Recorríamos
aquella tarde de otoño en el auto de Gabriel, la ruta donde cuando niños, junto
a Ferdinando Gombik ―Ferdi
desde entonces y para siempre―
solíamos pasear en bicicleta en esas tardes de verano en que la brisa del
sudeste y su relativa frescura permitían aventurarse al camino y sus
innumerables adyacencias, pletóricos de lo que para nosotros, junto con los
laberínticos meandros del río que flanqueaba el pueblo, era en ese temprano
tiempo un universo interminable a descubrir, o más bien, la plataforma de despegue
a esos mundos que tan cándidamente, tan maravillosamente niños, concebíamos
como misteriosos paraísos que nos aguardaban en ese porvenir que parecía
desplegarse tan por delante, tan eternamente.
Ferdi,
Gabriel y yo habíamos sido compañeros de curso casi toda la escuela primaria y
hasta terminar la secundaria en un colegio religioso que no nos la había hecho
nada fácil a ninguno de los tres: la evidente e inocultable homosexualidad de
Ferdi, mi fanatismo por bandas de rock detestadas por el grueso del profesorado,
directivos de la escuela y la mayoría del alumnado, y Gabriel con su espíritu
contestatario y sus cuestionamientos políticos y religiosos.
Esa
tarde, después de casi seis horas de ruta, estábamos ya en las inmediaciones de
nuestro pueblo natal y a unos pocos minutos de la casa de Ferdi. Allí se iba a
celebrar esa noche lo que el anfitrión aseguraba que sería, por decisión propia
y cabal, su último cumpleaños, el número cincuenta y cuatro. No niego que nos
intranquilizara hasta cierto punto aquel veredicto tan tajante, pero el bueno
de Ferdi había expuesto muchas veces ante nosotros decisiones determinantes,
que luego, tras un intento disuasorio no tan vehemente de nuestra parte,
pasaban al olvido, y muchas de esas rutinas, tantas veces acicaladas con las
declaraciones suicidas de nuestro amigo, finalizaban en la época en que los
tres aún vivíamos en el pueblo, en una comilona en el enorme bar del viejo
Julián, donde Ferdi se zampaba hasta tres de esas gloriosas milanesas completas
en sándwich que la enigmática cocinera del lugar preparaba tras unas bambalinas
que casi nadie osaba franquear.
Llegamos
al caserón de Ferdi bien entrada la tarde, cuando apenas quedaba un mínimo de
claridad si uno miraba hacia el oeste. La enorme residencia de dos plantas,
ubicada a unos ocho kilómetros del centro del pueblo, se ocultaba dentro de un
denso bosque que había sido diseñado por el abuelo materno de Ferdi. Nuestro
amigo había vivido prácticamente toda su vida allí, dado que era hijo único y
sus padres habían muerto en un accidente aéreo cuando él contaba con apenas
dieciséis años de edad, y su abuelo, viudo desde muy joven, había dejado este
mundo por voluntad propia al año siguiente. Con la otra parte de la familia, la relación era prácticamente inexistente. Así que en nuestra adolescencia,
pasamos incontables días en un estado de casi total anarquía en ese lugar
poseedor de un halo de misterio que Ferdi se encargaba de acrecentar contando
historias que en su mayoría, inferíamos que eran una invención, pero
invenciones tan geniales y extravagantes, que uno se olvidaba de la verosimilitud
o falsedad de todo aquello y se entregaba con total predisposición al relato en
boca de ese narrador nato que era nuestro camarada Ferdinando Gombik.
Cruzamos
la cerca abierta de entrada a la finca, Gabriel tocó un par de bocinazos antes
de estacionar el auto y a los pocos segundos, una mujer que por lo que se veía
desde allí claramente no era el ama de llaves que conocíamos, abrió la puerta
principal y nos esperó en el extremo del pórtico entre esas columnas dóricas
que sostenían el techo a dos aguas de la entrada. Entretanto avanzábamos, la
mujer nos observaba muy sigilosamente mientras se limpiaba las manos en su
delantal. Y a medida que nos íbamos acercando, comencé a decodificar una cara
harto conocida por Gabriel y por mí. Mas cuando estuvimos junto al pórtico,
ya no quedaba un mínimo rastro de dudas, se trataba de Imelda, nuestra maestra
de cuarto grado. Para corroborar el acierto de mi constatación, la mirada
rápida de horror que me lanzó Gabriel lo terminó de confirmar. Pero, ¿qué
perversa elucubración de Ferdi había concebido semejante demencia? ¿Cómo había
podido contratar o sencillamente meter a vivir con él a esa mujer que me había
hecho pasar a mis nueve años por una humillación que había dejado sus huellas
marcadas durante años? Y no sólo esa pregunta era la que cabía plantearse ante
semejante pasmo, ya que habían transcurrido cuarenta y cinco años del affaire
KISS, o sea que aquella joven de veinticinco años, se había convertido ahora en
una mujer de setenta, que para incrementar la sensación de horror de Gabriel y
mía, exhibía el aspecto de una anciana de al menos diez años más.
