lunes, 27 de diciembre de 2021

Adrian Smith, Richie Kotzen y un temazo de época


Siempre fui reacio a selecciones tales como el disco o tema del año, la película del mes, la novela de la década y juicios por el estilo. Ese tipo de veredictos siempre me han parecido y son, no me caben dudas, en todo momento, arbitrarios y discutibles como todo dictámen inamovible, del orden que sea. Pero tampoco me caben dudas de que Scars, el tercer track del discazo que editaron Adrian Smith y Richie Kotzen en marzo pasado (Smith/Kotzen), más allá de lo que haya inspirado la canción, encarna de manera palmaria la perplejidad y sensación de forzado desvinculamiento, de final de época que aún sigue viviendo el mundo ante el tan impredecible futuro que nos sigue planteando esta maldita pandemia. Y hay que decir que no solo la enfermedad es motivo de preocupación, para quien escribe, lo es mucho más la desmedida reacción de las administraciones de los distintos países con las discutibles restricciones y sus tremendas consecuencias en todo orden, no solo el económico, sino también las funestas secuelas psicológicas de los encierros prolongados, sin pasar por alto por cierto, las claras violaciones constitucionales que se han vivido en múltiples rincones del planeta, lamentablemente bajo gobiernos de todo color político. Pero esta entrada es más que nada para hablar (o escribir mejor dicho) sobre música. Obviamente la interpretación de la letra, como en todo hecho lírico con cierta cuota de cripticidad, es mucho más vasta, pero al menos a mí me es imposible desvincular a Scars de la sensación de miedo, desconcierto e incertidumbre ante lo que se vivió y aún se está viviendo en relación con la pandemia. Acá les comparto un enlace al texto en inglés y su traducción al español y para los que no lo escucharon, abajo va el tema y el videazo en acertado blanco y negro. Y el deseo de que 2022 sea un año de mayor expansión y de mayores libertades, ...en todo sentido.

lunes, 9 de agosto de 2021

El cine de terror y la quema de calorías

A continuación, una razón más para seguir apostando por ese hermoso género que tantos momentos gratos nos ha dado en esa extraña combinación de miedo y placer que sentimos cuando vemos películas de terror.

Dos profesores de la Universidad pakistaní Bahauddin Zakariya, en Multan (M. Imran Qadir y Muhmmad Asif), llegaron a la conclusión de que ver películas de terror no solo aporta una cuota de entretenimiento, sino también colabora con la pérdida de peso. La razón es simple y previsible: ver películas de terror acelera el ritmo cardíaco. En el caso particular de este estudio, estos dos científicos del departamento de Biotecnología y Tecnología Molecular, descubrieron que en promedio, el ritmo cardíaco se acelera un 28% por encima del que una persona tiene en estado de reposo. La variación coincide con la que se experimenta con algunos ejercicios de baja intensidad.  

Mientras miramos películas de terror, se desencadena un mecanismo de neurotransmisión en que hormonas como la dopamina y la serotonina son secretadas, poniéndonos en estado de alerta, más allá de que obviamente seamos conscientes de que estamos ante un hecho de ficción y de que ni nuestra vida ni nuestra integridad física se encuentran en peligro. 

Se ha demostrado por ejemplo, que ante una escena de asesinato, se ven afectadas las hormonas hepáticas en su función de metabolización de la glucosa. Por su parte, el corazón acelera el bombeo de sangre a los músculos, mientras que el páncreas aumenta la secreción de insulina por encima de lo normal. Debido a estos procesos, los espectadores sufren un descenso en sus niveles de glucosa en sangre como consecuencia del estrés al que se someten al ser testigos de este tipo de escenas. 

Participaron del estudio 120 voluntarios, a los que se les tomó una muestra de sangre previa y posteriormente a la proyección de los filmes; y conforme a los datos que arrojó la singular experiencia, El Resplandor es uno de los largometrajes que aportó una gran dosis de quema de calorías, ya que los voluntarios quemaron (en promedio) 184 calorías a los largo de la proyección. El Exorcista aportó una quema de 158 calorías, superada levemente por Saw con 161 calorías quemadas. 

