miércoles, 4 de diciembre de 2013

Història de la meva mort: de Albert Serra (en el marco del 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)


En la sección "Panorama" del 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se exhibió el último film de L’enfant terrible.

Si bien la filmografía de Albert Serra es algo más amplia, Honor de Cavallería (2006) y El cant dels ocells (2008) son los claros precursores de Història de la meva mort. En la primera, adaptación de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, vimos a un Quijote (Lluís Carbó) y a un Sancho (Lluís Serrat) que en muy fortuitas escenas interactúan con otros transeúntes en su camino hacia la aventura y la recuperación del honor. El paisaje y la interacción silenciosa con éste ocupan buena parte de la película, y los escasos diálogos se dan en una suerte de monólogos que el Quijote emplea a instancias de iluminar al campechano Sancho, en su paciente insistencia en hacerle notar a su fiel escudero la presencia de Dios en todo lo que los rodea. En El cant dels ocells, film en el cual Serrat y Carbó vuelven a interpretar roles protagónicos, Serra –o L’enfant terrible, como lo ha bautizado la prensa de su país- insiste con esa apuesta al obsesivo quietismo, persiste en dejar hablar al paisaje recorrido por los tres reyes magos en su camino hacia un lugar en donde ha nacido un mesías, insiste en proponer al espectador una nueva mirada en relación a aspectos de la experiencia de los cuales la cultura contemporánea, y por defecto, el cine que habitualmente produce, usualmente no se ocupan.      

Lo cierto es que en tiempos en que la vertiginosidad y la inmediatez determinan buena parte de las conductas, decisiones y códigos de pertenencia que nos rigen, un cine que apele a la lentitud, incluso al estatismo de imágenes cuasi pictóricas se vuelve de alguna manera un acto de subversión a las normas de época; y hablando de lo visual y de lo pictórico, en esta última película de Serra se advierten planteos fotográficos que remiten al Madre e hijo de Alexandr Sokurov, o al Barry Lyndon del genial Stanley Kubrick.  

Història de la meva mort retoma ciertos tópicos de las dos mencionadas predecesoras, con la diferencia de que aquí el diálogo se multiplica, planteando un coloquio y por ende una interacción mucho más fluidos entre los personajes, que por cierto son también mucho más numerosos. No obstante, en lo concerniente al timing, la propuesta del director catalán se vuelve por momentos maravillosamente perturbadora y opresiva.  

El film está dividido en dos partes, la primera muestra, en un clima de sosiego doméstico, a un epicúreo Casanova (Vicenç Altaió) acogiendo en su palacete a quienes estén dispuestos a recibir sus saberes. Es tiempo de cosechar y de compartir tras una larga vida pletórica de experiencias, y desde jóvenes escritores hasta su fiel y agradecido criado Pompeu –interpretado por Lluís Serrat-, escucharán a su generoso maestro hablar no solo de literatura y conquistas amorosas, sino también de viajes, gastronomía, incluso anunciar el advenimiento de la Revolución. Sin embargo, acaso en la plácida entrega desde la cual Casanova imparte su mensaje, se atisba el advenimiento de una última batalla, el último viaje, el de la luz a la oscuridad, con el ingrediente de que ese reino de las sombras tiene como todo reino su soberano que hará a su tiempo su aparición y esgrimirá su espada. La segunda parte de Història de la meva mort convoca a la valerosa concurrencia que no haya abandonado aún la sala a un espléndido travelling que lleva a Casanova y a Pompeu a los Cárpatos, y ya en una posada en donde los peregrinos amo y criado se hospedarán, un singular y a la vez aterrador Conde Drácula será el encargado de insuflar, en la belleza de ese marco natural esplendoroso, el veneno de su reinado.   

No pueden dejar de observarse las enormes antítesis que plantea la película, es por eso que esta historia es el parte de una experiencia transicional: de la vida a la muerte, del desconocimiento a la sabiduría, de lo excesivo a lo despojado, de la luz a la oscuridad, de la civilización a la barbarie, del mundo de la ilustración al reino de los instintos. Se filmaron 440 horas para obtener este periplo de 148 minutos sin ningún tipo de piedad para esos espectadores desprevenidos que al promediar la cinta, tal vez antes, huyen de la sala en medio de hachazos a cabezas de bueyes, escenas parricidas y escatológicas ceremonias de alquimia, cuyo promotor declaró: “no me importa la opinión del público, cuya valoración será siempre subjetiva y sujeta a equivocarse”.

Història de la meva mort obtuvo en agosto pasado el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno. Clickear para ver los premios logrados por los films anteriores de Albert Serra.  

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Bright day: de Hossein Shahabi (en el marco del 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)


Ópera prima del director iraní Hossein Shahabi, Bright day, film que participa de la sección "Competencia Internacional" del Festival, es la crónica de una carrera a contrarreloj de una maestra jardinera (Farhoudi) y un chofer de remise (Kiani) por las calles de Teherán en búsqueda de testigos que aporten testimonios para torcer la voluntad de un jurado que probablemente dictamine la pena capital a un inocente. La película va revelando de manera gradual las imperfecciones de un sistema judicial permeable a todo tipo de estratagemas (¿les suena?) que pueden llevar a que el objetivo de búsqueda de la verdad se trastoque de manera irreversible cuando la pena de muerte cabe dentro de las posibles condenas. El hincapié no solo está puesto en el papel que juega Farhoudi en esta empresa que parece por momentos volverse imposible, dado que este objetivo encabezado por una mujer en una sociedad en donde su rol en principio no dejaría espacio de maniobra a estos efectos, parece convertirse en una verdadera quimera; y es ahí en donde el encomiable Kiani asume la causa y se transforma en parte decisiva de lo que va aconteciendo. Kiani encarna de manera absoluta la defensa de esa verdad desde un lugar de integridad moral que contrasta con las especulaciones que van esgrimiendo los testigos que podrían declarar en favor del acusado, y que incluso recurriendo a argumentos de corte religioso, se niegan a testificar. Ése es el punto de Bright day, la verdad en pugna con los manipulables meandros de la esfera jurídica, la humana, y la religiosa, que por momentos parece volverse la más humana y alejada de la verdad. La película es una muy buena excusa para reflexionar acerca de lo cuestionable de las instituciones, no solo en Irán si cabe aclararlo, sino en todos los estados en donde la pena de muerte sigue vigente.    
        

martes, 19 de noviembre de 2013

La herida: de Fernando Franco (en el marco del 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)



La Herida es la ópera prima del director español Fernando Franco, película cuyo guión coescribió junto a Enric Rufas. Ana (Marian Álvarez), es una asistente de pacientes neurológicos. Trabaja en una ambulancia de traslados brindando una encomiable contención a los asistidos con quienes tiene una periódica relación. Vive con su madre divorciada de su padre en una casi absoluta incomunicación. La vida laboral de Ana no exhibe las heridas que sí va dejando entrever, de manera cada vez más flagrante, su vida privada. Distanciada de su ex-novio a quien abruma con inútiles llamados de reconciliación, relacionándose con un oscuro personaje con quien chatea y sintiendo el tajante rechazo de aquellos con quienes escoge relacionarse, la vida de Ana va sumiéndose poco a poco en un derrotero de disonancias que no solo labran heridas existenciales sino también físicas. El film no es solamente una buena oportunidad de asistir a una de las mejores actuaciones -la de Marian Álvarez- de lo que se está viendo por estos días en el Festival, sino también -dejando de lado la tentación de hacer de esto una regla general- una ocasión para reflexionar sobre las nuevas formas de comunicación y sobre cómo esa dinámica no puede ser trasladada a las maneras tradicionales de relación, dejando a quien va adquiriendo esos tópicos comunicacionales, cuando lo físico y lo gestual toman parte, en un alarmante estado de desnudez. Marian Álvarez obtuvo por parte del jurado del Festival de San Sebastián un premio especial a "mejor actriz" interpretando a este personaje que padece un Trastorno Límite de la Personalidad. La herida participa de la sección "Competencia Internacional" del 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.  


   

lunes, 18 de noviembre de 2013

Choele: de Juan Sasiaín (en el marco del 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)



Choele es el segundo largometraje de Juan Sasiaín. La Tigra, Chaco (2009), el primero, fue codirigido junto a Federico Godfrid. Ambientada en la ciudad homónima, la película cuyo guión también fue escrito por Sasiaín, narra la historia de Coco, un chico que está saliendo de su niñez y comenzando a descubrir entre otras cosas la inviabilidad de ciertas relaciones en las que corazón y fuerza de las circunstancias no van precisamente de la mano. 

Manifestó Sasiaín en una breve charla al final de la proyección del film su espíritu itinerante, una suerte de fascinación por los pequeños pueblos del interior del país, y el ir en la búsqueda de esas locaciones, a la caza de esos espacios de juego de la infancia e intentar recobrarlos. La impronta lúdica está presente también en la interacción director-actores y no-actores. En este aspecto actoral de la película (el trabajar con actores y no-actores), en la narración de una historia contada de manera aparentemente simple pero poseedora su densidad, de su peso específico; en darle al paisaje una participación importante, con su río, sus bardas y sus puentes con pasado, y en la elección de una locación patagónica, Choele remite por momentos al cine de Carlos Sorín. 

Este segundo largometraje de Juan Sasiaín participa de la sección "Competencia Latinoamericana" del Festival y se proyectará nuevamente el martes 19 de noviembre a las 12:45 hs. en el cine Ambassador.


jueves, 14 de noviembre de 2013

Un camino hacia mí



Nat Faxon y Jim Rash, los directores de Un camino hacia mí, fueron junto a Alexander Payne los guionistas de The descendants (2011) -adaptando la novela de Kaui Hart Hemmings-, película dirigida por Payne y que obtuvo un premio Óscar 2011 en la categoría "mejor guión adaptado".  Cabe esta información inicial dado que la atmósfera Payne sobrevuela buena parte del film que se está reseñando, detalle del que se dará cuenta más adelante.

Duncan, el protagonista de Un camino hacia mí, no solo debe afrontar el difícil trance que presentan los tempranos años de la adolescencia en todo joven, sino también el hecho de tener que pasar el verano con el cuasi monstruoso novio (Steve Carrel) de su madre (Toni Collette), y con un grupo de desconocidos personajes con los cuales no logra el más mínimo rastro de correspondencia. En medio de ese panorama desalentador y disonante, accidentalmente (y he aquí el cliché sobre el cual se asienta y se intenta sostener la película), Duncan conoce a Owen (Sam Rockwell), un empleado de un parque acuático de la playa en donde se encuentra de vacaciones. Owen aporta al chico no solo una extravagante artillería de tópicos que van desarticulando su casi nula capacidad de comunicación, sino también esa imagen paternal de la que carece. Si bien este punto es sobre el cual se forja y se sostiene este iniciático camino de Duncan, es también de manera soportable y elegante, su talón de aquiles, dado que las figuras héroe-niño, maestro de la vida-discípulo, son la confluencia sobre la cual recurre permanentemente Un camino hacia mí para dar todo de sí. 

