domingo, 8 de marzo de 2015

Roxana después de las palomas

1

No solo Mar del Plata, en esos inusualmente cálidos días de septiembre, esperaba a Fernando en su viaje desde Coronel Suárez. Lo esperaba su querida tía Sofía, quien se había ocupado de los últimos aprontes que demandaba la casa que su sobrino había alquilado por veinticuatro meses, muy cerca del barrio donde pasara tantos veranos. Lo esperaban las amigas de Ro, ávidas de tela para cortar, desbordando de comentarios las entradas que la atacante publicaba en su “face”. Cándido hermetismo el de Roxi y sus compinches, no hacía falta contar con demasiadas astucias para adivinar el propósito que colaba a raudales, aderezado con emoticones “cancheros”, sí, los del ojito guiñado. Lo esperaba fundamentalmente Roxana, guarnecida con su vasto y flamante ajuar, centro de estética, dieta hipocalórica y dos horas diarias de cinta en el gimnasio mediante: “en el gim, en el gim o en la bici fija de casa; es que como está la cosa no te piso una vereda”, comentó más tarde a “Juli” en la sala de espera, Julieta, quien odiaba las apócopes bajo toda circunstancia.

Llegó a la casa de su tía Sofía a las seis de la tarde. “Sentate acá en la cocina, nene, preparo unos mates enseguida, hay facturas en la alacena, alcanzámelas. Conseguí los portobellos para la cena, me falta gratinarlos y nada más. ¿Unas papas a la crema de las que hace la tía te gustan para acompañar?” “Uh, dale, tía. ¿Compro un poco de reggianito para rayarles?” “Si te conoce la tía, probá el que está en el estante de arriba de la heladera, me parece que está un poco seco, …, este Diego.” “¿Diego, tiene la quesería todavía? Mi dios, tiene cerca de ochenta años el viejo.” “Y sí, por ahí debe andar, se va a morir en el boliche laburando. Estos gallegos son un fierro. Es el primer ruido de la mañana, a las siete y media recibe el camión de los lácteos, corta un rato al mediodía y a las cuatro, firme de vuelta el viejo. Ahora está cerrando un poco más temprano, pero el verano pasado tenía gente hasta las diez de la noche.” “El queso está espectacular. ¿Te acordás, tía, cuando me decías ‘tenés carita de quiero un yogur, andá a lo de Diego’?” “Claro que me acuerdo, y ahora tenés carita de sueño, comé algo y recostate un rato. Quedate esta noche acá, cenamos temprano si querés. Mañana te acompaño a la casa y cuando llegue el camión con las cosas te ayudo a acomodar. Hoy fuimos temprano con Delia y dejamos todo impecable, no hay más que arreglar lo que viene mañana e instalarte, nene. ¿Te parece?” “Dale, tía, hacemos así, tomamos unos mates y me voy a tirar un rato porque estoy molido de manejar,  hice el viaje de un tirón.”

Esa noche, después de cenar con su tía, Fernando se acostó en la cama del cuarto que siempre le fue asignado en ese típico chalet marplatense y se durmió en un santiamén. Sofía promediaba su relectura de Cuentos para la dueña dolorida, de Juan José Manauta, en su cama y con su gato Pedro en el regazo. En el mismo momento, Roxana, en una casa muy cercana, llevaba ya más de media hora hablando vía Skype con una de sus amigas respecto del corte de cabello, color de tintura y otros menesteres estéticos a tener en cuenta en el esperado y pronto primer ataque. Julieta, por su parte, en su cuarto, se masturbaba vehementemente y por segunda vez en el día evocando a Macarena (compañera en una materia del primer año de Letras), escena en la que en tiempo real introdujo a su exnovio Lucas. En tanto que Facundo, el mejor amigo de Fernando, redactaba en su notebook en un bar de Coronel Suárez, un artículo sobre la filmografía de Albert Serra para una revista cultural mexicana que eventualmente le encomendaba trabajos a cambio de un no tan miserable interdepósito. 

2

—Hola.

—Sí, buenos días. ¿Hablo con la señorita Julieta Repullo?

—Sí.

—Ah, qué tal, Julieta. Me estoy comunicando de Prodomar para comentarte que quedamos conformes con la entrevista que tuvimos con vos. Necesitamos que nos confirmes si te sigue interesando el trabajo de secretaria para el que te postulaste. El puesto a cubrir es de 17 a 21 horas, y necesitaríamos que comiences esta misma tarde si fuese posible.

—Sí… Mirá, …, perdoname. ¿Tu nombre?

—Soy Viviana, fue conmigo con quien tuviste la entrevista.

—Ah, cómo te va. El tema es que curso una materia en la Facultad los lunes justo hasta las 17, y tendría que llegar quince minutos más tarde ese único día. El resto de los días de la semana no hay problema porque curso mayormente a la mañana o hasta las 15 solo los jueves.   

—No te preocupes, eso lo podemos contemplar. ¿Vos podrías comenzar hoy mismo?

—Sí, no hay problema. ¿Te tengo que acercar alguna otra documentación?

—A ver…, no, tengo todo lo que necesito. ¿A las 17 nos vemos entonces?

—Ahí estaré.

—Yo habitualmente no vengo a la tarde, pero estos días voy a estar en tiempo completo porque estamos con cambios. Se fue uno de nuestros odontólogos y pasado mañana se incorpora otro doc que se mudó ayer a Mar del Plata, así que no vas a ser la única persona nueva. Vos te vas a ocupar de los pacientes de él y de los de los doctores Robledo y Araujo.

—Bueno, a las 17 estoy ahí.

—Hasta lueguito, Juli.

—Hasta luego… “Juli”, “Juli”, …, Espero que esta mina no mienta cuando dice que no va habitualmente a la tarde porque me desgastó con sus sandeces durante los diez minutos que duró la entrevista. Bueno Julieta Repullo, has pasado a ser parte del mundo del trabajo… Las nueve y media ya… Qué calor para ser septiembre. Septiembre, cumplo diecinueve años el mes que viene… Ojalá hoy pueda cruzarme con Macarena. Desde abril hablando y nada. Pero mira de reojo cuando la agarro de sorpresa, como diciendo “me va la movida”. Mi diooos, ayer con el calorcito y esa pollerita, sentadita en la escalera, me liquidó. A ver, vamos a empezar con algo tranqui para escuchar, Ju-lie-ta, vamos con… John Foxx, Catedral Oceans. Y a estudiar para el parcial, el dichoso parcial…

3

A Fernando lo contrariaban sobremanera las tardanzas, las esperas. El camión de mudanzas llegó apenas cinco minutos después de la hora acordada. En una coyuntura diferente, la buena fortuna que representaba para él un hecho tan —desde su perspectiva de las cosas— poco habitual, hubiera sido motivo de alegría. Es que la relación con Gabriela, su exesposa, no había terminado nada bien. Fernando había desestimado el consejo de su abogado de seguir dando pelea judicial para tratar de evitar que la otra parte se quedase con lo que, según el entender profesional de su letrado, era un excesivo botín. Cedió a las demandas de su entonces cónyuge, quien no dejaba pasar oportunidad en las audiencias de recordarle su falta de interés por el sostenimiento económico del mínimo exigible (desde su codiciosa valoración del asunto) de cláusulas domésticas, objetivo al servicio del cual, de parte de ella, solo habían sido puestos sus reclamos y las esmirriadas utilidades (pese a contar con una Licenciatura) de la venta de un plan de adelgazamiento basado en la “reprogramación de patrones mentales engordantes”, sistema que según afirmaba la oferente, no contaba con la repercusión que merecía en Coronel Suárez porque: “la gente de acá se quedó en el tiempo, …, las dietas no funcionan, no saben que el que cree, crea, si te visualuizás divina, te vas a ver divina.” Gabriela no logró augurar que su afán de ser por siempre la señora de un Profesional de la Salud —con mayúscula, como le dijera en otro tiempo su madre a instancias de embarcarla en la conquista de Fer— se vería truncado tan abruptamente. “No tiene remedio, arreglando muelas gratis a paisanos muertos de hambre; es el comunista de Facundo el que le llenó siempre la cabeza a mi marido”, despotricó poco antes del precipitado desenlace, llorando a mares a los pies de mamá, quien contenía la humanidad de su hija derrumbada sobre la alfombra, sentada ella a horcajadas en el sillón desde el cual, en ocasiones más felices, había impartido a Gabriela los rudimentos de conquista al joven pronto a regresar al pueblo con su título bajo el brazo, un próspero futuro y “un nombre”, …, “UN NOMBRE” por delante. La unión de Fernando con Gabriela no había dado hijos como fruto. La Licenciada, cuando aún no lo era,  pretextaba que primero debía concluir su etapa de estudio, que viajar a Bahía Blanca tres veces por semana la consumía. Una vez finalizada la fase universitaria, a sus treinta y dos años, la excusa pasó a ser que su marido no ofrecía, dada su evidente falta de interés por “progresar”, un contexto favorable para traer una persona al mundo. Sin embargo, el antecedente de las desavenencias acarreadas a lo largo del desdichado matrimonio, no obstó para que a los tres meses de la partida de su exmarido a Mar del Plata, Gabriela se traslade allí arrepentida y de incógnito en busca de recapturar a quien, según su replanteo de los acontecimientos, seguía exhibiendo más haberes que debes.

