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miércoles, 29 de abril de 2026

Donde la música espera

a Ace

Ni de la cálida noche hablar.
Ni de las dulces flores,
ni de esas flores
que olíamos entre sepulcros
para escaparle al estrépito del verano.
No hablar de los airados niños
que siguen llegando.
Ni de los puentes que aúnan
tierras prometidas.
No hablar ya ni de aquel río,
ese que no vuelve,
ni del encanto de las luciérnagas,
ni del sublime acorde
que interpretaron nuestros cuerpos
aquella inesperada tarde.
No hablar ya más
de los buenos relatos,
de las malas historias,
ni de la verde pampa,
ni de las mágicas urbes
que hallábamos deslumbrados
cuando dormíamos.
No hablar de nadie ya:
todos y casi todo se han evadido
a clamar erráticos otras canciones
para guardarse del verdadero sonido.
No hablar ya más de la maldita lluvia,
de la barbarie de un mundo abisal
que persiste en postergar
al definitivo sol.
Acaso, por tétrico designio,
el añorado mar
ha sido el más abyecto
de todos los fraudes.
Ni de los padres hablar,
ni de las madres hablar,
ni de los tantos muertos
que han sido testigos
de nuestra apócrifa odisea.
No hablar de guerras perdidas,
ni de batallas ganadas,
si es todo a pérdida
en el terreno de la lucha.
Ni de la afrenta,
ni del prestigio hablar:
dos de las tantas formas
que adopta el engaño.
Hablarle sólo a ese niño
que sigue aguardando,
y andar,
caminar,
caminar siempre
hacia ese único desierto,
hacia ese único sol,
hacia ese único santuario
donde la música habita,
donde la música espera.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Nuestras ansiadas ciudades

Algo me ha dicho que en realidad 
no hay distancia,
que nuestro andar
o cesar 
es hallarse en destino,
que nuestro hablar 
es violar un secreto,
que los genuinos pasos
han de darse 
siempre en peligro,
han de darse 
osando burlar 
el infame coloquio de la lluvia.
Mas no obstante 
ella vendrá con su jungla,
llegará con sus huestes
de ramas carnívoras,
el agua,
infame alegría
de almas rendidas.
Y tú serás,
serás por eso 
al fin semilla 
o no serás nada,
serás un soplo de Dios
en busca de tu aire,
serás, serás.
Y con todo,
hijo del único sol,
el tuyo, 
el nuestro,
has de fingir demencia 
de ser preciso,
has de aferrarte al escudo del NO
y a tu música, 
has de afianzar tu atavío.
Has de leer la memoria 
en tus diestras manos,
surcar cauteloso
la palabra justa,
hacerla tuya,
solo tuya,
has de portarla encendida
y volverla poesía.
Pues la canción ya se ha escrito.
Pero la música 
suena en su cielo 
o no suena.
Y nuestros cielos no admiten 
la pavorosa barbarie del agua 
cuando se atreve a impregnar 
nuestras noches,
nuestros cuerpos,
nuestras calles,
nuestras ansiadas ciudades.

lunes, 4 de agosto de 2025

Nuestra única música

a Manuel,
testigo secreto

Antes que se muera el cuerpo,
antes del abismo,
de la eterna caída en la eternidad,
cantaré para recuperar el olor de las uvas,
que me abandonaron.