Para ser justos, hay que mencionar que una experiencia muy parecida fue hecha en 2012 en la Universidad de Westmister, en Londres, pero el muestreo se hizo sobre diez personas, un número mucho más reducido que el del estudio actual. En aquella oportunidad se elaboró un ranking de los diez films que más gasto calórico provocan: El Resplandor (184 calorías), Tiburón (161), El Exorcista (158), Alien, El Octavo Pasajero (152), Saw: El Juego del Miedo (133), Pesadilla en lo Profundo de la Noche (118), Actividad Paranormal (111), La Matanza de Texas (107) y El Proyecto Blair Witch y Rec (101 respectivamente).

Finalmente, los profesores Qadir y Asif, llegaron a la conclusión de que ver una cinta de terror durante una hora y cincuenta minutos equivale a quemar 113 calorías, pérdida calórica que se obtiene tras una caminata de aproximadamente media hora. Debe tenerse en cuenta asimismo que el gasto calórico está asociado también al metabolismo particular de cada persona y a su complexión física: a mayor masa corporal, mayor es el consumo de energía ante un determinado ejercicio realizado a través de un período establecido de tiempo. 

Aprovechando que hoy es lunes y que muchos seguramente han iniciado una dieta, se recomiendan como menú los siguientes siete filmes para cada día de esta semana: 

Lunes: Don´t Look Now (1973), de Nicolas Roeg

Martes: The Hills Have Eyes (1977), de Wes Craven

Miércoles: One Dark Night (1982), de Tom McLoughlin

Jueves: Sinster (2012), de Scott Derrickson

Viernes: Nosferatu the Vampyre (1979), de Werner Herzog

Sábado: El Espinazo del Diablo (2001), de Guillermo del Toro

Domingo: The Visit (2015), de M. Night Shyamalan

domingo, 17 de enero de 2021

Destino

And I used to be a citizen
And I never felt the pressure
I knew nothing of the horses
Nothing of the thresher
Paolo, take me with you
It was the journey of a life...

Scott Walker


No sabrán ellos si los oirán ese día, 
no lo sabrán,
mas renunciarán, acaso sin testigos, 
por siempre a esta ciudad diezmada 
por el negro y húmedo viento, 
el mar cantando su inaguantable rabia.
Darán paso tras paso, darán la espalda al territorio 
donde seguirá sonando un viejo canto.
Aguardarán, aguardarán la tarde 
para entregarse al implacable sol de enero.

Ciudadanos disidentes, expatriotas, 
habitantes de una nación diezmada. 
Ironía del destino o destino irrevocable, marcado a fuego,
fraguado a tiro de un absurdo, beatífico divertimento.
Y cantar en el mientras tanto, cantar en la entusiasta marcha, 
cantar, disonantes, mientras se busca el centro,
caminando, andando hacia el único destino, 
ese que aguarda escoltado por gigantes de hielo, 
por cielos cambiantes,
por una hermosa e impredecible coreografía de salvajes caballos.

¿Los escucharás pequeño habitante de un nuevo mundo?
Estarán pasando por la puerta de tu casa en algún momento.
¿Lo sabrás?
¿Los escucharás futuro narrador de gestas,
los oirás rezando en silencio oraciones a un Dios 
en quien no habrán acabado de creer? 

Y aquella insólita llanura les regalará un adelanto del destino final.
Y recobrarán, recobrarán ante ese hallazgo 
su fe en que al fin, su tiempo y su sueño 
se fundan en un solo y anónimo acorde.
Descansarán, dormirán su sueño en ese escarpe, 
sobre ese suelo entibiado por el promediar del verano,
y sabrán cuándo seguir hacia su sustancial anonimato.
Andar, andar nuevamente con el cuerpo seco, el alma llena.