En cuanto a Fernando, no era el desafortunado final de sus casi diez años de enlace lo único que perturbaba su tranquilidad. Nuestro personaje infería que era su pronto arribo a Mar del Plata lo que motivaba las publicaciones en Facebook de Ro, que como se ha informado al principio del relato, daban cuenta de un cripticismo infantil, transparentando como corolario, sus ambiciosas expectativas: “alguien que quiso ser mi boyfriend se viene a vivir a mdq”, “estoy libre, libre y preparada para un nuevo amor”, “recién separadito y con chapa, chicas, ¿qué les parece? ¿qué le aconsejan a su friend?”. En Coronel Suárez, Fernando y Facundo divertíanse desde hacía años husmeando el muro de Facebook de Roxi (quien había mandado al primero una solicitud de amistad que no había sido confirmada). Según el bohemio compinche del altruista odontólogo, la solicitante constituía el “perfecto y más acabado paradigma de la pelotudez humana”. Habían llegado ambos a la conclusión de que el clímax en la expresión de este prodigio, había sido alcanzado como consecuencia de la publicación hecha por la fisgoneada en la red social, de una foto en cuya descripción detallaba la marca de cada prenda y accesorio con los que posaba, desde los anteojos hasta los zapatos, detalle en el que se incluía el precio de cada artículo y la referencia del lugar en que había sido adquirido. Pero ya instalado el pretendido en la ciudad atlántica, la cercanía de Roxana estaba ligada a potencialidades que este deseaba ahuyentar a toda costa. Esa mañana, mientras terminaban de acomodar en la casa recién alquilada los pocos bienes que habían llegado desde Coronel Suárez, Sofía confirmó las sospechas a su sobrino: “…no para de preguntarme por vos desde que le conté que te divorciaste y te venías, perdoname, querido, me preguntó por vos hace unas semanas y hablé sin pensar; me ve entrar a lo de Diego a comprar algo y se cruza para sacarme el tema. El otro día le tuve que decir dónde ibas a atender. Lo iba a averiguar de todos modos. Pensar, nene, el metejón que tenías cuando eras chico con ella.”

4

A los pocos días de conocerse en Prodomar, Julieta y Fernando fornicaban con pasmosa asiduidad. Pero sería injusto apuntar solamente esta faceta de su relación. Para Julieta, la personalidad de Fernando —principalmente los pilares que suscitaban su rechazo hacia las convicciones de Roxana— alimentaba su esperanza en que el mundo no siempre acababa logrando cincelar esos sujetos que tanta repulsa le provocaban y que tan frecuentemente hallaba entre los adultos. En rigor de ser honestos, debemos referir que también algunos adolescentes que la rodeaban, conforme su opinión, esbozaban ya algunas particularidades que detestaba, principalmente esa mezcla de nimia preocupación por lo estético (cánones de belleza física, marcas de ropa e incontables fetiches accesorios considerados como imprescindibles), en comunión con un enfoque filosófico pasatista y nada riguroso ante cuestiones que ella consideraba capitales. En una ocasión, eliminó a todos los “amigos” de Facebook que contribuyeron a la propagación de un video en el que un joven sin brazos ni piernas, se mostraba realizando todo tipo de proezas físicas y dando ánimo a estudiantes norteamericanas preocupadas por su exceso de peso. Los aspectos más sobresalientes de la personalidad de la joven amante y amiga de Fernando (espíritu contestatario, libertad y ambigüedad sexual, aversión por la normalidad y las singularizaciones) conformaban lo que desde la perspectiva de Roxana —quien a mediados de octubre interactuó con ella por primera vez— significaba ser una “reventadita”. Fernando por su parte, reconocía en la avenencia con esos rasgos del carácter de Julieta, un nuevo espacio en que moverse y oxigenarse, lejos de las disonancias acaecidas hasta hacía tan poco tiempo con Gabriela. La joven estudiante de Letras, encarnaba también para él una égida ante los embistes de Roxi, quien —hasta recibir tiempo después la explosiva primicia de parte de una colega, concurrente también al centro odontológico en donde trabajaban nuestros amantes— nunca habría atinado siquiera a contemplar la más mínima posibilidad de un affaire entre el inspirador de sus cálculos y cavilaciones y alguien de la calaña de la “reventadita”. Por último, las largas conversaciones que Fernando disfrutaba tener con la adolescente, paliaban su tristeza por no contar con la cercanía de Facundo, su incondicional amigo de toda la vida, dado que para ambos camaradas, no había nada como charlar de bueyes perdidos durante horas, mate, café o whisky mediante, y pronto Julieta —además de devolverlo a la esfera de sus mejores ciclos sexuales, experimentados en los años de estudiante universitario—  ofició ese rol en la nueva vida de nuestro filántropo dentista.

5

—Me pierdo en tu casa, es enorme, rara. ¿Cocinamos algo, Fernando?

—¿“Fer” no suena mejor?

—Detesto las apócopes.

—Por eso te lo digo, “Juli”.

—Qué gracioso el viejito.

—Pará, nenita, que tengo treinta y ocho años, no setenta.

—Tu tía también las odia. Me contó el día que fuimos a cenar que no le va para nada que la llamen “Sofi”. Y por lo de viejito no te ofendas. No es una deshonra envejecer. Solamente en una cultura pelotuda como en la que vivimos puede ser tomado como un valor el aplazar algo que de todos modos es inevitable. Además me gustan los jovatitos. Tengo un profesor de sesenta y dos años que en su momento me calentó.

—¿Y ahora? Ah, cierto, estamos Macarena y yo en el top two.

—Macarena ya no. Detesto la histeria. Ahora estás vos solito en el podio. ¿Pedimos o cocinamos?

—Tengo más de media pizza precocinada en el freezer. ¿Alcanza?

—Dale, yo la caliento… Che, mañana va de nuevo al consultorio tu “pretendiente”, como la llama Sofía. Me tenés que contar más de ella. ¿Cómo la bancás? Batile sutilmente la posta, pero de una, y listo. En otro caso diría “pobre mina”, pero la verdad es que con una sola vez en la sala de espera me alcanzó para darme cuenta de que además de boluda es una garcha de ser humano. Estábamos solas a esa hora porque fueron los días en que Araujo estuvo en el Congreso y a Robledo le cancelaron dos turnos seguidos. Tiró una ristra de tópicos que aborrezco: “con la autoridad que me da ser profe de secundaria, te digo que los chicos de los barrios periféricos son un caso perdido”, “Fer es joven todavía, pero tiene que ir pensando en rehacer su vida, ya no tiene veinticinco años”, “la tía es un poco rara, se pasa el día leyendo, ¿de qué vive esa mujer?, podría buscarse una ocupación para no aburrirse”, “en el gim el otro día había una pareja gay besándose, no sé, a mí te confieso que me dan asco; si me entero de que alguna de mis hijas tiene un profesor gay, la cambio de colegio”, “las chicas con el padre no quieren saber nada, y por un lado mejor, nunca se esforzó por conquistar a las nenas”. No paraba de hablar, y yo contestándole con monosílabos. Imaginarás mi cara ante semejante perorata, se dio cuenta de que me cayó como el culo todo lo que tiró. No te conté en esa oportunidad de toda esta arenga porque me enteré previamente por Sofía de qué iba la mina, tenía miedo a que lo interpretaras como un acto de celosía de mi parte. Debe ser la clásica despechada que pone a los hijos en contra del marido que la dejó por otra.

—En este caso fue otro.

—Con razón ese discursete de lo gay. ¡Maaamita, qué horror de personaje la dichosa Roxi! ¿De qué es profesora?

—Inglés. La tía se avivó y contó poco y nada el día que fuimos a cenar, pero yo tuve un metejón de la hostia con ella, sobre todo a partir del día…, bueno…

—¿Qué? ¡Me contás o te asesino! ¿Cómo te enamoraste de eso? ¿Cuando eras pendejo?

—Sí, no sé, yo creo que fue la primera calentura importante más que un enamoramiento. Me acuerdo exactamente del día en que arrancó la pasión.

—Ja ja…

—Fue en enero del ‘89. Yo tenía trece años, ella catorce, me lleva un poco más de un año. Hizo un calor de puta madre.    

—Contame. Ya está la pizza. ¿Hay vinito? Tengo ganas. Contame. 

—Abro una botella. Como contó Sofía el día en que cenamos con ella, Roxana toda su vida vivió en la cuadra. Por eso le saca data mía, la tiene a mano, la acorrala en lo del gallego y le arranca información. En esa época vivía obviamente con los padres, el padre murió cuando ella todavía estaba en la secundaria y cuando se casó, la madre le dejó la casa y compró un monoambiente en el centro.

—Ah, pero estás al tanto de todos los detalles. ¿No te gustará todavía la reaccionaria esta?

—Ni a palos, es más, con la cara de “te quiero conquistar” que tenía cuando fue a atenderse llegué a padecer escalofríos y vergüenza ajena a la vez. Y mañana otra vez…

—Es que está claro que lo que persigue de vos es la chapa profesional. Si supiera lo que detestás todo eso. Ese tipo de mina advierte que se le viene la noche respecto de la edad y se desespera por encontrar su media naranja, eso sí, a un laburante raso ni la hora le dan. Cómo cayó vestida a la consulta, todo premeditado, flamante. ¿Viste la ropa? Todo nuevo, una onda negligé “después tengo gim y no hago a tiempo para cambiarme pero igual estoy di-vi-na”. Tenía ese olor a prenda de algodón nueva, y un perfume de guerrerona… No me preguntes cuál porque no tengo ni idea de perfumes.

—La religión no te lo permite.

—¿Es una crítica?

