese escritor héroe de la infancia, acusado injustamente por cierta crítica de ser un mero cincelador de pequeñeces —acaso una autodefensa de Proust como reacción a la repercusión de su obra hasta ese momento—, Saint-Loup y el barón de Charlus, de alguna manera un primer acceso concreto al mundo Guermantes que va a ser mucho más desmenuzado en el tercer volumen, el pintor Elstir, y el grupo de muchachas conformando un grupo indivisible, ya que el objeto de amor es el grupo y no en singular una de las muchachas que lo componen. Es también una de las ideas más fuertes de este segundo volumen el descubrimiento del Balbec en la ficción, Cabourg en la realidad, que como esos lugares que nos representábamos hostiles desde nuestra previa especulación, inesperadamente nos reciben amigablemente. A la sombra de las muchachas en flor obtuvo en 1919 el premio Goncourt.

Al fin, en El mundo de Guermantes, este Marcel que “no es del todo” Proust, logra penetrar en una esfera social que hasta el momento le había estado vedada, y que constituía una suerte de ideal simbolizado en ese nombre “Guermantes”. Los nombres en En busca del tiempo perdido son tratados como una de las tantas puntas de iceberg visibles de un macrocosmos de impresiones que se oculta bajo una cara meramente simbólica. La incursión de la burguesía en el mundo de la aristocracia es uno de los temas centrales de lo que podría decirse que en Proust es una suerte de narración circunstancial o eventual, dado que estos acontecimientos que no obstante ocupan gran parte de la novela, ofician acaso el rol del peso narrativo de una arquitectura en la que más adelante van a emerger los resultados de esa búsqueda, relegando estos aspectos circunstanciales a la necesidad de mero contraste, del aporte de una densidad necesaria para que puedan sostenerse las impresiones e ideas de las que se dará cuenta en El tiempo recobrado.   

Sodoma y Gomorra simboliza la salida de la infantil inocencia del protagonista, no sólo en relación a la iniciación de un joven que comienza a descubrir el mundo de los adultos, sino también se plantea en el cuarto volumen, la idea de un cierto desengaño experimentado por alguien quien, tras ese nombre Guermantes, dejó crecer un ideal que comienza a mostrar sus grietas. Las andanzas del barón de Charlus, sus idas y venidas con el violinista Morel y el interrogante amoroso que despierta en Marcel su oscilante amor por Albertina, introducen a la honda reflexión que hay en En busca del tiempo perdido acerca de la cuestionable, según Proust, idea de ese amor absoluto que conforme el tiempo va modificando inevitablemente nuestros sentimientos y pareceres, no está destinado a otra cosa que a desvanecerse. En Sodoma y Gomorra, Charles Swann, uno de los personajes centrales de la novela, hace su última aparición.

El traslado a París de Marcel junto a Albertina, encerrada y virtualmente presa, es el tema predominante en La prisionera. Tanto el protagonista como el barón de Charlus experimentan los ribetes más sórdidos de la experiencia amorosa desde el punto de vista proustiano: quien ama está condenado indefectiblemente a sufrir, ya que ese ideal, que habita previamente en nosotros, es depositado en alguien de manera arbitraria, cubriendo de esa construcción utópica a la verdadera persona, que se transforma en el ser amado hasta que su personalidad real aflora y conduce inevitablemente al desengaño. Ese es el dictamen más fuerte en La prisionera. Por otra parte, comienza a observarse una decantación, una suerte de toma de perspectiva en el personaje central, cuyo fin es templar y preparar ese nivel de penetración que dará como resultado los veredictos que a través de hechos involuntarios aparecerán en el último volumen, despertando esa fe perdida en las letras.