Imelda
nos saludó con un: imagino que se acuerdan de su maestra. Ambos
respondimos casi al unísono que por supuesto que sí. Y sin al menos esbozar una
mínima frase respecto de las razones que la habían hecho aterrizar en ese lugar
tan emblemático para nosotros, nos hizo pasar y nos invitó a sentarnos en el
living, anoticiándonos de que Ferdi ya estaba enterado de nuestra llegada y que
en breve vendría a nuestro encuentro.
Pero
¿de qué se trataba el affaire KISS para Ferdi, para Gabriel y para mí, el
principal damnificado por semejante acto de barbarie pedagógica? Muy bien, el
affaire KISS había constituido para mí una verdadera pesadilla: unos meses
antes de ser alumno de Imelda, en tercer grado, yo había comprado Paul,
Peter, Ace & Gene, un casete que era un compilado de los discos
solistas que habían lanzado en paralelo Paul Stanley, Peter Criss, el gran Ace
Frehley (uno de mis héroes de entonces) y Gene Simmons. El álbum tenía doce
temas, o más precisamente, tres temas solistas de cada integrante de la banda.
Yo literalmente amaba esas canciones, sobre todo las de Ace, las escuchaba a
diario y casi obsesivamente, más allá de contar en esa época con una discografía
muy amplia para un chico de esa edad. Y un mal día, se me ocurrió la desatinada
idea de sacar la foto de tapa con la lista de temas en el reverso, ponerla en
un folio de la carpeta y llevarla al colegio para mostrársela a mis compañeros.
Y para mi desgracia, no llegué a mostrársela de refilón más que al mamerto de
Manfredi, un personaje verdaderamente insoportable que parecía haber sido
puesto dentro del curso para atentar contra los pocos momentos de dicha que
allí se daban. Manfredi me vio mirando la foto sin sacarla del folio, empezó a
pedirme a los gritos que se la muestre, e Imelda, que justo entraba al aula en
ese momento, ya que habíamos regresado de un recreo, se anotició de la patética
puja, se acercó a mi banco, vio la foto, me la pidió de una manera en que no
pude negarme a dársela y ahí comenzó la sesión de tortura.
Fue
hasta el pizarrón, escribió la palabra KISS de arriba hacia abajo, y a partir
de la letra K la palabra Kings, a partir de la I la palabra International,
Service a partir de la primera S y Satanic a partir de la segunda S. Y
valiéndose del efecto visual y de la significación de semejante cosa, dado que
no había nadie en el aula que no manejase a esa altura el inglés básico como
para comprender eso, se esmeró frenéticamente por ilustrar a un aula de nenes
de nueve años acerca de las investigaciones que estaba haciendo gente muy
“reputada y seria” de la Iglesia ―bajo
cuya égida se encontraba el colegio―,
pesquisas que arrojaban pruebas casi irrefutables de que los integrantes de
KISS eran los Reyes Internacionales del Servicio Satánico. Ergo, yo pasaba a
ser de ahí en más en ese horrendo lugar una suerte de representante menor pero
no menos peligroso de esa poderosísima y extendida organización satanista,
descubierto en flagrancia por las fuerzas del bien, y puesto bajo constante y
meticulosa vigilancia.