—No, al contrario.

—Contame lo de la calentura de pendejo que me muero de curiosidad.

—Fue un día de muchísimo calor que terminó en tormenta de verano con granizo, como te dije, enero del ’89. Nos conocíamos del barrio. Mi tío Felipe, el fallecido marido de Sofía, invitaba a los chicos del barrio a la pileta.

—Tal vez porque no tuvieron hijos.

—Puede ser.

—¿De quién es hermana Sofía?

—De mi viejo. Esa tarde vino ella sola. Los tíos se habían ido a dormir la siesta. Encima Felipe, cuando se va y nos deja solos, me guiña el ojo sin que ella lo vea, como incitándome al ataque. A mí hacía un par de años que me daba vueltas en la cabeza la dichosa Roxi, porque la verdad es que estaba muy buena. Convengamos que uno a los trece años no repara en las boludeces que dice alguien, haciendo de eso un punto flojo a la hora de elegirlo. Porque honestamente, la consumada pelotudez de su discurso siempre fue lo que la caracterizó. La cuestión es que nos quedamos solos y ella empezó a hablarme de un pibe del barrio que supuestamente le gustaba.

—La clásica, histérica pelotuda, desde chiquita.

—Sí, de todos modos yo me daba cuenta de que la tenía servida. Pero no encontraba la forma de salirme del diálogo del pibe que decía le gustaba, y como un gil se me ocurrió la tangente de contarle que estaba leyendo La casa de los siete tejados, cosa que era verdad, me la había pasado el tío porque habíamos hablado de literatura unos días atrás, y viendo que yo tenía lo que según él era para mi edad una “buena base”, me prestó la novela de su “biblioteca santuario”, como le había puesto Sofía a la biblioteca del tío, ya que los dos se pasaban horas ahí leyendo en un silencio zen; Sofía lo sigue haciendo, yo creo que es una forma de seguir estando con él, ¿no?

—Claro que sí, en cierta forma sí, yo creo que uno es correspondiente con cierta literatura, porque encuentra ahí algo de sí. Ese algo es lo que sigue estando en la biblioteca, en los libros con los cuales tu tío comulgó, y es lo que Sofía recobra de Felipe.

—Uh, nos volvimos proustianos.

—No necesariamente, Fernando, pero debo contemplar la posibilidad de que mi abuso del verbo recobrar se deba a mi devoción por Proust.

—Epaaa, una trotskista leyendo a la burguesía francesa obnubilada por la nobleza.

—Si decís eso no entendiste nada de Proust.

—Te cargo, Juli, perdón, Julieta. Ya sé que detestás, perdón, detestamos las simplificaciones.

—Y las apócopes. Exonerado el jovatín que se parte de lo bueno que está.

—No vayas por ahí si no querés que interrumpa la narración.

—Nooo, me convertí en una monja de noventa años, prosiga, doctor.

—Prosigo. Como Hawthorne y su novela evidentemente no iban a funcionar como tema de conversación, la dejé explayarse en relación al pibe que supuestamente le gustaba y no le pasaba bola. No te imaginás la de posturas que adoptó en la reposera para hacerme excitar. Yo explotaba de calentura, tenía una mallita verde agua de dos piezas que estaba siempre mojada porque se daba chapuzones en la pileta a cada rato, invitándome a acompañarla. Yo como un papanatas en vez de tirarme y arremeter en el agua, le decía que no me quería mojar de nuevo, que se me estaba secando la malla, un cagón. Siempre fui bastante lenteja.

—Conmigo no.

—Ehhh, bueno, la cuestión es que fue pasando el tiempo en medio de esa turbadora situación y se vino una tormenta tremenda, con un granizo y un viento que no nos permitían estar ni en la galería. Aparecieron los tíos y nos hicieron pasar a tomar la merienda. Ella me miraba con cara de “qué gil que sos, la que te perdiste por cobarde”. Pero aunque en menor medida, siguió amigable conmigo mientras tomábamos el té. La tormenta no duró mucho. Cuando terminamos de merendar, ya que había parado de llover, me sugirió ir hasta la cuadra en la que el pibe que presuntamente le gustaba se reunía con sus amigos en la vereda. Acepté. Y acá el punto más jugoso del condenado incidente: en el camino encontramos dos palomas heridas, seguramente por el granizo. Una de las dos estaba casi muerta, la otra aleteaba pero no podía volar. A mí siempre me afectaron excesivamente ese tipo de situaciones con los animales. No sabía qué hacer, si ir a buscar al tío para que hiciera algo, si tocar timbre en la casa en cuya vereda estaban las palomas; en fin, me puse a llorar como un nene de seis años, intentando hallar en ella una comprensión que ni por asomo encontré, ya que como respuesta a mi llanto lanzó un “qué idiota que sos, nene, los hombres de verdad no pierden el tiempo con un animal de mierda, no es un perro además". Yo le pregunté qué diferencia había, si acaso las palomas no sufrían, pregunta que recibió como réplica un “aaay, pará de llorar maricón, ¿no serás puto vos?” Y así terminó ese verano con Roxana. Pegó media vuelta y me dejó solo llorando e impotente.

—¿Y las palomas? ¿Las salvaste?

—Me recompuse y fui a buscar al tío. Cuando volvimos, la que estaba más maltrecha ya había muerto. A la otra la llevamos a la casa de mis tíos y la salvamos. La tuvimos en una caja en el lavadero, la alimentábamos con miga de pan humedecida, y en unos días la pasamos a la galería de la que seguramente salió volando, ya que de buenas a primeras desapareció de la caja. Respecto de la futura “profe de inglés”, volví a los pocos días a Coronel Suárez hecho trizas. Los tíos interpretaron que tenía un metejón no correspondido hacia ella, cosa que en cierta forma era verdad, no me la había podido cojer, pero mi taciturnidad se debía principalmente a mi inferencia de que estaba hecho de otra madera, particularidad que adivinaba me iba a hacer difícil mi relación con el mundo toda mi vida. Mis viejos, advirtiendo mi tristeza y ante mi negativa a hablar, se comunicaron con Sofía y Felipe para preguntarles qué había pasado. De eso me enteré años después a través de mi tía. Por suerte, en marzo de ese año conocí a Facundo en el colegio y descubrí que no era el único, que no éramos muchos pero existíamos los seres malditos, usted me entiende petit Baudelaire. Volví a pasar los veranos subsiguientes en Mar del Plata, pero con Facundo, razón por la cual ya no necesitaba para no aburrirme a los oportunistas que venían a la pileta de los tíos. Con Roxana me crucé cara a cara un par de veces en el barrio, pero no medió entre nosotros más que un frío saludo cargado de un odio no disimulado y en dosis abundantes. Y ahora, mirá vos…

—Ahora los años han pasado y la chapa ha obrado milagros. Quedó atrás el mariconcito que lloraba por las palomas. Ahora es un odontólogo que le puede suministrar un buen pasar y hacerla la envidia de las amigas forras que debe tener.

—Parece que sí.   

6

Roxana, poco después de su primera visita al consultorio de Fernando, se enteró de su affaire con Julieta a través de una colega (“ammmiga” en cierne), profesora de matemáticas, en la sala de profesores de uno de los colegios privados en que daba clases: “¿la yegüita de la tarde de Prodomar? Sí, Ro, anda con el odontólogo nuevo. Los vi el domingo de la semana pasada en el café que da al valle, en la sierra, solitos los dos en una mesa y a los arrumacos. Qué desperdicio. Él se rompe de lo fuerte que está; un poco petisón, pero esos ojos y ese culo. Yo a la pendeja la tuve de alumna en la Media…, bueno, me guardo ese dato porque estas cooosas... Les sacaba canas verdes a todos los profesores. Discutidora y contestataria como ella sola. Un día salió el tema de la homosexualidad. No te imaginás las declaraciones, sin que se le mueva un pelo hizo una defensa de la bisexualidad con argumentos que seguro trajo de la casa…, era una chica de quince años en ese entonces, y por sí sola, no sé… Mi marido conoce al padre porque es proveedor de la empresa en que el tipo trabaja, y parece que con la mujer hacen pareja abierta. Me contó que un compañero de trabajo vio a la madre de la pendeja con un punto, y cuando le va con el cuento al tipo, él le dice: ‘ah, sí, es uno de los novios que tiene.’ No lo podía creer cuando me lo contó. Además me dice mi esposo que es gente rara, viste que en los trabajos todo se termina sabiendo, se pasan tantas horas en el trabajo… A los parientes ni los tratan y con los vecinos poco y nada. A la dichosa Juli no la bautizaron cuenta el papito, como si fuese motivo de orgullo. Deben andar en algo raro. Por lo pronto, la nena, bien politizada que les salió. Bonita es la guacha, hay que reconocerlo; no me gusta el pelo tan corto, pero tiene una altura… Debe ser un poco más alta que él. La mujer no puede ser más alta que el hombre en una pareja. Podría haber sido modelo, pero con esa forma de ser…, es un medio en el que una no se puede exponer así, además, ¿para qué? Si yo hubiese tenido ese cuerpo y esos ojos, y bueh, Dios le da pan… En una clase, creo que de historia, se mandó un discursito en contra de la clase media que daba vergüenza por lo que contó la profe. ¿Ella qué es, POBRE ACASO? La clásica zurda con el verso de que los medios de comunicación esto, con que la iglesia aquello, con que las clases dominantes lo otro. No sé, la verdad, es como dice mi papá, a veces uno extraña otras épocas en que por lo menos esas cosas no se escuchaban".