Como se escribió al comienzo de la reseña, la impronta Payne se halla presente buena parte de la cinta, lo cual habla bien del trabajo de Faxon y Rash. ¿En qué aspectos? En esa sutil pericia que tienen los films de Payne de transitar la desgracia de sus personajes y sazonarla con toques de comedia imbricados de manera tal que no chocan con la plasticidad argumental. También está presente el director de Election (1999), About Schmidt (2002), Sideways (2004), en la aparición de esos personajes que de alguna manera desafían la coquetería hollywoodense, staf actoral del cual, en roles no tan secundarios, Nat Faxon y Jim Rash participan.

En el aspecto actoral el trabajo de Steve Carrel saliéndose de lo esperable es plausible. Contrariamente a esto, la proverbial Toni Collete no deslumbra en Un camino hacia mí como nos tiene acostumbrados.  Sam Rockwell por momentos entretiene, por momentos redunda y por momentos aburre, pero en última instancia sale airoso. Los galardones sin ninguna duda se los lleva el personaje interpretado por la brillante Allison Janney. 

La película recupera puntos con el inteligente y abierto final, del cual no se aportará más indicio que la mención de que ciertas tensiones, ciertos planteos que en un principio y en un promediado desarrollo parecen meros aderezos, sobrevienen sobre los últimos minutos aportando el ingrediente justo a la resolución de la trama. La invitación a verla, apostando a esta dupla de directores que cuentan con una muy buena base como para consolidarse, es más que pertinente. 



sábado, 19 de octubre de 2013

Marcel Proust: los primeros cien años de su catedral


Hace cien años, publicado por la editorial Grasset, Por el camino de Swann, el primero de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, comenzaba a transitar una senda que la llevaría a convertirse en parte de una de las novelas capitales del Siglo XX. 

Marcel Proust, su autor, nació el 10 de julio de 1871. Su nacimiento se dio en Auteuil debido a que Jeanne Clemence Weil decidió alejarse del peligro que representaban los bombardeos alemanes en París y dar a luz allí. Jeanne, madre de Proust, era hija de un empresario bursátil de origen judío, y su padre, Adrien Proust, un notable médico epidemiólogo de su tiempo. La infancia y juventud del escritor transcurrieron en el marco político que prosiguió a la guerra franco-prusiana, en la estela divisoria que abrió el affaire Dreyfus y en el contexto social y cultural de la belle époque. El asma lo acompañó prácticamente toda su vida, desde los nueve años hasta su muerte a los cincuenta y uno. Contra la voluntad de su padre se negó a seguir la carrera diplomática y comenzó a frecuentar los círculos literarios de su época de juventud. Asistió a cátedras en la Sorbona, principalmente a la de Henri Bergson, filósofo que influyó profundamente en Proust; de hecho el eje principal de su exploración literaria está anclado en los conceptos de creación, tiempo, obra de arte y percepción e intuición bergsonianos. En 1896 publicó Los placeres y los días, una miscelánea de sueltos, poemas y esbozos filosóficos. Jean Santeuil, su primera novela, se dio a conocer póstumamente en 1953. Allí se advierten ciertos rasgos precursores de la profunda indagación que más tarde llevaría a cabo en la novela que se está reseñando. En 1904 publicó traducciones al francés del crítico de arte inglés John Ruskin. Los artículos publicados por Proust en Le Fígaro constituyeron también una suerte de mix en los que se narraban desde los pormenores del salón donde “recibía” una noble de la época, hasta el recuerdo de los espinos blancos de su infancia. En 1909 comenzó a trabajar en En busca del tiempo perdido, obra que fue creciendo y nutriéndose a medida que Proust declinaba. François Mauriac declaró tras su muerte: “vimos, en un sobre manchado de tisana, las últimas palabras ilegibles que había trazado y entre las que sólo acertamos a descifrar el nombre de Forcheville. Así, hasta el fin, sus criaturas se nutrieron de su sustancia, agotando lo que le quedaba de vida”. La novela terminó de publicarse hacia 1927, es decir cinco años después de la muerte su autor.

Pero ciertamente podría asegurarse que todo lo escrito en el párrafo anterior a modo de introducción, de breve biografía del artífice de la novela que inspira este artículo, sería refutado por el propio Proust, ya que él no creía acertada esta forma de dar cuenta acerca de la vida de un escritor. De hecho fue famosa su polémica con Charles Augustin Sainte-Beuve a través de un escrito llamado Contra Sainte-Beuve redactado entre 1908 y 1909 y publicado de manera póstuma en 1954, haciendo referencia a esto. Proust afirmaba que los testimonios de amigos, familiares o allegados, las cartas, las invitaciones a fiestas, en última instancia la vida social, no aportan elementos esclarecedores del yo-escritor. ¿Qué necesidad habría de escribir si ese yo fuese fácilmente asequible a esas personas con quienes el escritor se ha relacionado? Dice Arturo Fontaine en una conferencia que dio en Santiago de Chile en 1995 sobre À la recherche: “precisamente lo que hace escribir es que hay una cierta dimensión de la persona que queda sumergida y que escapa al yo-social de alguna manera”. De modo que si es el yo-escritor y no el yo-social el que construye una obra en donde queda asentado el más fiel registro de quién fue verdaderamente ese ser humano que sintió la férrea necesidad de dar cuenta de algo, vayamos sin más a su En busca del tiempo perdido e intentemos encontrar a ese sujeto que asediado por la muerte que llegaba inevitablemente, rescató del olvido sus tesoros personales con el objetivo de invitar a sus lectores a rescatar los propios.  

En busca del tiempo perdido es una novela extensísima. Está compuesta por siete volúmenes: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La Prisionera, Albertina ha desaparecido y El tiempo recobrado. La traducción al español que más se ha difundido es la de Pedro Salinas y Marcelo Menasché. Se publicó entre 1913 y 1927, de manera que los últimos volúmenes llegaron a los lectores tras la muerte de Marcel Proust el 18 de noviembre de 1922. Los temas de la novela son variadísimos.

El primer volumen, Por el camino de Swann, es una introducción a ese universo proustiano de una inquisición analítica y filosófica exhaustiva. Frecuentemente se le atribuye a André Gide la frase: "No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de dormirse”, la frase en realidad corresponde al editor Humblot. Humblot argumentaba esto como excusa para rechazar la publicación del libro, cuyo derrotero hasta llegar a los lectores no fue precisamente fácil. Los temas de este primer tomo son la dependencia emocional del personaje principal para con su madre -tema desarrollado ya por Proust en Jean Santeuil-, la infancia en Combray (Illiers en la “realidad”), lugar en donde el pequeño Marcel pasa los veranos con su familia que es visitada por las noches por Charles Swann, un marchante de arte que hace sonar una campanilla que le da la pauta al niño al escucharla de que esa noche no recibirá el beso de su madre. Aparece por primera vez un tema recurrente en Proust, los celos. Un amor de Swann es una sección importante de Por el camino de Swann, en efecto, se ha publicado también por separado. La relación entre Charles Swann y Odette de Crécy, está tratada como una suerte de ensayo en relación a las arbitrariedades que está destinado a sufrir inevitablemente –según Proust- quien ama. El tema del amor y los celos vuelve como preocupación central en los quinto y sexto volúmenes.

En A la sombra de las muchachas en flor este personaje que aún se encuentra en una etapa de recolección de datos e impresiones, sin sospechar siquiera que llegará el día en que sentirá la ferviente e insoslayable necesidad de formular a través de la literatura un sistema de decodificación de esas señales, conoce a varios de los personajes centrales de En busca del tiempo perdido: Bergotte, ese escritor héroe de la infancia, acusado injustamente por cierta crítica de ser un mero cincelador de pequeñeces -acaso una autodefensa de Proust como reacción a la repercusión de su obra hasta ese momento-, Saint-Loup y el barón de Charlus, de alguna manera un primer acceso concreto al mundo Guermantes que va a ser mucho más desmenuzado en el tercer volumen, el pintor Elstir, y el grupo de muchachas conformando un grupo indivisible, ya que el objeto de amor es el grupo y no en singular una de las muchachas que lo componen. Es también una de las ideas más fuertes de este segundo volumen el descubrimiento del Balbec en la ficción, Cabourg en la realidad, que como esos lugares que nos representábamos hostiles desde nuestra previa especulación, inesperadamente nos reciben amigablemente. A la sombra de las muchachas en flor obtuvo en 1919 el premio Goncourt.

Al fin, en El mundo de Guermantes, este Marcel que “no es del todo” Proust, logra penetrar en una esfera social que hasta el momento le había estado vedada, y que constituía una suerte de ideal simbolizado en ese nombre “Guermantes”. Los nombres en En busca del tiempo perdido son tratados como una de las tantas puntas de iceberg visibles de un macrocosmos de impresiones que se oculta bajo una cara meramente simbólica. La incursión de la burguesía en el mundo de la aristocracia es uno de los temas centrales de lo que podría decirse que en Proust es una suerte de narración circunstancial o eventual, dado que estos acontecimientos que no obstante ocupan gran parte de la novela, ofician acaso el rol del peso narrativo de una arquitectura en la que más adelante van a emerger los resultados de esa búsqueda, relegando estos aspectos circunstanciales a la necesidad de mero contraste, del aporte de una densidad necesaria para que puedan sostenerse las impresiones e ideas de las que se dará cuenta en El tiempo recobrado.   

Sodoma y Gomorra simboliza la salida de la infantil inocencia del protagonista, no sólo en relación a la iniciación de un joven que comienza a descubrir el mundo de los adultos, sino también se plantea en el cuarto volumen, la idea de un cierto desengaño experimentado por alguien quien, tras ese nombre Guermantes, dejó crecer un ideal que comienza a mostrar sus grietas. Las andanzas del barón de Charlus, sus idas y venidas con el violinista Morel y el interrogante amoroso que despierta en Marcel su oscilante amor por Albertina, introducen a la honda reflexión que hay en En busca del tiempo perdido acerca de la cuestionable, según Proust, idea de ese amor absoluto que conforme el tiempo va modificando inevitablemente nuestros sentimientos y pareceres, no está destinado a otra cosa que a desvanecerse. En Sodoma y Gomorra, Charles Swann, uno de los personajes centrales de la novela, hace su última aparición.

