domingo, 29 de noviembre de 2020

Catedrales

Ahí va un hombre como tantos,
colmado de dudas,
va a por esa progresión de imágenes.
Va a por ese recinto. Inspiración secular. 
Sus lejanos artífices que no han muerto, que no morirán 
hasta que su obra sucumba al olvido, 
la destrucción, 
el inevitable triunfo del tiempo.

Ahí va el hombre a su escogido destino,
camina por calles inflamadas de sol, 
enero:
la sagrada quietud de las ciudades 
cuando el verano envuelve 
y a la vez acuna, salvajemente,
a quienes se atreven a enfrentarlo.

Ahí va ese niño, aún, cegado de música,
en busca de ese camino que se trazó involuntario, 
hace décadas. 
La inspiración de uno de sus tantos y fundamentales héroes. 
Y busca, busca en el silencio de las catedrales. 
Buscaba ya, antes de Proust, antes de Combray, antes de Ruskin, 
antes de los senderos de espinos blancos, 
previo a que todo lo que escribe sonara a plagio.
Pero no obstante se arriesga,
lealtad a esas primeras imágenes, 
a esos fulgores que no admiten el ejercicio de la glosa. 

Nos lo enseñó Marechal: la certidumbre de lo bello,
lo verdadero y lo bueno, 
hacía lagrimear tus ojos, 
y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón 
de responder con el mismo lenguaje
Trampa insalvable para quien cambia el sonido por la palabra,
acaso a consecuencia de un destino marcado a fuego,
pero a la vez, honroso ejercicio de observancia 
para con esos primeros oestes de la infancia. 

Preciosa, lejana niñez, cuando esa música descendía, 
simplemente se volcaba generosa y podía escucharse 
sin necesidad de ceremonia, de catedral alguna; 
no era entonces el sonido condición necesaria 
para cantar la más atinada y precisa frase.  

Entrar con un coloquio secreto, 
sortear el barrunto de quienes creen conocerlo:
no cuentan las propias voces, niño, 
cuando los dioses se han vuelto hombres, 
cuando esos hombres han trocado en esclavos con visos de rey. 
Pero no obstante se arriesga, 
lealtad a esos primeros caminos,
a ese río, esos oscuros canales,
navegar...
Tu instintiva memoria no ha dejado morir la esperanza. 

Ser un huésped portando un profuso secreto.
Corresponder. Pero no olvidar al tiempo 
la propia letanía:
se han relegado los mares, mas se han recobrado 
las cegadoras planicies, 
las ciudades perdidas que aguardan en el ocaso 
el arribo de un cansado transeúnte.

Vivir con la esperanza de acabar, al fin, 
transitando esas rutas solitarias.
Y es por eso que no obstante, se arriesga, se arriesga, 
lealtad a esas primeras canciones, 
a un mundo aleatorio, rapsódico, que brotaba repentino 
y que a veces vuelve. Catedrales. Catedrales. 

A fin de cuentas, cada uno regresa a su sitio, 
propio, invisible, 
ocultando su propia bandera, 
blandiendo en clave 
su irrepetible e inconfesable prosa. 
Cada uno se arriesga a otros brazos cuando el aire se acaba. 
Y es probable que el lugar de esa entrega 
sea el punto de partida de un próximo e inesperado viaje
a un nuevo orbe, con nuevos gigantes, 
nuevos templos, catedrales. 
Catedrales en las que descansar en secreto. 
Y deber inexorablemente darse a la fuga,
para salvarnos, para librarnos, para vaciarnos. Nuevamente.

sábado, 24 de octubre de 2020

Estreno de Apple TV+: On the Rocks, el regreso de una dupla memorable

Tras diecisiete años del rodaje de la exitosa Perdidos en Tokio, Sofia Coppola vuelve a convocar a Bill Murray para un rol protagónico. Con muchos guiños al cine de Woody Allen, On the Rocks es asimismo la película en que por primera vez la realizadora filma en su Nueva York natal.

Sofia Coppola ganó en 2004 un Oscar a Mejor Guion Original por Lost in Traslation, o Perdidos en Tokio, como la conocimos por estos lares, un film en que lo hizo brillar a Bill Murray junto a una muy joven Scarlett Johansson. Y con su última propuesta, no solo retoma su relación con el protagonista de Broken Flowers, sino también la posibilidad de explorar la masculinidad y la femineidad, ahora desde la relación de un padre donjuanesco con su hija en su obsesión por preservarla de una sospechada infidelidad.