Hay
que decir que para el grueso del profesorado y el alumnado de la escuela, tanto
Ferdi, como Gabriel y yo, ya éramos ovejas negras muy bien identificadas y por
lo tanto enemigos declarados. Pero el frenesí antisatanista de la joven Imelda,
terminó de arrastrarme a mí, y por carácter transitivo a mis dos inseparables
amigos, a algo mucho peor, una condena de facto de la cual no pudimos
recuperarnos del todo por unos cuantos años. Sin embargo, era claramente y
poniéndolo en perspectiva nuestra propia candidez e inexperiencia lo que en
buena parte nos condenaba, ya que nuestros enemigos manifiestos, no eran en su
mayoría más que una recua de intrascendentes personajes de la pedagogía primaria
y secundaria, y un alumnado que a posteriori terminó engrosando las
filas de la tilinguería y el chapeo profesional del pueblo sin mayores penas ni
glorias. Y toda esa gente, más allá del affaire KISS, siempre hubiese
encontrado (o inventado) motivos para justificar su rechazo hacia nosotros. Sin
embargo, eso no exoneraba en lo más mínimo a nuestra joven maestra de cuarto
grado de habernos inoculado semejante veneno, sabiendo positivamente que dada
nuestra condición de niños, no contábamos con los anticuerpos necesarios para
gestionar de una manera menos dramática aquella situación, y separar la carga
simbólica de la humillación, de los efectos concretos que podrían esperarse a
futuro de todo aquello. Y hay que decir que un detalle que le confirió un mayor
patetismo a la confiscación de la foto, fue que Imelda jamás me la devolvió.
Fueron muy exiguos mis esfuerzos por recuperarla, ya que tanto ella como las
autoridades de la escuela, me dejaron bien en claro que la violación del
séptimo mandamiento en este caso estaba harto justificada si se tenía en cuenta
que se estaba ante el hecho de librar a un niño de ser cooptado en su inocencia
por las oscuras influencias de Satanás. Parece mentira visto en
perspectiva, pero esa era la terminología que circulaba muy usualmente en
aquella cárcel arancelada en la cual se nos depositaba, vaya uno a saber con
qué enajenado objeto, donde señoreaba todo tipo de alimaña que el destino había
puesto en la vida de niños como mis dos amigos y yo, para hacernos mucho más
difícil el ingreso al mundo de los adultos.
El
interior de la vivienda a la que se nos había hecho entrar hacía unos minutos,
no conservaba el aspecto de los tiempos de nuestra infancia, se habían renovado
los cortinados, parte del mobiliario y la pintura, ahora mucho más luminosa,
dándole a todo eso una apariencia menos lúgubre y más moderna que la que
habíamos conocido en nuestros primeros años. El living del enorme caserón,
estaba unido por un desnivel al amplio comedor. Y asimismo se encontraba en ese
recinto, en el mismo lugar de siempre, junto a un amplio ventanal desde el cual
había una vista inmejorable del bosque, el lugar cuasi sagrado que eran para
Ferdi los estantes de discos y el sistema de audio, del cual se habían
conservado algunos componentes y renovado los indispensables con la intención
de mantener lo más fielmente posible la impronta del sonido al que se había
llegado décadas atrás.
Hacía
dos años que no nos veíamos personalmente con Ferdi, por eso cuando apareció,
nos impactó su grado de obesidad tan pronunciado. Habíamos llegado a ver en el
pasado a nuestro amigo con más de 130 kilos, pero nunca en ese estado tan
mórbido. Una de las primeras cosas que nos confesó a poco de empezar a hablar
en el living, sin que Gabriel ni yo preguntásemos nada al respecto, era que esa
misma mañana la balanza había acusado 179 kilos. Llevaba una de sus
tradicionales túnicas (en este caso de un negro azabache) ciñendo su enorme
humanidad. Había perdido bastante cabello también desde la última vez que
lo habíamos visto, sobre todo en la frente y en las entradas que ahora dejaban
ver los estragos de una calvicie que avanzaba al galope y sin la más mínima
contraofensiva. Ferdinando Gombik nos confirmó lo que sospechábamos: que éramos
los únicos invitados a la cena de cumpleaños.