7

Especulando con que toda esta artillería informativa era desconocida por Fernando, Roxana acudió a la segunda consulta con el plan de iluminar a su acosado acerca de la abominable estirpe que había catapultado al mundo a la “reventadita”:

—Bueno, Roxana, con esta muela ya estaríamos. Quedaría una limpieza y listo. Le pedís un turno a Julieta para dentro de un mes más o menos, así nos aseguramos de que los arreglos hayan quedado bien y la hacemos.

—Perdoname, Fer, que te diga, pero me enteré que tu compañerita de trabajo viene de una familia bastante complicadita.

—¿Quién?

—Juli.

—No le digas “Juli” porque odia las apócopes. ¿Por qué complicadita?

—Ahhh, mirá, los apócopos… Entre nos, salió el tema en una sala de profes y me contaron que la familia a la chica, para empezar, no la bautizó.

—Ah, mirá vos, a mí tampoco me bautizaron. ¿Estoy en problemas?

—Daaale, Fer, no embrooomes, en seeerio, che, parece que le gustan las mujeres a la guacha, y lo cuenta como si nada. De la familia mejor ni hablar, es para otro capítulo. Pero está bien, veo que te preocupa que la chica pierda el trabajo por ahí. Yo, una tumba, a pesar de que a Vivi, la administradora de acá, la conozco por terceros, pero seamos tolerantes como dijo el otro día el Papa Francisco.

—Seamos tolerantes entonces. Roxana, te dejo porque hoy estoy con mucha gente para atender.

—Decime Ro, che, nos conocemos de chiiicos, …, y desde chicos tenemos algo pendiente, ¿nos acordamos o pasó mucho tiempo?

—Tengo bastante mala memoria, ¿sabés? Nos vemos en un mes más o menos y terminamos con lo tuyo.

—Daaale, hasta lueguito, Fer.

Podía cortarse el aire con una uña dada la tirantez con que nuestra desairada Roxi solicitó el próximo turno a la ya a esa altura de los hechos aborrecida “reventadita”. La humillada aspirante a “novia en serio y futura esposa”, abandonó la sala de espera con un portazo, sucedido de un taconeo estrepitoso por el pasillo (que podía observarse por los vidrios de la recién aporreada puerta). El contoneo de caderas y la oscilación exagerada de la espalda, movimientos sobreactuados, nimbados por el flamante tailleur, estrenado para la frustrada ocasión, denunciaban el habitual artificio de Roxana de interpretar, ante ese tipo de inconcebibles desatenciones, su papel de personalidad de peso agredida por una inaceptable chanza del destino.

Decí que todavía sos un buen partido mi amor, caso contrario, tu ruta. Ya se te va a pasar. Serenate, Ro, después de todo, la chica sea lo que sea tiene derecho a trabajar. Pero no es para él. Le lleva casi veinte años. Este se la creyó de golpe… Seguro lo tenés loco todavía, Roxi, se está vengando de lo que le hiciste el día de las palomas. Qué rencoroso, pasó tanto tiempo, hay que saber perdonar… Ahora, pensándolo bien, apurate, porque entre lo que le debe haber sacado la ex y ahora esta mosquita muerta viviéndolo, te lo despluman, y como dice mamá, ya pasaron los tiempos del “contigo pan y cebolla”… A ver esa autoestima eh, que no sos una empleada doméstica tampoco, sos una Profesional de la Educación… Qué rápido van llegando los cuarenta… Pero las cosas por algo pasan, el que ríe último ríe mejor. Y el turno se lo postergo al boludo este, se va a arrepentir de haber estado tan frío conmigo… ¡La tarjeta! Le pido de nuevo plata a mami y listo. Qué vergüenza si las chicas se enteran que el tailleur lo compré en 12 cuotas, ¿cuándo me lo vuelvo a poner de nuevo? Salir a la calle con algo tan caro hoy en día…; y para ir a dar clase, no sé…, en las públicas ni loca… La reventadita, ¡qué vergüenza!, con esas ojotas hippies, esa blusita, el piercing en el ombligo y el jean roto a la altura del muslo. Claro, a esa edad se pasan horas tiradas en la cama y no engordan, el cuerrrpo que tiene la yegüita…, todo le queda bien… Así cuidan el trabajo estas mocosas. Por ahí le hablo a Vivi, al fin y al cabo, atendiendo en un lugar familiar y con esa facha de fácil, hay que darles un buen ejemplo a los chicos. Por un lado mejor, el tarado en cualquier momento la pierde en manos de uno más joven que le arrastre el ala. Y ahí pasás al frente, Ro. Decí que la tía es rara como él, si no te la pondrías de aliada, la tenés tan cerca y es un desperdicio esa vieja. A ver si le gustan las mujeres a esa también; no me le acerco más. Hace tanto tiempo que se quedó viuda y no se le conoció nada. ¿De qué vivirá? Bah, ahora le regalan una jubilación a cualquier vago, porque seamos sinceros, esta, mucha lectura, mucho cine, mucho arte, pero de moverse nada, y el difunto marido igual, andá a saber en qué anduvo toda la vida esta gente… No sé, pero yo al histérico me lo gano. Minga le voy el día que me dio el turno la reventadita, se lo suspendo y voy…, ¿en qué fecha estamos?, 7 de noviembre; hasta el año que viene no me ve la cara el odontólogo. Que se canse de la nena, o que la nena lo deje por otro, o…, ¡qué horror!, por otra. Pero mejor, mejor por otra, así aprende a valorar a una mujer decente como vos, Ro.

8

Mientras la primavera iba dejando entrever los indicios del advenimiento del verano, fenómeno curiosamente perceptible en Mar del Plata (ya que si bien el sol de principios de diciembre en el sudeste de la Provincia de Buenos Aires refulge con casi toda su fuerza, el viento proveniente del océano es todavía muy fresco) Julieta y Fernando comenzaban a transitar una etapa de su relación en que la opulencia de los primeros ardores, fue cediendo terreno a una convivencia que iba franqueando los días en un aire de mutuo y más escrupuloso descubrimiento. Recorrieron lugares de la ciudad que Fernando no conocía, a pesar de haber visitado tantas veces el lugar en sus vacaciones de infancia y adolescencia. Julieta —contrariamente a las irritadas meditaciones que había albergado Roxana— era una asidua caminante. Tenía prefijados varios circuitos con diferentes extensiones, que atribuía no al azar o al propio albedrío, sino a la ciudad, el habérselos preestablecido. Una vez revelados los perímetros, dejaba escoger a Fernando la caminata, que juntos realizaban generalmente después de la cena. En lo tocante a sus estudios, había dejado a fines de octubre de cursar las materias del cuatrimestre, objetando al tiempo, cuando fue descubierta, haberse encontrado abrumada por las obligaciones curriculares, por las ingentes cantidades de fotocopias que según ella, no daban cuenta en absoluto de las notas que intuitivamente había captado en su correspondencia con ciertos textos. Fernando temía que el abandono temporal o definitivo de la carrera, mantenido en secreto en un principio por la abjurante, se debiese a la relación que hacía casi tres meses se había iniciado de manera tan inesperada por ambos, temor que Julieta trataba de mitigar —no dejando de atribuir reservadamente cierta cuota de incidencia en la decisión al efervescente romance— argumentando que nunca había leído tanto como en aquellos días en que como se ha dicho, el fuego dio paso a una más diversificada convivencia. La hipótesis abrazada por la adolescente, de que un lector encuentra en un libro con el cual comulga, un artefacto para descubrir no solo la subjetividad de quien lo escribió, sino también la propia, la llevó a solicitar a su novio una lista de títulos que considerase capitales en su vida. Especulaba con que si determinadas obras establecían un sutil código de equivalencia emocional, por carácter transitivo, quienes empatizaran con el mismo libro, inopinadamente compartirían al menos cierta cuota de sintonía en sus individualidades. Leyó también en ese período cinco relatos escritos por Fernando, uno de los cuales Facundo —quien repentinamente se había radicado en México, D. F. para trabajar como redactor permanente en la publicación con la cual, hasta ese momento, colaboraba a distancia desde Argentina— le había propuesto publicar a su amigo, dada su gran extensión, en tres entregas. También en esa etapa, alguien hizo llegar vía telefónica a oídos de Viviana, la administradora de Prodomar, la primicia de la relación entre los dos nuevos integrantes del centro odontológico, noticia a la que se restó credibilidad, dado que había sido provista de manera anónima. Generalmente los domingos, Sofía agasajaba a su sobrino y la desertante universitaria, haciendo gala de sus extraordinarios e históricos almuerzos. Entretanto, Roxana preparaba su tercer intento. Cumpliendo con la autopromesa realizada el 7 de noviembre de cancelar el turno para la limpieza dental, había obtenido una nueva cita (llamando de mañana con el objetivo de evitar a Julieta) para el 6 de enero. Trataba por otro lado de no ser vista en el barrio por Sofía, reflexionando que un encuentro con la tía de Fernando podría ser interpretado por esta como un intento más de sonsacar información concerniente a la persona que ocupaba casi todas sus cavilaciones desde hacía ya meses. El soporte afectivo de sus amigas fue considerado como algo insustituible por la pretendiente. Sin embargo, lejos estaba de adivinar nuestra aspirante que más de una supuesta compinche, apostaba al malogro de su empresa, recomendando estrategias condenadas de antemano al fracaso, que no obstante, dado quizás el encandilamiento de Roxi ante la visualización del éxito que juzgaba inminente, no fueron advertidas: “dale masa al face, Ro, delatate que eso es lo que les gusta a estos tipos que se hacen rogar tanto; tampoco lo vas a nombrar, pero sé menos misteriosa y aprovechá de paso para destruir a la reventadita, hacete amiga y asustala con un mensaje al in-box diciéndole que lo conocés de chico y que en el fondo no es tan trigo limpio, que le conviene un pendejo de su edad”, “te tenés que vestir como ella, ponete un piercing, no das ni treinta mi amor, para vos el tiempo no pasa”, “transátelo de una en el consultorio al doc, andá bien en tren de trola, eso es lo que quieren los que la van de tímidos”.      