TANGUITO

¿Qué le ocurrió a cierta música entonces?
El trigo, a días de la siega, 
bailaba con esa brisa amigable 
que había desalojado al calor de diciembre.
Bastaba el sonido de nuestros pasos,
nuestro silencio,
nuestra intuitiva memoria,
bastaba confiar en la escena
que atávicamente nos impelía
a avanzar,
ser parte de un canto 
que nos hablaba, 
nos andaba, 
nos bailaba a su antojo.
E íbamos hacia quién sabe dónde,
entonces,
colmados de una fe compartida,
velando nuestro encendido secreto.
Paso a paso.
Sueño a sueño.
Rayo a rayo.
Golpe a golpe.
¿Qué sucedió a cierta música entonces?
Nos aguardaba,
y lo añorábamos,
entonces,
nos esperaba la furia,
nuestra primera batalla.
Privada.
Juvenil.
Sustancial.
Futura e inexorable condena.
Estábamos cantando
nuestra impúdica e irrefrenable 
gracia de infantes,
rock 'n' roll,
inmersos en ese cielo
que nos tragaba,
confiados en nuestra inefable voz 
de cándidos impostores.
Tú respirabas mi aire,
entonces,
y yo cantaba en secreto
tus adoradas canciones.
Y el silencio,
el silencio ante todo
fraguaba nuestra invencible aventura.
Por eso.
Pregunto.
¿Qué le pasó a cierta música entonces?
Dos fugitivos acordes
armonizando una extraña 
y a la vez dulce melodía,
oída en sigilo.
Pues todo era incógnito, 
entonces.
Incluso el olor de esa sopa de abuela 
que urgió en la canción.
Y lo invitamos a entrar,
¿cómo negarnos?
Y cada uno a su modo
recobró aquella mística 
estrofa de la infancia
para llevarla a morir a un altar invisible.
¿Pero quién lo sabía entonces?
Brillábamos con el sol del mediodía
sin atisbar que rogábamos al unísono,
volábamos sin saberlo 
armados hasta los dientes 
de cálida juventud.
Se avizoraba una guerra opulenta.
Vedada.
Vagábamos hacia ella.
Olvidados de todo y por todo.
Círculo de brisa y fuego
que nos flameaba a su antojo.
Sus propias canciones.
Sus otras canciones.
Nuestra única música
de pieles robadas 
a la sublime potestad de la luz.
Y nadie,
ya nadie caminaría esa noche
sobre esos frágiles techos de papel.
Por eso.
¿Qué le ocurrió a cierta música, 
entonces?

miércoles, 30 de julio de 2025

Los senderos por venir

a Pablo,
por regresar

Caminaré, 
perturbaré al menos por un instante 
a este siniestro remanso de calamidades. 
Caminaré, 
sordo y ciego ante el ruinoso ruido 
de las ruinas que empiecen a caer 
en su propio abismo. 
Caminaré, 
caminaré con el retumbo de Hawthorne,
de Walker,
de Cormac
en el alma, 
vacío el corazón, 
a la espera de esas amarillas constelaciones 
que danzan con el cálido vientecito de diciembre. 
Caminaré, 
dejaré atrás la vigilia vana,
las tierras ajenas,
para sumirme en la estrepitosa cancelación 
de una anticipada y absurda muerte. 
Caminaré quizás sin cómplices, 
sin canciones anodinas, 
sin el fragor de las antiguas arengas, 
sin la esperanza de recobrar 
el evadido e ilusorio fuego. 
Réprobo de toda reprobación, 
desbarataré con un silencioso y sostenido paso 
las primeras pertenencias. 
Caminaré, 
pagaré uno a uno mis genuinos pecados, 
inserto de lleno en la inconmensurable estridencia 
de un tiempo ajeno al Tiempo. 
Caminaré, caminaré...  

domingo, 6 de julio de 2025

Cantarina

Nocturna, urbana, silenciosa, 
obsesivamente joven, audaz, 
suicida,
noche a noche
enfrentabas aquel tiempo.

Se libraba aquella guerra ante tus ojos.
Transitar aquellas calles
solía despertar su irrefrenable cólera:
transeúntes sin patria ni bandera alguna
azoraban la oscura transparencia
que en las lunas gélidas de julio,
te atrevías a andar, 
solitaria, 
incógnita,
cantarina.

