Leonardo
D'Espósito, además de ser el autor de Todo lo que necesitás saber sobre cine, es crítico cinematográfico, docente y periodista. No solo se lo
conoce por sus publicaciones en medios nacionales como El Amante/Cine, Ñ,
Noticias, Brando o Perfil, sino también por su colaboración con medios
internacionales como Global (República Dominicana), Kinetoscopio (Colombia) o
Cinémaction (Francia). Sería imposible condensar en un libro de poco más de
trescientas páginas todo lo que el potencial lector necesita saber respecto del cine, dado que si bien se trata de un arte que cuenta con algo más de un siglo desde su
discutible nacimiento como tal, mucho se ha reflexionado sobre él, no solo
desde la crítica, sino también desde la semiología, la sociología y la
filosofía, yendo a la par los diversos abordajes, de su crecimiento y consolidación
como herramienta narrativa, como instrumento de difusión política, como
entretenimiento o bien como multimillonario negocio. Empero, Todo lo que
necesitás saber sobre cine, es una valiosa herramienta para quienes busquen no
solo información teórica o un recorrido por la historia del séptimo arte con su
consabida lista de films, sino también instrumentos para reformular películas
ya vistas, reconociendo incluso en el trabajo de directores del mainstream, las
huellas de las escuelas que revolucionaron la manera de filmar. Una travesía
visual (si se la acompaña con la extensísima filmografía sugerida) desde las
pantomimas luminosas de Émile Reynaud en el Musée Grévin de París, la
consolidación de Hollywood como una industria vigorizada por los maestros europeos,
o los incisos dedicados a directores como John Ford u Orson Welles, hasta las
vanguardias que revitalizaron el arte del celuloide, pasando por la pornografía
o el cine de autor; desde el enfoque de los aspectos técnico-visuales, las
teorías cinematográficas, o cómo la actuación se ha ido modificando conforme el
cine fue mutando, hasta el paseo por los Festivales y sus políticas de
premiación, pasando por la incorporación de lo digital o el constante espíritu
de experimentación cinematográfica. Hecha esta sucinta reseña, se recomiendan
tres cosas: la primera, comprar el libro; la segunda, tener en cuenta que su
lectura conllevará la necesidad de ir apuntando data e ir bajando cintas de la
web; la tercera, aprontar y actualizar softwares succionadores y comprarse un
hd de por lo menos 1 tera para archivar el material.
sábado, 9 de mayo de 2015
viernes, 13 de marzo de 2015
Otra puerta de acceso a la catedral proustiana
Ilustración de Pablo García
Con motivo del cumplimiento de los cien años de la primera publicación de Por el camino de Swann, en 2013 se publicó en este espacio un artículo titulado Marcel Proust: los primeros cien años de su catedral. Allí se mencionaba, entre otras ideas y aproximaciones a la extensa novela enciclopédica del escritor francés, que si bien el acceso a la "catedral" para algunos lectores significaba un fascinante viaje desde el encuentro con las primeras páginas, para otros suponía el riesgo incluso de conducir a un juicio errado respecto de las motivaciones que llevaron a Proust a consagrar los últimos años de su vida a la composición y constante corrección de En busca del tiempo perdido. "Como ha ocurrido con varias novelas, pongamos por caso La montaña mágica de Thomas Mann o Ulises de James Joyce, En busca del tiempo perdido se ha transformado en una suerte de ritual literario, que a pesar de haber transcurrido cien años de la publicación de su primer volumen, sigue sumando adeptos, esos 'amigos de Proust, que forman en el mundo entero una inmensa sociedad espiritual…', como los alude André Maurois en el prólogo de La vida de Jean Santeuil. Hay quienes desisten al primer volumen, esgrimiendo argumentos parecidos al de Humblot (ver artículo completo de La Frontera). Hay quienes llegan al tomo III o IV y abandonan en ese umbral en que las revelaciones proustianas comienzan a cuajar y a ejercer su efecto de fascinación. Los hay quienes, tras haber abandonado, vuelven al tiempo y completan la lectura de la novela. Hay quienes perciben, llegando acaso a través de testimonios, ensayos o artículos, que la catedral los estaba esperando, y comprueban, a los pocos instantes de comenzar la lectura de Por el camino de Swann, que esos senderos de Combray son un espejo cuyo objetivo es reflejar los caminos propios." escribí en aquel entonces al final del extenso artículo publicado en octubre de 2013 en La Frontera. Juan Forn, en su contratapa de hoy del diario Página 12, cuenta cómo, después de varios intentos, gracias a la lectura de El caso Lemoine, pudo al fin superar los prejuicios y adentrarse en ese orbe proustiano en donde el arte asume el rol de transportarnos al lugar en donde "todo es más real que en la vida misma."
domingo, 8 de marzo de 2015
Roxana después de las palomas
1
No solo Mar del Plata, en esos inusualmente cálidos días de septiembre,
esperaba a Fernando en su viaje desde Coronel Suárez. Lo esperaba su querida tía
Sofía, quien se había ocupado de los últimos aprontes que demandaba la casa que
su sobrino había alquilado por veinticuatro meses, muy cerca del barrio donde
pasara tantos veranos. Lo esperaban las amigas de Ro, ávidas de tela para
cortar, desbordando de comentarios las entradas que la atacante publicaba en su
“face”. Cándido hermetismo el de Roxi y sus compinches, no hacía falta contar
con demasiadas astucias para adivinar el propósito que colaba a raudales,
aderezado con emoticones “cancheros”, sí, los del ojito guiñado. Lo esperaba fundamentalmente
Roxana, guarnecida con su vasto y flamante ajuar, centro de estética, dieta
hipocalórica y dos horas diarias de cinta en el gimnasio mediante: “en el gim,
en el gim o en la bici fija de casa; es que como está la cosa no te piso una
vereda”, comentó más tarde a “Juli” en la sala de espera, Julieta, quien odiaba
las apócopes bajo toda circunstancia.
Llegó a la casa de su
tía Sofía a las seis de la tarde. “Sentate acá en la cocina, nene, preparo unos
mates enseguida, hay facturas en la alacena, alcanzámelas. Conseguí los portobellos
para la cena, me falta gratinarlos y nada más. ¿Unas papas a la crema de las
que hace la tía te gustan para acompañar?” “Uh, dale, tía. ¿Compro un poco de reggianito
para rayarles?” “Si te conoce la tía, probá el que está en el estante de arriba
de la heladera, me parece que está un poco seco, …, este Diego.” “¿Diego, tiene
la quesería todavía? Mi dios, tiene cerca de ochenta años el viejo.” “Y sí, por
ahí debe andar, se va a morir en el boliche laburando. Estos gallegos son un
fierro. Es el primer ruido de la mañana, a las siete y media recibe el camión
de los lácteos, corta un rato al mediodía y a las cuatro, firme de vuelta el
viejo. Ahora está cerrando un poco más temprano, pero el verano pasado tenía
gente hasta las diez de la noche.” “El queso está espectacular. ¿Te acordás, tía, cuando me decías ‘tenés carita de quiero un yogur, andá a lo de Diego’?” “Claro
que me acuerdo, y ahora tenés carita de sueño, comé algo y recostate un rato.