El traslado a París de Marcel junto a Albertina, encerrada y virtualmente presa, es el tema predominante en La prisionera. Tanto el protagonista como el barón de Charlus experimentan los ribetes más sórdidos de la experiencia amorosa desde el punto de vista proustiano: quien ama está condenado indefectiblemente a sufrir, ya que ese ideal, que habita previamente en nosotros, es depositado en alguien de manera arbitraria, cubriendo de esa construcción utópica a la verdadera persona, que se transforma en el ser amado hasta que su personalidad real aflora y conduce inevitablemente al desengaño. Ese es el dictamen más fuerte en La prisionera. Por otra parte, comienza a observarse una decantación, una suerte de toma de perspectiva en el personaje central, cuyo fin es templar y preparar ese nivel de penetración que dará como resultado los veredictos que a través de hechos involuntarios aparecerán en el último volumen, despertando esa fe perdida en las letras.

Albertina ha desaparecido es el sexto volumen de la novela. La composición del genial personaje Vinteuil, que cristaliza a esta instancia de la obra, representa la firme idea de Proust acerca de la música como una de las puertas de acceso a esos paraísos perdidos a la búsqueda de los cuales se encamina el narrador de manera cada vez más nítida. La música es una de las llaves a esa dimensión incorruptible: “Cuando el pianista acabó de tocar, Swann estuvo con él más amable que con nadie, debido a lo siguiente: El año antes había oído en una reunión una obra para piano y violín. Primeramente sólo saboreó la calidad material de los sonidos segregados por los instrumentos. Le gustó ya mucho ver cómo de pronto, por bajo la línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba, como en líquido tumulto, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la parda agitación de las olas, hechizada y bemolada por la luz de la luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar un nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frase o una armonía. No sabía exactamente lo que era lo que, al pasar, le ensanchó el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosa que rondan por la húmeda atmósfera de la noche tienen la virtud de dilatarnos la nariz. Quizá por no saber música le fue posible sentir una impresión tan confusa, una impresión de esas que acaso son las únicas puramente musicales, concentradas, absolutamente originales e irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones.”  (Fragmento de Por el camino de Swann). El casamiento de Gilberta Swann con Robert de Saint-Loup, une por fin el camino de Méséglise con el de Guermantes, alegorizando esa incursión creciente de la burguesía en el mundo aristocrático. El viaje a Venecia por su parte, recogerá una de esas impresiones que reformuladas en un futuro ya no tan lejano, harán posible la recuperación de ese tiempo perdido.   

El tiempo recobrado es sin dudas el momento de la cosecha, de la recuperación involuntaria de esos paraísos perdidos. Si existe algo que pueda llamarse filosofía proustiana, es indudable que en este último volumen es donde más enfática y claramente Proust trabajó su filosofía y su mensaje. Equivocadamente suele afirmarse que Marcel Proust era un burgués acomplejado y snob cuya verdadera motivación era componer un exacerbado encomio de la nobleza de su tiempo. Acaso en un principio ni él mismo supiese a ciencia cierta hasta qué punto de afianzamiento llegarían sus veredictos, dado que toda su carrera literaria constituyó un proceso de maduración de estas ideas que sirvieron para hacer decantar lo superfluo y jerarquizar los conceptos sobre los que trabajó en El tiempo recobrado. Y en ese proceso de decantamiento y jerarquización queda evidenciado que el objetivo no era hacer un culto a la nobleza que paulatinamente iba siendo penetrada por la burguesía de la que Proust formaba parte, sino tomarla como uno de los tantos temas de exploración para hacer emerger, habiendo logrado el contraste ineludible, las revelaciones universales escondidas, ya no detrás de un nombre centenario, ya no tras el peso histórico de un lugar, sino bajo la cara visible de experiencias tan aparentemente banales como la textura de una servilleta, la famosa magdalena, o el golpe de una cuchara en una taza.  


Personas-personajes, Tiempo, Arte y Metafísica:

Pero es evidente que más allá de la división de esta novela en siete cuerpos en los que puede hacerse un recorte bastante definido de los temas abordados en cada uno de ellos, En busca del tiempo perdido está indiscutiblemente atravesada por tres grandes troncos temáticos –Sociedad, Tiempo, y Arte y relación de éste con la dimensión metafísica de la experiencia- sobre los que, a la manera de un pintor que sigue robusteciendo con sus pinceladas un motivo que siente que no termina de adquirir la facultad de transmitir el mensaje para el que fue concebido, Proust fue trabajando, acaso encontrando, a medida que la escritura avanzaba, la manera más efectiva de delimitación de esa materia invisible que para sostenerse necesitaba de un contrapeso y una densidad que la consolidasen. Es oportuno aclarar sin embargo que la novela no fue escrita progresivamente, ya que el proceso de redacción de Proust conllevó hasta sus últimos días un ejercicio de corrección y agregado de cuartillas a los volúmenes que no habían sido todavía editados. Se sabe también que el desarrollo argumental no se dio de forma gradual, ya que El tiempo recobrado estaba prefigurado desde el inicio del proceso de escritura de la novela, en cuyo rasgo de circularidad necesariamente tuvo que pensar de antemano el autor para que ese artilugio narrativo y su efecto en los lectores surtiesen el resultado esperado.

George Painter, en su biografía definitiva sobre Proust en dos volúmenes Marcel Proust: a biography, escribió: “Proust creía, fundadamente, que su vida tenía la forma y trascendencia de una obra de arte. Por esto se propuso seleccionar, proyectar en la distancia, y transformar la realidad, a fin de revelar su universal trascendencia.” Lo que tal vez no observase tan nítidamente en un comienzo el propio Proust, es que no todos los aspectos de esa vida ofrecían ese rasgo trascendental, y acaso intuitivamente, a modo de quien separa la paja del trigo, empezó nutriendo los aspectos menos sutiles de su vida, componiendo en consecuencia un cuadro milimétrico de esa alta sociedad en decadencia que es penetrada lenta pero inexorablemente por la burguesía francesa de principios del S. XX.

Existe una tendencia a creer que cada personaje de En busca del tiempo perdido está basado en un solo personaje real. Al respecto declaró el mismo Proust: “...no hay claves que permitan identificar personajes reales con los de mi novela, o, mejor dicho, a cada personaje novelesco corresponden ocho o diez claves./ …creo que si Bergotte o Saint-Loup, por ejemplo, están compuestos, cada uno, de seis o más retazos de seres reales, el lector preferirá que los mencione a todos.”, escribe Painter a colación en el prólogo de su biografía. Lo que en rigor debe decirse es que muchos de esos personajes constituidos por varios fragmentos, llevan también, además de los retazos de las personas aludidas por el autor, partes de su propia personalidad y sensibilidad. 

Se suele decir o escribir que Proust tenía una preocupación filosófica respecto del tiempo. Esto es muy cierto, pero a menudo, cuando se habla de En busca del tiempo perdido, se alude a la novela como la historia de una especie de nostálgico que a través de esa narración en primera persona, busca embarcar al lector en una suerte de melancolía en función de un pasado en donde todo fue mejor. Para entender la relación de Proust con el tiempo necesariamente hay que remitirse a la filosofía de Bergson, ya que la obra de Proust, entre otras tantas cosas,  es una exploración literaria de la filosofía bergsoniana. Henri Bergson (1859-1941) hablaba de dos dimensiones y percepciones temporales. Por un lado, aquella de la que puede darnos parte el análisis, que necesariamente debe hacer un recorte de una determinada porción de tiempo y representar este valor a través de un símbolo, y por otro, una dimensión temporal interna, una duración del yo que es un devenir constante, de la cual puede solo dar cuenta la intuición; en palabras del propio Bergson: “el análisis opera sobre lo inmóvil, mientras que la intuición se coloca en la movilidad, o –lo que viene a ser lo mismo- en la duración. Aquí está la línea de separación bien clara entre la intuición y el análisis. Lo real, lo vívido, lo concreto, se reconoce porque es la variabilidad misma. El elemento se reconoce porque es invariable. Y es invariable por definición, por ser un esquema, una reconstrucción simplificada, con frecuencia un mero símbolo, en todo caso, una vista tomada sobre la realidad que fluye.” ¿Y cuáles son las alegorías proustianas que nos hablan de esa duración interna que se manifiesta a través de una impresión o percepción que se nos representa involuntariamente? Sin lugar a dudas la famosa magdalena es la más aludida. Pero lo son también la servilleta y su textura, la baldosa desigual, la cuchara y el fragmento de la sonata que suspendía a Swann es una especie de nirvana. Sin embargo la magdalena no conduce a la magdalena, sino a Combray, es decir, al pueblo de la infancia del narrador; la servilleta y su textura no conducen a otra servilleta, sino al Balbec de la juventud del narrador; la baldosa despareja lo retrotrae a Venecia. Por consiguiente, necesariamente esa duración interna que se ha adherido a la conciencia en el pasado en Combray y en el presente en la degustación de la magdalena, ha emergido involuntariamente conectando dos elementos desiguales, en dos recortes de tiempo diferentes, pero en rigor caras visibles de un sustrato que las funde, suprimiendo esa distancia cronológica de décadas que separa esos elementos. En palabras del propio Proust: “Acerca de la extremada diferencia que hay entre la impresión verdadera que hemos tenido de algo y la impresión ficticia que se consigue cuando tratamos de representárnosla voluntariamente, no me detenía, recordando demasiado con qué indiferencia relativa Swann había podido hablar antes de los días en que era amado, porque debajo de aquella frase veía algo más que ellos…; comprendía demasiado que lo que la sensación de baldosas desparejas, la rigidez de la servilleta, el gusto de la magdalena despertara en mí no tenía ninguna relación con lo que trataba a menudo de recordar de Venecia, de Balbec, de Combray, con la ayuda de una memoria uniforme; y comprendía que la vida pudiera considerarse mediocre aunque en algunos momentos pareciera tan hermosa porque en el primer caso, por algo muy distinto a ella misma, es que se la juzga y se la desprecia, por imágenes que no conservan nada de ella.”  (Fragmento de El tiempo recobrado).