Y como es de esperarse,
perderán, muchas veces, 
perderán aliados en el camino.
Y rondarán el lugar de la entrega,
se detendrán sin ánimo de socorrer a nadie,
solo a velar por que la historia 
escriba a puño de hierro otra inescrutable página.

Y vendrán los días más cortos,
y los verán andando,
y seguirán a paso firme a su escogido destino,
caminarán sin prisa pero sin pausa,
y escucharán, y enfrentarán a ese nuevo viento,
una voz rara vez atravesada por el eco irreverente 
de criaturas solitarias.

¿Los escucharás pequeño habitante de un nuevo mundo?
Estarán pasando por la puerta de tu casa en algún momento.
¿Lo sabrás?
¿Los escucharás futuro narrador de gestas,
los oirás inventando pretextos para seguir adelante,
custodiando la llama de un augurado nirvana?

Mas de pronto surgirá una extraña melodía,
brotará desde el cristalino cuenco de esos eriales,
surgirá y no será aprehendida sino recordada.
Minúsculo rebaño de fieles;
seguirán admirables su camino cantando un acorde prefijado 
desde la azul, eufórica, rotunda intuición de la infancia.

Si bastaba solamente un río amigable,
si alcanzaba solo con los primeros regalos del silencio,
si bastaba una pequeña colección de canciones,
venerar en secreto las historias que trajo aquella escurridiza brisa,
si alcanzaba con mirar las estrellas recostado en el regazo de las abuelas,
cantar y desafiar al mundo desde esa frágil y efímera confidencia,
y honrar a la vez a un pletórico y tibio universo de naranjas y peces 
que cabía en el patio de casa. 

¿Los escucharás pequeño habitante de un nuevo mundo?
Estarán pasando por la puerta de tu casa en algún momento.
¿Lo sabrás?
¿Los escucharás futuro narrador de gestas,
los oirás persistiendo en volar como los pájaros 
que llegaban cada verano de mundos tan lejanos, 
llegaban a inflamar de optimismo a aquellas pequeñas ciudades?

Solo tres hombres habrán llegado a destino. 
Ya no será preciso seguir andando. 
Solo cantarán, 
cantarán a esas cumbes que se irán cubriendo 
con las primeras nieves del otoño.
Cantarán ese acorde precitado, 
y será entonces, será entonces
cuando todo verbo, 
todo signo, 
todo gesto,
toda absurda reverencia,
cuando incluso el resto de la música,
deberán al fin rendirse, 
será entonces cuando ya no sea preciso 
bailar una danza invisible, 
cantando un mudo grito en tierras ajenas...

domingo, 29 de noviembre de 2020

Catedrales

Ahí va un hombre como tantos,
colmado de dudas,
va a por esa progresión de imágenes.
Va a por ese recinto. Inspiración secular. 
Sus lejanos artífices que no han muerto, que no morirán 
hasta que su obra sucumba al olvido, 
la destrucción, 
el inevitable triunfo del tiempo.

Ahí va el hombre a su escogido destino,
camina por calles inflamadas de sol, 
enero:
la sagrada quietud de las ciudades 
cuando el verano envuelve 
y a la vez acuna, salvajemente,
a quienes se atreven a enfrentarlo.

Ahí va ese niño, aún, cegado de música,
en busca de ese camino que se trazó involuntario, 
hace décadas. 
La inspiración de uno de sus tantos y fundamentales héroes. 
Y busca, busca en el silencio de las catedrales. 
Buscaba ya, antes de Proust, antes de Combray, antes de Ruskin, 
antes de los senderos de espinos blancos, 
previo a que todo lo que escribe sonara a plagio.
Pero no obstante se arriesga,
lealtad a esas primeras imágenes, 
a esos fulgores que no admiten el ejercicio de la glosa. 

Nos lo enseñó Marechal: la certidumbre de lo bello,
lo verdadero y lo bueno, 
hacía lagrimear tus ojos, 
y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón 
de responder con el mismo lenguaje
Trampa insalvable para quien cambia el sonido por la palabra,
acaso a consecuencia de un destino marcado a fuego,
pero a la vez, honroso ejercicio de observancia 
para con esos primeros oestes de la infancia. 