Albertina ha desaparecido es el sexto volumen de la novela. La composición del genial personaje Vinteuil, que cristaliza a esta instancia de la obra, representa la firme idea de Proust acerca de la música como una de las puertas de acceso a esos paraísos perdidos a la búsqueda de los cuales se encamina el narrador de manera cada vez más nítida. La música es una de las llaves a esa dimensión incorruptible: “Cuando el pianista acabó de tocar, Swann estuvo con él más amable que con nadie, debido a lo siguiente: El año antes había oído en una reunión una obra para piano y violín. Primeramente sólo saboreó la calidad material de los sonidos segregados por los instrumentos. Le gustó ya mucho ver cómo de pronto, por bajo la línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba, como en líquido tumulto, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la parda agitación de las olas, hechizada y bemolada por la luz de la luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar un nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frase o una armonía. No sabía exactamente lo que era lo que, al pasar, le ensanchó el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosa que rondan por la húmeda atmósfera de la noche tienen la virtud de dilatarnos la nariz. Quizá por no saber música le fue posible sentir una impresión tan confusa, una impresión de esas que acaso son las únicas puramente musicales, concentradas, absolutamente originales e irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones.”  (Fragmento de Por el camino de Swann). El casamiento de Gilberta Swann con Robert de Saint-Loup, une por fin el camino de Méséglise con el de Guermantes, alegorizando esa incursión creciente de la burguesía en el mundo aristocrático. El viaje a Venecia por su parte, recogerá una de esas impresiones que reformuladas en un futuro ya no tan lejano, harán posible la recuperación de ese tiempo perdido.   

El tiempo recobrado es sin dudas el momento de la cosecha, de la recuperación involuntaria de esos paraísos perdidos. Si existe algo que pueda llamarse filosofía proustiana, es indudable que en este último volumen es donde más enfática y claramente Proust trabajó su filosofía y su mensaje. Equivocadamente suele afirmarse que Marcel Proust era un burgués acomplejado y snob cuya verdadera motivación era componer un exacerbado encomio de la nobleza de su tiempo. Acaso en un principio ni él mismo supiese a ciencia cierta hasta qué punto de afianzamiento llegarían sus veredictos, dado que toda su carrera literaria constituyó un proceso de maduración de estas ideas que sirvieron para hacer decantar lo superfluo y jerarquizar los conceptos sobre los que trabajó en El tiempo recobrado. Y en ese proceso de decantamiento y jerarquización queda evidenciado que el objetivo no era hacer un culto a la nobleza que paulatinamente iba siendo penetrada por la burguesía de la que Proust formaba parte, sino tomarla como uno de los tantos temas de exploración para hacer emerger, habiendo logrado el contraste ineludible, las revelaciones universales escondidas, ya no detrás de un nombre centenario, ya no tras el peso histórico de un lugar, sino bajo la cara visible de experiencias tan aparentemente banales como la textura de una servilleta, la famosa magdalena, o el golpe de una cuchara en una taza.  


Personas-personajes, Tiempo, Arte y Metafísica:

Pero es evidente que más allá de la división de esta novela en siete cuerpos en los que puede hacerse un recorte bastante definido de los temas abordados en cada uno de ellos, En busca del tiempo perdido está indiscutiblemente atravesada por tres grandes troncos temáticos —Sociedad, Tiempo, y Arte y relación de éste con la dimensión metafísica de la experiencia— sobre los que, a la manera de un pintor que sigue robusteciendo con sus pinceladas un motivo que siente que no termina de adquirir la facultad de transmitir el mensaje para el que fue concebido, Proust fue trabajando, acaso encontrando, a medida que la escritura avanzaba, la manera más efectiva de delimitación de esa materia invisible que para sostenerse necesitaba de un contrapeso y una densidad que la consolidasen. Es oportuno aclarar sin embargo que la novela no fue escrita progresivamente, ya que el proceso de redacción de Proust conllevó hasta sus últimos días un ejercicio de corrección y agregado de cuartillas a los volúmenes que no habían sido todavía editados. Se sabe también que el desarrollo argumental no se dio de forma gradual, ya que El tiempo recobrado estaba prefigurado desde el inicio del proceso de escritura de la novela, en cuyo rasgo de circularidad necesariamente tuvo que pensar de antemano el autor para que ese artilugio narrativo y su efecto en los lectores surtiesen el resultado esperado.