9

La tarde del 6 de enero fue muy calurosa. Roxana descubrió que Julieta no se encontraba en su lugar de trabajo. Una nueva secretaria contestaba los muy esporádicos llamados y recibía a la reducida concurrencia de pacientes a Prodomar. La puerta del consultorio habitualmente utilizado por Fernando estaba abierta, mostrando el lugar desocupado. Sin embargo, la voz del pretendido se escuchaba desde la sala de espera. “Buenas tardes, tengo turno con el doctor Fernando Rawson, Roxana Gil es mi nombre.” “Buenas tardes, sí, emmm, el doctor se está yendo en un rato, la limpieza se la va a hacer el doctor Robledo si está usted de acuerdo.” Roxana asintió tratando de recomponerse, le era difícil mantenerse en pie. La situación no le dejaba restos para reclamar sus derechos como paciente ante tan inadmisible destrato. Consintió en silencio, tratando de desdibujar el desengaño de su rostro. Entregó los comprobantes solicitados por la reemplazante de la “reventadita” y se sentó pensando qué excusa argüir para aplazar la visita. No se le ocurría nada. Se seguía oyendo la voz de Fernando. Si me lo cruzo me va a escuchar, me lo llevo a la vereda y le canto las cuarenta. Qué poco profesional. ¿Me lo habrá hecho adrede? Calmate, Ro, te atendés con Robledo y después te inventás una excusa para volver. Cómo me arde esta nariz de mierda. Por fin se abrió la puerta del consultorio de Araujo y el procurado, dando un abrazo a su colega, “chau, querido” mediante,  salió caminando hacia la puerta vidriada que una tarde, dos meses atrás, había sido aporreada por la víctima de un inconcebible despecho.

—Nos vemos, Andy —dijo dando un beso a la nueva secretaria.

—Suerte, doc.

—La limpieza te la hace Robledo —se dirigió a la quebrantada Roxana, pasando con ligereza a centímetros del lugar desde donde ésta observaba sin inspiración para improvisar reacción alguna.

Afásica, enfrentada a dos ancianas que aguardaban ser atendidas, se hallaba la buena de Ro, con su flamante piercing en la nariz, atravesando un orificio que todavía no había terminado de cicatrizar, con su blusa de bambula, sus jeans estratégicamente rotos en las zonas consideradas más convenientes, con sus ojotas de cuero de similar factura y apariencia que las que usara Julieta aquella fatídica tarde. El precio y la procedencia (aspectos inadvertibles para quien careciera de esa información) las diferenciaban. Las de la “reventadita”, compradas en una feria a una cooperativa de trabajo, las de Roxi, adquiridas en tres pagos al triple del precio de las primeras en un coqueto local de la calle Güemes. El perseguido abrió la puerta y comenzó a caminar el largo pasillo. Julieta entró desde la vereda, se detuvieron ambos en mitad del recorrido, se dieron un ligero beso en la boca, cruzaron unas palabras y comenzaron a caminar hacia la calle. La última imagen que vio Roxana desde la silla que la burla del azar le había hecho escoger para aguardar ser atendida, fue la de la mano de la adolescente pellizcando una nalga del escurridizo destinatario de sus afanes. Luego el sol, el fulgor del sol de enero resplandeciendo en una vereda solitaria. Sería inexacto decir que este revés fue como los anteriores, porque más de uno de nosotros ha experimentado en su vida la sensación de corroborar en forma manifiesta, una indeseable verdad acerca de la cual se nos ha puesto verbalmente en conocimiento, pero dado ese extraño mecanismo de supervivencia emocional que afinca en la duda su fuerza para hacernos seguir adelante en relación a algo a lo cual nos es difícil renunciar, dado tal vez el peso de todo lo que hemos depositado en ello, decidimos hacer oídos sordos y continuar con nuestra vida, aunque sea por unos instantes, como si nada hubiera pasado. Pero las evidencias visuales surten un efecto diferente. Pongamos por caso a un padre que se ha enterado de que su hijo murió en un accidente, quizás, mientras se encuentre en camino a reconocer el cuerpo en la morgue, la posibilidad de haber sido víctima de un error por parte de quien le ha hecho llegar la noticia, mantiene viva una cuota de esperanza en cuanto a volver a ver a su sucesor con vida. Pero esto no era la muerte, mientras hubiese vida… Y no obstante la flagrante prueba del beso entre Fernando y Julieta, no obstante el advertible estrecho lazo entre ambos, Roxana logró, sentada en la sala de espera, reatrincherarse y comenzar a rumiar un nuevo ataque. No sabía que la pareja no cruzaría más la puerta de ingreso a Prodomar. Ignoraba que ambos habían renunciado a sus trabajos. Quien había salido hacía unos instantes del consultorio de Araujo, había ido a despedirse de la gente que trabajaba en el centro odontológico. Julieta había hecho lo propio unos minutos antes, acto seguido, se había dirigido a buscar el auto a un estacionamiento, y constatando el olvido del comprobante, había vuelto a pedírselo a quien la encontrara en el pasillo, ya concluida su visita al lugar. Ambos partirían en unos días a México, D. F.; Facundo había logrado convencer por teléfono a su incondicional amigo: “el tipo es empresario hotelero, tiene muchísima guita, hoteles por todo el país, es un excéntrico, pero estuvo detrás de un par de proyectos de novelas gráficas que prosperaron, sobre todo en España, es un fanático del género. Le fascinó el relato que te publicamos; me pidió más cuentos tuyos y se los pasé, disculpame si hice macanas, igual están registrados. Dice que sos el escritor que busca. Yo le conté que sos un aficionado, que sos odontólogo, pero insiste, dice que abomina a los que la van de escritores ungidos por el medio. Te ofrece un año de paga, te banca la casa. Mecenazgo del siglo XXI. Dice que los cuentos están atravesados por un hilo conceptual sobre el cual quiere trabajar su nuevo proyecto. Te confieso que el tipo se ha equivocado en algunas movidas que no prosperaron, pero respecto de la guita no deja a nadie a gambas. Traete a Julieta. Me encantaría que volvamos a estar cerca. Te extraño chabón".  

La tarde castigaba con sus 37°C. La sala de espera, poco concurrida, era testigo de una conversación urbana entre las ancianas y la nueva secretaria. Pero ella renunció esta vez a participar de ese tipo de coloquio, donde siempre sintió una reconfortante sensación al colar su axiomática mirada de las cosas, preservada de réplicas y rigurosidades introducidas por interlocutores indeseables como la “reventadita”. Preparaba una nueva embestida mientras aguardaba que Robledo la atendiera. Ahora, Ro, a renovarse, con la mejor onda. Positiva, po-si-ti-va. Podés consultar con las chicas, pero reciclar un poco el pilcherío vendría bien. Esa tal Gabriela…, me perdí la charla el otro día, pero la de la recepción del gimnasio habló maravillas del método que vende. De Coronel Suárez dicen que se vino a vivir a Mardel, igual que el pánfilo este, seguro que lo conoce…, en los pueblos chicos… La verdad es un poco caro el programa de adelgazamiento, pero estos cuatro o cinco kilitos de más te deben estar jugando en contra Roxi. ¡Reventamos la tarjeta de mami! Además, es como contaron las chicas que dijo la tal Gabriela en la charla: el que cree, crea, si te visualizás divina, te vas a ver divina.

domingo, 25 de enero de 2015

Whiplash: música y obsesión



Sangre, sudor, lágrimas y mucho jazz propone al espectador la intensísima y obsesiva experiencia a la que nos invita el joven y premiado director Damien Chazelle

Los aficionados al jazz conocen la anécdota acerca de la deshonra que sufrió Charlie Parker cuando el baterista Jo Jones le arrojó un platillo en medio de una jam session. Así lo relata Roy Carr en el libro Un siglo de Jazz: “a una edad muy temprana, el impresionable (Charlie) Parker sufrió la humillación de ser expulsado de una jam session en Kansas City delante de sus compañeros. El incidente tuvo lugar cuando el innovador baterista de Basie, Jo Jones, mostró su descontento lanzando su platillo por el suelo mientras Bird tocaba.” Damien Chazelle, director y guionista del film que se está reseñando, padeció por su parte los tormentos infligidos por un profesor cuando intentó seguir la carrera de baterista, empresa de la cual desistió al constatar su supuesta falta de talento para la música. A raíz de esta experiencia, surgió un corto que triunfó en Sundance y que ofició como precursor de Whiplash.

Andrew Neyman (Miles Teller) es un ambicioso estudiante de batería de 19 años de la escuela de música Shaffer de Nueva York. Su anhelo de consagración no le permite imaginarse siquiera quedar en los anales del jazz un ápice por debajo de un Buddy Rich o un Max Roach, y está dispuesto a todo lo que sea necesario para lograrlo, incluso a someterse a los despóticos métodos de enseñanza del profesor Terence Fletcher (J. K. Simmons). La película no se propone otra cosa que narrar el abrumador derrotero que conlleva este proceso de formación. Todo se centra en eso, utilizando solamente un par de historias subsidiarias al relato principal [la del padre de Andrew (Paul Reiser) y la de la fugaz novia (Melissa Benoist)] con el único objetivo de agigantarlo.