Quedate esta noche acá, cenamos temprano si querés. Mañana te acompaño a la
casa y cuando llegue el camión con las cosas te ayudo a acomodar. Hoy fuimos temprano
con Delia y dejamos todo impecable, no hay más que arreglar lo que viene mañana
e instalarte, nene. ¿Te parece?” “Dale, tía, hacemos así, tomamos unos mates y me
voy a tirar un rato porque estoy molido de manejar, hice el viaje de un tirón.”
Esa noche, después de
cenar con su tía, Fernando se acostó en la cama del cuarto que siempre le fue
asignado en ese típico chalet marplatense y se durmió en un santiamén. Sofía
promediaba su relectura de Cuentos para
la dueña dolorida, de Juan José Manauta, en su cama y con su gato Pedro en
el regazo. En el mismo momento, Roxana, en una casa muy cercana, llevaba ya más
de media hora hablando vía Skype con una de sus amigas respecto del corte de
cabello, color de tintura y otros menesteres estéticos a tener en cuenta en el
esperado y pronto primer ataque. Julieta, por su parte, en su cuarto, se
masturbaba vehementemente y por segunda vez en el día evocando a Macarena
(compañera en una materia del primer año de Letras), escena en la que en tiempo
real introdujo a su exnovio Lucas. En tanto que Facundo, el mejor amigo de
Fernando, redactaba en su notebook en un bar de Coronel Suárez, un artículo
sobre la filmografía de Albert Serra para
una revista cultural mexicana que eventualmente le encomendaba trabajos a
cambio de un no tan miserable interdepósito.
2
—Hola.
—Sí, buenos días.
¿Hablo con la señorita Julieta Repullo?
—Sí.
—Ah, qué tal, Julieta.
Me estoy comunicando de Prodomar para comentarte que quedamos conformes con la
entrevista que tuvimos con vos. Necesitamos que nos confirmes si te sigue
interesando el trabajo de secretaria para el que te postulaste. El puesto a
cubrir es de 17 a 21 horas, y necesitaríamos que comiences esta misma tarde si
fuese posible.
—Sí… Mirá, …, perdoname.
¿Tu nombre?
—Soy Viviana, fue
conmigo con quien tuviste la entrevista.
—Ah, cómo te va. El
tema es que curso una materia en la Facultad los lunes justo hasta las 17, y
tendría que llegar quince minutos más tarde ese único día. El resto de los días
de la semana no hay problema porque curso mayormente a la mañana o hasta las 15
solo los jueves.
—No te preocupes, eso
lo podemos contemplar. ¿Vos podrías comenzar hoy mismo?
—Sí, no hay problema.
¿Te tengo que acercar alguna otra documentación?
—A ver…, no, tengo todo
lo que necesito. ¿A las 17 nos vemos entonces?
—Ahí estaré.
—Yo habitualmente no
vengo a la tarde, pero estos días voy a estar en tiempo completo porque estamos
con cambios. Se fue uno de nuestros odontólogos y pasado mañana se incorpora
otro doc que se mudó ayer a Mar del Plata, así que no vas a ser la única
persona nueva. Vos te vas a ocupar de los pacientes de él y de los de los doctores
Robledo y Araujo.
—Bueno, a las 17
estoy ahí.
—Hasta lueguito, Juli.
—Hasta luego… “Juli”, “Juli”, …, Espero que esta mina no
mienta cuando dice que no va habitualmente a la tarde porque me desgastó con
sus sandeces durante los diez minutos que duró la entrevista. Bueno Julieta
Repullo, has pasado a ser parte del mundo del trabajo… Las nueve y media ya… Qué
calor para ser septiembre. Septiembre, cumplo diecinueve años el mes que viene…
Ojalá hoy pueda cruzarme con Macarena. Desde abril hablando y nada. Pero mira
de reojo cuando la agarro de sorpresa, como diciendo “me va la movida”. Mi
diooos, ayer con el calorcito y esa pollerita, sentadita en la escalera, me
liquidó. A ver, vamos a empezar con algo tranqui para escuchar, Ju-lie-ta, vamos
con… John Foxx, Catedral Oceans. Y a
estudiar para el parcial, el dichoso parcial…
3
A Fernando lo
contrariaban sobremanera las tardanzas, las esperas. El camión de mudanzas
llegó apenas cinco minutos después de la hora acordada. En una coyuntura
diferente, la buena fortuna que representaba para él un hecho tan —desde su
perspectiva de las cosas— poco habitual, hubiera sido motivo de alegría. Es que
la relación con Gabriela, su exesposa, no había terminado nada bien. Fernando
había desestimado el consejo de su abogado de seguir dando pelea judicial para
tratar de evitar que la otra parte se quedase con lo que, según el entender
profesional de su letrado, era un excesivo botín. Cedió a las demandas de su entonces
cónyuge, quien no dejaba pasar oportunidad en las audiencias de recordarle su
falta de interés por el sostenimiento económico del mínimo exigible (desde su codiciosa
valoración del asunto) de cláusulas domésticas, objetivo al servicio del cual,
de parte de ella, solo habían sido puestos sus reclamos y las esmirriadas
utilidades (pese a contar con una Licenciatura) de la venta de un plan de
adelgazamiento basado en la “reprogramación de patrones mentales engordantes”,
sistema que según afirmaba la oferente, no contaba con la repercusión que
merecía en Coronel Suárez porque: “la gente de acá se quedó en el tiempo, …,
las dietas no funcionan, no saben que el que cree, crea, si te visualuizás
divina, te vas a ver divina.” Gabriela no logró augurar que su afán de ser por
siempre la señora de un Profesional de la Salud —con mayúscula, como le dijera
en otro tiempo su madre a instancias de embarcarla en la conquista de Fer— se vería
truncado tan abruptamente. “No tiene remedio, arreglando muelas gratis a
paisanos muertos de hambre; es el comunista de Facundo el que le llenó siempre
la cabeza a mi marido”, despotricó poco antes del precipitado desenlace,
llorando a mares a los pies de mamá, quien contenía la humanidad de su hija
derrumbada sobre la alfombra, sentada ella a horcajadas en el sillón desde el
cual, en ocasiones más felices, había impartido a Gabriela los rudimentos de
conquista al joven pronto a regresar al pueblo con su título bajo el brazo, un
próspero futuro y “un nombre”, …, “UN NOMBRE” por delante. La unión de Fernando
con Gabriela no había dado hijos como fruto. La Licenciada, cuando aún no lo
era, pretextaba que primero debía
concluir su etapa de estudio, que viajar a Bahía Blanca tres veces por semana la
consumía. Una vez finalizada la fase universitaria, a sus treinta y dos años, la
excusa pasó a ser que su marido no ofrecía, dada su evidente falta de interés
por “progresar”, un contexto favorable para traer una persona al mundo. Sin
embargo, el antecedente de las desavenencias acarreadas a lo largo del
desdichado matrimonio, no obstó para que a los tres meses de la partida de su
exmarido a Mar del Plata, Gabriela se traslade allí arrepentida y de incógnito en
busca de recapturar a quien, según su replanteo de los acontecimientos, seguía
exhibiendo más haberes que debes.
