domingo, 2 de julio de 2017

Un cuento de Enrique Wernicke


Se comparten un repaso de la vida y la obra (por cierto casi indivisibles) de Enrique Wernicke, y Don Lino, uno de sus cuentos de la selección Cuentos, de 1968

Si bien es cierto que todo listado o enumeración, aunque sean deliberados con el tiempo suficiente, conllevan una manifiesta arbitrariedad, un riesgo evidente, no es menos verdadero que quienes conozcan la obra de Enrique Wernicke (1915-1968), coincidirán en resaltar el hecho de que debería incluírselo en la larga lista de aquellos escritores a los que no se les ha brindado su merecida divulgación. En su relativamente corta vida, Wernicke ―además de ejercer múltiples oficios y vivir un tiempo en la bohemia de París― trabajó prácticamente todos los géneros literarios. También dejó un diario de mil cuatrocientas carillas que abarca desde marzo de 1936 a marzo de 1968, diario que consideraba su obra definitiva y al que tituló Melpómene. Jorge Asís en 1975 hizo una selección de veinte carillas del diario, que publicó la revista Crisis (Nº 29). Asimismo homenajeó el autor de Diario de la Argentina a Wernicke en esa suerte de pieza genial del hibridismo genérico vernáculo que es Cuaderno del acostado, nombrándolo como a un escritor a quien le hubiese gustado conocer personalmente. Guillermo Saccomanno, Gabriel Montergous y Osvaldo Gallone entre otros, coincidieron también en difundir y homenajear su obra.

Militante del Partido Comunista o del “partido”, como se le llamaba a ese espacio en esos tiempos, solitario empedernido, hombre de pocos pero fundamentales amigos, obsesivo de todo lo tocante con la muerte (esa muerte a veces deseada por sus personajes y por él mismo), aborrecedor atávico de toda clase de comedimiento, de convenciones sociales, inventor de personajes que atraviesan un presente en donde algún tipo de ausencia es acaso el haber más contundente de su realidad personal, todos estos rasgos suyos pueden rastrearse con mayor claridad a partir de los cuentos en que es abandonada la impronta fabulesca de los inicios (Función y muerte en el cine ABC y Hans Grillo, ambos publicados en 1940). Ya en los cuentos de El señor cisne (1947) van cobrando mayor relevancia sobre todo los temas del trabajo, de las economías precarias, del hombre llano, anónimo; y por su parte aparece también de un modo más persuasivo la naturaleza en contraposición a la escala humana, el agua de la inundación, como también la pequeñez del hombre ante la eventual virulencia del destino, precursores de sus dos novelas fundamentales: La ribera (1955) y El agua (1968).

Acaso en La ribera pueda rastrearse al Wernicke más puro y autobiográfico, en la vida de ese alter ego del autor, periodista de mediana edad, con tendencia al alcoholismo, reacio a vincularse con los círculos culturales de su tiempo, que opta por alejarse de casi todo (incluso de su esposa e hijo) para instalarse en una precaria casa a orillas del Río de la Plata, en el Gran Buenos Aires, y dedicarse a fabricar figuras de plomo, redescubriendo en esa nueva experiencia de vida el amor en el personaje de una empleada adolescente que trabaja en su taller. En esa novela y en El agua (genial retrato conjetural de la vejez que Wernicke no vivió, dado que murió a los 53 años) el río aparece como amenaza, como brazo fundamental del desastre e incluso la muerte, pero también como oxígeno existencial, como elemento redentor para algunos y aniquilador para otros, y es ahí donde el veredicto político se hace menos explícito y por ende más efectivo (la vida de los chicos de familias acomodadas de un colegio privado ―que no dista mucho de la casa en que vive el personaje principal de La ribera―, cotejada con la dura realidad de los pobladores ribereños).

Elvio Gandolfo, en su prólogo a los Cuentos completos (Ediciones Colihue, 2001) de Wernicke, declara que la fortaleza de su literatura, radica paradójicamente en los accesos de confianza, seguidos de una desesperante falta de fe en los que solía caer con frecuencia: “Imposible describir el entripado que me han provocado los cuentos. Estoy harto, aburrido, indignado de mis cuentos. Me parecen todos idiotas, afeminados y tontos. Sueño con hacer una literatura robusta.”, escribía Wernicke. Y escribe Gandolfo al respecto: “Una solidez conseguida paradójicamente a través de ese vaivén, esa vacilación que va desde la seguridad aplastante a la duda corrosiva sobre su propio valor, característica de tantos grandes escritores.”

Se editaron cinco selecciones de cuentos de Enrique Wernicke: Función y muerte en el cine ABC (1940), Hans Grillo (1940), El señor cisne (1947), Los que se van (1957) y Cuentos (1968, recopilación realizada por el propio autor y que incluye algunos trabajos inéditos hasta ese año). Pueden rastrearse en la actualidad (no sin cierta dificultad) agrupadas en la edición de Colihue Cuentos completos, como se dijo, prologada por Elvio E. Gandolfo. Si se observan de manera cronológica, sus cuentos tienden a volverse ―en su mayoría― cada vez más concisos, pero no menos efectivos, todo lo contrario, da la impresión de estar ante un narrador que trata de dar más consistencia argumental a medida que va omitiendo y dejando espacio, en ejercicio de una suerte de orientalismo rioplatense en el cual se opta por observar desde el margen, desde la “orilla”, acontecimientos a los cuales se les da su propio espacio de expresión, confiriéndoles una mínima estructura de significación. También se advierte un desplazamiento de los escenarios rurales a contextos urbanos, como el del cuento que se comparte, que pertenece a esa selección hecha por el escritor poco antes de fallecer.

Don Lino
   
   Llevaba cuarenta años en la empresa. Era el contador de confianza. Le decían Don Lino, y nadie recordaba que se llamaba Seferino Picapoti. Don Lino para aquí.
   Don Lino para allí.
   Murió su mujer, murió su único hijo en un accidente. Y Don Lino quedó solo, sirviendo a la empresa.
   ¿Qué pensaba? ¡No importa un carajo! ¿Qué sentía? ¡No importa otro carajo! ¿Qué vivía? ¡No importa mil carajos! La vida del país…
   Un día ―andando tanto las cosas― le entregaron un cuaderno negro y le pidieron que lo pusiera “al día”.
   Lo abrió en su casa, respetuoso, después de haber comido en el restaurante, lo estudió, lo estudió bien…
   Y en un ataque de locura, rompió el cuaderno, puteó a los dioses, lloró como un chico, y nunca más volvió a la empresa. Se emborrachó, lo agarró el cáncer, perdió sus ahorros en las carreras, fue a la ruleta, se dedicó a las putas…
   Camaradas: el detalle no tiene importancia.
   Don Lino vive en mi casa. Morirá conmigo.