Respecto
de Imelda, nos confirmó que era desde hacía unos días su nueva ama de llaves,
pero se encargó de aclararnos taxativamente que de ese tema no se hablaba esa
noche. Mas yo no podía evitar pensar en el motivo de la contratación de nuestra
exmaestra por parte de Ferdi. Y lo primero que conjeturé, teniendo en cuenta el
rasgo de malicia con que él solía cobrarse las injurias, fue que se había
tomado demasiado personalmente la antigua humillación de Imelda hacia mí, y la
había contratado para hacerme el regalo de la venganza implícita y de plato
frío que conllevaba el hecho de ver a esa mujer ejerciendo una función que
indudablemente era para ella algo ultrajante. Pero, ¿tan bajo había caído
económicamente Imelda como para necesitar depender de un trabajo doméstico en
casa de alguien tan excéntrico y transgresor como Ferdi, y a esa edad? Y ese
interrogante se volvía más perturbador, dadas sus posturas tan conservadoras y
clasistas, que al menos hasta donde se sabía, habían perdurado más allá de la
época del affaire KISS. Sabíamos que tampoco se había casado y que nunca se le
había conocido pareja alguna. Corrillos de pueblo, como solía
decir el abuelo de Ferdi. Para reforzar la hipótesis de venganza como regalo
para mí de parte de mi amigo y anfitrión de esa noche, muchas veces, de
adolescentes, lo habíamos escuchado a Ferdi hablar del tema trabajo. Era para
él ―más
allá de saber desde niño que la situación económica de su familia jamás lo
haría tener que verse obligado a dedicar horas de su día a alguna actividad que
no le agradara― muy
común hablar del tema trabajo como una suerte de maldición bíblica. Muchas
veces lo observaba al pobre Ismael, el sexagenario maestranza del colegio,
lidiando con la limpieza y las reparaciones que había que hacer constantemente
en el edificio, y dictaminaba que entre tener que hacer ese trabajo y el
suicidio, decididamente optaría por lo segundo. ¿Tan perversamente calculadora
había llegado a ser la cabeza de Ferdi como para hacerme el regalo de ver a mi
antigua humilladora, ahora humillada de semejante forma y a unos setenta años que
aparentaban ochenta?
Llamaron
del servicio de catering para avisar que en media hora llegarían con la entrega
de la cena. Y me sorprendió que Ferdi no delegara en Imelda una tarea tan
propia de un ama de llaves como ocupase de las menudencias de una cena de
cumpleaños. De hecho, nuestra exmaestra no había vuelto a aparecer por el
living y nuestro anfitrión era quien se encargaba de abrir el vino que
estábamos tomando mientras charlábamos. Gabriel estaba comentando lo buena que
sabía la segunda botella que estábamos atacando, cuando sonó su teléfono. Era
Ludovico P quien estaba del otro lado, avisando que llegaría en breve. Ludovico
era un joven de veintidós años que tenía un OnlyFans del cual sabíamos
que nuestro amigo Ferdi era suscriptor. Lo sabíamos porque si bien hacía tiempo
que no nos veíamos personalmente, nos lo comentaba en charlas telefónicas en
las cuales también nos manifestaba que Ludovico era para él el paradigma de
todo lo que podía considerarse deseable en materia de sex appeal. Nos había contado
que si bien el muchacho no era un dechado de maestría sexual en los videos que
se exhibían en su espacio, había algo en él, en su predecibilidad, en su
candidez callejera al expresarse en las escenas de sexo en las cuales
participaba, cuando no ofrecía sus tradicionales y célebres solos, algo que
sumaba un rasgo de inocencia barrial que al bueno de Ferdi lo volvía
literalmente loco. Así que con Gabriel habíamos decidido el regalo de esa tan
codiciada gemita de nuestra parte para que Ferdi pudiese degustar en persona,
si le apetecía, de la manera que le pintase. Habíamos hablado también de la
posibilidad de que Ferdi, ante la sorpresa, rechazara cualquier tipo de
contacto con Ludovico, ya que siempre había tenido por costumbre desconcertarlo
a uno con ese tipo de reacciones que se consideran tan apartadas de lo
esperable, pero cuando Gabriel cortó y le dio la noticia al homenajeado, se le
iluminó el rostro como cuando éramos adolescentes y estábamos en una mesa del
bar del viejo Julián esperando que nos traigan las milanesas completas que él
tanto amaba zamparse.
El
catering y el regalito para nuestro amigo llegaron casi al unísono. Salimos los
tres al pórtico y ahí mismo Ludovico dio, con un beso en la mejilla, su feliz
cumpleaños al homenajeado, que se disculpó por no estar vestido de manera más
apropiada para recibir a semejante celebridad. Ludovico contestó que no
importaba la ropa si pronto Ferdi iba a estar desnudito, esa fue la
palabra exacta que utilizó y que el empleado del catering, que incidentalmente
entraba con una tanda de cajas, no pudo evitar oír. Evidentemente el joven P
consideraba algo atinado estar de movida en vena festiva con sus selectos y muy
generosos clientes presenciales, aboliendo todo tipo de protocolo, solemnidades
en las que tal vez ni siquiera tenía por costumbre recalar. Y era ese quizás el
aspecto tan barrial y aleatorio que tanto conmovía a Ferdinando Gombik. Nos
quedamos charlando muy desacartonadamente los cuatro en el pórtico. El empleado
del catering seguía entrando y saliendo intermitentemente mientras adentro
Imelda acomodaba el pedido en la mesa del comedor.