En cuanto a Fernando,
no era el desafortunado final de sus casi diez años de enlace lo único que perturbaba
su tranquilidad. Nuestro personaje infería que era su pronto arribo a Mar del
Plata lo que motivaba las publicaciones en Facebook de Ro, que como se ha
informado al principio del relato, daban cuenta de un cripticismo infantil, transparentando
como corolario, sus ambiciosas expectativas: “alguien que quiso ser mi boyfriend se viene a vivir a mdq”, “estoy libre,
libre y preparada para un nuevo amor”, “recién separadito y con chapa, chicas,
¿qué les parece? ¿qué le aconsejan a su friend?”. En Coronel Suárez, Fernando
y Facundo divertíanse desde hacía años husmeando el muro de Facebook de Roxi
(quien había mandado al primero una solicitud de amistad que no había sido
confirmada). Según el bohemio compinche del altruista odontólogo, la
solicitante constituía el “perfecto y más acabado paradigma de la pelotudez
humana”. Habían llegado ambos a la conclusión de que el clímax en la expresión
de este prodigio, había sido alcanzado como consecuencia de la publicación
hecha por la fisgoneada en la red social, de una foto en cuya descripción
detallaba la marca de cada prenda y accesorio con los que posaba, desde los
anteojos hasta los zapatos, detalle en el que se incluía el precio de cada
artículo y la referencia del lugar en que había sido adquirido. Pero ya instalado
el pretendido en la ciudad atlántica, la cercanía de Roxana estaba ligada a
potencialidades que este deseaba ahuyentar a toda costa. Esa mañana, mientras
terminaban de acomodar en la casa recién alquilada los pocos bienes que habían
llegado desde Coronel Suárez, Sofía confirmó las sospechas a su sobrino: “…no
para de preguntarme por vos desde que le conté que te divorciaste y te venías, perdoname, querido, me preguntó por vos hace unas semanas y hablé sin pensar; me ve entrar
a lo de Diego a comprar algo y se cruza para sacarme el tema. El otro día le
tuve que decir dónde ibas a atender. Lo iba a averiguar de todos modos. Pensar, nene, el metejón que tenías cuando eras chico con ella.”
4
A los pocos días de
conocerse en Prodomar, Julieta y Fernando fornicaban con pasmosa asiduidad.
Pero sería injusto apuntar solamente esta faceta de su relación. Para Julieta, la
personalidad de Fernando —principalmente los pilares que suscitaban su rechazo
hacia las convicciones de Roxana— alimentaba su esperanza en que el mundo no
siempre acababa logrando cincelar esos sujetos que tanta repulsa le provocaban
y que tan frecuentemente hallaba entre los adultos. En rigor de ser honestos, debemos
referir que también algunos adolescentes que la rodeaban, conforme su opinión,
esbozaban ya algunas particularidades que detestaba, principalmente esa mezcla
de nimia preocupación por lo estético (cánones de belleza física, marcas de
ropa e incontables fetiches accesorios considerados como imprescindibles), en
comunión con un enfoque filosófico pasatista y nada riguroso ante cuestiones
que ella consideraba capitales. En una ocasión, eliminó a todos los “amigos” de
Facebook que contribuyeron a la propagación de un video en el que un joven sin
brazos ni piernas, se mostraba realizando todo tipo de proezas físicas y dando
ánimo a estudiantes norteamericanas preocupadas por su exceso de peso. Los
aspectos más sobresalientes de la personalidad de la joven amante y amiga de
Fernando (espíritu contestatario, libertad y ambigüedad sexual, aversión por la
normalidad y las singularizaciones) conformaban lo que desde la perspectiva de
Roxana —quien a mediados de octubre interactuó con ella por primera vez— significaba
ser una “reventadita”. Fernando por su parte, reconocía en la avenencia con
esos rasgos del carácter de Julieta, un nuevo espacio en que moverse y
oxigenarse, lejos de las disonancias acaecidas hasta hacía tan poco tiempo con
Gabriela. La joven estudiante de Letras, encarnaba también para él una égida
ante los embistes de Roxi, quien —hasta recibir tiempo después la explosiva
primicia de parte de una colega, concurrente también al centro odontológico en
donde trabajaban nuestros amantes— nunca habría atinado siquiera a contemplar
la más mínima posibilidad de un affaire entre el inspirador de sus cálculos y
cavilaciones y alguien de la calaña de la “reventadita”. Por último, las largas
conversaciones que Fernando disfrutaba tener con la adolescente, paliaban su
tristeza por no contar con la cercanía de Facundo, su incondicional amigo de
toda la vida, dado que para ambos camaradas, no había nada como charlar de bueyes
perdidos durante horas, mate, café o whisky mediante, y pronto Julieta —además
de devolverlo a la esfera de sus mejores ciclos sexuales, experimentados en los
años de estudiante universitario— ofició
ese rol en la nueva vida de nuestro filántropo dentista.
5
—Me pierdo en tu
casa, es enorme, rara. ¿Cocinamos algo, Fernando?
—¿“Fer” no suena
mejor?
—Detesto las
apócopes.
—Por eso te lo digo, “Juli”.
—Qué gracioso el
viejito.
—Pará, nenita, que
tengo treinta y ocho años, no setenta.
—Tu tía también las
odia. Me contó el día que fuimos a cenar que no le va para nada que la llamen
“Sofi”. Y por lo de viejito no te ofendas. No es una deshonra envejecer. Solamente
en una cultura pelotuda como en la que vivimos puede ser tomado como un valor
el aplazar algo que de todos modos es inevitable. Además me gustan los jovatitos.
Tengo un profesor de sesenta y dos años que en su momento me calentó.
—¿Y ahora? Ah,
cierto, estamos Macarena y yo en el top two.
—Macarena ya no.
Detesto la histeria. Ahora estás vos solito en el podio. ¿Pedimos o cocinamos?
—Tengo más de media pizza
precocinada en el freezer. ¿Alcanza?
—Dale, yo la caliento…
Che, mañana va de nuevo al consultorio tu “pretendiente”, como la llama Sofía. Me
tenés que contar más de ella. ¿Cómo la bancás? Batile sutilmente la posta, pero
de una, y listo. En otro caso diría “pobre mina”, pero la verdad es que con una
sola vez en la sala de espera me alcanzó para darme cuenta de que además de
boluda es una garcha de ser humano. Estábamos solas a esa hora porque fueron
los días en que Araujo estuvo en el Congreso y a Robledo le cancelaron dos
turnos seguidos. Tiró una ristra de tópicos que aborrezco: “con la autoridad
que me da ser profe de secundaria, te digo que los chicos de los barrios
periféricos son un caso perdido”, “Fer es joven todavía, pero tiene que ir
pensando en rehacer su vida, ya no tiene veinticinco años”, “la tía es un poco
rara, se pasa el día leyendo, ¿de qué vive esa mujer?, podría buscarse una
ocupación para no aburrirse”, “en el gim el otro día había una pareja gay
besándose, no sé, a mí te confieso que me dan asco; si me entero de que alguna
de mis hijas tiene un profesor gay, la cambio de colegio”, “las chicas con el
padre no quieren saber nada, y por un lado mejor, nunca se esforzó por
conquistar a las nenas”. No paraba de hablar, y yo contestándole con
monosílabos. Imaginarás mi cara ante semejante perorata, se dio cuenta de que
me cayó como el culo todo lo que tiró. No te conté en esa oportunidad de toda
esta arenga porque me enteré previamente por Sofía de qué iba la mina, tenía
miedo a que lo interpretaras como un acto de celosía de mi parte. Debe ser la clásica
despechada que pone a los hijos en contra del marido que la dejó por otra.
—En este caso fue
otro.
—Con razón ese discursete
de lo gay. ¡Maaamita, qué horror de personaje la dichosa Roxi! ¿De qué es
profesora?