Preciosa, lejana niñez, cuando esa música descendía, 
simplemente se volcaba generosa y podía escucharse 
sin necesidad de ceremonia, de catedral alguna; 
no era entonces el sonido condición necesaria 
para cantar la más atinada y precisa frase.  

Entrar con un coloquio secreto, 
sortear el barrunto de quienes creen conocerlo:
no cuentan las propias voces, niño, 
cuando los dioses se han vuelto hombres, 
cuando esos hombres han trocado en esclavos con visos de rey. 
Pero no obstante se arriesga, 
lealtad a esos primeros caminos,
a ese río, esos oscuros canales,
navegar...
Tu instintiva memoria no ha dejado morir la esperanza. 

Ser un huésped portando un profuso secreto.
Corresponder. Pero no olvidar al tiempo 
la propia letanía:
se han relegado los mares, mas se han recobrado 
las cegadoras planicies, 
las ciudades perdidas que aguardan en el ocaso 
el arribo de un cansado transeúnte.

Vivir con la esperanza de acabar, al fin, 
transitando esas rutas solitarias.
Y es por eso que no obstante, se arriesga, se arriesga, 
lealtad a esas primeras canciones, 
a un mundo aleatorio, rapsódico, que brotaba repentino 
y que a veces vuelve. Catedrales. Catedrales. 

A fin de cuentas, cada uno regresa a su sitio, 
propio, invisible, 
ocultando su propia bandera, 
blandiendo en clave 
su irrepetible e inconfesable prosa. 
Cada uno se arriesga a otros brazos cuando el aire se acaba. 
Y es probable que el lugar de esa entrega 
sea el punto de partida de un próximo e inesperado viaje
a un nuevo orbe, con nuevos gigantes, 
nuevos templos, catedrales. 
Catedrales en las que descansar en secreto. 
Y deber inexorablemente darse a la fuga,
para salvarnos, para librarnos, para vaciarnos. Nuevamente.

sábado, 24 de octubre de 2020

Estreno de Apple TV+: On the Rocks, el regreso de una dupla memorable

Tras diecisiete años del rodaje de la exitosa Perdidos en Tokio, Sofia Coppola vuelve a convocar a Bill Murray para un rol protagónico. Con muchos guiños al cine de Woody Allen, On the Rocks es asimismo la película en que por primera vez la realizadora filma en su Nueva York natal.

Sofia Coppola ganó en 2004 un Oscar a Mejor Guion Original por Lost in Traslation, o Perdidos en Tokio, como la conocimos por estos lares, un film en que lo hizo brillar a Bill Murray junto a una muy joven Scarlett Johansson. Y con su última propuesta, no solo retoma su relación con el protagonista de Broken Flowers, sino también la posibilidad de explorar la masculinidad y la femineidad, ahora desde la relación de un padre donjuanesco con su hija en su obsesión por preservarla de una sospechada infidelidad.

Laura (Rashida Jones, hay que citar por cierto que es la hija de Quincy Jones) es una escritora de mediana edad que vive en Nueva York junto a sus dos hijas pequeñas y su marido Dean (Marlon Wayans), un emprendedor obsesionado por una línea de negocios cuya atención demanda el hecho de viajar constantemente. Así como todo parece marchar sobre ruedas para Dean (la admiración y el acompañamiento de sus compañeros/as de trabajo, la multiplicación exponencial de sus logros y por ende el éxito económico cada vez más ostensible), para Laura las cosas no funcionan de igual manera. Ha recibido un adelanto por la publicación de una novela, novela cuya escritura se encuentra paralizada dado el período de falta de seguridad personal e inspiración por el que atraviesa, circunstancia a la que se suman las sospechas de infidelidad por parte de su marido. Y a esta situación ya de por sí compleja, se incorpora Felix (Bill Murray), el padre de Laura, un rico divorciado, seductor empedernido y exmarchante de arte que vive una vida sibarita viajando por el mundo y todavía a la pesca de los buenos negocios que pudiesen presentarse. 