En octubre de 1888, el joven Marcel Proust comenzó a cursar, bajo el tutelaje del profesor Marie-Alphonse Darlu, su curso de filosofía en el Lycée Condorcet. Darlu fue quizás quien despertó en Proust esa convicción de que el arte debía dar testimonio ante nada de esa dimensión metafísica de la experiencia. En el prólogo de Los placeres y los días escribió acerca de su maestro: “Gran filósofo cuyas luminosas palabras, que sin duda perdurarán más que muchos libros, me enseñaron a pensar a mí y a muchos otros.” George Painter por su parte, en el primer volumen de su extensa biografía sobre Proust escribió al respecto: “Marcel aprendió de Darlu que para que una obra de arte tenga grandeza no basta con que sea poética o moral, sino que también debe ser metafísica; y el más profundo tema de À la recherche du temps perdu lo constituye la revelación de una verdad puramente metafísica.” Y es en ese punto en el que debe detenerse quien quiera comprender la profundidad del mensaje proustiano, dado que en toda su obra, incluso en los artículos de Le Fígaro, se advierte esa pretensión de abrevar en las sutiles subyacencias de la experiencia, gerarquizarlas y dejar en claro que la trama más visible de información y primera lectura no es el punto de intención de lo que se quiere transmitir. Proust fue perfeccionando este mecanismo durante toda su vida de escritor, e indiscutiblemente en En busca del tiempo perdido es en donde este tan pretencioso artificio encontró su medida y efectividad, de hecho, si se avanza en la lectura de toda su producción literaria de manera cronológica, es decir, como fue escrita y no como fue publicada, se percibe un proceso de fraguado de esta estrategia. No debe dejar de mencionarse tampoco que no es un demérito que semejante proyecto literario deje entrever ciertas imperfecciones. El mismo Proust decía -incluso puso en palabras del narrador de En busca del tiempo perdido- que quien se propusiera recobrar tan tremendo mensaje y traerlo del pasado al presente, dándole la categoría de una revelación de lo eterno, era comparable a quien construye una gran catedral, y las grandes catedrales nunca terminan de construirse: “Y en esos grandes libros, hay partes que solo han tenido tiempo de esbozarse y que sin duda nunca se concluirán, debido a la misma amplitud del plano del arquitecto. ¡Cuántas grandes catedrales permanecen inconclusas!”  (Fragmento de El tiempo recobrado).


Parte de la religión:

Como ha ocurrido con varias novelas, pongamos por caso La montaña mágica de Thomas Mann o Ulises de James Joyce, En busca del tiempo perdido se ha transformado en una suerte de ritual literario, que a pesar de haber transcurrido cien años de la publicación de su primer volumen, sigue sumando adeptos, esos “amigos de Proust, que forman en el mundo entero una inmensa sociedad espiritual…”, escribió André Maurois en el prólogo de La vida de Jean Santeuil. Hay quienes desisten al primer volumen, aludiendo argumentos parecidos al de Humblot. Hay quienes llegan al tomo III o IV y abandonan en ese umbral en que las revelaciones proustianas comienzan a cuajar y a ejercer su efecto de fascinación. Los hay quienes, tras haber abandonado, vuelven al tiempo y completan la lectura de la novela. Hay quienes perciben, llegando acaso a la novela a través de testimonios, ensayos o artículos, que la catedral los estaba esperando, y comprueban, a los pocos instantes de comenzar la lectura de Por el camino de Swann, que esos senderos de Combray son un espejo cuyo objetivo es reflejar los caminos propios. Lo cierto es que para muchos lectores, el recobrar esa dimensión proustiana de la experiencia se ha convertido en una especie de ritual. Illers, ese pueblo de la Baja Normandía en el que el pequeño Marcel pasaba los veranos, ha pasado a llamarse Illers-Combray debido al encantamiento que ejerce la literatura de Marcel Proust en su feligresía. Miles de turistas llegan ahí buscando los caminos de Proust y sus íntimos senderos. Sus biógrafos, más allá de aportar datos sobre la vida pública del escritor, han intentado aportar algún ladrillo más a esta eterna catedral en permanente construcción. Quien escribe, se ha encontrado al final de un ejemplar del primer volumen de la biografía de Painter, extraído de una biblioteca pública, escrita a mano, la receta de las magdalenas, anexada por un lector desconocido. Dejemos, en palabras de Proust, la razón acaso más probable del porqué de este fenómeno de permanente multiplicación: “Pero para volver a mí mismo, pensaba más modestamente en mi libro y hasta resultaría inexacto decir, pensando en los que lo leerían, en mis lectores. Porque no serían, como ya lo he demostrado, mis lectores, sino los propios lectores de ellos mismos, ya que mi libro no sería más que una suerte de vidrio de aumento, como los que el oculista de Combray le ofrecía a un comprador; mi libro, gracias al cual les proporcionaría los medios de leer en sí mismos.”  (Fragmento de El tiempo recobrado).


Bibliografía:
1. AGUAD, Susana (2004): “La memoria involuntaria”, Ñ,  n° 41, julio, pp. 24-25
2. BERGSON, Henri ([1903] 1960): Introducción a la metafísica, México D.F., UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO Dirección General de Publicaciones
3. BRADBURY, Malcolm (1990): El mundo moderno. Diez grandes escritores, Barcelona, Edhasa
4. MAUROIS, André ([1949] 2005): En busca de Marcel Proust, Barcelona, Ediciones B, S.A.
5. PAINTER, George ([1959] 1967): Marcel Proust: Biografía, 2 vols., Barcelona, Lumen
6. PROUST, Marcel ([1954] 2005): Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana, Barcelona, Tusquets Editores, S.A.
7. PROUST, Marcel ([1927] 1998): Crónicas, Crítica literaria, Buenos Aires, NEED
8. PROUST, Marcel ([1927] 1998): Crónicas, La vida en París, Buenos Aires, NEED
9. PROUST, Marcel ([1913] 2006): En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, Buenos Aires, C.S. Ediciones 
10. PROUST, Marcel ([1919] 2006): En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor, Buenos Aires, C.S. Ediciones 
11. PROUST, Marcel ([1921-22] 2006): En busca del tiempo perdido. El mundo de Guermantes, Buenos Aires, C.S. Ediciones
12. PROUST, Marcel ([1922-23] 2006): En busca del tiempo perdido. Sodoma y Gomorra, Buenos Aires, C.S. Ediciones
13. PROUST, Marcel ([1925] 2006): En busca del tiempo perdido. La prisionera, Buenos Aires, C.S. Ediciones
14. PROUST, Marcel ([1927] 2006): En busca del tiempo perdido. Albertina ha desaparecido, Buenos Aires, C.S. Ediciones 
15. PROUST, Marcel ([1927] 2006): En busca del tiempo perdido. El tiempo recobrado, Buenos Aires, C.S. Ediciones
16. PROUST, Marcel (1954): La vida de Jean Santeuil, Buenos Aires, Santiago Rueda, Editor
17. PROUST, Marcel ([1896] 2005): Los placeres y los días, Madrid, Alianza Editorial
18. PROUST, Marcel (1998): Países y meditaciones (recopilación de crónicas periodísticas), Buenos Aires, NEED

domingo, 13 de octubre de 2013

Blue Jasmine


Con Blue Jasmine, Woody Allen vuelve a su país, a lo mejor de su cine y a la idea del destino como artífice de las vidas de sus criaturas.


Escrita y dirigida por Woody Allen, Blue Jasmine marca, entre varias cosas, su regreso a las locaciones estadounidenses desde Wathever Works (2009). Y no es precisamente casual que este retorno desembarque en las dos ciudades más emblemáticas de los Estados Unidos: Nueva York y San Francisco, es de alguna manera, una reafirmación de ese regreso, dado lo emblemático de estas dos grandes urbes que no solo representan las costas este y oeste, sino también la delimitación de dos imaginarios humanos muy nítidos. Encarna también la vuelta a lo mejor de su cine, al menos desde Match Point (2005), y una reanudación del tema del destino como determinante casi absoluto en la vida de sus criaturas.

Jasmine, interpretada por Cate Blanchett, tras la bancarrota económica sufrida por su marido (Alec Baldwin), se traslada desde Nueva York a casa de su hermana Ginger (Sally Hawkins) quien reside en San Francisco y trabaja como cajera de un supermercado. Jasmine intenta mantener, a pesar de la fuerza de las circunstancias, el histórico dominio ejercido sobre Ginger, no necesariamente a partir de su ascenso social, sino desde el momento en que la adopción de sus padres las hizo hermanas. Y es en esa permanente tentativa del personaje interpretado por Blanchett de mantener inamovibles los roles históricos -circunstancia que se sostiene a lo largo de toda la película- en donde el destino juega su carta, situación que planteada desde la ironía de Allen, transita un atajo tragicómico.  

El film no se plantea en ningún momento hacer un alegato en relación a las sordideces de las diferencias de clase. Tampoco se advierte una crítica a los códigos de pertenencia de una u otra esfera social, ya que como se escribió antes, es el destino el jugador casi absoluto, en relación al cual solo quedarían las vías de la aceptación o la de la locura. En rigor de verdad, en tiempos en que la promoción de estrategias para torcer el brazo del azar se ha vuelto una suerte de impronta de época, la mirada de Allen y su histórico determinismo naturalista siguen convirtiendo su mensaje en una rara avis. 

Se habló al principio de la reseña, de las emblemáticas ciudades retratadas en Blue Jasmine. Si bien Nueva York y las hermosas playas de Los Hamptons son esgrimidas desde la habitual frescura de la cámara del director nacido precisamente en esos lares, San Francisco y su romántica bahía se llevan todos los galardones. 

Sin duda, película digna de grandes consideraciones este regreso de Allen, regreso no solo respecto al hecho de volver a filmar en los Estados Unidos, sino sin temor a equivocarnos, en lo concerniente a lo mejor de su filmografía. 

Trailer Oficial:


jueves, 3 de octubre de 2013

De los vientos de todavía

¿Dónde nos llevará la estación de las azules veredas,
de los puentes sobre un agua 
multiplicando quién sabe qué misteriosa luz,
matinal, atesorando un trémulo susurro de sudeste,
de mitigado incendio?

¿Enterraremos nuevamente los fuegos de Lezama Lima,
sucumbiremos ante la infame potestad del pequeño tiempo,
diremos otra vez que no a la mística incandescencia de las luciérnagas?

Buscan los niños en su sesgado camino,
buscan al héroe capaz de retornar,
de adentrarse en lo salvaje, 
el más largo crepúsculo,
gritan los niños el más atroz silencio 
desde la férrea y efímera fosforescencia.

¿Dónde nos llevará la estación de las espigas,
de los vientos de todavía,
del remiso agasajo que vierten los glaciares?

Alguien espera que solo, por defecto,
se redacte el verdadero Nombre,
alguien espera volver a pronunciar la única y certera palabra.  
  

sábado, 7 de septiembre de 2013

Dar cuenta

Encabezar,
suceder en el juego de las azules,
indefinidas sombras
que adelantan el ocaso 
de algo que llueve y no moja.

Dar cuenta, dar cuenta 
amigos,
del territorio 
donde el arte asume la única voz posible,
dar cuenta de la única música,
de la única imagen,
el invisible armazón de la memoria
que resucita, ..., impele a seguir andando 
a pesar de la interminable y fría noche. 