—Inglés. La tía se
avivó y contó poco y nada el día que fuimos a cenar, pero yo tuve un metejón de
la hostia con ella, sobre todo a partir del día…, bueno…
—¿Qué? ¡Me contás o
te asesino! ¿Cómo te enamoraste de eso? ¿Cuando eras pendejo?
—Sí, no sé, yo creo
que fue la primera calentura importante más que un enamoramiento. Me acuerdo
exactamente del día en que arrancó la pasión.
—Ja ja…
—Fue en enero del ‘89.
Yo tenía trece años, ella catorce, me lleva un poco más de un año. Hizo un
calor de puta madre.
—Contame. Ya está la
pizza. ¿Hay vinito? Tengo ganas. Contame.
—Abro una botella. Como
contó Sofía el día en que cenamos con ella, Roxana toda su vida vivió en la
cuadra. Por eso le saca data mía, la tiene a mano, la acorrala en lo del
gallego y le arranca información. En esa época vivía obviamente con los padres,
el padre murió cuando ella todavía estaba en la secundaria y cuando se casó, la
madre le dejó la casa y compró un monoambiente en el centro.
—Ah, pero estás al tanto
de todos los detalles. ¿No te gustará todavía la reaccionaria esta?
—Ni a palos, es más,
con la cara de “te quiero conquistar” que tenía cuando fue a atenderse llegué a
padecer escalofríos y vergüenza ajena a la vez. Y mañana otra vez…
—Es que está claro
que lo que persigue de vos es la chapa profesional. Si supiera lo que detestás
todo eso. Ese tipo de mina advierte que se le viene la noche respecto de la
edad y se desespera por encontrar su media naranja, eso sí, a un laburante raso
ni la hora le dan. Cómo cayó vestida a la consulta, todo premeditado, flamante.
¿Viste la ropa? Todo nuevo, una onda negligé “después tengo gim y no hago a
tiempo para cambiarme pero igual estoy di-vi-na”. Tenía ese olor a prenda de
algodón nueva, y un perfume de guerrerona… No me preguntes cuál porque no tengo
ni idea de perfumes.
—La religión no te lo
permite.
—¿Es una crítica?
—No, al contrario.
—Contame lo de la
calentura de pendejo que me muero de curiosidad.
—Fue un día de
muchísimo calor que terminó en tormenta de verano con granizo, como te dije,
enero del ’89. Nos conocíamos del barrio. Mi tío Felipe, el fallecido marido de
Sofía, invitaba a los chicos del barrio a la pileta.
—Tal vez porque no
tuvieron hijos.
—Puede ser.
—¿De quién es hermana
Sofía?
—De mi viejo. Esa
tarde vino ella sola. Los tíos se habían ido a dormir la siesta. Encima Felipe,
cuando se va y nos deja solos, me guiña el ojo sin que ella lo vea, como
incitándome al ataque. A mí hacía un par de años que me daba vueltas en la
cabeza la dichosa Roxi, porque la verdad es que estaba muy buena. Convengamos
que uno a los trece años no repara en las boludeces que dice alguien, haciendo
de eso un punto flojo a la hora de elegirlo. Porque honestamente, la consumada
pelotudez de su discurso siempre fue lo que la caracterizó. La cuestión es que
nos quedamos solos y ella empezó a hablarme de un pibe del barrio que
supuestamente le gustaba.
—La clásica,
histérica pelotuda, desde chiquita.
—Sí, de todos modos
yo me daba cuenta de que la tenía servida. Pero no encontraba la forma de salirme del diálogo del pibe que decía le gustaba,
y como un gil se me ocurrió la tangente de contarle que estaba leyendo La casa de los siete tejados, cosa que
era verdad, me la había pasado el tío porque habíamos hablado de literatura
unos días atrás, y viendo que yo tenía lo que según él era para mi edad una
“buena base”, me prestó la novela de su “biblioteca santuario”, como le había
puesto Sofía a la biblioteca del tío, ya que los dos se pasaban horas ahí
leyendo en un silencio zen; Sofía lo sigue haciendo, yo creo que es una forma
de seguir estando con él, ¿no?
—Claro que sí, en
cierta forma sí, yo creo que uno es correspondiente con cierta literatura,
porque encuentra ahí algo de sí. Ese algo es lo que sigue estando en la
biblioteca, en los libros con los cuales tu tío comulgó, y es lo que Sofía
recobra de Felipe.
—Uh, nos volvimos
proustianos.
—No necesariamente, Fernando, pero debo contemplar la posibilidad de que mi abuso del verbo
recobrar se deba a mi devoción por Proust.
—Epaaa, una trotskista
leyendo a la burguesía francesa obnubilada por la nobleza.
—Si decís eso no
entendiste nada de Proust.
—Te cargo, Juli,
perdón, Julieta. Ya sé que detestás, perdón, detestamos las simplificaciones.
—Y las apócopes. Exonerado
el jovatín que se parte de lo bueno que está.
—No vayas por ahí si
no querés que interrumpa la narración.
—Nooo, me convertí en
una monja de noventa años, prosiga, doctor.
—Prosigo. Como Hawthorne
y su novela evidentemente no iban a funcionar como tema de conversación, la dejé
explayarse en relación al pibe que supuestamente le gustaba y no le pasaba
bola. No te imaginás la de posturas que adoptó en la reposera para hacerme
excitar. Yo explotaba de calentura, tenía una mallita verde agua de dos piezas
que estaba siempre mojada porque se daba chapuzones en la pileta a cada rato,
invitándome a acompañarla. Yo como un papanatas en vez de tirarme y arremeter
en el agua, le decía que no me quería mojar de nuevo, que se me estaba secando
la malla, un cagón. Siempre fui bastante lenteja.
—Conmigo no.
—Ehhh, bueno, la
cuestión es que fue pasando el tiempo en medio de esa turbadora situación y se
vino una tormenta tremenda, con un granizo y un viento que no nos permitían estar
ni en la galería. Aparecieron los tíos y nos hicieron pasar a tomar la
merienda. Ella me miraba con cara de “qué gil que sos, la que te perdiste por
cobarde”. Pero aunque en menor medida, siguió amigable conmigo mientras
tomábamos el té. La tormenta no duró mucho. Cuando terminamos de merendar, ya
que había parado de llover, me sugirió ir hasta la cuadra en la que el pibe que
presuntamente le gustaba se reunía con sus amigos en la vereda. Acepté. Y acá
el punto más jugoso del condenado incidente: en el camino encontramos dos
palomas heridas, seguramente por el granizo. Una de las dos estaba casi muerta,
la otra aleteaba pero no podía volar. A mí siempre me afectaron excesivamente
ese tipo de situaciones con los animales. No sabía qué hacer, si ir a buscar al
tío para que hiciera algo, si tocar timbre en la casa en cuya vereda estaban
las palomas; en fin, me puse a llorar como un nene de seis años, intentando
hallar en ella una comprensión que ni por asomo encontré, ya que como respuesta
a mi llanto lanzó un “qué idiota que sos, nene, los hombres de verdad no pierden
el tiempo con un animal de mierda, no es un perro además". Yo le pregunté qué
diferencia había, si acaso las palomas no sufrían, pregunta que recibió como
réplica un “aaay, pará de llorar maricón, ¿no serás puto vos?” Y así terminó
ese verano con Roxana. Pegó media vuelta y me dejó solo llorando e impotente.
—¿Y las palomas? ¿Las
salvaste?