Es que amabas, 
amabas con tanta furia, 
tanto frenético goce
ese lugar secreto 
que abría sorpresivamente sus puertas.
Y elegías entrar, 
oficiar un juego
ambiciosamente tierno 
y a la vez perverso.
Es que las reglas de tu falsa vida
no calaban allí, 
allí señoreaban simplemente 
aquellos cuerpos sin alma, 
librados más tarde por vos a otras faenas,
y huías mientras ellos, 
incautos, ya sin armas para luchar, 
ya sin piernas para regresar a casa, 
temblaban su ternura, 
se aferraban al ruinoso premio 
por morir a sí mismos;
y luego volvían, 
vaya si volvían a su noche 
para ser vejados nuevamente.

¿Qué música habías escuchado
en aquel río,
aquellas aguas
que anticiparon ese océano
sin hablarte de esos vientres,
de esos dioses que fugaces
recobraron para vos 
la anhelada lejanía?

Y seguías andando 
inclaudicable, 
buscabas esa voz 
inveterada, 
bailando a cada paso 
tu inquebrantable fe:
azul, siempre azul, 
musical, siempre musical,
aguardabas un nirvana de Mojaves, 
tan esteparia, 
tan presumidamente frágil,
surcabas palmo a palmo
el pavoroso filo del destino
que franqueaba tu marcha, 
acaso por ventura, 
acaso por arbitrio, 
acaso por dejarte discurrir
hacia una última e inexorable trampa.

Muchos perros de la calle
quisieron seguir tus pasos
y fueron cruelmente disuadidos
de sumarse a esa plegaria, 
peregrina, sí, vos, 
peregrina, cantarina, vos,
vos forzabas los límites 
de tu propio espanto 
alcanzando nuevas cimas 
para finalmente,
dueña de una victoria secreta,
volver sobre tus pasos 
a tu primera guarida, 
noche a noche, 
luna a luna, 
tango a tango,
y planear otro festín, 
otro de los tantos funerales 
en que orabas tus estrofas
ante un hombre que yacía 
en su póstuma penumbra.

¿Qué música habías escuchado
en aquel río, 
aquellas aguas
que cantaban su arrullo 
solo para vos,
te hablaban de esas pieles,
esa sangre manando, 
ese atávico sonido
de puños haciendo tronar 
su adolescente y masculina rabia?

Y el futuro se adueñaba de vos, 
nuevamente,
la alegría traccionaba tus pasos
y aquellos mágicos soles 
te llenaban de esperanza.
Y volvías a creer por un instante.
Y elegías las veredas solitarias, 
desafiabas impetuosamente al destino, 
cantarina, sí, vos, 
cantarina, musical, 
caminabas entre cuerpos 
que no habían acabado de morir.

Mas los días que vinieron
ya no fueron el atajo a una utopía,
insuflaron en tus huesos la sustancia
de un presente ajeno,
implacablemente inmóvil.
No bastó el auxilio del vino,
de la música, 
de los poetas,
de las nuevas canciones;
desfilabas, entonces, 
acarreando esa niña perdida.
¿Quién te andaba entonces?
¿Qué diabólica entidad 
se servía de tu marcha, cantarina?
Andabas con los huesos secos, 
el alma a oscuras, 
pero llena, siempre llena
de una lejana memoria.

¿Qué música habías escuchado 
en aquel río, 
aquellas aguas 
que aun oscuras,
te acercaron un destello 
de playas amigables, 
de aromas cómplices, 
de miradas ingenuas?

Hoy,
cantarina,
sigues buscando 
tu prometida Patria.
Y te vemos andar, aún, 
andar,
con el cuerpo seco,
con el alma llena.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Al perfume de las manzanas

Todo animal debe descansar,
sentarse bajo esa sombra que lo acompaña. 
Siempre.
El arte del movimiento certero 
no está en la fuerza,
radica en el florecimiento de una espera 
sucedida por lo que erradamente 
algunos llaman milagro.
Mas muchos han de verte crecer 
en tu manso silencio
y la oscuridad más atroces,
soportando siglos de una lluvia que no cesa,
devorando partes de tus huesos 
para poder capear la lejanía del sol, 
del añorado desierto.
Ese que como tú, aguarda, siempre aguarda.