Laura (Rashida Jones, hay que citar por cierto que es la hija de Quincy Jones) es una escritora de mediana edad que vive en Nueva York junto a sus dos hijas pequeñas y su marido Dean (Marlon Wayans), un emprendedor obsesionado por una línea de negocios cuya atención demanda el hecho de viajar constantemente. Así como todo parece marchar sobre ruedas para Dean (la admiración y el acompañamiento de sus compañeros/as de trabajo, la multiplicación exponencial de sus logros y por ende el éxito económico cada vez más ostensible), para Laura las cosas no funcionan de igual manera. Ha recibido un adelanto por la publicación de una novela, novela cuya escritura se encuentra paralizada dado el período de falta de seguridad personal e inspiración por el que atraviesa, circunstancia a la que se suman las sospechas de infidelidad por parte de su marido. Y a esta situación ya de por sí compleja, se incorpora Felix (Bill Murray), el padre de Laura, un rico divorciado, seductor empedernido y exmarchante de arte que vive una vida sibarita viajando por el mundo y todavía a la pesca de los buenos negocios que pudiesen presentarse. 

On the Rocks no es solo la primera película que su realizadora rueda en la fascinante Nueva York, por cierto su ciudad natal. Es también, y acaso por eso la elección de dicho escenario, una historia que contiene muchos de los tópicos del cine de Woody Allen: personajes atrapados en un laberinto de neurosis personales en función de sus relaciones con los demás. El mundo de la intelectualidad y el éxito -principalmente en lo creativo- puesto en constante amenaza ante el espejo de los otros. Integrantes de una clase acomodada que no obstante su holgura económica, no están exentos en absoluto de sentirse por momentos bajo situaciones de profunda amenaza a su seguridad simbólica. Y la recurrente Nueva York como escenario. Hay tal vez un implícito homenaje al autor de la recientemente editada autobiografía A propósito de nada en el séptimo largometraje de Sofia Coppola. 

La película se estrenó hace pocas semanas en la sección Spotlight de una singular 58va edición del Festival de Cine de Nueva York, dado que a raíz de la pandemia, la selección pudo verse solo en las modalidades autocines u on-line, sin ningún evento con presencia de público. La crítica coincidió bastante unánimemente en calificar a On the Rocks como una comedia simpática pero ligera. Y es verdad que se trata de un film que no está destinado a ser un clásico, incluso vale decirlo dentro del cine de la propia realizadora. Pero el demérito que se le adjudica no hace tampoco justicia. Estamos ante una propuesta en la que los espacios argumentales son ocupados por una trama en ningún momento sobreactuada -sobre todo en las apariciones de ese maestro de lo gestual que es Bill Murray-, pero si se la juzga con sutileza, tal vez se llegue a la conclusión de que esas supuestas ligerezas suman, aportando a la historia el espacio e incluso los silencios necesarios mediante los cuales la película da respiro a la velada pero no menos real densidad emocional de los protagonistas.

Una amiga me habló de un desencuentro con su padre y me pareció una buena idea hacer una comedia entre padre e hija con sus perspectivas diferentes sobre las relaciones, los hombres y las mujeres, declaró la directora que también figura en los créditos como guionista. 

Hay una pequeña franja de la pesquisa protagonizada por Laura y Felix en que se trasladan a una paradisíaca playa mexicana. Y si bien ese escenario está excelentemente trabajado por la fotografía de Philippe Le Sourd (quien no es la primera vez que colabora con la hija del legendario Francis), el contraste con el resto de las situaciones y locaciones se torna demasiado abrupto, dando la impresión de estar ante un momento de la historia que funciona a contramano de las escenas neoyorquinas. No obstante eso, la última película de la realizadora de Las Vírgenes Suicidas es una propuesta interesante de este cine por streaming al cual no nos está quedando otra alternativa que terminar por acostumbrarnos, al menos en Argentina, donde la reapertura de las salas por estos días parece una posibilidad propia de un futuro lamentablemente muy lejano. 

miércoles, 7 de octubre de 2020

AC/DC: Shot in the Dark, adelanto de Power Up

Con un tema que hace honor a la inconfundible marca de la banda, AC/DC anticipa su decimoséptimo trabajo de estudio y sus intenciones de volver a girar en una etapa pos-pandemia.