Hincarse ante el humo del té
y salir a pisar la hierba, 
¿lo recuerdas ahora que el tiempo manda,
ahora que se empeña en hacerte olvidar los naranjos?

Dar cuenta, dar cuenta
amigos,
del trigo que a pesar de todo,
sigue aplaudiendo al sol 
cuando en su tierna tregua
nos abraza, nos recobra.

martes, 30 de julio de 2013

El Ave (por Sebastián Dialejo)

Sebastián Dialejo, además de un gran amigo, es alguien cuyos escritos considero merecen ser compartidos. El Ave es el primer trabajo suyo, que tras mi recurrente insistencia, me ha facilitado y permitido difundir en este espacio...


El Ave

Hoy el ave plantea su interrogante…, ese que la inunda de sentimientos contradictorios.

Y es que tal vez haya una posibilidad de que existan otros cielos. Cielos en donde el alimento se transforme en elixir de vida, donde la nutrición conjugue cuerpo y alma. Donde su propósito de vida no sea la incesante búsqueda de esta rapiña, ésta que hoy sostiene en su pico y llena de sangre su boca.

Su vuelo es siempre rasante, cercano a la superficie, no importa cuánto se esfuerce en ganar altura, esa carne putrefacta que nutre su cuerpo e intoxica su espíritu es un imán para su costado más racional, y esa recurrente sensación de sentir que está fallando a su especie, que está negando su condición de ave de rapiña, termina siempre por torcer su dirección.

Por otro lado piensa que acaso ese sentir no provenga de una zona legítima de su ser, quizá no sea su instinto natural el que llama a su puerta para recordarle que su día se dirime entre penumbras. Tal vez todo esto sea una creación de su mente que trata de aducir como inevitable la trágica realidad, aquella que alega  que todos ocupamos un rol en este mundo que de alguna u otra manera nos resulta intolerable, y que no hay caverna que pueda retenernos en la oscuridad más que la que construye el miedo en nuestra mente.

Después de todo, son alas las que tiene a ambos lados de su cuerpo.    
       

viernes, 19 de julio de 2013

Rosal: Un fuerte en el corazón


Rosal inició su periplo discográfico hace diez años, brillando cautelosamente con sus Educación Sentimental (2003) y Rosal (2005). Les siguieron Su Majestad (2006), un disco claramente más robusto compositivamente; y La Casa de la Noche (2009), trabajo que como es de esperar en la progresión compositiva de una banda con intenciones de afianzarse, demostró las destrezas del grupo para seguir encontrando esos intersticios que deja abiertos la música para quien sepa hallarlos. Las cuerdas de Rosas Encarnadas, el track número 4 de La Casa de la Noche son un ejemplo claro de esa astucia musical.

Claro está que dichos intersticios en una época en que la progresividad estética se ciñe cada vez más -hablando del rock y subgéneros- van siendo definitivamente más escuetos y que se ha vuelto una suerte de canon, desde hace por lo menos dos décadas, el hecho de que lo electrónico cobre protagonismo en algún momento de la evolución musical de un grupo (excepciones mediante), motivo por el cual, dadas estas “generales de la ley”, uno de los caminos acertados a la hora de evaluar esta circunstancia, cuando se advierte, es dar cuenta de la manera en que la tecnología hace su aporte.

En Un fuerte en el corazón la contribución de las “máquinas” es interesante, sobre todo desde el punto de vista de lo rítmico. Acaso los álbumes anteriores de Rosal se deslicen sobre una línea percutiva más plana, mientras que este quinto disco proyecta un movimiento más intensivo de movida, sin que esa tendencia haga que los temas saturen y pierdan su impronta de canción.

La voz de María Ezquiaga es particularmente en este trabajo un rasgo de exquisitez interpretativa. Juanita y Y si, los temas en que descolla.

Participan como invitados en Un fuerte en el corazón Jimena Lopez Chaplin: voz en La que canta, Juanpi Di Leone: flauta en En mí, en vos y armónica en Apaga el fuego, Axel Krygier: voz en En mí, en vos, Dario Jalfin: arreglo de voces en Por tu fe Tomi Lebrero: bandoneón en Avenida.

Ficha técnica:

Realizado el 15 April 2013
Producido por Rosal
Mezclado por Ezequiel Kronenberg
Grabado por Daniel Ovie y Ezequiel Kronenberg
Masterizado por Daniel Ovie
Grabado y mezclado en Spector Studios

María Ezquiaga: voz y guitarras
Ezequiel Kronenberg: bajo, guitarra, teclados, percusión
Martin Caamaño: guitarras
Manuel Caizza: batería, percusión

Invitados:
Jimena Lopez Chaplin: voz en "La que canta"
Juanpi Di Leone: flauta en "En mí, en vos" armónica en "Apaga el fuego"
Axel Krygier: voz en "En mí, en vos"
Dario Jalfin: arreglo de voces en "Por tu fe"
Tomi Lebrero: bandoneón en "Avenida"

Fotografia y fotos booklet: Victoria Dobaño
Diseño gráfico: Zona de obras


miércoles, 17 de julio de 2013

Hoy

Hoy,
hoy ratifica,
con un paso,
deambula la cristalina noche con un sueño
que huele a la magia de las primeras uvas.
Hoy,
hoy suprime de un soplo
la dilatada danza del tiempo,
busca a los tigres de Borges que tras el hierro
aguardan en sosegada y urbana vigilia.  

La oscuridad es ligera, es verde,
es hálito perseguidor de amigables espectros 
cuando su nombre es posible,
hoy que Christa vuelve a nacer en la embriaguez
de quien retoma el canto al yermo desierto.
Hoy,
hoy que la música vigila,
hoy que la piel es todo lo posible de alcanzar,
hoy que unos ojos se acercan inexorables
hacia quien supo esperar el perfecto crepúsculo
en que ocultarse y entregar de nuevo el alma. 

Hoy que el arco tensa la cuerda
en su secreta y congénita nota,
hoy se viste con sus mejores ajuares
y canta, solamente canta.

viernes, 14 de junio de 2013

Los primeros 40 años de Berlin, de Lou Reed


Berlin, una de las obras más importantes del poeta urbano del lado salvaje, cumple 40 años. Sin duda un disco con todas las condiciones para seguir creciendo y resignificándose como una elegía universal forjada desde el lenguaje del rock y sazonada con toques de cabaret...


“Siempre he creído que mis letras iban más allá
 del reportaje y que adoptaban posiciones
 aunque no morales, sí emocionales.”

Lou Reed


El mes que viene se cumplen cuarenta años de la realización en Londres de Berlin, de Lou Reed, uno de los discos más significativos de la historia del avant-rock. Hemos leído muchas reseñas dando cuenta del maltrecho derrotero en relación a la repercusión inicial del álbum. No puede dejar de mencionarse que el año anterior un asteroide llamado Transformer zamarreaba el mundo de la música, y que en cuya montura no solo irrumpía el poeta urbano del lado salvaje, sino también, no tan desde las sombras, David Bowie y Mick Ronson hacían gala de otra muestra de desenfreno e inspiración creativa. Berlin no pudo evitar tener que emerger de las penumbras que había dejado la nube de polvo provocada por su predecesor.

¿Qué condiciones deben exigírsele a un disco para que definitivamente pueda adscribírselo al paradigma de lo conceptual? Se ha escrito y leído por ahí que Reed se propuso un objetivo tan grande, pretendiendo cristalizar la mismísima esencia de la tristeza, el nihilismo, el desamor y la soledad, aderezados por la gravitante embriaguez de las drogas más pesadas; y que dada la enormidad de la ambición, el resultado fue un elegante fracaso. Esto puede ser verdad en parte, acaso en lo musical uno sienta una cierta carencia de cohesión orquestal. El manejo de las intensidades y de las instrumentaciones, los ensambles entre tema y tema, probablemente sean las claves que fomenten ese juicio. Sin embargo esto no hace que no pocas canciones de Berlin sean poco menos que sublimes. Contrariamente desde el punto de vista lírico la congruencia del álbum es casi perfecta. Podrían tomarse no escasos dictámenes que abonarían perfectamente las líneas de un sórdido pero a la vez bellísimo epígrafe de una tragedia urbana occidental del siglo XX:

“Los hombres con fortuna a menudo derriban imperios / Mientras que los hombres de origen humilde a menudo no pueden hacer nada…” (Men of Good Fortune)

“Caroline dice mientras se muerde el labio / La vida ha de ser más que esto y esto es una mierda // Ella atravesó el cristal de la ventana con el puño / Fue una sensación muy rara // Hace mucho frío en Alaska…” (Caroline Says II)

“Este es el lugar donde ella ponía la cabeza / Cuando se iba a la cama a la noche / Y este es el lugar donde nuestros hijos fueron concebidos / Por la noche la habitación estaba iluminada con velas // Y este es el lugar donde se cortó las venas / En aquella noche extraña y fatídica / Y yo dije oh, qué pena…” (The Bed)

La materia conceptual de Berlin se fragua en relación a la historia de Caroline y Jim, en torno a su controvertido vínculo, pero la manera en que está planteado el disco da cuenta en todo momento de no tener intención de tomar a estos personajes como una extrañeza escindida de la realidad, declaró Reed en aquellos días: “es sólo una historia realista sobre la gente que vive en los setenta, que existen, que no están especialmente locos o que son unos degenerados. Esto ocurre con la gente todo el tiempo, no sólo en Berlín, sino en sitios como Ohio”. Y parece ser que su intención no era retratar sólo una escena común a la época, sino universalizar en una suerte de tragedia de cabaret, el veredicto resultante de la exploración de los temas que aborda el disco, como se ha dicho anteriormente: nihilismo, desencuentro, soledad, violencia, drogas y una profunda melancolía que alcanza su clímax, en canciones como Caroline Says II, The Bed y Sad Song.

Berlin fue producido por Bob Ezrin, quien en los ’70 coprodujo The Wall de Pink Floyd, y produjo discos harto significativos y emblemáticos como Destroyer de Kiss o casi todos los trabajos de Alice Cooper en esa década. En el documental Lou Reed: Rock and Roll HeartEzrin manifestó a propósito del disco que se está reseñando y refiriéndose a Lou Reed: “Podría haber hecho 'Transformer' 2, o 3, 'Walk on the Wilder Side' –ironizando- versionado. En su lugar, dio uno de los pasos más audaces de la historia del pop: creó un trabajo pionero, el más profundo en el alma de un artista, más que ninguna otra obra en la escena musical americana de los últimos cincuenta años.”