Muchos han de verte plagiar canciones,
mentir a cada paso en un lenguaje que aún no ha nacido,
fluyendo por tu sangre.
Muchos inventarán historias falsas 
para poder tolerar tu tiempo de permanencia, 
allí, en tu primera guarida.
Y muchos preferirán ignorar 
el sonido de tus pasos en círculo,
ocultarse del brillo que emanará tu contundente ausencia.

De lo único que deberás ocuparte, 
será de preservar boyante el sonido 
que alguna vez te reveló tu estrella 
en el nítido cielo de los primeros tiempos.
Allá, cuando ese río que aún vuelve,
no pesaba por su agua, 
cuando solo prometía guiarte a ese anhelado lugar desconocido.

Todo sigue sucediendo, en tu primera guarida.
Aún no has acabado de concluir tu primer aliento.
Ese halo, ese instinto
que ha sido ante todo un testigo elocuente: 
la muerte de tantos,
tantos que junto a ti han andado.
Y es por eso el homenaje, es Vosotros con mayúscula 
y no un perverso ustedes. 

Hay palabras que estrangulan a las ciudades,
las vuelven inhabitables,
circulan acompañadas de pavorosas miradas y silencios.
Y con todo, desde niño, 
aprendiste a descubrir y refugiarte en la voz de los muertos...
Te acompaña desde los primeros tiempos 
la memoria de esa brisa 
que no deja de recordarte el perfume de las manzanas 
brillando bajo el sol del invierno. 
Qué inolvidables, laboriosas manos te acercaban el milagro: 
muchas de aquellas mujeres caminan ahora junto a ti 
y escriben por ti tus propias canciones.

Son tiempos de déspotas 
capaces de lo que sea con tal de usurpar 
la sagrada libertad que debiera regir la vida de los pueblos. 
Las oraciones de las madres son acalladas por sus bombas. 
Se agiganta ese este de tierras blancas, nefasto, 
al que muchos todavía siguen volviendo su rostro. 
Y has sido testigo de tantos falsos profetas de la igualdad 
pisoteando sus falsas banderas a cada paso,
declamando nirvanas y sembrando infamias. 

Pero es hacia adelante tu poema.  
Hacia ese sitio breve y definitivo 
que precederá tu último e involuntario movimiento:
pero antes deberás recordar 
que no habrá libertad posible 
hasta que sueltes la última mano,
decidas ser un individuo, 
olvides sus discursos, 
inventes tu propio lenguaje,
te vuelvas un silencioso y solitario profeta, 
prediques con la gracia del invisible trazo 
que dejan las águilas en su vuelo.

Oración a los muertos que te buscan
antes de tu regreso,
te rondan como a una presa exangüe 
deseosa de dilatar su inexorable último paso. 
Momento de la verdad.

Y es por eso que sigues urdiendo, 
sigilosamente, 
desplegar tus alas, en tu primera guarida, 
bailar con esa luz, azul, atravesando, 
acaso un viernes...

domingo, 17 de enero de 2021

Destino

And I used to be a citizen
And I never felt the pressure
I knew nothing of the horses
Nothing of the thresher
Paolo, take me with you
It was the journey of a life...

    SCOTT WALKER  


No sabrán ellos si los oirán ese día, 
no lo sabrán,
mas renunciarán, acaso sin testigos, 
por siempre a esta ciudad diezmada 
por el negro y húmedo viento, 
el mar cantando su inaguantable rabia.
Darán paso tras paso, darán la espalda al territorio 
donde seguirá sonando un viejo canto.
Aguardarán, aguardarán la tarde 
para entregarse al implacable sol de enero.