On the Rocks no es solo la primera película que su realizadora rueda en la fascinante Nueva York, por cierto su ciudad natal. Es también, y acaso por eso la elección de dicho escenario, una historia que contiene muchos de los tópicos del cine de Woody Allen: personajes atrapados en un laberinto de neurosis personales en función de sus relaciones con los demás. El mundo de la intelectualidad y el éxito -principalmente en lo creativo- puesto en constante amenaza ante el espejo de los otros. Integrantes de una clase acomodada que no obstante su holgura económica, no están exentos en absoluto de sentirse por momentos bajo situaciones de profunda amenaza a su seguridad simbólica. Y la recurrente Nueva York como escenario. Hay tal vez un implícito homenaje al autor de la recientemente editada autobiografía A propósito de nada en el séptimo largometraje de Sofia Coppola. 

La película se estrenó hace pocas semanas en la sección Spotlight de una singular 58va edición del Festival de Cine de Nueva York, dado que a raíz de la pandemia, la selección pudo verse solo en las modalidades autocines u on-line, sin ningún evento con presencia de público. La crítica coincidió bastante unánimemente en calificar a On the Rocks como una comedia simpática pero ligera. Y es verdad que se trata de un film que no está destinado a ser un clásico, incluso vale decirlo dentro del cine de la propia realizadora. Pero el demérito que se le adjudica no hace tampoco justicia. Estamos ante una propuesta en la que los espacios argumentales son ocupados por una trama en ningún momento sobreactuada -sobre todo en las apariciones de ese maestro de lo gestual que es Bill Murray-, pero si se la juzga con sutileza, tal vez se llegue a la conclusión de que esas supuestas ligerezas suman, aportando a la historia el espacio e incluso los silencios necesarios mediante los cuales la película da respiro a la velada pero no menos real densidad emocional de los protagonistas.

Una amiga me habló de un desencuentro con su padre y me pareció una buena idea hacer una comedia entre padre e hija con sus perspectivas diferentes sobre las relaciones, los hombres y las mujeres, declaró la directora que también figura en los créditos como guionista. 

Hay una pequeña franja de la pesquisa protagonizada por Laura y Felix en que se trasladan a una paradisíaca playa mexicana. Y si bien ese escenario está excelentemente trabajado por la fotografía de Philippe Le Sourd (quien no es la primera vez que colabora con la hija del legendario Francis), el contraste con el resto de las situaciones y locaciones se torna demasiado abrupto, dando la impresión de estar ante un momento de la historia que funciona a contramano de las escenas neoyorquinas. No obstante eso, la última película de la realizadora de Las Vírgenes Suicidas es una propuesta interesante de este cine por streaming al cual no nos está quedando otra alternativa que terminar por acostumbrarnos, al menos en Argentina, donde la reapertura de las salas por estos días parece una posibilidad propia de un futuro lamentablemente muy lejano. 

miércoles, 7 de octubre de 2020

AC/DC: Shot in the Dark, adelanto de Power Up

Con un tema que hace honor a la inconfundible marca de la banda, AC/DC anticipa su decimoséptimo trabajo de estudio y sus intenciones de volver a girar en una etapa pos-pandemia.