Signado por el retorno del vocalista Brian Johnson, la confirmación como guitarrista rítmico de Stevie Young y la contundente ausencia del inolvidable Malcolm Young, Shot in the Dark se adelanta a la salida del disco Power Up, planificada para el próximo 13 de noviembre. La publicación de esta entrega de doce tracks en la que Brendan O'Brien vuelve a producir a AC/DC, contará con ediciones especiales en vinilo y una edición deluxe con un packaging especial. La banda no entraba a un estudio a grabar un nuevo álbum desde Rock or Bust (2014), y no fueron pocas las trabas que tuvo que vencer el legendario Angus Young para rearmar al grupo en pos de la grabación de este último trabajo y de la idea de salir de gira cuando esta maldita pandemia se corra de escena. Es que Brian Johnson debió abandonar como se sabe la formación por sus problemas de audición, siendo reemplazado por Axl Rose en los compromisos en vivo de AC/DC para desengaño de una buena parte de los fans de la banda. Pero ya lo tenemos de vuelta. Por su parte Phil Rudd tuvo que enfrentar un período de arresto domiciliario por tenencia de drogas y fue asimismo imputado de contratar a un grupo de sicarios para perpetrar un asesinato. Y el bajista Cliff Williams había decidido retirarse luego de la gira de presentación de Rock or Bust en 2016. No obstante, las insistencias del gran Angus surtieron su efecto y la agrupación entró a los estudios Warehouse de Vancouver con la formación de Brian Johnson en voz, Cliff Williams en bajo, Phil Rudd en batería, Stevie Young (sobrino de Angus y Malcolm) en guitarra rítmica y coros y Angus Young en su personalísima e insustituible primera guitarra. Probablemente la alusión a lo oscuro en el título de este tema adelanto (homónimo de la canción de Ozzy Osbourne) alegorice el luto por la partida de Malcolm Young en noviembre de 2017; como Back in Black, aquel inolvidable tanque del rock que este año cumplió su cuarta década de gloriosa vigencia, significó claramente el luto por la temprana muerte de Bon Scott. Este trabajo es un homenaje a mi hermano Malcolm, al igual que Back in Black estaba dedicado a Bon Scott, declaró Angus Young. Shot in the Dark es un clásico tema de AC/DC para no entrar en críticas que no son el espíritu de esta entrada. Hace ya un largo tiempo, el propio Angus ironizó en una declaración a la salida de su duodécimo disco The Razors Edge: estoy harto de la gente que dice que nuestros once discos suenan exactamente igual. En realidad, son doce los discos que suenan exactamente iguales. AC/DC nunca se planteó ser una banda cuyo objetivo fuese el de explorar nuevas texturas musicales. Como afirma Jesse Fink en su excelente libro de 2013 Los Young: los hermanos que crearon AC/DC, la fortaleza acaso más distintiva de la agrupación estuvo siempre en seguir haciendo un excelente rock 'n' roll con un lenguaje musical y una estructura simples, pero reafirmándose constantemente en ese sello inconfundible que desde los '70 ha venido cautivando a decenas de millones de seguidores. AC/DC posee como pocos grupos el mérito de poder hermanar hoy en día a un abuelo y a un nieto en su enardecido entusiasmo por verlos en vivo. Quizás si se da la vuelta, esta sea la última oportunidad de ver en forma presencial a la mítica banda australiana en uno de esos característicos conciertos que suelen significar una verdadera fiesta de la música.

Clickear para escuchar el tema

sábado, 22 de agosto de 2020

Estreno de Disney +: The One and Only Ivan, de Thea Sharrock


Basado en hechos reales, el flamante estreno de Walt Disney Pictures y segundo largometraje de la realizadora británica Thea Sharrock, es la adaptación fílmica de la novela juvenil The One and Only Ivan, de Katherine Applegate.

Ambientado mayormente en el reducido ámbito de un pequeño centro comercial de una ciudad del interior norteamericano, el segundo largometraje de Thea Sharrock, después de Me Before You (2016), aprovecha la impronta teatral de esta directora fogueada mayormente en el ámbito del teatro inglés. Y ciertamente no hay que perder nunca de vista este rasgo del último estreno de Disney (obviamente en estos tiempos, difundido mediante la plataforma Disney Plus), ya que la expansión visual que uno esperaría en una historia protagonizada por un grupo de animales que ha sido sacado de su ámbito natural, pero que obligadamente tiene que acometer su éxodo hacia la libertad, tarda y no poco en llegar, haciendo que la fábula funcione en una franja muy importante valiéndose de preceptos que mucho tienen que ver con el teatro. 