Ciudadanos disidentes, expatriotas, 
habitantes de una nación diezmada. 
Ironía del destino o destino irrevocable, 
marcado a fuego,
fraguado a tiro de un absurdo, 
beatífico divertimento.
Y cantar en el mientras tanto, 
cantar en la entusiasta marcha, 
cantar, disonantes, mientras se busca el centro,
caminando, 
andando hacia el único destino, 
ese que aguarda escoltado por gigantes de hielo, 
por cielos cambiantes,
por una hermosa e impredecible coreografía 
de salvajes caballos.

¿Los escucharás pequeño habitante de un nuevo mundo?
Estarán pasando por la puerta de tu casa en algún momento.
¿Lo sabrás?
¿Los escucharás futuro narrador de gestas,
los oirás rezando en silencio oraciones a un Dios 
en quien no habrán acabado de creer? 

Y aquella insólita llanura 
les regalará un adelanto del destino final.
Y recobrarán, recobrarán ante ese hallazgo 
su fe en que al fin, su tiempo y su sueño 
se fundan en un solo y anónimo acorde.
Descansarán, dormirán su sueño en ese escarpe, 
sobre ese suelo entibiado por el promediar del verano,
y sabrán cuándo seguir hacia su sustancial anonimato.
Andar, andar nuevamente 
con el cuerpo seco, el alma llena.

Y como es de esperarse,
perderán, muchas veces, 
perderán aliados en el camino.
Y rondarán el lugar de la entrega,
se detendrán sin ánimo de socorrer a nadie,
solo a velar por que la historia 
escriba a puño de hierro otra inescrutable página.

Y vendrán los días más cortos,
y los verán andando,
y seguirán a paso firme a su escogido destino,
caminarán sin prisa pero sin pausa,
y escucharán, y enfrentarán a ese nuevo viento,
una voz rara vez atravesada por el eco irreverente 
de criaturas solitarias.

¿Los escucharás pequeño habitante de un nuevo mundo?
Estarán pasando por la puerta de tu casa en algún momento.
¿Lo sabrás?
¿Los escucharás futuro narrador de gestas,
los oirás inventando pretextos para seguir adelante,
custodiando la llama de un augurado nirvana?

Mas de pronto surgirá una extraña melodía,
brotará desde el cristalino cuenco de esos eriales,
surgirá y no será aprehendida sino recordada.
Minúsculo rebaño de fieles;
seguirán admirables su camino 
cantando un acorde prefijado 
desde la azul, eufórica, rotunda intuición de la infancia.

Si bastaba solamente un río amigable,
si alcanzaba solo con los primeros regalos del silencio,
si bastaba una pequeña colección de canciones,
venerar en secreto las historias 
que trajo aquella escurridiza brisa,
si alcanzaba con mirar las estrellas 
recostado en el regazo de las abuelas,
cantar y desafiar al mundo 
desde esa frágil y efímera confidencia,
y honrar a la vez a un pletórico y tibio universo 
de naranjas y peces 
que cabía en el patio de casa. 

¿Los escucharás pequeño habitante de un nuevo mundo?
Estarán pasando por la puerta de tu casa en algún momento.
¿Lo sabrás?
¿Los escucharás futuro narrador de gestas,
los oirás persistiendo en volar como los pájaros 
que llegaban cada verano de mundos tan lejanos, 
llegaban a inflamar de optimismo a aquellas pequeñas ciudades?

Solo tres hombres habrán llegado a destino. 
Ya no será preciso seguir andando. 
Solo cantarán, 
cantarán a esas cumbes que se irán cubriendo 
con las primeras nieves del otoño.
Cantarán ese acorde precitado, 
y será entonces, será entonces
cuando todo verbo, 
todo signo, 
todo gesto,
toda absurda reverencia,
cuando incluso el resto de la música,
deberán al fin rendirse, 
será entonces cuando ya no sea preciso 
bailar una danza invisible, 
cantando un mudo grito en tierras ajenas...

domingo, 29 de noviembre de 2020

Catedrales

Ahí va un hombre como tantos,
colmado de dudas,
va a por esa progresión de imágenes.
Va a por ese recinto. Inspiración secular. 
Sus lejanos artífices que no han muerto, que no morirán 
hasta que su obra sucumba al olvido, 
la destrucción, 
el inevitable triunfo del tiempo.