Signado por el retorno del vocalista Brian Johnson, la confirmación como guitarrista rítmico de Stevie Young y la contundente ausencia del inolvidable Malcolm Young, Shot in the Dark se adelanta a la salida del disco Power Up, planificada para el próximo 13 de noviembre. La publicación de esta entrega de doce tracks en la que Brendan O'Brien vuelve a producir a AC/DC, contará con ediciones especiales en vinilo y una edición deluxe con un packaging especial. La banda no entraba a un estudio a grabar un nuevo álbum desde Rock or Bust (2014), y no fueron pocas las trabas que tuvo que vencer el legendario Angus Young para rearmar al grupo en pos de la grabación de este último trabajo y de la idea de salir de gira cuando esta maldita pandemia se corra de escena. Es que Brian Johnson debió abandonar como se sabe la formación por sus problemas de audición, siendo reemplazado por Axl Rose en los compromisos en vivo de AC/DC para desengaño de una buena parte de los fans de la banda. Pero ya lo tenemos de vuelta. Por su parte Phil Rudd tuvo que enfrentar un período de arresto domiciliario por tenencia de drogas y fue asimismo imputado de contratar a un grupo de sicarios para perpetrar un asesinato. Y el bajista Cliff Williams había decidido retirarse luego de la gira de presentación de Rock or Bust en 2016. No obstante, las insistencias del gran Angus surtieron su efecto y la agrupación entró a los estudios Warehouse de Vancouver con la formación de Brian Johnson en voz, Cliff Williams en bajo, Phil Rudd en batería, Stevie Young (sobrino de Angus y Malcolm) en guitarra rítmica y coros y Angus Young en su personalísima e insustituible primera guitarra. Probablemente la alusión a lo oscuro en el título de este tema adelanto (homónimo de la canción de Ozzy Osbourne) alegorice el luto por la partida de Malcolm Young en noviembre de 2017; como Back in Black, aquel inolvidable tanque del rock que este año cumplió su cuarta década de gloriosa vigencia, significó claramente el luto por la temprana muerte de Bon Scott. Este trabajo es un homenaje a mi hermano Malcolm, al igual que Back in Black estaba dedicado a Bon Scott, declaró Angus Young. Shot in the Dark es un clásico tema de AC/DC para no entrar en críticas que no son el espíritu de esta entrada. Hace ya un largo tiempo, el propio Angus ironizó en una declaración a la salida de su duodécimo disco The Razors Edge: estoy harto de la gente que dice que nuestros once discos suenan exactamente igual. En realidad, son doce los discos que suenan exactamente iguales. AC/DC nunca se planteó ser una banda cuyo objetivo fuese el de explorar nuevas texturas musicales. Como afirma Jesse Fink en su excelente libro de 2013 Los Young: los hermanos que crearon AC/DC, la fortaleza acaso más distintiva de la agrupación estuvo siempre en seguir haciendo un excelente rock 'n' roll con un lenguaje musical y una estructura simples, pero reafirmándose constantemente en ese sello inconfundible que desde los '70 ha venido cautivando a decenas de millones de seguidores. AC/DC posee como pocos grupos el mérito de poder hermanar hoy en día a un abuelo y a un nieto en su enardecido entusiasmo por verlos en vivo. Quizás si se da la vuelta, esta sea la última oportunidad de ver en forma presencial a la mítica banda australiana en uno de esos característicos conciertos que suelen significar una verdadera fiesta de la música.

Clickear para escuchar el tema

sábado, 22 de agosto de 2020

Estreno de Disney +: The One and Only Ivan, de Thea Sharrock


Basado en hechos reales, el flamante estreno de Walt Disney Pictures y segundo largometraje de la realizadora británica Thea Sharrock, es la adaptación fílmica de la novela juvenil The One and Only Ivan, de Katherine Applegate.

Ambientado mayormente en el reducido ámbito de un pequeño centro comercial de una ciudad del interior norteamericano, el segundo largometraje de Thea Sharrock, después de Me Before You (2016), aprovecha la impronta teatral de esta directora fogueada mayormente en el ámbito del teatro inglés. Y ciertamente no hay que perder nunca de vista este rasgo del último estreno de Disney (obviamente en estos tiempos, difundido mediante la plataforma Disney Plus), ya que la expansión visual que uno esperaría en una historia protagonizada por un grupo de animales que ha sido sacado de su ámbito natural, pero que obligadamente tiene que acometer su éxodo hacia la libertad, tarda y no poco en llegar, haciendo que la fábula funcione en una franja muy importante valiéndose de preceptos que mucho tienen que ver con el teatro. 