Desde el vamos se nos hace saber que la historia está basada en hechos reales. The One and Only Ivan, es por cierto una adaptación del libro infantil homónomo de la autora estadounidense Katherine Applegate, libro por en cual en 2013 recibió el premio Newbery Medal. 

En un pequeño centro comercial llamado Big Top Mall, funciona una suerte de microcirco en el que un grupo de animales realiza sus proezas para un cada vez más escaso público. Quien dirige ese modesto espectáculo junto a un muy reducido staff de colaboradores es Mack (Bryan Cranston), un hombre en las puertas de su vejez que en su juventud adoptó a Iván (cuya voz interpreta Sam Rockwell), un gorila de espalda plateada que perdió a sus padres en una redada de cazadores. Iván es claramente la estrella del espectáculo, y tiene como principales amigos a la elefanta Stella (Angelina Jolie) y al perro vagabundo Bob (Danny DeVito). Pero la llegada de la pequeña elefanta Ruby (Brooklynn Prince) como nueva atracción para reflotar al pequeño circo de su declive, sumada al propósito de cumplir el deseo de su vieja amiga Stella, despierta -o más bien revive- el deseo de Iván de recuperar un espacio de libertad en la naturaleza, empresa para la cual se servirá de sus recientemente descubiertas dotes de dibujante.  


Hay dos vetas bien delimitadas pero a las cuales les cuesta por momentos convivir de manera efectiva en la película: por un lado, la de ese grupo de animales que irá a la búsqueda su intuida libertad, y por otro, la de la declinación de algunas formas tradicionales de entretenimiento. Puede y debe hacerse en The One and Only Ivan una acertada lectura sobre la actual crisis que están viviendo los cines como espacios tradicionales de difusión cinematográfica, la exhibición de películas en salas que va dejando espacio a nuevas modalidades de consumo de cine a través del streaming por suscripción, hecho este acelerado obviamente por la actual pandemia y la reacción desproporcionada de la mayoría de los gobiernos con las restricciones impuestas a sus poblaciones. De todos modos, más allá de cierto divorcio narrativo de los dos aspectos más representativos que desde lo argumental posee el film, el implícito homenaje al cine y sus formas tradicionales de comercialización, es un plus que debe reconocérsele a una realizadora que como se escribió, proviene principalmente del ámbito del teatro inglés. Thea Sharrock es alguien que siendo muy joven estuvo al frente de la Southwark Playhouse como directora artística, habiendo trabajado de igual modo en el West End de 'Art', en el Royal National Theatre y para el English Touring Theatre.  

El guion de Mike White (Orange Country, The Good Girl, School of Rock) acompaña asimismo de manera bastante efectiva el sello teatral que tiene la historia en buena parte de sus 95 minutos, aprovechando no solo la capacidad de hablar de los animales, sino también la interacción con el ámbito de encierro en que habitan. Por su lado los flashbacks de los que no se abusa, aportan oxígeno a ese espacio restringido en que transcurre buena parte de la altruista odisea de Iván. Mike White también interpreta la voz de la foca Frankie y participa de un par de cameos en esta fábula en que los guiños a Dumbo por momentos se vuelven demasiado obvios. Pero tratándose de Disney y del hecho de que en los últimos años la productora se ha valido de su antigua filmografía en sus propuestas (las remakes de La Bella y la Bestia, Aladdín, El Rey León y la propia Dumbo, o la secuela de Mary Poppins), es una autorreferencia que no sorprende.

The One and Only Ivan ha sido calificada PG-13 en Estados Unidos, una clasificación que si bien permite que un film sea apto para todo público, recomienda a los adultos el asesoramiento a los menores de 13 años respecto de temas que para chicos de esa franja de edad pudiesen resultar perturbadores. Quizás el motivo que más fundamente la decisión en este caso sean los interrogantes que se plantean los animales respecto de la veleidosa moral humana.


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domingo, 21 de junio de 2020

Flores robadas en los jardines de Quilmes, la novela más celebrada de Jorge Asís, cumple cuarenta años




Hablar del turco Asís es hablar de mucho más que del best seller Flores robadas en los jardines de Quilmes. No obstante, esta novela que está cumpliendo cuarenta años y que inicia una valiosísima tetralogía, se ha convertido en una cifra inevitable del autor de las también fundamentales Diario de la Argentina y Cuaderno del acostado.  