George Painter, en su biografía definitiva sobre Proust en dos volúmenes Marcel Proust: a biography, escribió: “Proust creía, fundadamente, que su vida tenía la forma y trascendencia de una obra de arte. Por esto se propuso seleccionar, proyectar en la distancia, y transformar la realidad, a fin de revelar su universal trascendencia.” Lo que tal vez no observase tan nítidamente en un comienzo el propio Proust, es que no todos los aspectos de esa vida ofrecían ese rasgo trascendental, y acaso intuitivamente, a modo de quien separa la paja del trigo, empezó nutriendo los aspectos menos sutiles de su vida, componiendo en consecuencia un cuadro milimétrico de esa alta sociedad en decadencia que es penetrada lenta pero inexorablemente por la burguesía francesa de principios del S. XX.

Existe una tendencia a creer que cada personaje de En busca del tiempo perdido está basado en un solo personaje real. Al respecto declaró el mismo Proust: “...no hay claves que permitan identificar personajes reales con los de mi novela, o, mejor dicho, a cada personaje novelesco corresponden ocho o diez claves./ …creo que si Bergotte o Saint-Loup, por ejemplo, están compuestos, cada uno, de seis o más retazos de seres reales, el lector preferirá que los mencione a todos.”, escribe Painter a colación en el prólogo de su biografía. Lo que en rigor debe decirse es que muchos de esos personajes constituidos por varios fragmentos, llevan también, además de los retazos de las personas aludidas por el autor, partes de su propia personalidad y sensibilidad. 

Se suele decir o escribir que Proust tenía una preocupación filosófica respecto del tiempo. Esto es muy cierto, pero a menudo, cuando se habla de En busca del tiempo perdido, se alude a la novela como la historia de una especie de nostálgico que a través de esa narración en primera persona, busca embarcar al lector en una suerte de melancolía en función de un pasado en donde todo fue mejor. Para entender la relación de Proust con el tiempo necesariamente hay que remitirse a la filosofía de Bergson, ya que la obra de Proust, entre otras tantas cosas,  es una exploración literaria de la filosofía bergsoniana. Henri Bergson (1859-1941) hablaba de dos dimensiones y percepciones temporales. Por un lado, aquella de la que puede darnos parte el análisis, que necesariamente debe hacer un recorte de una determinada porción de tiempo y representar este valor a través de un símbolo, y por otro, una dimensión temporal interna, una duración del yo que es un devenir constante, de la cual puede solo dar cuenta la intuición; en palabras del propio Bergson: “el análisis opera sobre lo inmóvil, mientras que la intuición se coloca en la movilidad, o —lo que viene a ser lo mismo— en la duración. Aquí está la línea de separación bien clara entre la intuición y el análisis. Lo real, lo vívido, lo concreto, se reconoce porque es la variabilidad misma. El elemento se reconoce porque es invariable. Y es invariable por definición, por ser un esquema, una reconstrucción simplificada, con frecuencia un mero símbolo, en todo caso, una vista tomada sobre la realidad que fluye.” ¿Y cuáles son las alegorías proustianas que nos hablan de esa duración interna que se manifiesta a través de una impresión o percepción que se nos representa involuntariamente? Sin lugar a dudas la famosa magdalena es la más aludida. Pero lo son también la servilleta y su textura, la baldosa desigual, la cuchara y el fragmento de la sonata que suspendía a Swann es una especie de nirvana. Sin embargo la magdalena no conduce a la magdalena, sino a Combray, es decir, al pueblo de la infancia del narrador; la servilleta y su textura no conducen a otra servilleta, sino al Balbec de la juventud del narrador; la baldosa despareja lo retrotrae a Venecia. Por consiguiente, necesariamente esa duración interna que se ha adherido a la conciencia en el pasado en Combray y en el presente en la degustación de la magdalena, ha emergido involuntariamente conectando dos elementos desiguales, en dos recortes de tiempo diferentes, pero en rigor caras visibles de un sustrato que las funde, suprimiendo esa distancia cronológica de décadas que separa esos elementos. En palabras del propio Proust: “Acerca de la extremada diferencia que hay entre la impresión verdadera que hemos tenido de algo y la impresión ficticia que se consigue cuando tratamos de representárnosla voluntariamente, no me detenía, recordando demasiado con qué indiferencia relativa Swann había podido hablar antes de los días en que era amado, porque debajo de aquella frase veía algo más que ellos…; comprendía demasiado que lo que la sensación de baldosas desparejas, la rigidez de la servilleta, el gusto de la magdalena despertara en mí no tenía ninguna relación con lo que trataba a menudo de recordar de Venecia, de Balbec, de Combray, con la ayuda de una memoria uniforme; y comprendía que la vida pudiera considerarse mediocre aunque en algunos momentos pareciera tan hermosa porque en el primer caso, por algo muy distinto a ella misma, es que se la juzga y se la desprecia, por imágenes que no conservan nada de ella.”  (Fragmento de El tiempo recobrado).