El momento de reivindicación masiva le llegó tarde al álbum, en 2006 Julian Schnabel realizó un film en el que registró la interpretación completa de Berlin, obviamente por Lou Reed, con un impresionante staff de músicos y una performance visual verdaderamente estupenda. La experiencia consistió en cinco días de grabación en St. Ann’s Warehouse, en Brooklyn. Participaron como invitados, entre otros, Antony Hegarty y Steve “The Deacon” Hunter, guitarrista legendario que originalmente grabara las sesiones del disco, en 1973.

Le oí decir a Daniel Melero un par de veces: “El arte es incómodo”. Sin duda Berlin para mucha gente sea una obra que no apela a proporcionar un bocado fácil de digerir, por lo menos de movida. Hay por otra parte quienes sienten al escucharlo por primera vez la sensación de estar ante una creación hecha a la medida de su melancolía; para los del primer bando me permito una recomendación: con él pasa lo mismo que con esos discos, libros o películas que no se dejaron domar de entrada, sin embargo a los cuales nos acercamos porque advertíamos que tras hacernos atravesar ciertas pruebas, se convertirían en un regalo de esos que nos entrega el arte y que nos acompañan toda la vida.   

lunes, 6 de mayo de 2013

El cielo rojo de Gabriel

No sé por qué regresé a este lugar, pero ya es tarde para arrepentirme. Tengo cincuenta y un años, y a pesar de tanto descuido, mi salud es aceptable. Puedo caminar como a los veinticinco, una enormidad de kilómetros sin cansarme. Estoy en la casa que acabo de permutar, escuchando por enésima vez en mi vida Closing Time, de Tom Waits. Acaba de irse el camión que trajo casi todas mis pertenencias desde Bahía Blanca y que va a trasladar al mismo lugar las del antiguo propietario de este domicilio, actual dueño de la vivienda que dejé ayer. Lo primero que hice fue armar la computadora sobre una mesa y poner este disco, el de Waits. Hace tanto frío, un frío inusual para este lugar. Son las nueve de la mañana. Viajé toda la noche en bus y no pude pegar un ojo, sin embargo no tengo nada de sueño. Tengo tantas ganas de reencontrarme con el río, …, -tantos años-, pero como es feriado, puede que a pesar del frío haya mucha gente paseando en auto por la costanera, y quizás alguien me reconozca. No quiero que se difunda todavía la noticia de mi retorno, prefiero, si la suerte me lo permite, ser un ser anónimo, al menos por hoy. En realidad, siempre me incliné por esa opción, …, siquiera desde que comencé a caer, casi siempre, en la cuenta de que la mayoría de las conversaciones son una absoluta ineptitud. Esa inferencia me convirtió en un verdadero misántropo, de hecho no hablo casi con nadie, más allá de las convenciones requeridas por la vida corriente –comprar el diario, saludar a la cajera del supermercado, preguntar amablemente a la empleada de la biblioteca sobre el porqué del mal funcionamiento de la calefacción-. Puedo permitirme esta prerrogativa desde que decidí abandonar mi empleo, acaso por las razones que mencioné anteriormente, y vivir de una pequeña renta proveniente de una casa que heredé de una tía soltera que falleció hace un par de años.

Me desbordan las ganas de salir a caminar después de tantas horas con el culo en ese asiento de coche semicama. El frío es tan intenso, me entusiasma. Por otro lado prefiero no tropezar por muchos días con las cosas que tengo por acomodar en este pequeño nuevo refugio. Pero pensándolo bien, este clima tan poco habitual no se va a repetir por años, y en cuanto a la disposición final de esta esmirriada colección de pertrechos, tengo toda la vida para hacer con ellos lo que quiera. Estoy preparando unos mates con el equipo que traje conmigo en el viaje. Miro el cielo desde la ventana de la cocina que da a un pequeño patio. Perece que va a llover, el cielo está de un gris extraño, inusual. El viento del sur zamarrea el enorme sauce del vecino, algunas de cuyas ramas, se han mudado al patio de mi nueva casa. El martillero mencionó el tema cuando me estaba mostrando la propiedad, diciéndome que iba a poner al tanto al vecino para que pode o haga podar el árbol a alguien. En ese momento no atiné a pronunciarme al respecto, pero debería haber hablado. Es probable que le haya comentado al tipo sobre el asunto y que ahora se aparezca a pedirme permiso para podar las ramas del sauce, por ahí los dos juntos, -el martillero con esa insoportable cara de viejo fullero me contó que se conocen-, y lo peor que puede pasar es que intente o intenten relacionarse de alguna manera conmigo.

Entre mate y mate cambio el disco, vamos con Pink Moon, de Nick Drake. Encuentro unas galletitas que se ha olvidado el ex dueño, están bien cerradas, sobre una mesita de la cocina que también ha dejado, quizás adrede. Voy a tener que echarles mano porque tengo hambre y pocas ganas de ir al almacén de la cuadra, no me gustaría que quien me atienda me dé charla, o lo peor, que me haya visto entrar a la casa, sepa que soy el nuevo vecino y comience con una perorata de preguntas y comentarios baladíes. Me como éstas mejor, no parecen viejas, saben bien. Decidí matear hasta Things Behind the Sun y después, a pecharle al frío. Voy a abrigarme bien. Espero no encontrar a nadie que me conozca. La barba me va a ayudar. También la capucha de la campera. Me cercioro de que todo quede bien cerrado, de que no quede ningún artefacto encendido. Avanti, hacia el oeste como cuando era pibe, y el río que espere un día más, un feriado es peligroso en estos lugares, demasiado conocido suelto… Por ahí llego a la casa blanca, esa construcción indescifrable que se veía desde el Km. 14 y que nunca pude averiguar de qué se trataba. La tranquera siempre estaba cerrada. Desde lejos parecía una capilla muy pequeña. Recuerdo ese blanco refractando el sol del verano, …, una de esas epifanías que uno no sabe por qué dejan esas huellas tan imborrables, …, el tiempo queda suspendido a veces en una suerte de supraevento que rompe con la normalidad, con lo esperable, con lo cotidiano. Esa casa, o capilla, siempre se mostró ante mí en esas condiciones excepcionales, un placentero misterio, una caricia de algo que aun sin exhibirse por completo dejaba desprenderse esa invitación a creer, esas certezas que uno nunca termina de inferir en qué están fundadas, pero certezas al fin.

Ya estoy caminando hacia el oeste del pueblo, pueblo grande-ciudad pequeña. La verdad es que no ha cambiado demasiado, por lo menos por esta zona. Se construyeron algunas casas desde que me mudé de acá, pero el cuadro general es el mismo de siempre, viviendas que se han ido erigiendo a los ponchazos, improvisadamente, incluso en algunas se advierte que se han ido agregando habitaciones conforme las necesidades de los habitantes se fueron modificando. Gente de laburo decía mi viejo, sintiéndose visiblemente orgulloso de pertenecer a ese bando. Nunca supe bien qué era exactamente lo que quería significarse con esa muletilla, gente de laburo, lo repetía a veces hasta el hartazgo sin explicarme jamás ni a mí ni a mis hermanos los beneficios de encontrarse en ese grupo de pertenencia que para mí era algo un tanto difuso, ya que según su categorización y mi postrera observación había tipos de laburo de toda índole: de pocas palabras y silencios que se percibían como algo amenazante, un par que cagaban a palos a sus esposas no tan esporádicamente, uno que había sido sorprendido robando donaciones en la sociedad de fomento, y otros tantos que a simple vista, gastaban sus días sin aparentes altibajos, pero que tampoco se caracterizaban por haber hecho algo que garantizara el ser recordados por haber violado las expectativas de nadie, al menos una vez en la vida. De todas maneras debo estar equivocado en por lo menos un par de casos. Los fueros íntimos de las personas a menudo son un profuso torrente de marginalidades agobiado por la fuerza del hábito, hábito que yo en lo individual he violado pero sin lograr establecer lazos multiplicadores, por ejemplo, propagar esta idea del oeste como obsesión, como anticipo de una suerte de paraíso perdido a ser recuperado. En definitiva, acaso no se trate de ser recordado sino de ser una silenciosa inspiración. Estoy filosofando demasiado, debe ser el frío descomunal que me insufla este espíritu esperanzador –en cuanto a mi experiencia- que por lo general se diluye tan rápido como viene.   

Ya estoy en la ruta, el viento pampero choca en diagonal con mi cara y siento que casi no puedo mover los labios, ahh, uhh, ehh, …, puedo pronunciar esos balbuceos estúpidos que me hacen sentir un imbécil aunque no me vea nadie, pero necesitaba asegurarme de no haber perdido la movilidad de mis labios y de mis músculos faciales. Ni en mis viajes invernales a la Patagonia sentí tanto frío, esto es muy raro. El sol no va a aparecer hoy. La capa de nubes se va fortificando a medida que transcurren los minutos. Las más bajas escapan hacia el río, las más altas están o parecen estar estáticas, son como un enorme techo de algodón de un gris que le ha conferido a este paisaje de llanura que vuelvo a recorrer tantos años después, una característica de mística, maravillosa, onírica suspensión. 

Suena una bocina, detrás de mí, …, otra vez, más cerca, es para mí. Me doy vuelta y un hombre de unos setenta y tantos años me saluda con la mano. Para la camioneta a unos metros de donde me detuve. “Hola amigo, ¿va para La alambrada?” “No, salí a caminar, no voy para ningún lado.” “La verdad no está muy lindo para caminar hoy, en la radio de Buenos Aires anuncian una nevada mucho más grande que la de 2007, y dicen que en estas zonas va a ser mucho más intensa.” “Bueno, mejor así, va a ser más interesante entonces la caminata.” “Bueno, disculpe la intromisión, pensé que iba para La alambrada.” “No, por favor, no es molestia, le agradezco.” El tipo me saluda amablemente con la mano, sin pronunciar palabra, pero no se lo ve para nada sorprendido con mi breve y forzado testimonio, cosa inusual para la gente de por acá, para la cual rechazar un aventón suele ser una verdadera afrenta, sobre todo si uno responde con un “no voy para ningún lado”. ¿Cómo puede uno no ir para ningún lado, no estar trasladándose a alguna parte por un motivo concreto, sobre todo con este tiempo adverso? Pero parece que mi reciente interlocutor no se ha sorprendido con mi respuesta, es más, su amable saludo de despedida y su particular sonrisa revelaban un gesto de tácita complicidad. Pienso en que me hubiera gustado romper por un rato con mi retiro forzado y charlar con este tipo. No muy a menudo me ha ocurrido el encontrarme con gente cuyos indicios de reciprocidad hacia mí se manifestaran en las primeras palabras, tal vez debería haber aceptado el viaje con la excusa de ir para La alambrada, después de todo necesito hacer un acopio de provisiones y prefiero comprarlas por acá, hecho que me garantizaría el anonimato en el pueblo grande-ciudad pequeña por unos días más. Pensándolo bien, tampoco eso ratificaría mi anhelado incógnito, la zona, desde que recuerdo, mantiene una suerte de cohesión dentro de la cual tarde o temprano uno o bien se deja arrastrar por la corriente o se gana el mote de agreta, como me enteré que me llamaban algunos vecinos en mis últimos años vividos en estos lares, antes de mudarme a Bahía, pero en fin, acá estoy nuevamente, no sé por qué, pero estoy, si bien con más astucias, con algunos antiguos miedos que resurgen, ya que es muy probable que el gigante siga despierto y no haya perdido las mañas.   