Finalmente,
cuando la mesa ya estuvo lista y el empleado del catering estaba haciendo
arrancar el utilitario para irse, Imelda salió al pórtico y nos advirtió que
los primeros fríos eran los peores para enfermarse, nos sugirió entrar y pidió
permiso a Ferdi para subir a su cuarto. La mesa era una verdadera gloria para
cualquier entendido en materia gastronómica. Habían dispuesto todo de una
manera que sugería por dónde empezar y por dónde darle el remate final a la
colosal comilona que había planificado Ferdi para su cumpleaños número
cincuenta y cuatro, acaso el último. Se comenzaba con una gran variedad de
quesos, fiambres y frutos secos, seguía un set de finger foods de una
variedad impresionante: empanaditas de varios sabores, pequeños sándwiches de
miga tradicionales e integrales, pinchos de diversas combinaciones, chips de
diferentes tipos de pan saborizado con rellenos variados, bruquetas con pastas
muy sutiles y exclusivas; había también albondiguitas de pollo y de res con dos tipos de
salsa, tarteletas de varias clases y finalmente, en una mesa adicional, la
parte de masas secas y finas y tres tartas frutales enteras. Cada sección tenía un número y en la cabecera de la mesa principal había un código QR para acceder a una
descripción detallada de todo el menú. En la cocina había quedado el resto del pedido:
la chocolatería, dos whiskies y seis botellas de champán importado. Había
obviamente platos y compoteras individuales para que cada comensal se sirviese
lo que le plazca y tenedorcitos para las albóndigas y tartas. El menú era para
más de ocho personas. Ferdi nos dijo que nos vayamos sirviendo y que llevásemos
los platos al living para cenar más cómodos; mientras, él fue a poner música. Tenía
una gran colección de vinilos en cuyo armado yo había intervenido bastante.
Comenzó sonando Tumbleweed Connection, de Elton John.
Ludovico
y Ferdi se sentaron en sendos sillones individuales, enfrentados al sillón de
tres plazas en que cenábamos y conversábamos Gabriel y yo. Se advertía que el
joven P, tal vez arrepentido de la embestida explosiva de su llegada, ahora
oficiaba deliberadamente de escucha en la conversación detallada y extensa que
manteníamos sobre Elton John, sobre los primeros tiempos de su carrera y sobre
la exitosa sociedad con Bernie Taupin, sobre Rocketman y las críticas
favorables y desfavorables que había tenido la película, sobre la amistad de
Taron Egerton con Elton y sobre el talento del joven actor como cantante. Pasó
buena parte del disco sin emitir palabra alguna, comiendo muy poco y con
expresión tal vez algo sobreactuada de estar ante tres celebridades
participando de un coloquio de una trascendencia superlativa. Pero cuando sonó Amoreena,
después de que Ferdi diese vuelta el disco, Ludovico la reconoció
inmediatamente tras la intro del piano y dictaminó con un viso de autoridad con
que rompió el silencio: Tarde de perros. Gabriel le preguntó si era
fanático de esa película y dijo que sí, que uno de sus primeros clientes se la
había recomendado hacía unos años y que la veía frecuentemente. Nos confesó que
le maravillaba que la película comenzase con esas imágenes de Nueva York
(ciudad que declaró conocer) acompañadas por Amoreena, tanto como el
hecho de que el personaje interpretado por Al Pacino, un pobre lumpen casado y
con hijos, mantuviese una relación homosexual con un trastornado que se
encontraba internado en un psiquiátrico y que no le importara blanquearla
públicamente en el momento de una toma de rehenes en la que estaba puesto el
foco de los medios que viralizaron el hecho, haciendo especial hincapié en la
relación y volviéndola acaso más importante que el atraco en sí y los planes de
fuga de esos pobres tipos cuyo destino ya estaba sellado de antemano. Tanto a
Ferdi, como a Gabriel y a mí, nos sorprendió positivamente el dictamen de
Ludovico. Quizás habíamos sido extremadamente prejuiciosos juzgándolo
apresuradamente por el pequeño desliz con que había hecho su entrada. Ferdi le
propuso al joven P cambiar de vinilo, le dijo que se tomase el tiempo necesario
para elegir algo que nos impresionase. Y mientras el muchacho se veía
visiblemente compenetrado en la elección de un nuevo álbum, Ferdi nos confesaba
en voz baja que estaba tratando de medirse con la comida (hecho del que ya nos
habíamos percatado) porque quería estar en condiciones de poder degustar su
regalito de cumpleaños en el mejor estado posible. Sabíamos, dado que nos lo
había contado previamente, que Ferdi estaba en una etapa en la que lo visual,
lo táctil y lo oral, habían desplazado casi totalmente cualquier otro tipo de
incursión en materia sexual. Y atribuía esa decisión al hecho de evitar el
indecoro (palabra que utilizaba de manera cada vez más frecuente y no sólo para
hablar de sexo) del deterioro físico y los trágicos efectos del paso del
tiempo.