En octubre de 1888, el joven Marcel Proust comenzó a cursar, bajo el tutelaje del profesor Marie-Alphonse Darlu, su curso de filosofía en el Lycée Condorcet. Darlu fue quizás quien despertó en Proust esa convicción de que el arte debía dar testimonio ante nada de esa dimensión metafísica de la experiencia. En el prólogo de Los placeres y los días escribió acerca de su maestro: “Gran filósofo cuyas luminosas palabras, que sin duda perdurarán más que muchos libros, me enseñaron a pensar a mí y a muchos otros.” George Painter por su parte, en el primer volumen de su extensa biografía sobre Proust escribió al respecto: “Marcel aprendió de Darlu que para que una obra de arte tenga grandeza no basta con que sea poética o moral, sino que también debe ser metafísica; y el más profundo tema de À la recherche du temps perdu lo constituye la revelación de una verdad puramente metafísica.” Y es en ese punto en el que debe detenerse quien quiera comprender la profundidad del mensaje proustiano, dado que en toda su obra, incluso en los artículos de Le Fígaro, se advierte esa pretensión de abrevar en las sutiles subyacencias de la experiencia, gerarquizarlas y dejar en claro que la trama más visible de información y primera lectura no es el punto de intención de lo que se quiere transmitir. Proust fue perfeccionando este mecanismo durante toda su vida de escritor, e indiscutiblemente en En busca del tiempo perdido es en donde este tan pretencioso artificio encontró su medida y efectividad, de hecho, si se avanza en la lectura de toda su producción literaria de manera cronológica, es decir, como fue escrita y no como fue publicada, se percibe un proceso de fraguado de esta estrategia. No debe dejar de mencionarse tampoco que no es un demérito que semejante proyecto literario deje entrever ciertas imperfecciones. El mismo Proust decía —incluso puso en palabras del narrador de En busca del tiempo perdido que quien se propusiera recobrar tan tremendo mensaje y traerlo del pasado al presente, dándole la categoría de una revelación de lo eterno, era comparable a quien construye una gran catedral, y las grandes catedrales nunca terminan de construirse: “Y en esos grandes libros, hay partes que solo han tenido tiempo de esbozarse y que sin duda nunca se concluirán, debido a la misma amplitud del plano del arquitecto. ¡Cuántas grandes catedrales permanecen inconclusas!”  (Fragmento de El tiempo recobrado).