Hace hoy exactamente cuarenta años, el veintiuno de junio de 1980, Editorial Losada le entregaba a Jorge Asís el primer ejemplar de Flores robadas en los jardines de Quilmes. Una novela que acabó transformándose en un indiscutible distintivo del propio autor (es raro ver o leer una entrevista de la índole que sea en que no se le mencione el libro). Oberdan Rocamora, ese seudónimo que muchos ligan a ese periodismo artesanal que ejerce el turco en las actuales columnas semanales en su blog, ya era famoso en aquel entonces por sus publicaciones en el diario Clarín. Ese muchacho nacido en Avellaneda en 1946, con ya varios libros publicados (La manifestación, Don Abdel zalim, el burlador de Domínico, Los reventados, entre otros), había aceptado la propuesta de convertirse en el orificio por donde el "gran diario" respirase, ganándose muy a su pesar el injusto mote de periodista anuente con el proceso militar, pese a haber sido una de las pocas voces en pedir a las puteadas la aparición de su amigo Haroldo Conti, a quien está dedicada la historia de Rodolfo y Samantha, una narración de vaivenes y contrapuntos en el terreno del amor y de la militancia política.

Flores robadas en los jardines de Quilmes es en realidad un libro inescindible de una tetralogía conformada por esa novela y las subsiguientes Carne picada (1981), La calle de los caballos muertos (1982) y Canguros (1983). Las cuatro historias recorren con una maestría, una ironía y un humor verdaderamente brillantes las calles de esos Buenos Aires y Gran Buenos Aires, principalmente desde de los tempranos '70 a los primeros años del proceso. Allí está ese muchacho llamado Rodolfo Zalim (alter ego de Jorge Asís) que vende retratos hechos a partir de fotos provistas por los clientes de las barriadas más profundas del Conurbano. Sobrevuela en todo momento el corte definitivo y la pérdida de la fe en relación con el mundo de la militancia política que aún sueña con revolucionar la Argentina. Allí habita ese personaje de observación aguda, testigo de las desventuras padecidas por Luciano en Carne Picada, que juzga piadosamente al protagonista bajo el dictamen provocador, en modo muy turco, de que “robar no es para los pobres”. Hay asimismo un retrato magistral de un Gran Buenos Aires de marginalidad que ya desde aquellos años se venía prefigurando silenciosamente, emparentado con el delito y el mundo de los barrabravas en La calle de los caballos muertos. Y aparece en Canguros la amistad con Rodolfo Douksas, el Paul Newman compañero de juergas del Omar Shariff de la dupla que es Rodolfo Zalim. 

Se publicó posteriormente una saga (fundamental) de novelas, a la que se alude también como Serie Rivarola por el seodónimo Bartolomé Rivarola, que en la ficción equivale a Oberdan Rocamora. La saga está conformada por Diario de la Argentina (1984), El pretexto de París (1985) y Cuaderno del acostado (1987), e inequívocamente pone más el foco en el Zalim periodista. La relación inaugural con el medio de la prensa escrita de llegada masiva, narrada con una coralidad de personajes y situaciones y una minuciosidad admirables, recorre las páginas de la extensa Diario de la Argentina. Continúa la serie con el primer viaje a Europa en El pretexto de París como excusa para recobrar el contacto con los protagonistas de un exilio que el autor vuelve a mostrar desde un lugar de absoluta incorrección política. Y aquí otra vez el recurso característico de la ironía propia de Asís, porque en realidad el reencuentro con aquellos viejos compañeros de ruta pareciera por momentos no ser más que un pretexto del protagonista para en concreto fondear en París, meca inexorable para todo personaje de la cultura porteña y de buena parte del arte occidental, al menos. Cuaderno del acostado no obstante, narra las penurias, el precio casi insoportable, las pasadas de factura por ese pasado de supuesto hombre del proceso. Libro que hay que leer para comprender la constante causticidad del escritor respecto del radicalismo. En palabras del propio Asís: “En adelante es el turno del Acostado. El clima denso puede percibirse en Cuaderno del Acostado, acaso mi mejor libro que no puedo releer, 1987. Remite a los cuatro años en que nada tuve para hacer en la Argentina. Publiqué otros libros que competían entre sí. Difícil saber cuál pasaba más inadvertido. Si El pretexto de París, 1985; Partes de Inteligencia, 1986; o El cineasta y la partera y el sociólogo marxista que murió de amor, 1989. Aunque el fenómeno se había extinguido, igual vendía algunos miles de ejemplares. Me había transformado en un escritor de culto (o mejor de secta). Costaba asumir que mi trayectoria de escritor se encontraba oficialmente congelada. Aunque escribiera mi Ulises, mi Montaña mágica en adelante ya era inútil. Destino clavado de silencio. A lo sumo, se me podía rescatar. Horrible palabra. Ninguna vocación de náufrago. Cada uno que venía a plantear una entrevista literaria pretendía indagar en los motivos del desprecio que generaba. Me convertían en un maldito de entrecasa.”