—Me recompuse y fui a
buscar al tío. Cuando volvimos, la que estaba más maltrecha ya había muerto. A
la otra la llevamos a la casa de mis tíos y la salvamos. La tuvimos en una caja
en el lavadero, la alimentábamos con miga de pan humedecida, y en unos días la
pasamos a la galería de la que seguramente salió volando, ya que de buenas a primeras
desapareció de la caja. Respecto de la futura “profe de inglés”, volví a los
pocos días a Coronel Suárez hecho trizas. Los tíos interpretaron que tenía un
metejón no correspondido hacia ella, cosa que en cierta forma era verdad, no me
la había podido cojer, pero mi taciturnidad se debía principalmente a mi inferencia
de que estaba hecho de otra madera, particularidad que adivinaba me iba a hacer
difícil mi relación con el mundo toda mi vida. Mis viejos, advirtiendo mi
tristeza y ante mi negativa a hablar, se comunicaron con Sofía y Felipe para
preguntarles qué había pasado. De eso me enteré años después a través de mi
tía. Por suerte, en marzo de ese año conocí a Facundo en el colegio y descubrí
que no era el único, que no éramos muchos pero existíamos los seres malditos,
usted me entiende petit Baudelaire. Volví a pasar los veranos subsiguientes en
Mar del Plata, pero con Facundo, razón por la cual ya no necesitaba para no
aburrirme a los oportunistas que venían a la pileta de los tíos. Con Roxana me
crucé cara a cara un par de veces en el barrio, pero no medió entre nosotros
más que un frío saludo cargado de un odio no disimulado y en dosis abundantes. Y
ahora, mirá vos…
—Ahora los años han
pasado y la chapa ha obrado milagros. Quedó atrás el mariconcito que lloraba
por las palomas. Ahora es un odontólogo que le puede suministrar un buen pasar
y hacerla la envidia de las amigas forras que debe tener.
—Parece que sí.
6
Roxana, poco después
de su primera visita al consultorio de Fernando, se enteró de su affaire con
Julieta a través de una colega (“ammmiga” en cierne), profesora de matemáticas,
en la sala de profesores de uno de los colegios privados en que daba clases: “¿la
yegüita de la tarde de Prodomar? Sí, Ro, anda con el odontólogo nuevo. Los vi el
domingo de la semana pasada en el café que da al valle, en la sierra, solitos
los dos en una mesa y a los arrumacos. Qué desperdicio. Él se rompe de lo
fuerte que está; un poco petisón, pero esos ojos y ese culo. Yo a la pendeja la
tuve de alumna en la Media…, bueno, me guardo ese dato porque estas cooosas...
Les sacaba canas verdes a todos los profesores. Discutidora y contestataria
como ella sola. Un día salió el tema de la homosexualidad. No te imaginás las
declaraciones, sin que se le mueva un pelo hizo una defensa de la bisexualidad
con argumentos que seguro trajo de la casa…, era una chica de quince años en
ese entonces, y por sí sola, no sé… Mi marido conoce al padre porque es
proveedor de la empresa en que el tipo trabaja, y parece que con la mujer hacen
pareja abierta. Me contó que un compañero de trabajo vio a la madre de la
pendeja con un punto, y cuando le va con el cuento al tipo, él le dice: ‘ah,
sí, es uno de los novios que tiene.’ No lo podía creer cuando me lo contó.
Además me dice mi esposo que es gente rara, viste que en los trabajos todo se
termina sabiendo, se pasan tantas horas en el trabajo… A los parientes ni los
tratan y con los vecinos poco y nada. A la dichosa Juli no la bautizaron cuenta
el papito, como si fuese motivo de orgullo. Deben andar en algo raro. Por lo
pronto, la nena, bien politizada que les salió. Bonita es la guacha, hay que
reconocerlo; no me gusta el pelo tan corto, pero tiene una altura… Debe ser un
poco más alta que él. La mujer no puede ser más alta que el hombre en una pareja.
Podría haber sido modelo, pero con esa forma de ser…, es un medio en el que una
no se puede exponer así, además, ¿para qué? Si yo hubiese tenido ese cuerpo y
esos ojos, y bueh, Dios le da pan… En una clase, creo que de historia, se mandó
un discursito en contra de la clase media que daba vergüenza por lo que contó
la profe. ¿Ella qué es, POBRE ACASO? La clásica zurda con el verso de que los
medios de comunicación esto, con que la iglesia aquello, con que las clases
dominantes lo otro. No sé, la verdad, es como dice mi papá, a veces uno extraña
otras épocas en que por lo menos esas cosas no se escuchaban".
7
Especulando con que
toda esta artillería informativa era desconocida por Fernando, Roxana acudió a
la segunda consulta con el plan de iluminar a su acosado acerca de la
abominable estirpe que había catapultado al mundo a la “reventadita”:
—Bueno, Roxana, con
esta muela ya estaríamos. Quedaría una limpieza y listo. Le pedís un turno a
Julieta para dentro de un mes más o menos, así nos aseguramos de que los
arreglos hayan quedado bien y la hacemos.
—Perdoname, Fer, que te
diga, pero me enteré que tu compañerita de trabajo viene de una familia
bastante complicadita.
—¿Quién?
—Juli.
—No le digas “Juli”
porque odia las apócopes. ¿Por qué complicadita?
—Ahhh, mirá, los
apócopos… Entre nos, salió el tema en una sala de profes y me contaron que la
familia a la chica, para empezar, no la bautizó.
—Ah, mirá vos, a mí
tampoco me bautizaron. ¿Estoy en problemas?
—Daaale, Fer, no embrooomes,
en seeerio, che, parece que le gustan las mujeres a la guacha, y lo cuenta como
si nada. De la familia mejor ni hablar, es para otro capítulo. Pero está bien,
veo que te preocupa que la chica pierda el trabajo por ahí. Yo, una tumba, a
pesar de que a Vivi, la administradora de acá, la conozco por terceros, pero
seamos tolerantes como dijo el otro día el Papa Francisco.
—Seamos tolerantes
entonces. Roxana, te dejo porque hoy estoy con mucha gente para atender.
—Decime Ro, che, nos
conocemos de chiiicos, …, y desde chicos tenemos algo pendiente, ¿nos acordamos
o pasó mucho tiempo?
—Tengo bastante mala
memoria, ¿sabés? Nos vemos en un mes más o menos y terminamos con lo tuyo.
—Daaale, hasta
lueguito, Fer.
Podía cortarse el
aire con una uña dada la tirantez con que nuestra desairada Roxi solicitó el próximo
turno a la ya a esa altura de los hechos aborrecida “reventadita”. La humillada
aspirante a “novia en serio y futura esposa”, abandonó la sala de espera con un
portazo, sucedido de un taconeo estrepitoso por el pasillo (que podía
observarse por los vidrios de la recién aporreada puerta). El contoneo de
caderas y la oscilación exagerada de la espalda, movimientos sobreactuados,
nimbados por el flamante tailleur, estrenado para la frustrada ocasión, denunciaban
el habitual artificio de Roxana de interpretar, ante ese tipo de inconcebibles desatenciones,
su papel de personalidad de peso agredida por una inaceptable chanza del
destino.