Parte de la religión:

Como ha ocurrido con varias novelas, pongamos por caso La montaña mágica de Thomas Mann o Ulises de James Joyce, En busca del tiempo perdido se ha transformado en una suerte de ritual literario, que a pesar de haber transcurrido cien años de la publicación de su primer volumen, sigue sumando adeptos, esos “amigos de Proust, que forman en el mundo entero una inmensa sociedad espiritual…”, escribió André Maurois en el prólogo de La vida de Jean Santeuil. Hay quienes desisten al primer volumen, aludiendo argumentos parecidos al de Humblot. Hay quienes llegan al tomo III o IV y abandonan en ese umbral en que las revelaciones proustianas comienzan a cuajar y a ejercer su efecto de fascinación. Los hay quienes, tras haber abandonado, vuelven al tiempo y completan la lectura de la novela. Hay quienes perciben, llegando acaso a la novela a través de testimonios, ensayos o artículos, que la catedral los estaba esperando, y comprueban, a los pocos instantes de comenzar la lectura de Por el camino de Swann, que esos senderos de Combray son un espejo cuyo objetivo es reflejar los caminos propios. Lo cierto es que para muchos lectores, el recobrar esa dimensión proustiana de la experiencia se ha convertido en una especie de ritual. Illers, ese pueblo de la Baja Normandía en el que el pequeño Marcel pasaba los veranos, ha pasado a llamarse Illers-Combray debido al encantamiento que ejerce la literatura de Marcel Proust en su feligresía. Miles de turistas llegan ahí buscando los caminos de Proust y sus íntimos senderos. Sus biógrafos, más allá de aportar datos sobre la vida pública del escritor, han intentado aportar algún ladrillo más a esta eterna catedral en permanente construcción. Quien escribe, se ha encontrado al final de un ejemplar del primer volumen de la biografía de Painter, extraído de una biblioteca pública, escrita a mano, la receta de las magdalenas, anexada por un lector desconocido. Dejemos, en palabras de Proust, la razón acaso más probable del porqué de este fenómeno de permanente multiplicación: “Pero para volver a mí mismo, pensaba más modestamente en mi libro y hasta resultaría inexacto decir, pensando en los que lo leerían, en mis lectores. Porque no serían, como ya lo he demostrado, mis lectores, sino los propios lectores de ellos mismos, ya que mi libro no sería más que una suerte de vidrio de aumento, como los que el oculista de Combray le ofrecía a un comprador; mi libro, gracias al cual les proporcionaría los medios de leer en sí mismos.”  (Fragmento de El tiempo recobrado).


Bibliografía:
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2. BERGSON, Henri ([1903] 1960): Introducción a la metafísica, México D.F., UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO Dirección General de Publicaciones
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8. PROUST, Marcel ([1927] 1998): Crónicas, La vida en París, Buenos Aires, NEED
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10. PROUST, Marcel ([1919] 2006): En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor, Buenos Aires, C.S. Ediciones 
11. PROUST, Marcel ([1921-22] 2006): En busca del tiempo perdido. El mundo de Guermantes, Buenos Aires, C.S. Ediciones
12. PROUST, Marcel ([1922-23] 2006): En busca del tiempo perdido. Sodoma y Gomorra, Buenos Aires, C.S. Ediciones
13. PROUST, Marcel ([1925] 2006): En busca del tiempo perdido. La prisionera, Buenos Aires, C.S. Ediciones
14. PROUST, Marcel ([1927] 2006): En busca del tiempo perdido. Albertina ha desaparecido, Buenos Aires, C.S. Ediciones 
15. PROUST, Marcel ([1927] 2006): En busca del tiempo perdido. El tiempo recobrado, Buenos Aires, C.S. Ediciones
16. PROUST, Marcel (1954): La vida de Jean Santeuil, Buenos Aires, Santiago Rueda, Editor
17. PROUST, Marcel ([1896] 2005): Los placeres y los días, Madrid, Alianza Editorial
18. PROUST, Marcel (1998): Países y meditaciones (recopilación de crónicas periodísticas), Buenos Aires, NEED