Ahí va el hombre a su escogido destino,
camina por calles inflamadas de sol, 
enero:
la sagrada quietud de las ciudades 
cuando el verano envuelve 
y a la vez acuna, salvajemente,
a quienes se atreven a enfrentarlo.

Ahí va ese niño, aún, cegado de música,
en busca de ese camino que se trazó involuntario, 
hace décadas. 
La inspiración de uno de sus tantos y fundamentales héroes. 
Y busca, busca en el silencio de las catedrales. 
Buscaba ya, antes de Proust, antes de Combray, antes de Ruskin, 
antes de los senderos de espinos blancos, 
previo a que todo lo que escribe sonara a plagio.
Pero no obstante se arriesga,
lealtad a esas primeras imágenes, 
a esos fulgores que no admiten el ejercicio de la glosa. 

Nos lo enseñó Marechal: la certidumbre de lo bello,
lo verdadero y lo bueno, 
hacía lagrimear tus ojos, 
y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón 
de responder con el mismo lenguaje
Trampa insalvable para quien cambia el sonido por la palabra,
acaso a consecuencia de un destino marcado a fuego,
pero a la vez, honroso ejercicio de observancia 
para con esos primeros oestes de la infancia. 

Preciosa, lejana niñez, cuando esa música descendía, 
simplemente se volcaba generosa y podía escucharse 
sin necesidad de ceremonia, de catedral alguna; 
no era entonces el sonido condición necesaria 
para cantar la más atinada y precisa frase.  

Entrar con un coloquio secreto, 
sortear el barrunto de quienes creen conocerlo:
no cuentan las propias voces, niño, 
cuando los dioses se han vuelto hombres, 
cuando esos hombres han trocado en esclavos con visos de rey. 
Pero no obstante se arriesga, 
lealtad a esos primeros caminos,
a ese río, esos oscuros canales,
navegar...
Tu instintiva memoria no ha dejado morir la esperanza. 

Ser un huésped portando un profuso secreto.
Corresponder. Pero no olvidar al tiempo 
la propia letanía:
se han relegado los mares, mas se han recobrado 
las cegadoras planicies, 
las ciudades perdidas que aguardan en el ocaso 
el arribo de un cansado transeúnte.

Vivir con la esperanza de acabar, al fin, 
transitando esas rutas solitarias.
Y es por eso que no obstante, se arriesga, se arriesga, 
lealtad a esas primeras canciones, 
a un mundo aleatorio, rapsódico, que brotaba repentino 
y que a veces vuelve. Catedrales. Catedrales. 

A fin de cuentas, cada uno regresa a su sitio, 
propio, invisible, 
ocultando su propia bandera, 
blandiendo en clave 
su irrepetible e inconfesable prosa. 
Cada uno se arriesga a otros brazos cuando el aire se acaba. 
Y es probable que el lugar de esa entrega 
sea el punto de partida de un próximo e inesperado viaje
a un nuevo orbe, con nuevos gigantes, 
nuevos templos, catedrales. 
Catedrales en las que descansar en secreto. 
Y deber inexorablemente darse a la fuga,
para salvarnos, para librarnos, para vaciarnos. Nuevamente.

martes, 18 de febrero de 2020

Esas viejas canciones

Mientas, escucha esas viejas canciones.
Es verano aún, y esos callejones internos 
dentro de los cuales se ha atrevido a perdurar
(un ínfimo hilo de fe los atraviesa)
aportan hoy el brillo de un nuevo tiempo por venir.
Nunca ha sido traicionado por el lenguaje de esa luz 
que se vierte, iluminando, desvelando a lo que yace
en una oscuridad cercana.