Desde el vamos se nos hace saber que la historia está basada en hechos reales. The One and Only Ivan, es por cierto una adaptación del libro infantil homónomo de la autora estadounidense Katherine Applegate, libro por en cual en 2013 recibió el premio Newbery Medal. 

En un pequeño centro comercial llamado Big Top Mall, funciona una suerte de microcirco en el que un grupo de animales realiza sus proezas para un cada vez más escaso público. Quien dirige ese modesto espectáculo junto a un muy reducido staff de colaboradores es Mack (Bryan Cranston), un hombre en las puertas de su vejez que en su juventud adoptó a Iván (cuya voz interpreta Sam Rockwell), un gorila de espalda plateada que perdió a sus padres en una redada de cazadores. Iván es claramente la estrella del espectáculo, y tiene como principales amigos a la elefanta Stella (Angelina Jolie) y al perro vagabundo Bob (Danny DeVito). Pero la llegada de la pequeña elefanta Ruby (Brooklynn Prince) como nueva atracción para reflotar al pequeño circo de su declive, sumada al propósito de cumplir el deseo de su vieja amiga Stella, despierta -o más bien revive- el deseo de Iván de recuperar un espacio de libertad en la naturaleza, empresa para la cual se servirá de sus recientemente descubiertas dotes de dibujante.  


Hay dos vetas bien delimitadas pero a las cuales les cuesta por momentos convivir de manera efectiva en la película: por un lado, la de ese grupo de animales que irá a la búsqueda su intuida libertad, y por otro, la de la declinación de algunas formas tradicionales de entretenimiento. Puede y debe hacerse en The One and Only Ivan una acertada lectura sobre la actual crisis que están viviendo los cines como espacios tradicionales de difusión cinematográfica, la exhibición de películas en salas que va dejando espacio a nuevas modalidades de consumo de cine a través del streaming por suscripción, hecho este acelerado obviamente por la actual pandemia y la reacción desproporcionada de la mayoría de los gobiernos con las restricciones impuestas a sus poblaciones. De todos modos, más allá de cierto divorcio narrativo de los dos aspectos más representativos que desde lo argumental posee el film, el implícito homenaje al cine y sus formas tradicionales de comercialización, es un plus que debe reconocérsele a una realizadora que como se escribió, proviene principalmente del ámbito del teatro inglés. Thea Sharrock es alguien que siendo muy joven estuvo al frente de la Southwark Playhouse como directora artística, habiendo trabajado de igual modo en el West End de 'Art', en el Royal National Theatre y para el English Touring Theatre.  

El guion de Mike White (Orange Country, The Good Girl, School of Rock) acompaña asimismo de manera bastante efectiva el sello teatral que tiene la historia en buena parte de sus 95 minutos, aprovechando no solo la capacidad de hablar de los animales, sino también la interacción con el ámbito de encierro en que habitan. Por su lado los flashbacks de los que no se abusa, aportan oxígeno a ese espacio restringido en que transcurre buena parte de la altruista odisea de Iván. Mike White también interpreta la voz de la foca Frankie y participa de un par de cameos en esta fábula en que los guiños a Dumbo por momentos se vuelven demasiado obvios. Pero tratándose de Disney y del hecho de que en los últimos años la productora se ha valido de su antigua filmografía en sus propuestas (las remakes de La Bella y la Bestia, Aladdín, El Rey León y la propia Dumbo, o la secuela de Mary Poppins), es una autorreferencia que no sorprende.

The One and Only Ivan ha sido calificada PG-13 en Estados Unidos, una clasificación que si bien permite que un film sea apto para todo público, recomienda a los adultos el asesoramiento a los menores de 13 años respecto de temas que para chicos de esa franja de edad pudiesen resultar perturbadores. Quizás el motivo que más fundamente la decisión en este caso sean los interrogantes que se plantean los animales respecto de la veleidosa moral humana.


Clickear para ver el trailer en YouTube