Decí que todavía sos un buen partido mi amor, caso
contrario, tu ruta. Ya se te va a pasar. Serenate, Ro, después de todo, la chica
sea lo que sea tiene derecho a trabajar. Pero no es para él. Le lleva casi
veinte años. Este se la creyó de golpe… Seguro lo tenés loco todavía, Roxi, se
está vengando de lo que le hiciste el día de las palomas. Qué rencoroso, pasó
tanto tiempo, hay que saber perdonar… Ahora, pensándolo bien, apurate, porque
entre lo que le debe haber sacado la ex y ahora esta mosquita muerta viviéndolo,
te lo despluman, y como dice mamá, ya pasaron los tiempos del “contigo pan y
cebolla”… A ver esa autoestima eh, que no sos una empleada doméstica tampoco,
sos una Profesional de la Educación… Qué rápido van llegando los cuarenta… Pero
las cosas por algo pasan, el que ríe último ríe mejor. Y el turno se lo
postergo al boludo este, se va a arrepentir de haber estado tan frío conmigo…
¡La tarjeta! Le pido de nuevo plata a mami y listo. Qué vergüenza si las chicas
se enteran que el tailleur lo compré en 12 cuotas, ¿cuándo me lo vuelvo a poner
de nuevo? Salir a la calle con algo tan caro hoy en día…; y para ir a dar
clase, no sé…, en las públicas ni loca… La reventadita, ¡qué vergüenza!, con
esas ojotas hippies, esa blusita, el piercing en el ombligo y el jean roto a la
altura del muslo. Claro, a esa edad se pasan horas tiradas en la cama y no
engordan, el cuerrrpo que tiene la yegüita…, todo le queda bien… Así cuidan el
trabajo estas mocosas. Por ahí le hablo a Vivi, al fin y al cabo, atendiendo en
un lugar familiar y con esa facha de fácil, hay que darles un buen ejemplo a
los chicos. Por un lado mejor, el tarado en cualquier momento la pierde en
manos de uno más joven que le arrastre el ala. Y ahí pasás al frente, Ro. Decí
que la tía es rara como él, si no te la pondrías de aliada, la tenés tan cerca y
es un desperdicio esa vieja. A ver si le gustan las mujeres a esa también; no
me le acerco más. Hace tanto tiempo que se quedó viuda y no se le conoció nada.
¿De qué vivirá? Bah, ahora le regalan una jubilación a cualquier vago, porque
seamos sinceros, esta, mucha lectura, mucho cine, mucho arte, pero de moverse
nada, y el difunto marido igual, andá a saber en qué anduvo toda la vida esta
gente… No sé, pero yo al histérico me lo gano. Minga le voy el día que me dio
el turno la reventadita, se lo suspendo y voy…, ¿en qué fecha estamos?, 7 de
noviembre; hasta el año que viene no me ve la cara el odontólogo. Que se canse
de la nena, o que la nena lo deje por otro, o…, ¡qué horror!, por otra. Pero
mejor, mejor por otra, así aprende a valorar a una mujer decente como vos, Ro.
8
Mientras la primavera
iba dejando entrever los indicios del advenimiento del verano, fenómeno
curiosamente perceptible en Mar del Plata (ya que si bien el sol de principios
de diciembre en el sudeste de la Provincia de Buenos Aires refulge con casi
toda su fuerza, el viento proveniente del océano es todavía muy fresco) Julieta
y Fernando comenzaban a transitar una etapa de su relación en que la opulencia
de los primeros ardores, fue cediendo terreno a una convivencia que iba
franqueando los días en un aire de mutuo y más escrupuloso descubrimiento. Recorrieron
lugares de la ciudad que Fernando no conocía, a pesar de haber visitado tantas
veces el lugar en sus vacaciones de infancia y adolescencia. Julieta —contrariamente
a las irritadas meditaciones que había albergado Roxana— era una asidua
caminante. Tenía prefijados varios circuitos con diferentes extensiones, que
atribuía no al azar o al propio albedrío, sino a la ciudad, el habérselos
preestablecido. Una vez revelados los perímetros, dejaba escoger a Fernando la
caminata, que juntos realizaban generalmente después de la cena. En lo tocante
a sus estudios, había dejado a fines de octubre de cursar las materias del
cuatrimestre, objetando al tiempo, cuando fue descubierta, haberse encontrado abrumada
por las obligaciones curriculares, por las ingentes cantidades de fotocopias
que según ella, no daban cuenta en absoluto de las notas que intuitivamente
había captado en su correspondencia con ciertos textos. Fernando temía que el
abandono temporal o definitivo de la carrera, mantenido en secreto en un
principio por la abjurante, se debiese a la relación que hacía casi tres meses
se había iniciado de manera tan inesperada por ambos, temor que Julieta trataba
de mitigar —no dejando de atribuir reservadamente cierta cuota de incidencia en
la decisión al efervescente romance— argumentando que nunca había leído tanto
como en aquellos días en que como se ha dicho, el fuego dio paso a una más
diversificada convivencia. La hipótesis abrazada por la adolescente, de que un
lector encuentra en un libro con el cual comulga, un artefacto para descubrir
no solo la subjetividad de quien lo escribió, sino también la propia, la llevó
a solicitar a su novio una lista de títulos que considerase capitales en su vida.
Especulaba con que si determinadas obras establecían un sutil código de
equivalencia emocional, por carácter transitivo, quienes empatizaran con el
mismo libro, inopinadamente compartirían al menos cierta cuota de sintonía en
sus individualidades. Leyó también en ese período cinco relatos escritos por
Fernando, uno de los cuales Facundo —quien repentinamente se había radicado en
México, D. F. para trabajar como redactor permanente en la publicación con la
cual, hasta ese momento, colaboraba a distancia desde Argentina— le había propuesto
publicar a su amigo, dada su gran extensión, en tres entregas. También en esa
etapa, alguien hizo llegar vía telefónica a oídos de Viviana, la administradora
de Prodomar, la primicia de la relación entre los dos nuevos integrantes del
centro odontológico, noticia a la que se restó credibilidad, dado que había sido
provista de manera anónima. Generalmente los domingos, Sofía agasajaba a su
sobrino y la desertante universitaria, haciendo gala de sus extraordinarios e
históricos almuerzos. Entretanto, Roxana preparaba su tercer intento.
Cumpliendo con la autopromesa realizada el 7 de noviembre de cancelar el turno
para la limpieza dental, había obtenido una nueva cita (llamando de mañana con
el objetivo de evitar a Julieta) para el 6 de enero. Trataba por otro lado de
no ser vista en el barrio por Sofía, reflexionando que un encuentro con la tía
de Fernando podría ser interpretado por esta como un intento más de sonsacar
información concerniente a la persona que ocupaba casi todas sus cavilaciones
desde hacía ya meses. El soporte afectivo de sus amigas fue considerado como
algo insustituible por la pretendiente. Sin embargo, lejos estaba de adivinar
nuestra aspirante que más de una supuesta compinche, apostaba al malogro de su
empresa, recomendando estrategias condenadas de antemano al fracaso, que no
obstante, dado quizás el encandilamiento de Roxi ante la visualización del
éxito que juzgaba inminente, no fueron advertidas: “dale masa al face, Ro,
delatate que eso es lo que les gusta a estos tipos que se hacen rogar tanto;
tampoco lo vas a nombrar, pero sé menos misteriosa y aprovechá de paso para destruir
a la reventadita, hacete amiga y asustala con un mensaje al in-box diciéndole
que lo conocés de chico y que en el fondo no es tan trigo limpio, que le
conviene un pendejo de su edad”, “te tenés que vestir como ella, ponete un
piercing, no das ni treinta mi amor, para vos el tiempo no pasa”, “transátelo
de una en el consultorio al doc, andá bien en tren de trola, eso es lo que
quieren los que la van de tímidos”.