Tal vez el interrogante más claro que plantee la película sea el de si es válido, en nombre de la excelencia artística, en busca de un Bird o un Davis (si de jazz hablamos), apelar a métodos pedagógicos que pongan en riesgo incluso la integridad física o la vida de quien los padezca, pero que acaso, en última instancia, tras horas de sangre, sudor y lágrimas, salga redimido y acrecentado gracias a ellos.

La actuación de J. K. Simmons en este rol opinablemente secundario es maravillosamente agobiante. Por su parte, la interacción de la música —protagonista primordial a lo largo de los 106 mts. de duración de la cinta— con la rítmica visual que propone Chazelle, es quizás el logro cinematográfico más claro de esta historia de ascenso a las cumbres de la gloria musical. Un capítulo aparte es el último concierto, en que este contrapunto de imagen y sonido llega a su clímax.

Whiplash está nominada al Oscar (2015) en las categorías: “Mejor película del año”, “Mejor actor secundario” (J. K. Simmons), “Mejor guión adaptado”, “Mejor logro de edición” y “Mejor mezcla de sonido”, habiendo cosechado lauros y estando promovida a futuros galardones en numerosas competencias como los Globos de Oro (2015), Premios BAFTA (2015) , Screen Actors Guild Awards (2015), Premios AFI (2015), Festival de Cine de Cannes (2014), Los Angeles Film Critics Association Awards (2014) y una profusa lista de otros premios al Cine. 



Ficha técnica:

Título: Whiplash: música y obsesión
Título original: Whiplash
(Estados Unidos (2014), hablada en inglés)
Dirección y guión: Damien Chazelle
Fotografía: Sharone Meir
Música: Justin Hurwitz
Edición: Tom Cross
Diseño de producción: Melanie Paizis-Jones
Elenco: Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Nate Lang
Distribuidora: Sony Pictures
Duración: 106 minutos
Calificación: apta para mayores de 13 años


lunes, 19 de enero de 2015

Vicente en otoño

Vicente ladraba todo el día. Ladraba, lloraba, aullaba, padecía hasta que pudimos rescatarlo de los suplicios infligidos por Annie II. De esto hace apenas unos días, me refiero al osado salvataje de Vicente. Verla ahora ahí, cerca de las once de la noche, iluminada por los resplandores de la tormenta que se está llevando el último calor del verano, aunque nunca se sabe en estos tiempos en que los fulgores del estío acostumbran extenderse hasta fines de marzo en esta región. Pero en este momento el mar se escucha desde acá, a seis cuadras de distancia, las ráfagas traen consigo el rugido de las olas zurradas por el viento sur que barre con todo, hasta con mis ganas de cesar, …, desde siempre, desde siempre fue así. Ah, Annie, Annie II, hablaba de ella; observarla en este instante tan distinta de cuando azotaba al pobre Vicente. Sin embargo respira y mueve su antebrazo izquierdo, aguanta como su ficcional precursora. La bautizamos así con mi exnovio Gastón, a Annie, Annie II. Nos recordaba a Annie Wilkes, ese personaje siniestro que protagonizó Kathy Bates en Misery, una película de 1990 dirigida por Rob Reiner, basada en una novela de Stephen King que veo al menos dos veces al año. Annie Wilkes es una enfermera que mantiene cautivo en una granja de montaña, en pleno invierno, a Paul Sheldon (el autor de su saga literaria favorita), representado este por James Caan. Lo somete a todo tipo de atrocidades en una mezcla de desenfreno amoroso patológico y empecinamiento por torcer el destino literario que el escritor atinadamente escogió, matando ficcionalmente a la heroína de la popular quimera. Las une la profesión, enfermeras las dos, un notable parecido físico, marcadamente robustas ambas Annies, y ni hablar del espíritu bárbaro de vengar la futilidad de una vida descargando las iras en un ser desasistido en medio de algo bastante parecido al infierno, Sheldon en ese gélido páramo de Colorado, Vicente en el patio de este dúplex (que en realidad debería llamarse tríplex), ya que son tres viviendas aglutinadas e idénticas las que conviven en esta manzana olvidada por el progreso inmobiliario del barrio, que ha tomado otro curso, dejándonos a los Arena, a Annie II, su hija Cecilia y su rehén; y a mí, habitando esta apretada agrupación de casas análogas que hace unos años, pretendieron anticiparse a un poblamiento del vecindario, que por misteriosas razones, decidió anclar en otros bloques que pueden observarse desde mi balcón que da al noreste. Annie II alquiló el dúplex lindante al sudeste con el mío, hace poco más de dos años. Se instaló con el pobre Vicente y Cecilia; una réplica adolescente casi exacta de su madre respecto a las características físicas: dieciséis años, tres consolidados dígitos de peso, hablando en kilos, execrables, inmensos anteojos (excepción a la norma), más de un metro ochenta de altura. Quizás no escuchemos más a Annie II a través de los condenados muros de estas construcciones, engendradas por granujas que ahorran en todo lo que pueden, recalcarle su edad al voluminoso retoño cuando la conmina a bañarse: “tenés dieciséis años y te tengo que mandar a bañar, ¿no te da vergüenza a esta edad?, todas tus amigas de novias y vos en veremos, ¡rata!, rata y fracasada como tu padre saliste, qué lo parió; ¿o te creés que porque me dejó por una pendeja es un ganador ahora?” Por lo general, después de estas arremetidas verbales contra Cecilia, Annie II salía al patio en donde Vicente —atado con una soga que por lo corta, apenas le permitía echarse al piso a dormir sin ahorcarse— recibía una larga tunda de fustazos, prorrumpiendo en alaridos que aún hoy, contemplando al monstruo exangüe en sus acaso últimos hálitos, me siguen martirizando al recordarlos. Lo cierto es que cualquier desajuste emocional la llevaba a castigar al animal a quien, por otra parte, no podíamos considerar exonerado de sus pesares cuando cesaban los flagelos, ya que vivía ligado por esa corta soga a un tapial, en una pequeñísima parcela que en verano recibía de lleno el sol del mediodía y de la tarde, y sin ser demasiado gráficos, en otros meses, las inclemencias de toda estación, pasando por alto el abandono, la frugal alimentación y los días sin agua como castigo extra por vaya a saber qué motivo. Solamente lo desataba esporádicamente, cuando recibía visitas —tal vez con espíritu de adulterar la realidad ante sus invitados—, excepto cuando recibía a su amante, quien parece ser que compartía la decisión de Annie II de imponer ese trato a Vicente. No obstante, esas esporádicas liberaciones hacían que el perro recobrara la esperanza en el buen obrar de su dueña, circunstancia que provocaba, cuando ya no era necesario guardar las apariencias y era llevado nuevamente a su reducto, que aullara durante horas en su inocente pedido de liberación, hecho este que culminaba con una nueva paliza.

Afortunadamente, la corpulenta hija de quien ahora yace en el césped de su patio, empapada por la lluvia que no para de caer, pasa la mayor parte del tiempo en casa de sus abuelos paternos, y dada la situación que me permite estirar esta extraña y contemplativa venganza, la comunicación en los días en que la chica convive con sus abuelos, es por lo menos en apariencia nula o muy escasa en relación con su madre, particularidad que de truncarse arruinaría mi pasiva represalia.     

En cuanto a los Arena, ¿qué decir?, a fuer de ser honesta, debo referir que ejercen los preceptos religiosos que predican de una forma metódica y rigurosa, a punto tal que en lo tocante a la resolución del affaire Vicente no quisieron participar, esgrimiendo el argumento de que Dios y Su justísima sabiduría obrarían a su tiempo. Gastón, con quien ahora mantengo una hermosa amistad, trataba de embarcar a Juan, el jefe del clan Arena (conformado por éste, su mujer y sus tres hijos varones de once, nueve y cuatro años) en la gestión de una denuncia conjunta por malos tratos hacia el perro, ya que entre los dos habíamos especulado que si la acusación venía solo de nuestro lado, no contaría con demasiadas posibilidades de prosperar. Descartamos filmar las sesiones de tortura desde la ventana del dormitorio en que ahora me encuentro —que por ubicarse en la planta alta, permite una perfecta visión del patio en donde se cometían las fustigaciones— debido a que Annie II nos sorprendió la primera vez que lo intentamos, amenazándonos con que su amante César, personaje cuyo sombrío quehacer ignorábamos, nos la iba a cobrar cara si nos metíamos con ella: “no se metan en lo que no les interesa porque mi novio conoce gente pesada, eh. Además, yo con mi perro hago lo que quiero.” Previamente habíamos intentado hablar de manera civilizada con Annie (a esta altura del relato ya podemos prescindir del ordinal), pero sus réplicas daban cuenta de una psicología impenetrable por cualquier argumento a que pudiéramos recurrir desde nuestra visión del malhadado conflicto. Por fortuna, Gastón no llegó a comunicar a Juan Arena nuestro apresurado plan de rescate del perro, consistente en ingresar de manera furtiva a la propiedad arrendada por su martirizadora; a lo mejor en este caso mi vecino hubiera dejado de lado a la divina vara en la resolución del asunto, e inspirado por sus propios dictámenes, nos hubiera denunciado; o peor aun, encomendándose a la inmaculada admonición, recibiese del Todopoderoso la señal de entregarnos a la justicia humana, y hoy nos encontraríamos mi exnovio y yo acechados por Annie, su temible partenaire y algún magistrado burócrata haciéndonos pasar un mal trance.