Enhorabuena, 
esas aves que volaban en círculos sobre nosotros,
han ido a multiplicarse lejos.
Festeja,
es tiempo en que el habla ha dejado de comunicar 
esa extraña afluencia de ficciones.
Celebra,
sigue ocurriendo, una mano invisible, benévola, 
entreabre un sendero secreto:
alabanzas, loas a la indómita locura que tracciona hacia adelante.
Mientras la música resurja replicando su alquimia infinita, 
el movimiento estará trazado en el sentido correcto.

¿Quién es quién en este orbe anónimo?
Mentir para poder andar liviano 
hacia una verdad definitiva.
Hay un hombre indiviso,
oculto, 
riéndose,
tras un ejército de impostores, 
hay un hombre celando el absoluto e inviolable lenguaje de los sueños.

Mientras, escucha esas viejas canciones.
Es verano aún, tiempo de dejar en el tiempo una huella,
de apostar por el ideario 
de vaciar lo que inspira en ese río invisible 
que no para de fluir:
nuevos y viejos relatos,
poemas que siguen brotando 
por las grietas que el sol hace posibles,
historias de criaturas que avanzan 
flotando en la noche sobre ciudades enormes, 
armonizando el sueño de esos pocos hombres 
que han renunciado enteramente a la mañana.

Hay canciones que nunca sonarán antiguas,
emergiendo sobre el extravagante artificio sonoro 
de esos viejos clowns de la teoría, 
una música que se niega a sí misma.
E invocamos a Pavese:
todo crítico es, propiamente hablando, una mujer en la edad crítica: rencoroso y refoulé

Algo nuevo está llegando,
se percibe en la inestable saturación de un cuerpo, de un vientre
que no para de rehuirle al loop de la cotidiana claudicación.
¿Bastará con callar? 
¿Bastará con resistirse entre otros frentes 
a esta nueva, femenina inquisición 
de los que siguen 
volviendo el rostro al este?
Y el silencio por sí mismo no basta:
muchos orientalistas de paso, apologistas del sosiego, 
no adhieren al paradigma por cuestiones filosóficas, religiosas 
o por dudar de la eficacia del lenguaje 
en su pretensión representativa, 
lo hacen simplemente ante la impotencia 
de no tener nada relevante que expresar... 

El porvenir pide mucho más que ajadas banderas,
viejos panfletos.
Si el sol gozase al fin de su postergada era,
los pretextos de estas falsas deidades 
(la maldita lluvia las oculta, las nutre)
se caerían como un héroe sin propósito
librando una cruzada vana.  

Mientras, escucha esas viejas canciones.
Es verano aún, y volvemos a escucharte 
niño que no ha muerto,
te oímos atravesado por un fugaz ramalazo de inspiración
que bastó, que basta y bastará por varias décadas más.

El verano se duerme. Él, escucha esas viejas, esas nuevas canciones. 

miércoles, 13 de marzo de 2019

Si pudiésemos nombrarla

Tu canción habla de misterio, Roy.
Un Dios que dejó de cantar,
desraizado, tiempo en que una noche
y una era sellaron pacto 
en contra de la locura.

Ella, ella lleva consigo el fuego.
Y el fuego destruye y construye,
(sustancial redundancia)
igual que ella,
ella hace que el futuro se expanda
mientras marchamos ilusos por estas ciudades
que nos andan a su antojo.
Nadie ha podido poner en palabras
el secreto que en algunas tardes de verano
las ciudades desvelan
antes de abrir paso a la fresca llanura.

Para nosotros el océano ya no cuenta:
hemos dejado de ser niños,
sabemos de la finitud de estas aguas
que evocaron falsos nirvanas,
buenos soldados, 
guerras posibles de ganarle al destino.
Ahora la cordura nos conduce hacia el abismo, Roy,
¿dónde quedó tu tiempo?,
¿dónde hallarte para cumplir el sueño
de escucharte cantar junto a ella?      