Volviendo a Flores Robadas, en 1985 y bajo guion del propio Asís, se estrenó el film homónimo dirigido por Antonio Ottone y protagonizado por Soledad Silveyra y Víctor Laplace. Clickear para ver la película completa

La historia posterior es mucho más venturosa y popularmente conocida: embajador argentino ante la Unesco desde 1989 hasta 1994, un corto período como secretario de Cultura de la Nación y embajador argentino en Portugal hasta finales de 1999. Y una franja de producción de ficción que se ha venido intercalando con publicaciones de análisis e investigación política que nunca dejan de hacer honor a la esa marca literaria, que se extiende incluso a su portal Jorge Asís Digital, en el que semanal y religiosamente, desde hace ya muchos años, se hace un personalísimo análisis de coyuntura política.

El turco Asís es obviamente muchísimo más que su best seller Flores robadas en los jardines de Quilmes; hablar de o sobre él es a la vez hacerlo sobre literatura, periodismo político e inteligente y constante espíritu de provocación. Muy difícil trazar los límites entre una y otra de estas tres cosas. Acaso la literatura sea la que prevalezca, casi siempre, porque según el autor todo lo que nos pasa en la vida es un pretexto para transformarlo en literatura. Como si el escribir fuese un acto de redención. Jorge Asís, un hombre que se reconoce como un libremercadista en un país en donde hace un par de décadas que para tantísima gente eso ha pasado a ser una mala palabra, un país en donde todo proceso político, según uno de sus más repetidos dictámenes, “termina invariablemente mal”. Ese “buen leñador que no da hachazos a los árboles caídos”. Ese "periodista artesanal", "profesional de la palabra", depositario de críticas y adhesiones de ambos lados de la grieta conforme van alternándose los gobiernos de distinto signo, quizás por trackear y dar parte de la realidad política desde un lugar y con un estilo y mirada incuestionadamente propios, más allá de los vientos ante los cuales convenga desplegar los velámenes del periodismo.

Fragmento de Flores robadas...

-¿Y militar? -como por joder pregunta Rodolfo, aunque sabe que nunca un porteño habla en broma. Por supuesto entonces la voz es más baja, casi un susurro, apenas más audible que un pensamiento. Porque, ante todo, uno ya es un experto en cuestiones de miniseguridad. Ojito, el temor nos alerta, el terror oculta gendarmes groseros en cualquier rincón, nos espían, hay micrófonos escondidos hasta en los pocillos de café, en los zaguanes, en las paredes, son aparatos modernísimos que detectan con fidelidad hasta el pensamiento. Tal vez por eso mismo nos dejan el libertad, porque somos unos locos sueltos, porque saben lo que, en el fondo, pensamos, que somos unos desechados, ya rezagos inofensivos, alejados totalmente de la militancia, ese buzón.

Sabiéndose abandonada, humillada, desairada, Samantha intentó lo que intentaron la mayoría de las mujeres del universo cuando se sintieron desairadas, humilladas, abandonadas. Desde la conquista, a lo mejor desde los legendarios días de Bizancio, las mujeres vienen intentando lo mismo, es decir, tratar de recuperar a los supuestos malditos, traicioneros, insatisfechos. De más está puntualizar que Samantha no fue ninguna excepción a esa antigia regla, y, como suele ocurrir, se encajetó más.