Decía que el plan de restitución fue apresurado porque en nuestra contra jugaba el punto de que Annie sabía que la situación de Vicente nos afligía, con lo cual, la desaparición del perro nos delataría o por lo menos nos colocaría en el lugar de principales sospechosos. Pero la delgadez de los muros obró como una doble carta a favor. Hace hoy exactamente una semana, escuché la siguiente conminación de parte de la enfermera a su hija: “comprá de una vez la soga que te encargué para el perro, la que tiene está hecha mierda y en cualquier momento se rompe. Esta tarde te viene a buscar tu abuelo y yo no voy a ir a la ferretería porque no tengo tiempo, pendeja. El perro te lo regalaron a vos, y si la soga se corta y se escapa ni sueñes con que te voy a comprar otro.” Unas horas antes de este ultimátum, Cecilia, siguiendo consciente o instintivamente los funestos pasos de su madre, había descubierto un nuevo método de tortura destinado a Vicente. Era el primer día de la ola de calor que hoy culminó en esta tormenta que sigue empapando el cuerpo exánime de Annie, aproximadamente la una de la tarde.  La gigantesca púber, calculando el largo de la soga que mantenía al perro en un mínimo espacio, y contando con que haría más de un día que no bebía agua, llenó el recipiente vacío con agua y lo arrimó a una distancia a la que no pudiese llegar. Como corolario del espectáculo atroz que observé desde la ventana de mi cuarto, Celicia repetía la palabra Vicente, Vicente, Vicente de manera burlona, intercalando una risa macabra ante el intento desesperado de su víctima por llegar al agua, hecho que me dio una vez más la pauta de que la impunidad y la truculencia humanas son moneda mucho más usual de lo que incautamente podemos imaginar. Esa tarde no pude lograr que decante un ápice mi enfado, pero a las pocas horas del penoso tormento, escuché la conminación de la soga. Jugaba a nuestro favor la probabilidad de que Cecilia no comprase la dichosa correa, ya que la advertencia en tono exhortativo había sido bramada por su madre varias veces en otra oportunidad (época en que el salvamento no estaba planeado) sin ser cumplida solícitamente por su asignataria. Por su parte, el hecho de que el abuelo se llevase a la hija de Annie, aportaba un gran porcentaje de previsibilidad de que César se pasase a oficiar una de esas noches en que los intraducibles sollozos de mi vecina, atravesaban la delgadez de la pared medianera. Esa habitual circunstancia fue la segunda carta que colaboraría con nuestro plan. Me puse en contacto con Gastón, con quien ya teníamos un bastante deliberado esbozo de rescate, del cual en su tiempo habíamos desistido especulando con que Annie sospecharía de nosotros al descubrir que el perro había desaparecido. Pero desde esta nueva perspectiva, la desgastada soga se habría cortado por los tirones de Vicente, quien liberado de ella, saltaría fácilmente el bajísimo tapial utilizando como apoyo previo unos cajones de cerveza arrumbados contra él, zafando finalmente de su prolongada penitencia. Asimismo, los gemidos de Annie, junto con la orgiástica avenencia que completaba César, absortos los dos en vaya a saberse qué especie de lasciva ceremonia, nos permitirían proceder con nuestra estratagema con mucho menor riesgo de ser escuchados.

Previamente a desistir por los motivos ya expuestos, habíamos hablado con Héctor, un excompañero de secundaria de Gastón, veterinario, quien se comprometió a auxiliarnos en lo concerniente a dormir a Vicente, ya que la operación hubiera resultado inviable sin este paso, dado que el perro ladraba ante cualquier ruido, y sobre todo en el silencio de la noche, momento en que sería consumado el salvataje. Héctor invirtió gran parte de la herencia que recibió de un fallecido familiar sin hijos, en la compra de un predio de unas veinte hectáreas en el que instaló una reserva a la que va a parar todo tipo de animal con necesidad de cuidado. Cuenta con un disparador de dardos sedantes, ya que alberga a varios tigres y pumas provenientes de un zoológico municipal en estado calamitoso que por fortuna cerró. También con el conocimiento acerca del uso y la dosis apropiada para los diferentes portes de animales.

Ante la nueva coyuntura que el azar nos ofrecía, nos pusimos en contacto con Héctor, quien se comprometió a estar pendiente de nuestro potencial aviso. Si la suerte colaboraba con nosotros, al oír yo el motor de la moto del disoluto amante de mi vecina, transmitiría la novedad a mis cómplices para que se acercaran a proceder con lo estipulado.

No hubo que esperar demasiadas horas para que se nos ofrecieran las condiciones convenientes para consumar nuestro cometido. Alrededor de las diez de la noche, al escuchar el estrepitoso motor de la moto de César, contacté con mis aliados. La moto de nuestro turbio galán, oficia como una suerte de prolongación de su instintiva intención de ocultar las oscuridades de su espíritu (operación que no logra otra cosa que ponerlas más a la luz); la maniobra comienza por la sobredosis de cama solar, continúa con su vestimenta, excesivamente apretada y vulgar, vulgaridad que consiste no solo en la espeluznante apariencia de su atuendo, sino también en la combinación de horrores que exacerba la fealdad que singularmente cada prenda posee, y acaba con el rodado en que ruidosa y orondamente se pavonea. ¿Qué decir de la moto? Esos clásicos chatarros que pretenden parecerse a una “Harley-Davidson”, pura chapa y poco motor, comprados en 36 o 48 cómodas cuotas y a los que su dueño anexa todo tipo de barbarie estética: alforjas enormes, manillares con larguísimas tiras de cuero, espejos estrafalarios, aparatos reproductores de música que escuchan a un excesivo volumen en su afán de embelesar a las destinatarias de sus festejos, etc. Gastón me citó respecto de estas cuestiones, una noche en la que despotricábamos contra César, hartos de las explosiones de ese escape que hacía estallar como despedida final de Annie cuando partía, una frase de Moran, un personaje de Molloy, una novela de Samuel Beckett: “siempre me ha parecido algo abominable la grosera observancia de fachada, que sólo esconde los harapos del alma.”

Héctor y Gastón tuvieron la precaución de dejar el auto a varias cuadras de la manzana en la que convivíamos tan estrechamente los Arena, Annie con su hija y Vicente y yo. Cuando llegaron, mi vecina estaba recibiendo los apasionados embates de su amante, acompañados por los consecuentes alaridos, razón por la cual, ya que el plan estaba suficientemente meditado, procedimos. Abrí muy silenciosamente la ventana de mi cuarto, Gastón iluminó con una linterna al perro que dormía y Héctor disparó un dardo que cuando se internó en el anca de su destinatario, arrancó de su parte un gimoteo bastante ruidoso pero relativamente breve. Salimos cautelosamente de mi dúplex y dimos la vuelta rodeando el de Annie, con motivo de evitar que los Arena, cuya vivienda linda al noroeste con la mía, notasen algún movimiento. Gastón saltó lo más silenciosamente que pudo el tapial frontero con la desolación que ciñe las tres viviendas, retiró el dardo del anca del perro tal cual le había indicado su amigo, cortó la soga en el lugar más desgastado, lo alzó, y Héctor y yo lo recibimos. El resto de la empresa no consistió en otra cosa que en mis aliados alejándose con Vicente totalmente sedado. Cuando volví a mi refugio, Annie seguía bramando en su correspondencia con el atlético esmero del cocoliche, lo que arrojaba la pauta de que los amantes no habían notado ninguno de nuestros movimientos. A los pocos minutos recibí un mensaje de Gastón a mi celular confirmándome que ya estaban en camino al destino que previamente habíamos acordado para alojar a nuestro rescatado.    

La gala de mis contiguos fornicantes se extendió hasta la una y media de la madrugada. No se escuchó demasiado diálogo ni movimiento ulterior. El garañón voló pronto. Probablemente Annie y César se encuentren en una de esas fases en donde algunas relaciones amorosas comienzan a ser minadas por la fuerza del hábito, norma que deja de obrar en principio y en alguna medida en los momentos netamente sexuales, para arrojar también sus sombras sobre ese aspecto en un cercano o lejano futuro, dependiendo de las múltiples variables que suelen actuar sobre los vínculos humanos. Antes de las dos de la calurosa madrugada, oí el motor de la moto de César, con las consabidas aceleradas de despedida y la partida, partida que me atizó bastante ya que temí que Annie, antes de acostarse, verificase la presencia de su víctima en el patio. Pero no ocurrió lo temido por mí. Pronto se hizo un agradable silencio, que sin embargo no colaboró con que yo pudiese conciliar el sueño rápidamente.       