Comenzó
a sonar Vicious, el primer track de Transformer, de Lou Reed. Y
Ludovico se atajó de antemano mientras caminada hacia nosotros ante lo
supuestamente trillado de la elección, dictaminando con una autoridad que nos
sorprendió e inmovilizó física y verbalmente a los tres: ya lo sé, pero es
un clásico, punto…
Nos
costó destrabar el silencio provocado por del dictamen de Ludovico, y
honestamente, era en Ferdi en quien más habían calado las disruptivas palabras
del joven P. Fue Gabriel quien logró construir una tangente para salir de la
incomodidad de aquel momento y le preguntó al muchacho qué música le gustaba
escuchar además de Lou Reed. Pero cuando Ludovico estaba por soltar su primera
sílaba, nuestro amigo y homenajeado lo cortó en seco dictaminando que él no
había venido a disfrutar de una distendida velada sino que a hacer
sencillamente su trabajo. Hay que decir que Ferdinando Gombik nos había tenido
acostumbrados toda la vida a ese tipo de salidas carentes de un mínimo viso de
contemplación diplomática, y su sensación de goce era harto visible cada vez
que lo hacía, pero ni Gabriel, ni yo, y creo que tampoco Ludovico, esperábamos
en ese momento tan temprano de la reunión un hachazo que cayó en ese living
como un parteaguas que hizo que el cumpleaños número cincuenta y cuatro de
Ferdi, tal vez el último, pase abruptamente a una fase cuyas consecuencias creo
que ni él mismo estaba dispuesto a asumir.
Ferdinando
Gombik se levantó de su sillón, fue hasta la bandeja, retiró el disco de Reed,
sacó su celular de un pequeño bolsillo frontal que tenía su túnica negra a la
altura de la tetilla izquierda, celular que estaba vinculado al mismo sistema
de audio que la bandeja, y comenzó a sonar Venus in Furs, de The Velvet
Underground. Se sentó en el centro del amplio sillón en que estábamos sentados
Gabriel y yo, y hablándonos a un volumen en que el joven P podía perfectamente
escuchar, nos dijo: nos conocemos desde hace siglos, amigos, y descarto que
les agradaría ser testigos de esto. Y dirigiéndose a Ludovico: desplegá
tus alas, chiquitín… Somos todo vista, oídos y olfato. Ahí lo tenés a tu Reed. No te atrevas a tocar
a nadie…
Lo
más llamativo del joven P eran los rasgos. Mientras se iba sacando la ropa sin
demasiada ceremonia, tenía sus ojos marrones (enmarcados por unas amplias y
hermosas cejas negras) clavados en los de Ferdi. De tanto en tanto sonreía
maliciosamente arqueando una rara nariz aguileña, rara por lo pronunciada y el
ángulo de caída, pero a su vez redondeada en la punta y hacia la parte que
cubría las fosas nasales. Y ese pico de pájaro que estaba comenzando a
desplegar sus alas para hacer su pretendidamente espectacular vuelo, iba a
encontrarse con la parte superior de unos labios bastante gruesos, que en la
sonrisa descubrían el brillo de unos dientes perfecta y sospechosamente
blancos. Ludovico debía pesar no más de setenta kilos, pero a medida que iba
descubriendo su cuerpo, su apariencia era de una fortaleza natural nada
trabajada ni deliberada. Y sabíamos que ese aspecto en particular era lo que a
Ferdi lo perdía de los jóvenes con los que interactuaba virtual y
presencialmente. Cuando la estrella de la noche estuvo completamente desnuda,
le dio la orden al oído al homenajeado de que retirase los platos y copas que
había en la mesa ratona. Pero si bien lo hizo de esa forma aparentemente
confidencial, el volumen de la voz delataba su intención de que Gabriel y yo
escuchásemos. ¡Y Ferdi obedeció con una candidez y subordinación que a Gabriel
y a mí nos hizo encontrarnos en una fugaz mirada de extraña y recelosa
sorpresa! Cuando la mesita estuvo libre, el joven P se sentó sobre ella mirando
fijamente a Ferdinando Gombik y comenzó el vaivén de su mano derecha
acompañándose de un gemido rabioso y de una especie de danza casi imperceptible
dada su posición, mas no obstante, no daba la más mínima impresión de estar
ante una patética sobreactuación de aficionado en esas tan sofisticadas artes,
todo lo contrario, estábamos ante un atávico sonido de puños haciendo tronar
una auténtica, juvenil y masculina furia, con Venus in Furs en repeat y
sonando a un volumen muy alto.