La lucha por la justicia, por un mundo menos sórdido, el ideal, el afán de ser útil, inscribir nuestra muesquita en el revólver de la historia, como Billy the Kid. La militancia fue un buril que marcó profundamente a mi generación; una de dos, o se militaba o no, había que estar obligatoriamente en algo y era, después de todo, lindo, dicisivo, meterse. La militancia era tan lógica como el amor, o como el sol, o la comida, si se militaba -donde fuera- uno estaba quizás equivocado pero completo, participando activamente de la efervescencia de su tiempo. Y si no se militaba había que explicar por qué causas, pero había penetrado tan hondo el buril que no militar era la mejor manera de cinchar por un aspecto, por un platillo, en una atmósfera de confusión, inmadurez y días precipitados. La no militancia, entonces, tenía sabor a descuelgue, olía a individuo escupido de su época, por eso entonces los valores instaban a la actividad, al riesgo y al fuego, para ubicarse, granjearse un ambiente, aunque no tuviéramos mayor conciencia de lo que pregonábamos, y diéramos la vida, los mejores años, dolorosamente, por ellas, aunque tuviéramos poquita educación política pero el impulso bastaba, la mística cierta o inventada, el optimismo, la seguridad de ser útiles a un proyecto, aferrarnos a una esperanza, a una vaga noción de la justicia.

martes, 18 de febrero de 2020

Esas viejas canciones

Mientas, escucha esas viejas canciones.
Es verano aún, y esos callejones internos 
dentro de los cuales se ha atrevido a perdurar
(un ínfimo hilo de fe los atraviesa)
aportan hoy el brillo de un nuevo tiempo por venir.
Nunca ha sido traicionado por el lenguaje de esa luz 
que se vierte, iluminando, desvelando a lo que yace
en una oscuridad cercana.

Enhorabuena, 
esas aves que volaban en círculos sobre nosotros,
han ido a multiplicarse lejos.
Festeja,
es tiempo en que el habla ha dejado de comunicar 
esa extraña afluencia de ficciones.
Celebra,
sigue ocurriendo, una mano invisible, benévola, 
entreabre un sendero secreto:
alabanzas, loas a la indómita locura que tracciona hacia adelante.
Mientras la música resurja replicando su alquimia infinita, 
el movimiento estará trazado en el sentido correcto.

¿Quién es quién en este orbe anónimo?
Mentir para poder andar liviano 
hacia una verdad definitiva.
Hay un hombre indiviso,
oculto, 
riéndose,
tras un ejército de impostores, 
hay un hombre celando el absoluto e inviolable lenguaje de los sueños.

Mientras, escucha esas viejas canciones.
Es verano aún, tiempo de dejar en el tiempo una huella,
de apostar por el ideario 
de vaciar lo que inspira en ese río invisible 
que no para de fluir:
nuevos y viejos relatos,
poemas que siguen brotando 
por las grietas que el sol hace posibles,
historias de criaturas que avanzan 
flotando en la noche sobre ciudades enormes, 
armonizando el sueño de esos pocos hombres 
que han renunciado enteramente a la mañana.

Hay canciones que nunca sonarán antiguas,
emergiendo sobre el extravagante artificio sonoro 
de esos viejos clowns de la teoría, 
una música que se niega a sí misma.
E invocamos a Pavese:
todo crítico es, propiamente hablando, una mujer en la edad crítica: rencoroso y refoulé

Algo nuevo está llegando,
se percibe en la inestable saturación de un cuerpo, de un vientre
que no para de rehuirle al loop de la cotidiana claudicación.
¿Bastará con callar? 
¿Bastará con resistirse entre otros frentes 
a esta nueva, femenina inquisición 
de los que siguen 
volviendo el rostro al este?
Y el silencio por sí mismo no basta:
muchos orientalistas de paso, apologistas del sosiego, 
no adhieren al paradigma por cuestiones filosóficas, religiosas 
o por dudar de la eficacia del lenguaje 
en su pretensión representativa, 
lo hacen simplemente ante la impotencia 
de no tener nada relevante que expresar... 

El porvenir pide mucho más que ajadas banderas,
viejos panfletos.
Si el sol gozase al fin de su postergada era,
los pretextos de estas falsas deidades 
(la maldita lluvia las oculta, las nutre)
se caerían como un héroe sin propósito
librando una cruzada vana.  

Mientras, escucha esas viejas canciones.
Es verano aún, y volvemos a escucharte 
niño que no ha muerto,
te oímos atravesado por un fugaz ramalazo de inspiración
que bastó, que basta y bastará por varias décadas más.

El verano se duerme. Él, escucha esas viejas, esas nuevas canciones. 

domingo, 26 de enero de 2020

Parasite: una comedia sin payasos, una tragedia sin villanos


El director de The Host, Snowpiecer y Okja, regresa con una atrapante comedia oscura: combinación de géneros, obra maestra de la narración visual y contundente retrato de época, Parasite es una historia que excede claramente el costumbrismo de su país de origen, siendo asimismo uno de los más notables filmes de 2019.   