Ella sonríe, trata de llegar hacia nosotros,
pero ya no puede prometerse el mar sin traicionarse.
Ella aprendió a llorar sonriendo:
casi cotidianamente muerde nuestro cebo,
lo que la torna más preciosa
pero también más proclive a tropezar
con nuestra letanía cantada a media voz.

Si contáramos con la tuya, Roy.
Este lado es a veces tan hermosamente ambiguo
que la merece para ser anunciado,
traerla con nosotros,
nosotros, tan poco niños ya.
No pudiendo ofrecer ya el mar como soborno.

Tu canción habla de misterio, Roy.
Puede ser tan simple conjurar lo perfecto
cuando el tiempo es el Tiempo,
pero ella siempre aparece cuando olvidamos esa música
que nos reveló algunas veces la fascinación del trigo
justo antes de la siega.

Ella,
si supiésemos su verdadero nombre,
si pudiésemos nombrarla
la poesía no tendría objeto.
Nosotros,
tan poco acreedores
de nuestros milagros,
tanto más responsables
por nuestros tantos muertos. Fantasmas.

Roy, necesitamos de tu voz
para tender un puente hacia ella, 
tu voz, Roy, 
tu canción 
que habla de misterio.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Para poder respirar

Wes, canciones para vos. 
Desde acá, desde esta casa de muñecas,
bajo la nunca bienvenida lluvia. 
Han logrado mitigar la voz
del pibe de los trenes, las canoas, los canales, 
las primeras canciones... 

Wes, my little Wes: 
ahora entiende el porqué, 
el pibe, 
aquel de Frehley y May en el patio de una casa breve. 
Primeros y capitales sonidos. 

El pibe, cautivo. Otrora ciudadano. Vivo, acá. 
Pampa húmeda, su agua, inacabable, ellos.
Helos ahí como niños impelidos al camino,
brincando en barrizales de pus, 
reseteando su furia, andando sobre retales de sí mismos.
Lo entiende desde hace décadas, 
el pibe,
Wes, my little Wes: aversión a esta aldea siniestra.

Agua, veneno, barro, golpean, acechan por doquier. 
Es obvio que llueve mientras escribe, el pibe. 
Es por eso que lo hace, 
para poder respirar.

La posibilidad de andar
no es más que una ciénaga 
señoreada por ellos. 
Ellos: cada vez son más los zafios a su servicio. 
Lustradores de fierro ajeno, 
eventuales taxi drivers, 
blasfemadores de medio pelo, 
beatos del buen decir, del bien obrar. 
Tan fácil complacerles 
cuando lo que buscan, 
maquinales, 
es el solaz del odio compartido. 

Miedo a la libertad, Wes, my little Wes... 
Auxilio del lobo. 
Gerontofascismo de sobretodo 
haciéndose la grande en nombre del bien. 
Maldición bíblica el tedioso trabajo de respirarte 
Cabo Sierras. 

Pero Wes, tan cerca de la gracia más alta, 
avatar, ambuiguo, porn star, 
poeta de la imagen. 
Wes, acróbata, 
artefacto de los dioses 
para que algunos se atrevan a dar el salto. 

Verdadero oeste, el de allá, lejano, 
el de un Ford que aún se respira 
en esa tierra de naranjos y viñedos, 
en ese otro lado próspero en donde todo, 
al menos, 
se oferta como posible. 

La ilusión no ha muerto en algunas partes del planeta.
Wes, my little Wes,
el pibe de los trenes, las canoas, los canales,
las primeras canciones, te canta en silencio.
Voyeur inserto en un tiempo de efímero goce: 
es que el tiempo tiene como únicas finalidades
la ruina o la barbarie de la copia. Cara y reverso.

Que las deidades se guarden sus bendiciones:
el único agua que requerimos ya te ha dado forma. 
Nos basta para esta noche tu genio de ilusionista.
Amamos tu extravagancia, 
de lo que se lee: creemos fervientemente en la más pura verdad,
Wes, our little Wes...