Estoy ya en el Km. 12, se puede ver La alambrada, el viento se ha calmado un poco, pero el frío literalmente corta la cara, no debe estar lejos del cero grado la temperatura, que para un mediodía de invierno en el norte de la provincia de Buenos Aires, es un hecho rarísimo. Por ahí lo que me comentó el tipo de la camioneta era un dato confiable y me vuelvo con nieve al pueblo grande-ciudad pequeña. Entro a La alambrada a comprar algo caliente para tomar. “Buenos días, o tardes, ¿podría ser un café?” El tipo que está en el viejo mostrador mira a un paisano que está sentado en una de las dos mesas que hay junto a una pared llena de afiches antiguos. Repito la pregunta sin el “buenos días, o tardes”. “No hacemos más café, ahí tiene la máquina si quiere, es con monedas.” “Ah, pero no tengo monedas, ¿usted me podría cambiar por favor?” “No tengo cambio.” El paisano me ofrece cambio: “yo le cambio si quiere.” “Uh, gracias, la verdad es que el frío me está pegando duro, necesito un café caliente.” “¿Quiere un mate?” convida el tipo del mostrador rompiendo esa tan obvia, premeditada y atávica dureza de temperamento. “Bueno, si es tan amable, véndame por favor una de esas cajas de alfajores, ¿son de acá de la zona?” “Sí, los hacen en una cooperativa de la que participa mi señora.” “Bueno, deme una por favor.” El tipo del mostrador me cobra y me ofrece otro mate que rechazo amablemente. Me saludan los dos visiblemente molestos por haber desertado del hecho de enfrascarme en una conversación, pero quiero llegar al Km. 14, no debe faltar mucho. Hace tanto que no camino por acá que perdí esa especie de sentido que desarrollamos cuando lo visual constata un sitio conocido y lo sopesa con esa medida temporal interna que poseemos, proporcionándonos una dimensión bastante exacta en relación a ciertos lugares y el tiempo que nos va a llevar recorrerlos. Veo al conductor de la camioneta que unos kilómetros atrás me ofreció llevarme, está cargando algo en un galpón. Paso a unos metros y me ve: “¿no se arrepintió todavía de andar caminando con tanto frío?” “No, tengo ganas de llegar hasta el Km. 14 y después me vuelvo.” “Qué casualidad, yo vivo ahí, ¿vio dónde está la capilla blanca que se ve desde la ruta?” “Ah, ¿es una capilla?, he pasado muchísimas veces por ahí y no lograba dilucidar lo que era, pero siempre me llamó la atención, no sé por qué.” “Es que es un lugar con una historia muy interesante, si quiere se la cuento.”

Si le digo que sí por ahí el viejo se descuelga con alguna gilada y me arruina el día. Pero no parece un gil, desde la primera conversación cuando me quiso llevar me pareció que sintonizaba con él. Entendió perfectamente mis argumentos. Yo creo que él también se debe dar cuenta de que a mí ese lugar me produce una extraña fascinación. Me da la impresión de que entiende más que yo de lo que me pasa, …, es más, pareciera que me estaba esperando…

“Todo bien amigo, no quiero molestarlo, si quiere lo llevo, …, yo vivo ahí, tomamos unos mates, o almorzamos, ya es hora, le cuento y se va con el misterio resuelto, jajaja…”

Me impuse no hablar más, siempre termino traicionado y traicionándome, …, o casi siempre, ¿no será ésta una de las excepciones que ameritan romper con la regla?... Además jajaja me parece una forma honesta, frontal de reírse, los jejeje los odio…

“Lo que pasa es que no lo quiero molestar.” “No me molesta, si me molestara no lo invitaría, lo invito a almorzar.”

¿Por qué tanta amabilidad? No sé, es raro, pero algo me dice que el tipo tiene algo interesante para contarme, es como si me hubiera estado esperando…

“Está bien, si quiere mientras carga me vuelvo hasta La alambrada y compro algo para la comida, lo único que tengo encima son estos alfajores.” “No hace falta nada, le digo sinceramente, hoy es usted mi invitado, dele hombre, ayúdeme a cargar estos rollos que me quedan y vamos para allá.” “Bueno, usted dirá, ¿dónde los voy poniendo?”

Llegamos en un santiamén a la tranquera de entrada a Mi Laurita, el viejo me contó en el corto tramo de ruta que hicimos que así había bautizado el antiguo dueño a la chacra: “cuando la compró no le puso nombre, cuando yo empecé a trabajar acá, en el año 63, no tenía nombre el lugar, yo conocí a Laurita, era la hija del dueño, Ernesto, un hombre muy bueno, andaría por los ocho o nueve años ella, murió en un accidente en el 65, y Ernesto edificó la capilla en su memoria, en realidad todo este lugar es una especie de santuario en su honor que Amalia y yo ahora cuidamos, dentro de lo que nos permite nuestra edad, …, ya estamos grandes, perdón, no me presenté, me llamo Mario.” “Ah, mucho gusto, yo soy Pablo.”

Estamos pasando, todavía dentro de la camioneta, por la entrada a la capilla. No siento en absoluto ese místico embelesamiento que muchas veces me produjo el lugar refulgiendo bajo esos soles que lo magnificaban, multiplicando un enigma que ahora, frente a él, siento que se desvanece. Es una pequeña construcción rectangular, pintada íntegramente de blanco, con techo a dos aguas de tejas españolas, cuya puerta de madera rústica está flanqueada por dos vitrales. A la izquierda se alza una torre de unos siete u ocho metros de altura con una cruz incrustada que parece haber sido fabricada con el mismo tipo de madera que la puerta. Bajamos de la camioneta y una mujer que aparenta tener unos años menos que Mario se acerca a recibirnos. Tiene puesto un impecable delantal a cuadros verdes y blancos que cubre un abdomen que, dado su enérgico y para nada senil andar, no da la impresión de presentarle el más mínimo motivo de cavilación. “Hola vieja, traje un amigo a comer, Pablo, Amalia, Amalia, Pablo.” La mujer me besa la mejilla abrazándome la espalda con sus fuertes brazo y mano derechos. “Llegaron justo para el almuerzo. Qué frío. En Buenos Aires ya está nevando, y con todo, parece que es más grande que la de 2007 la nevada, y por lo que dicen los meteorólogos, va a durar todo el día. Acá en cualquier momento se larga, ¿vio cómo paró el viento?, eso es señal de que se viene la nieve.” “Ella sabe porque nació en Esquel” agrega Mario “no se quede acá mi amigo, pase que la patrona cocina el arroz con pollo más rico que va a comer en su vida, garantizado, después me cuenta.” Entramos a la casa. Es una antigua vivienda de madera no muy grande, muy bien conservada. Desde la ventana del comedor puede verse otra del mismo diseño pero más pequeña, ubicada a unos cincuenta metros de donde nos encontramos. El clima acá adentro es amigable, una no muy excesiva calefacción que me invita a desabrigarme. “Puede colgarlo acá en una de estas sillas” sugiere Amalia “venga, pase a la cocina que Mario debe estar descorchando un vinito, ¿toma vino usted Pablo?” “Sí, pero no se molesten, le sugerí a Mario comprar algo para traer pero no me dejó.” “No hace falta, para tomar y para comer es lo que sobra en esta casa.” Nos sentamos en la mesa redonda de la cocina. Sobre la enorme mesada hay un ventanal que permite ver el parque y la ruta que nos trajo a mí y a Mario hace unos instantes.

“Como le contaba hace un rato Pablo, la capilla fue construida en homenaje a Laurita, aquello fue muy duro para Ernesto, creo que nunca se recuperó, cuando Amalia vino a trabajar acá a los meses de haber fallecido la nena, Ernesto la adoptó casi como una hija, si bien ella tenía 22 años, creo que algo del espíritu de Laura retornó con mi señora a este lugar y para el matrimonio que nos donó en vida este lugar significó un aliciente para poder seguir con la crianza de sus otros dos hijos que necesitaban de sus papás.” “Debe haber sido duro, perder un hijo, yo no tengo hijos, ¿ustedes?” Después de preguntar me siento aterrado por la respuesta. “No, no pudimos tener nosotros” contesta Amalia mirando tiernamente a los ojos a Mario que le devuelve una mirada con un gesto casi idéntico. Amalia mira hacia la ventana: “uh, ya está nevando, esto va para rato.” “Vos sabrás vieja, muchos años en la Patagonia, bah, no tantos, cuando viniste eras una nena casi.” Pienso en la nevada mientras sigue la conversación, pienso en cómo vuelvo a mi nueva casa en mi antiguo pueblo grande-ciudad pequeña; escucho una suerte de monólogo de Mario narrándome la historia de los vitrales de la capilla, diseñados por un gran artista amigo de la familia y el porqué del establo que no pude ver cuando entramos, ubicado tras un monte de eucaliptus: “…la nena era una enamorada de los caballos, creo que Ernesto gastó una buena parte de su plata comprando caballos viejos, de esos que seguro van al matadero ¿vio?, de hecho nosotros seguimos con la tradición y nos traemos uno que otro cuando podemos. Ricardo, el hijo mayor de Ernesto, cada dos o tres semanas nos visita y nos deja dinero, imagínese que con nuestras jubilaciones sería imposible comprar caballos y mantener todo esto en estas condiciones.” 

Estoy en la galería exterior de la casa viendo caer la nevada. Amalia lava los platos y Mario está atendiendo a los caballos en el establo. Camino hacia un extremo de la galería y lo veo venir: “listo, atendidos los pingos. Pablo, me gustaría que se quede a tomar unos mates. Si quiere ver la nieve preparo el mate y lo traigo para acá, un lujo matear viendo semejante nevada. Por la vuelta no se haga el más mínimo problema, yo lo llevo en la camioneta cuando quiera. Llegamos en un santiamén a su casa. Como quiera…” “La verdad es que yo estoy acostumbrado a tomar mate a esta hora. Si quiere lo acompaño Mario, y después me voy porque esto a la noche se va a poner bravo.” “Pero mijo, yo lo voy a llevar de todas formas. Preparo uno mates.”