9
La tarde del 6 de
enero fue muy calurosa. Roxana descubrió que Julieta no se encontraba en su
lugar de trabajo. Una nueva secretaria contestaba los muy esporádicos llamados
y recibía a la reducida concurrencia de pacientes a Prodomar. La puerta del
consultorio habitualmente utilizado por Fernando estaba abierta, mostrando el
lugar desocupado. Sin embargo, la voz del pretendido se escuchaba desde la sala
de espera. “Buenas tardes, tengo turno con el doctor Fernando Rawson, Roxana
Gil es mi nombre.” “Buenas tardes, sí, emmm, el doctor se está yendo en un rato,
la limpieza se la va a hacer el doctor Robledo si está usted de acuerdo.” Roxana
asintió tratando de recomponerse, le era difícil mantenerse en pie. La
situación no le dejaba restos para reclamar sus derechos como paciente ante tan
inadmisible destrato. Consintió en silencio, tratando de desdibujar el
desengaño de su rostro. Entregó los comprobantes solicitados por la
reemplazante de la “reventadita” y se sentó pensando qué excusa argüir para
aplazar la visita. No se le ocurría nada. Se seguía oyendo la voz de Fernando. Si me lo cruzo me va a escuchar, me lo llevo
a la vereda y le canto las cuarenta. Qué poco profesional. ¿Me lo habrá hecho
adrede? Calmate, Ro, te atendés con Robledo y después te inventás una excusa
para volver. Cómo me arde esta nariz de mierda. Por fin se abrió la puerta
del consultorio de Araujo y el procurado, dando un abrazo a su colega, “chau, querido” mediante, salió caminando hacia
la puerta vidriada que una tarde, dos meses atrás, había sido aporreada por la
víctima de un inconcebible despecho.
—Nos vemos, Andy —dijo
dando un beso a la nueva secretaria.
—Suerte, doc.
—La limpieza te la
hace Robledo —se dirigió a la quebrantada Roxana, pasando con ligereza a
centímetros del lugar desde donde ésta observaba sin inspiración para
improvisar reacción alguna.
Afásica, enfrentada a
dos ancianas que aguardaban ser atendidas, se hallaba la buena de Ro, con su
flamante piercing en la nariz, atravesando un orificio que todavía no había
terminado de cicatrizar, con su blusa de bambula, sus jeans estratégicamente
rotos en las zonas consideradas más convenientes, con sus ojotas de cuero de
similar factura y apariencia que las que usara Julieta aquella fatídica tarde. El
precio y la procedencia (aspectos inadvertibles para quien careciera de esa
información) las diferenciaban. Las de la “reventadita”, compradas en una feria
a una cooperativa de trabajo, las de Roxi, adquiridas en tres pagos al triple
del precio de las primeras en un coqueto local de la calle Güemes. El
perseguido abrió la puerta y comenzó a caminar el largo pasillo. Julieta entró
desde la vereda, se detuvieron ambos en mitad del recorrido, se dieron un
ligero beso en la boca, cruzaron unas palabras y comenzaron a caminar hacia la
calle. La última imagen que vio Roxana desde la silla que la burla del azar le
había hecho escoger para aguardar ser atendida, fue la de la mano de la
adolescente pellizcando una nalga del escurridizo destinatario de sus afanes.
Luego el sol, el fulgor del sol de enero resplandeciendo en una vereda
solitaria. Sería inexacto decir que este revés fue como los anteriores, porque
más de uno de nosotros ha experimentado en su vida la sensación de corroborar
en forma manifiesta, una indeseable verdad acerca de la cual se nos ha puesto verbalmente
en conocimiento, pero dado ese extraño mecanismo de supervivencia emocional que
afinca en la duda su fuerza para hacernos seguir adelante en relación a algo a
lo cual nos es difícil renunciar, dado tal vez el peso de todo lo que hemos
depositado en ello, decidimos hacer oídos sordos y continuar con nuestra vida,
aunque sea por unos instantes, como si nada hubiera pasado. Pero las evidencias
visuales surten un efecto diferente. Pongamos por caso a un padre que se ha
enterado de que su hijo murió en un accidente, quizás, mientras se encuentre en
camino a reconocer el cuerpo en la morgue, la posibilidad de haber sido víctima
de un error por parte de quien le ha hecho llegar la noticia, mantiene viva una
cuota de esperanza en cuanto a volver a ver a su sucesor con vida. Pero esto no
era la muerte, mientras hubiese vida… Y no obstante la flagrante prueba del
beso entre Fernando y Julieta, no obstante el advertible estrecho lazo entre
ambos, Roxana logró, sentada en la sala de espera, reatrincherarse y comenzar a
rumiar un nuevo ataque. No sabía que la pareja no cruzaría más la puerta de
ingreso a Prodomar. Ignoraba que ambos habían renunciado a sus trabajos. Quien
había salido hacía unos instantes del consultorio de Araujo, había ido a
despedirse de la gente que trabajaba en el centro odontológico. Julieta había
hecho lo propio unos minutos antes, acto seguido, se había dirigido a buscar el
auto a un estacionamiento, y constatando el olvido del comprobante, había
vuelto a pedírselo a quien la encontrara en el pasillo, ya concluida su visita al
lugar. Ambos partirían en unos días a México, D. F.; Facundo había logrado
convencer por teléfono a su incondicional amigo: “el tipo es empresario
hotelero, tiene muchísima guita, hoteles por todo el país, es un excéntrico, pero
estuvo detrás de un par de proyectos de novelas gráficas que prosperaron, sobre
todo en España, es un fanático del género. Le fascinó el relato que te
publicamos; me pidió más cuentos tuyos y se los pasé, disculpame si hice
macanas, igual están registrados. Dice que sos el escritor que busca. Yo le
conté que sos un aficionado, que sos odontólogo, pero insiste, dice que abomina
a los que la van de escritores ungidos por el medio. Te ofrece un año de paga,
te banca la casa. Mecenazgo del siglo XXI. Dice que los cuentos están
atravesados por un hilo conceptual sobre el cual quiere trabajar su nuevo
proyecto. Te confieso que el tipo se ha equivocado en algunas movidas que no
prosperaron, pero respecto de la guita no deja a nadie a gambas. Traete a
Julieta. Me encantaría que volvamos a estar cerca. Te extraño chabón".