Estábamos
los tres muy compenetrados con la performance del joven P, cuando después de
varios minutos de haber comenzado, y siempre con la voz de Reed de fondo, Ferdi
comenzó a temblar visiblemente, justo en el momento en que el solo del muchacho
parecía estar a punto de llegar a su clímax, y nuestro amigo soltó un súbito y
plañidero: qué divino, se llevó las manos a los ojos, se levantó del sillón,
cruzó el living lo más rápidamente que su gigantesca humanidad se lo permitió y
se perdió escaleras arriba.
Gabriel
me sugirió que no fuésemos a buscarlo, que dejásemos pasar un rato, mientras
levantaba el celular de Ferdi del piso y buscaba y daba play a The Works,
de Queen. Ludovico, por su parte, se había levantado y me preguntaba si seguía
con lo suyo o se volvía a vestir, tratando de gambetear una controversia que no
obstante no había provocado que decaiga en lo más mínimo la importante
prolongación de su humanidad, que instantes atrás había estado a punto de
proyectarse vaya uno a saber sobre qué o sobre quién. Pero mi sugerencia de que
se vista fue interrumpida por la brusca reaparición de Ferdinando Gombik, quien
desde el extremo superior de la escalera le ordenó al joven P: subí,
pendejo, sin cambiarte, entrá sin golpear en la segunda puerta a la derecha que
te están esperando. Ludovico obedeció y se cruzaron en el descanso de la
escalera con nuestro amigo, que se detuvo unos segundos mirando fijamente subir
al joven P para después continuar con su descenso hacia el living. Volvió a
sentarse en uno de los sillones individuales y nos dijo que la elección del
disco de Queen había estado excelente, pidiéndome por favor que vaya a buscar
una botella de champán (para celebrar) dado que las escaleras lo habían
fulminado físicamente.
Ferdi
se comportaba como si nada de lo anterior hubiese pasado, tratando de mantener
viva una conversación sobre el disco que estaba sonando, conversación que se
iba desarrollando cada vez más a los tropezones, muy incómodamente, y que ni
Gabriel ni yo encontrábamos la forma de seguir de manera natural y fluida.
Cuando estaba comenzando a sonar Man on the Prowl, escuchamos a Ludovico
que desde el descanso de la escalera y junto a Imelda, decretó: escuchen,
¿me escuchan?, ella se viene conmigo, les dejo mi ropita de recuerdo, la
interior puede llegar a valer fortunas en el futuro. Y continuaron bajando
junto a Imelda, ella vestida con la misma ropa con que nos había recibido y
llevando un pequeño bolso de mano; y el joven P sosteniendo sobre los escalones
una carry-on y vistiendo una salida de baño que por el color y el tamaño era
parte del muy austero vestuario de nuestra exmaestra de cuarto grado.
Cruzaron
el living, echando sendas y desafiantes miradas a nuestro anfitrión, Ludovico
abrió la puerta de entrada e hizo salir a Imelda, y a los pocos segundos, se
oyeron el arranque del motor del auto y las desafiantes y deliberadas
aceleradas de la partida. Ferdi nos dijo después de unos segundos que la fiesta
tenía que continuar. Dio stop al disco de Queen, fue hasta uno de los estantes
de vinilos, sacó Paul, Peter, Ace & Gene, nos lo mostró desde lejos,
sonriendo en una pretendida vena de complicidad respecto de lo que ese álbum representaba
para los tres, puso el disco en la bandeja e hizo sonar New York Groove.