Juan Arena y Annie están hablando entre paredes de mármol con un gigantesco hombre de traje negro, cara de sapo. El hombre se hace cada vez más grande, explota y la sangrienta piel se adhiere a mi cuerpo, huele a puerto. Ya no están, pero me encuentro en un fangal del cual no puedo levantar mis piernas para dar un paso. Ahora Buenos Aires, bicicleta, calle empedrada, nadie a la vista. En una enorme terminal espero un bus que sé que debe venir a buscarme. Llega, subo, César lo conduce. No me habla. Suena un tango instrumental. Patagonia, estepa, cárcel. Paramos. Entro y me introduzco sola en una celda idéntica a mi habitación. Una luz insoportable. Un grito grotesco, agudísimo, me aturde: “Viceeenteeee, hijo de puutaaa, Viceeenteeee.” Me despierto. Observo la escena desde los orificios de mi persiana. Mi vecina golpea su cabeza contra el tapial que anoche saltó Gastón. Ahora corre hacia adentro de la casa, la sigo escuchando gritar. Pienso en los Arena. Ruego que no escuchen. Annie sale nuevamente al patio y repite los topetazos de su cabeza contra la pared. Se da vuelta como para correr nuevamente hacia el interior del dúplex. Frena en mitad del patio. Mira el sol del mediodía, prorrumpe en un definitivo y ahogado grito y cae de espaldas, con las piernas apuntando hacia mi punto de observación. Respira rápidamente. Pasan los minutos y la respiración se hace más lenta. Mueve su antebrazo izquierdo. 

Pasaron seis días y el cuerpo sorprendentemente sigue moviéndose, cada vez de forma más excepcional. Son las once y cuarto de la noche. Llueve cada vez más fuerte. El viento sur arrecia, ahora más impetuoso. Gastón y Héctor están al tanto de lo ocurrido con Annie. Creo en ellos cuando me juran que no van a contar a nadie nuestro salvamento de Vicente y nuestra decisión de hacer silencio ante las derivaciones. Ayer fueron a visitarlo a la quinta en donde vive desde hace unos días. Una gran familia humana y perruna lo ha recibido muy bien. Dicen que no para de correr y jugar con sus nuevos amigos. Los Arena no me preguntaron por mi vecina en estos días. Tal vez mañana finalmente llame alguien y decidan venir a ver qué pasó. Estaría de vacaciones, ya que evidentemente nadie en su lugar de trabajo ha intentado comunicarse con ella. Tampoco su familia y César lo hicieron. Cuando ocurra lo inexorable, si me interrogan, declararé que debido al calor, mi ventana y la cortina estuvieron cerradas herméticamente todos estos días, y encendido el aire acondicionado. Si la contingencia se posterga un par de jornadas más, pensaré en un argumento convincente para los ventosos y frescos días de otoño que se avecinan. Me voy a dormir escuchando The Head on the Door, de The Cure.

In between days ♫…


martes, 2 de diciembre de 2014

Come to My Voice: de Hüseyin Karabey (en el marco del 29° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)



Come to My Voice es el segundo largometraje del director turco Hüseyin Karabey. Lo precedió My Marlon and Brando (2008). La película —ganadora del Astor de Oro en la sección "Competencia Internacional" de la reciente edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata— narra el peregrinaje de una abuela (Berfé) de una aldea kurda del este turco, junto a su nieta (Jiyan), en busca de un arma que deberá ser canjeada a cambio de la liberación de su respectivo hijo y padre (Temo), quien se encuentra injustamente preso a raíz de una razzia llevada a cabo por el ejército. El marco natural imponente, la inmensidad de la montaña en contraposición con la simpleza de los poblados y la vida de la gente que retrata el film, confieren un ámbito magnífico a esta historia dentro de otra historia, dado que el cuento va siendo referido por un bardo dengbej, una suerte de juglar itinerante que no solo es testigo del pesaroso episodio en la vida de Berfé y Jiyan, sino parte fundamental en su desenlace. Los para nada incidentales tópicos de road-movie que posee la cinta, se acoplan con una rítmica narrativa que recuerda al trabajo de Abbas Kiarostami y con un retrato de etnias que remite al cine de Werner Herzog. Por su parte, la épica canónica implícita en este relato oral y visual, no resta en absoluto espacio a la reflexión sobre los aspectos más sombríos y luminosos del ser humano ante situaciones límites. Tres años de rodaje llevó a Karabey su Come to My Voice. Trabajó con un mix entre no-actores y actores profesionales, que en este tipo de "historias mínimas" ha probado ser muy efectivo. Es por su parte innegable que el aporte del monumental entorno natural encuadrando el periplo de la pertinaz Berfé y su nieta Jiyan, es un haber que coopera con creces. Además del Astor de Oro, la película ganó este año el premio Cineuropa en la 33° edición del Festival de Cine de Estambul, obteniendo asimismo el galardón por "mejor banda sonora" y el premio otorgado por el público. 



    

domingo, 30 de noviembre de 2014

I, of Whom I Know Nothing: de Pablo Sigg (en el marco del 29° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)



Solemos armar nuestro itinerario festivalero remitiéndonos a recomendaciones de especialistas, publicaciones de cine, Caros Diarios y demás hojas de ruta, para trazar un recorrido a través de estos nueve vertiginosos días que por suerte podemos disfrutar una vez por año en Mar del Plata. Pero es también un buen ejercicio apelar al azar o a la intuición a la hora de escoger una cinta, ya que seguramente muy poca gente esté al tanto de los antecedentes de la ingente cantidad de directores cuyos trabajos se presentan en los Festivales de Cine. Siguiendo este intuitivo rastro, quien escribe descubrió I, of Whom I Know Nothing, un documental del director, realizador de video y ensayista mexicano Pablo Sigg. La película se centra en el editor inglés y amigo entrañable de Samuel Beckett, John Calder, quien vive en un suburbio parisino, en un sótano rodeado de libros, escuchando a Schubert en vinilo, accediendo a dar testimonio de sus vivencias junto a uno de los más grandes dramaturgos y narradores del S.XX. En esa lentitud conferida por el contexto y una bellísima y lúcida ancianidad, Calder narra aspectos de la personalidad de Beckett que nos ayudan a trazar analogías con los recurrentes y obsesivos temas de su obra. Pero no solo en París son realizados los encuentros, ya que director y entrevistado se trasladan a Londres para continuar con la búsqueda de las huellas de Beckett en la voz de Billie Whitelaw, su actriz fetiche, viviendo ahora en un asilo para actores ancianos, quien acompañó al escritor en sus proyectos a lo largo de más de dos décadas. Sigg logra insuflar al film la inquietud beckettiana con sus fuera de foco y sus continuos y por momentos irritantes fundidos a negro. I, of Whom I Know Nothing será ciertamente valorado por quienes gustan fisgonear los aspectos más íntimos detrás de los grandes artífices, aspectos que frecuentemente suelen ser los más objetivos reveladores de las preocupaciones que inspiraron su creación.   

martes, 18 de noviembre de 2014

29° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata


Desde el próximo sábado 22 al domingo 30, podremos regocijarnos con el gaudeamus anual de celuloide en happy city. A continuación se comparte el enlace al sitio oficial para descargar la guía de programación, consultar películas, data sobre directores, jurados, secciones, actividades especiales y más. 

Sitio Oficial (clickear)

Spot Institucional por Esteban Sapir



domingo, 2 de noviembre de 2014

Boyhood


El último film de Richard Linklater, al igual que su llamada trilogía del amor, vuelve a mostrar al tiempo como cincelador de la vida y la sensibilidad de sus personajes.

Si preguntásemos a varias personas acerca de los efectos más visibles del tiempo, tal vez la mayoría referiría la observación de cambios físicos y de pareceres respecto de la experiencia vital. El tiempo, en tanto sucesión cronológica, es sin duda un parámetro que permite trazar una serie de gradualidades, no solo en relación a las personas, sino también en lo concerniente a las cosas con las que las personas interactúan. La última película de Richard Linklater posee mucho de esto. Se rodó a través de 11 años, distribuyendo la filmación en 40 días de rodaje. Quizás el resultado más visible que muestre este ensayo sea el tiempo de maduración que los actores han tenido en lo tocante a la elaboración de los roles. Los personajes han crecido a la par de los actores, y eso se traduce de manera para nada ingenua; hay que dejar en claro que Linklater ha demostrado una maestría fuera de lo común en lograr una compenetración teatral de sus dirigidos desde una perspectiva cinematográfica. Un vivo ejemplo de esta virtud es, sobre todo, la primera entrega de la trilogía conformada por Before Sunrise (1995), Before Sunset (2004) y Before Midnight (2013); también obviamente Tape (2001), donde la propuesta queda a un tris de enrolarse en la categoría de teatro filmado, ya que fue rodada en tiempo real. Boyhood acompaña la etapa que va desde los siete a los dieciocho años de Mason (Ellar Coltrane), un chico de una familia con las venturas y adversidades de cualquier otra —padres separados, nuevos matrimonios, el traslado de una ciudad a otra, altibajos económicos—. Pero sin dudas hay una clara parábola: mientras que el paso del tiempo cambia sustancialmente a las personas que rodean a Mason, hay una silenciosa pero evidente intención en él de preservar al sujeto que es, de mantener inclaudicable, más allá de las circunstancias, una sensibilidad que se ve despuntar desde los primeros minutos del film. La mayor parte de la película transcurre en Texas, estado natal del director. Acaso el trabajar sobre campo seguro en ese aspecto, dé cuenta de cierta intención de insuflar al proyecto su cuota autobiográfica. Lo de Ethan Hawke (quien ha acompañado a Linklater en una fracción importante de su filmografía), y Patricia Arquette interpretando a los padres del protagonista es digno de destacarse desde lo actoral. Boyhood ciertamente fue concebida como una experiencia fílmica tendiente a mostrar el rol del tiempo como cincelador y modificador, pero lo que prevalece como lectura final es la persistencia de un sujeto que sabe que más allá de las contingencias, la vida es un eterno presente.  


trailer