Mientras mateamos Mario me cuenta una visita inesperada de hace unos días: “miro por la ventana de la cocina y veo acercarse dos de esos motorhomes ¿vio?. Voy hasta la tranquera y se baja un muchacho de unos veinticinco años, con rastas, diciéndome que andaban con problemas de motor en uno de los vehículos y pidiéndome permiso para pernoctar, ya que se acercaba la noche y a esa hora no iban a encontrar mecánico les habían dicho en La alambrada. Les confirmo el dato a sabiendas de que Raúl, un mecánico que vive en las afueras del pueblo, podría llegar a sacar a escopetazos a quien osara molestarlo a esas horas… Uno se pone viejo y enojadizo ¿vio?” “Pero usted seguro los dejó parar.” “Pero claro hombre, no solo los dejé, sino también los invitamos a pernoctar acá al lado de casa. Por suerte era una noche tibiecita, nada que ver con este frío del demonio. Eran doce en total. Una compañía de saltimbanquis o algo así. Andan de pueblo en pueblo por toda América del Sur viviendo de lo que hacen: números musicales, malabarismo, teatro, …, pequeñas piecitas ¿vio?, ¿qué más hacían?, ah, uno de ellos era una suerte de vidente, como los de los circos que venían a los pueblos cuando yo era pibe, siempre había algún adivinador o alguna gitana que tiraba las cartas. Mi viejo decía que no eran gitanas, que se disfrazaban. La cuestión es que una vez que se acomodaron fueron hasta La alambrada a comprar algo para cocinar para la cena, cocinaron tres o cuatro comidas diferentes, riquísimas, algunas vegetarianas, la mayoría eran vegetarianos, y no solo eso, cuando terminamos de cenar nos hicieron todo el espectáculo a Amalia y a mí. Muy lindo todo. Y después de que Amalia se fuera a dormir a casa y los artistas a los motorhomes, el vidente se quedó conmigo charlando, …, acá, igual que usted y yo ahora, y la verdad es que lo que me predijo me heló la sangre.” Amalia nos acerca unos buñuelos de naranja recién freídos. “Gracias vieja.” “Uh Amalia, gracias, por favor, me están tratando demasiado bien.” “Acá los invitados se tienen que ir contentos así vuelven Pablo. Me voy a tirar un rato a la cama viejo.” “Andá nomás que yo acá le estoy contando a Pablo lo del tipo de las gemas.” Amalia me sonríe y mira a Mario como una madre constatando la inocencia de su pequeño hijo. Mario continúa narrándome: “el adivino era el mayor de todos, debería tener su edad Pablo, más o menos. Tenía unas gemas de un color azul claro con las que decía había predicho el ataque a las torres gemelas, la crisis financiera de 2008, la de la Unión Europea, y muchas cosas que no viene al caso ahora que le cuente, pero lo que más me impactó fue algo que me dijo que se avecinaba. Él me advirtió que lo que tenía para decirme no era concerniente a mi persona ni en relación a Amalia, sino en relación a la humanidad en su conjunto. Me preguntó si yo quería que siga, y tras mi rotundo sí, me dijo como en verso:

no está lejos el día en que el cielo se volverá rojo,
el día en que pocos hombres caminarán sobre la tierra
llamados a dar el gran paso en nombre de la ya dormida humanidad…
Villa Regina, Villa Regina…

No tuve que pedirle que me lo repitiera muchas veces, lo recuerdo de manera patente desde ese momento, realmente no creo equivocarme en una sola palabra.” “¿Y nada más le dijo?” “Nada más Pablo. Cuando terminó de recitar se desvaneció y quedó como dormido sobre el respaldo del sillón en que usted está sentado ahora. Abrió la mano y las tres gemas que tenía cayeron al piso. Yo me levanté aterrado pensando en lo peor, pero en unos segundos respondió a mis estímulos para intentar despertarlo, me sonrió y me dijo que tenía mucha sed, que por favor le trajera algo frío para tomar. Fui hasta la cocina a llenar un vaso con agua fresca y cuando regresé no estaba más, tampoco las gemas. Llamé a uno de los motorhomes para avisar a sus compañeros de ruta lo que había pasado y me dijeron que no me preocupase, que Gabriel era así, que seguramente había ido a caminar por el campo y que a la mañana siguiente aparecería contando ‘una de las suyas’; pero al otro día Gabriel no apareció y tras esperarlo varias horas partieron hacia lo del mecánico dejándome el mensaje para él de que la próxima ciudad que ‘harían’ sería Pergamino.”

La nevada arrecia más que nunca en este momento. “Pablo, me va a creer un fabulador, pero la misma noche del día en que los muchachos se fueron soñé con Gabriel. En el sueño me decía que no me preocupase, que todo iba a ir bien, que el tránsito sería placentero. También me habló de esta nevada, y de usted, y de lo importante de que yo le contase estas cosas. Debe ser el sueño que más nítidamente recuerdo de todos los que he tenido, y vea que yo he sido siempre un hombre escéptico eh. A Amalia no le conté nada del sueño. Mire lo que está nevando.” “Si Mario, no se ofenda pero yo querría irme yendo.” “Sí hombre, lo llevo, espere que voy a buscar las llaves de la camioneta.”

Estamos dentro de la dichosa camioneta que no quiere arrancar: “no sé qué decirle Pablo, esto no funca, y ahora si lo llamo al mecánico con este tiempo y en día feriado no va a querer venir. Le ofrezco quedarse Pablo, Amalia va a estar encantada de prepararle para la cena alguno de sus platos, comida es lo que sobra en esta casa. Tenemos buena calefacción y lugar para que se quede usted a dormir. Quédese hombre. Son ya las cinco de la tarde casi y no está para volverse caminando. No nos vamos a quedar tranquilos con Amalia.”

Hace un par de horas terminamos de cenar. Amalia nos deleitó con su improvisada cena, disculpándose conmigo por no haber contado con un par de ingredientes que hubiesen hecho de la comilona un “festín para los dioses” según afirmó afablemente Mario. Durante la cena no hablamos una sola palabra en relación a Gabriel, el adivino, y sus extraños vaticinios. Siento que Mario ya me transmitió lo que cree que debo saber respecto de las revelaciones del augur, y sumado a eso, no sé hasta qué punto mi convidante desea extenderse en lo referente al tema en presencia de Amalia. Estoy de nuevo en esta galería de cuyo filo ahora cuelgan pequeñas estalactitas. Dejó de nevar y corre nuevamente un viento paralizante. Toco la nieve y está en polvo, como recién caída, las huellas de Mario están intactas, su última acción, previa a desearme mis buenas noches, fue constatar que los caballos no necesitaran nada, que el establo estuviese en condiciones para que los animales pasen la noche al resguardo de esta inusual inclemencia climática. Pienso en cómo se sigue honrando la memoria de  Laura en este sitio que más allá de las presentes circunstancias, parece estar escindido del resto del mundo. Por la ruta no pasan autos, camiones ni ningún tipo de vehículo. La quietud es apabullante. Comienzan a verse algunas estrellas, dado que las nubes se van abriendo. Todo hace pensar que ya no va a nevar más. Ahora sólo debe esperarse que “el hielo cubra la ruta” como aseguró Amalia en la cena, desempolvando su pericia patagónica para adelantarse a este tipo de episodios absolutamente atípicos por estos lares.  

Pasé una noche extraña en esta habitación. No pude dormirme profundamente. Todos los hechos y revelaciones de ayer cobraron una densidad tal al final del día que creo que ha sido el peso de todo eso lo que no me ha dejado descansar como acostumbro. Todo está tan silencioso. Temo hacer ruido y despertar a mis anfitriones si me levanto. Según el reloj que cuelga de la pared son las ocho y veinte de la mañana, hora en que comúnmente un matrimonio de las edades de Amalia y Mario está despierto y desayunado. Levanto la persiana del cuarto y la escena no puede ser más extraña. ¡El cielo está de un color rojo extrañísimo! Ni el más mínimo rastro de la nevada. Salgo de la habitación corriendo y busco a tientas un interruptor de luz. Me topo antes con una puerta. Lo que acabo de ver me aleja de todo tipo de reparo y la abro. Es la habitación del matrimonio que ayer tan cortésmente me recibió en su casa y que ahora ¿duerme? Los llamo. Grito histéricamente para no aceptar lo que el recuerdo de aquellos versos proféticos me confirma. Ninguno de los dos tiene pulso. Sus frentes están tan frías como las de los pocos cadáveres que he tocado en mi vida, …, en la frente, siempre en la frente.

Estoy llegando a Villa Regina. En el estéreo suena You Got It, de Roy Orbison. Estuve escuchando durante todo el viaje Mystery Girl. Luego de dejar libres a los caballos de la casa de la ya para nada enigmática capilla, de ese paraje del Km. 14, tan incógnito en mi infancia y en mi juventud, logré hacer arrancar la camioneta de Mario y manejar hasta acá. Entré en Tandil, en Bahía Blanca y en Choele Choel. Sólo cadáveres a la vista. Entré a estaciones de servicio a cargar combustible, obviamente a la manera de autoservicio, entré a casas, a cuarteles de bomberos y a comisarías. Todo el mundo petrificado, como si la escena se hubiese detenido en un abrir y cerrar de ojos. Los pocos caminantes regados por las veredas, el resto en sus puestos de trabajo o en sus camas. Violé demasiadas puertas en las últimas horas sólo para encontrar una escena que a estas instancias se ha tornado usual y va perdiendo su capacidad de provocarme asombro. No anocheció, siempre este cielo rojo señoreando y derramando sobre todo su extraña y apocalíptica proyección.

Estoy subiendo una barda y observando la ciudad desde una considerable altura. Dejé el estéreo encendido y escucho la música. Veo por primera vez un grupo de hombres, mujeres y chicos, ¡todos vivos!, todos me reciben con una cordial y expectante mirada. Nos sentamos en círculo y nos contamos nuestras vidas en menos de un segundo. Nadie ha necesitado hablar para hacerlo. He perdido el recelo, la necesidad de hacer secreto mi pasado. Me he perdido.

Los primeros pumas llegaron unos minutos después que yo. Ahora son unos treinta los que nos rodean, hambrientos. La misma escena se repite en algunas regiones del planeta, lo sé. Un solo hombre pronto a ser jamado por algunas de las diversas especies que heredarán la tierra:

se ha esfumado el verbo,
sólo queda una nada morada por un solo ser,
desaparecer, desaparecer, desapare-ser,

…el día en que el cielo es rojo,
el día en que pocos hombres habitan la tierra
llamados a dar el gran paso en nombre de la ya dormida humanidad…
Villa Regina, Villa Regina…

Mientras dos pumas hincan sus quijadas en mi cuerpo, suena a lo lejos A Love So Beautiful.