Bong Joon-Ho ha dejado en claro, sobre todo con Snowpiercer: Rompenieves, que la lectura social es una de las vigas maestras de sus proyectos. En aquella película del año 2013, protagonizada por Chris Evans, Kang-ho Song, Tilda Swinton, Jamie Bell y Ed Harris, el director surcoreano situó su propuesta en un futuro distópico en el cual un enorme tren gira eternamente alrededor de un mundo posglacial, tren en el que las diferencias de clase y las relaciones de poder replicaban -en mayor o menor medida- las del mundo que conocemos. En su última película, trabajo en que el mix entre el thriller y la comedia oscura está muy bien logrado, nos lleva al Corea del Sur presente, poniendo a interactuar a miembros de dos familias muy bien delimitadas respecto de sus extracciones de base e imaginarios.

Lejos de permitirnos compararlo con el paradigma de Casa Tomada, ya que aquí los propietarios de la lujosa casa no son conscientes de la intrusión de ese factor indeseable y desestabilizador, Parasite es el relato de cómo una familia pobre (familia a la que se muestra con una habilidad funcional para moverse y sobrevivir en un mundo situado al borde de la ilegalidad) aprovecha la candidez de la madre de la familia a la que le ha tocado una mucho mejor suerte, y falseando sus identidades, van ocupando puestos de servicio en la casa. A partir de ese momento en que la embozada invasión se consuma, empieza a desencadenarse una secuencia de situaciones cimentadas en la alegoría no tan alegórica de esos seres de un submundo de postergación, a quienes no pareciera quedarles más opciones que valerse del medio que sea para arrebatarle su parte a quienes viven una situación que por otras vías pareciera inalcanzable. Incluso el tema del trabajo como factor del ascenso social en la actual sociedad (global por si quedase alguna duda) es puesto en duda de manera bastante sutil a raíz de la aparición de un inesperado personaje.

Respecto de eso es justo decir que si bien desde lo visual los campos humanos están muy bien delimitados, desde el punto de vista del guion, en ningún momento el último trabajo de Bong Joon-Ho tropieza con subrayamientos u oportunismos discursivos, mostrando una vez más que aun ante la complejidad de ciertos planteamientos, el cine puede seguir valiéndose de la imagen y de lo gestual para resolver situaciones que de no ser así, desembocarían inevitablemente en el tedio del coloquio panfletario. Los bandos no recaen en ningún momento es algún tipo de fundamentación que justifique su accionar, pues se los muestra como insertos en una objetividad que lejos de querer ser transformada o puesta en tela de juicio, lo único que parece aportarles son escasos recursos de autopreservación. En palabras del propio director: una comedia sin payasos, y una tragedia sin villanos.  

Hay que hacer necesariamente hincapié en el aspecto visual de estos contemporáneos apuntes del subsuelo. La fotografía de Kyung-pyo Hong, quien colaboró previamente con el director en Mother y en Snowpiercer, es uno de los capitales sustanciales en Parasite. El aprovechamiento del potencial natural de la luz como generador de climas emocionales es verdaderamente notable, haciendo de ese aspecto una de la grandes fortalezas narrativas en las que se apuntala la historia, sin la necesidad de artificios innecesarios y valiéndose casi exclusivamente de los contrastes de luz y sombra que sirven de marco a la perturbadora experiencia transitada por ambas familias. Y no puede dejar de mencionarse cómo también, desde las estrategias fotográficas, se le confiere a la moderna casa en que transcurre buena parte de este dramedy familiar, el rol de volverse un personaje más, con un peso contundente, y se insiste, siendo parte de esa franja importante del film donde lo visual aporta mucho más que lo meramente declamatorio. 

Los que vivimos en Mar del Plata y los que se acercaron al último Festival Internacional de Cine de esta ciudad, tuvimos la chance (y la satisfacción) de ver en noviembre pasado esta última entrega del director nacido en la ciudad de Daegu en Corea del Sur. Fue una película con una repercusión mucho más favorable por parte del público que del jurado. Contrariamente, Parasite resultó ganadora de la Palma de Oro en el último Festival de Cine de Cannes. Y el próximo 9 de febrero se sabrá si a raíz de las seis nominaciones que tiene a los premios Oscar (Mejor Película, Guion Original, Dirección, Edición de Película, Diseño de Producción y Film Internacional), se alza con el máximo galardón (el Oscar a la Mejor Película) y se convierte en el primer film realizado fuera de Estados Unidos en obtener ese reconocimiento.