Volvimos
a sentarnos en el living. Ferdi, descartando por obvias razones la remota
posibilidad de sexo que había contemplado hasta hacía unos instantes, trajo en
varios viajes toda la chocolatería que había en la cocina, más champán y
whisky, y mientras charlábamos, iba ingiriendo cantidades tales de chocolates y
alcohol que provocaban que Gabriel y yo de tanto en tanto, nos echásemos
miradas de preocupación e incredulidad a la vez. Conocíamos holgadamente ese
tipo de escenas, Ferdinando Gombik tramitaba cualquier cosa que lo
desestabilizara emocionalmente, con ingentes cantidades de comida. Pero esa
noche, la impulsividad de la comilona era algo nunca antes visto por nosotros,
sumado a que no lo hacía olvidarse de su rol de anfitrión y nos servía champán
frenéticamente cada vez que veía que nuestras copas se vaciaban. Tampoco
abandonaba su rol de DJ doméstico, aunque volvió a comandar la batuta
nuevamente desde su celular. Pero la atención puesta en la ingesta de bombones
y frutos secos de todo tipo, bañados en varias clases de chocolate, sumado a
que nunca se resignaba a ser un mero escucha en un coloquio, hicieron que
finalmente quedase sonando Closing Time, de Tom Waits, disco a través
del cual sin embargo la intensidad de su ingesta y su conversación fue
disminuyendo lentamente hasta que finalmente se quedó dormido. Lo acomodamos
como pudimos en el sillón de tres plazas, trajimos frazadas y una almohada de
un dormitorio y ahí quedó el bueno de Ferdi, arrojado por el destino de aquella
noche tan extraña vaya uno a saber a qué dulces sueños o tortuosas pesadillas.
Cuando amaneció, varias horas después, nuestro amigo seguía durmiendo como un bendito. Había un silencio casi absoluto en la casa y en sus inmediaciones. No quisimos despertar a Ferdi para despedirnos. Nos cercioramos de que su celular tuviese carga y lo dejamos sobre la ahora célebre mesita ratona para que atienda nuestra llamada cuando ya estuviéramos en viaje. La helada que había caído era intensísima. Recordé la recomendación de Imelda de que entráramos a la casa debido a que los primeros fríos eran los peores para enfermarse. Las inmediaciones de nuestro pueblo de la infancia y adolescencia nos despedían bañadas de una blancura que pocas veces habíamos visto en aquel lugar. A Gabriel se lo veía muy afectado por todo lo que habíamos vivido en el cumpleaños número cincuenta y cuatro de Ferdinando Gombik. Volvió a declarar, como tantas veces lo había hecho, que celebraba que tanto Ferdi como yo no hubiésemos tenido hijos, y a enredarse como tantas veces se lo había escuchado en un monólogo que era una mezcla de arrepentimiento por haber procreado y una declaración de compromiso hasta agotar la última cuota de razón y de fuerza que la vida le concediera, a seguir bregando por el bienestar de sus dos hijos, uno de los cuales estaba en camino de hacerlo abuelo sin que él siquiera lo sospechase aún. El pueblo iba quedando atrás, muy pocas construcciones se iban viendo ya mientras el sol se hacía cada vez más fuerte y comenzaba a deshacer la blancura que cubría el verde, los techos de las casas y los pocos vehículos estacionados que seguían apareciendo. Y volvimos a recordar durante el viaje las tantas veces que Ferdinando Gombik nos amenazaba con tirarse desde el puente al río y lo relativamente fácil que era disuadirlo de semejante decisión sugiriéndole una gloriosa comilona en el enorme y concurrido bar del viejo Julián. Entre los tres habíamos vivido más de ciento sesenta años hasta el momento. Habíamos padecido, luchado y resistido tantas afrentas y gozado de algunas modestas victorias. Y ni Gabriel ni yo pudimos decodificar a lo largo de todo el viaje de vuelta a nuestra ciudad por opción, en qué columna tenía que anotarse la noche anterior. Nos seguía asombrando el hecho de que muchas cosas terribles parecían sucederle a uno con el único fin de experimentar el futuro y extraño placer de recordarlas o narrarlas. Pero más allá de eso, de lo que no cabían dudas, era de que aquellos primeros años de amistad, ese camino y sus cielos fabulosos en las tardes de verano en que la brisa del sudeste nos la hacía un poco más fácil, ese trigo de diciembre que bailaba bajo el sol para nosotros, ese río y sus meandros tantas veces navegados por los tres en las canoas del club desde el que cruzábamos para encontrarnos con un delta que parecía infinito, y sobre todo aquella música, aquella música…, habían quedado marcados a fuego en nosotros como cifras que conservaban intacta su naturaleza primaria, absoluta y hermosa, y que nos pertrechaban a su modo, tan extraño, en contra de un mundo al cual parecía que nunca terminaríamos de aprender a enfrentarnos.