La tarde castigaba
con sus 37°C. La sala de espera, poco concurrida, era testigo de una
conversación urbana entre las ancianas y la nueva secretaria. Pero ella
renunció esta vez a participar de ese tipo de coloquio, donde siempre sintió
una reconfortante sensación al colar su axiomática mirada de las cosas,
preservada de réplicas y rigurosidades introducidas por interlocutores indeseables
como la “reventadita”. Preparaba una nueva embestida mientras aguardaba que
Robledo la atendiera. Ahora, Ro, a
renovarse, con la mejor onda. Positiva, po-si-ti-va. Podés consultar con las
chicas, pero reciclar un poco el pilcherío vendría bien. Esa tal Gabriela…, me
perdí la charla el otro día, pero la de la recepción del gimnasio habló
maravillas del método que vende. De Coronel Suárez dicen que se vino a vivir a
Mardel, igual que el pánfilo este, seguro que lo conoce…, en los pueblos
chicos… La verdad es un poco caro el programa de adelgazamiento, pero estos
cuatro o cinco kilitos de más te deben estar jugando en contra Roxi. ¡Reventamos
la tarjeta de mami! Además, es como contaron las chicas que dijo la tal
Gabriela en la charla: el que cree, crea, si te visualizás divina, te vas a ver
divina.
domingo, 25 de enero de 2015
Whiplash: música y obsesión
Sangre, sudor, lágrimas y mucho jazz propone al espectador la
intensísima y obsesiva experiencia a la que nos invita el joven y premiado
director Damien Chazelle
Los aficionados al jazz
conocen la anécdota acerca de la deshonra que sufrió Charlie Parker cuando el
baterista Jo Jones le arrojó un platillo en medio de una jam session. Así lo relata Roy Carr en el libro Un siglo de Jazz: “a una edad muy
temprana, el impresionable (Charlie) Parker sufrió la humillación de ser
expulsado de una jam session en Kansas City
delante de sus compañeros. El incidente tuvo lugar cuando el innovador baterista de Basie, Jo Jones, mostró su descontento lanzando su platillo por el suelo
mientras Bird tocaba.” Damien Chazelle, director y guionista del film que se
está reseñando, padeció por su parte los tormentos infligidos por un profesor
cuando intentó seguir la carrera de baterista, empresa de la cual desistió al
constatar su supuesta falta de talento para la música. A raíz de esta experiencia,
surgió un corto que triunfó en Sundance y que ofició como precursor de Whiplash.
Andrew Neyman (Miles Teller) es un ambicioso estudiante de batería de 19 años de la escuela de música Shaffer de Nueva York. Su anhelo de consagración no le permite imaginarse siquiera quedar en los anales del jazz un ápice por debajo de un Buddy Rich o un Max Roach, y está dispuesto a todo lo que sea necesario para lograrlo, incluso a someterse a los despóticos métodos de enseñanza del profesor Terence Fletcher (J. K. Simmons). La película no se propone otra cosa que narrar el abrumador derrotero que conlleva este proceso de formación. Todo se centra en eso, utilizando solamente un par de historias subsidiarias al relato principal [la del padre de Andrew (Paul Reiser) y la de la fugaz novia (Melissa Benoist)] con el único objetivo de agigantarlo.
Tal vez el interrogante más claro que plantee la película sea el de si es válido, en nombre de la excelencia artística, en busca de un Bird o un Davis (si de jazz hablamos), apelar a métodos pedagógicos que pongan en riesgo incluso la integridad física o la vida de quien los padezca, pero que acaso, en última instancia, tras horas de sangre, sudor y lágrimas, salga redimido y acrecentado gracias a ellos.
La actuación de J. K. Simmons en este rol opinablemente secundario es maravillosamente agobiante. Por su parte, la interacción de la música —protagonista primordial a lo largo de los 106 mts. de duración de la cinta— con la rítmica visual que propone Chazelle, es quizás el logro cinematográfico más claro de esta historia de ascenso a las cumbres de la gloria musical. Un capítulo aparte es el último concierto, en que este contrapunto de imagen y sonido llega a su clímax.
Whiplash está nominada al Oscar (2015) en las categorías: “Mejor película del año”, “Mejor actor secundario” (J. K. Simmons), “Mejor guión adaptado”, “Mejor logro de edición” y “Mejor mezcla de sonido”, habiendo cosechado lauros y estando promovida a futuros galardones en numerosas competencias como los Globos de Oro (2015), Premios BAFTA (2015) , Screen Actors Guild Awards (2015), Premios AFI (2015), Festival de Cine de Cannes (2014), Los Angeles Film Critics Association Awards (2014) y una profusa lista de otros premios al Cine.
Ficha técnica:
Título: Whiplash:
música y obsesión
Título original:
Whiplash
(Estados Unidos
(2014), hablada en inglés)
Dirección y guión:
Damien Chazelle
Fotografía: Sharone
Meir
Música: Justin
Hurwitz
Edición: Tom Cross
Diseño de producción:
Melanie Paizis-Jones
Elenco: Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Nate Lang
Distribuidora: Sony
Pictures
Duración: 106 minutos
Calificación: apta
para mayores de 13 añoslunes, 19 de enero de 2015
Vicente en otoño
Vicente
ladraba todo el día. Ladraba, lloraba, aullaba, padecía hasta que pudimos
rescatarlo de los suplicios infligidos por Annie II. De esto hace apenas unos
días, me refiero al osado salvataje de Vicente. Verla ahora ahí, cerca de las
once de la noche, iluminada por los resplandores de la tormenta que se está
llevando el último calor del verano, aunque nunca se sabe en estos tiempos en
que los fulgores del estío acostumbran extenderse hasta fines de marzo en esta
región. Pero en este momento el mar se escucha desde acá, a seis cuadras de
distancia, las ráfagas traen consigo el rugido de las olas zurradas por el
viento sur que barre con todo, hasta con mis ganas de cesar, …, desde siempre,
desde siempre fue así. Ah, Annie, Annie II, hablaba de ella; observarla en este
instante tan distinta de cuando azotaba al pobre Vicente. Sin embargo respira y
mueve su antebrazo izquierdo, aguanta como su ficcional precursora. La
bautizamos así con mi exnovio Gastón, a Annie, Annie II. Nos recordaba a Annie
Wilkes, ese personaje siniestro que protagonizó Kathy Bates en Misery, una película de 1990 dirigida
por Rob Reiner, basada en una novela de Stephen King que veo al menos dos veces
al año. Annie Wilkes es una enfermera que mantiene cautivo en una granja de
montaña, en pleno invierno, a Paul Sheldon (el autor de su saga literaria
favorita), representado este por James Caan. Lo somete a todo tipo de atrocidades en una mezcla de desenfreno
amoroso patológico y empecinamiento por torcer el destino literario que el
escritor atinadamente escogió, matando ficcionalmente a la heroína de la popular
quimera. Las une la profesión, enfermeras las dos, un notable parecido físico,
marcadamente robustas ambas Annies, y ni hablar del espíritu bárbaro de vengar
la futilidad de una vida descargando las iras en un ser desasistido en medio de
algo bastante parecido al infierno, Sheldon en ese gélido páramo de Colorado,
Vicente en el patio de este dúplex (que en realidad debería llamarse tríplex),
ya que son tres viviendas aglutinadas e idénticas las que conviven en esta
manzana olvidada por el progreso inmobiliario del barrio, que ha tomado otro
curso, dejándonos a los Arena, a Annie II, su hija Cecilia y su rehén; y a mí, habitando
esta apretada agrupación de casas análogas que hace unos años, pretendieron
anticiparse a un poblamiento del vecindario, que por misteriosas razones, decidió
anclar en otros bloques que pueden observarse desde mi balcón que da al noreste.
Annie II alquiló el dúplex lindante al sudeste con el mío, hace poco más de dos
años. Se instaló con el pobre Vicente y Cecilia; una réplica adolescente casi
exacta de su madre respecto a las características físicas: dieciséis años, tres
consolidados dígitos de peso, hablando en kilos, execrables, inmensos anteojos
(excepción a la norma), más de un metro ochenta de altura. Quizás no escuchemos
más a Annie II a través de los condenados muros de estas construcciones,
engendradas por granujas que ahorran en todo lo que pueden, recalcarle su edad
al voluminoso retoño cuando la conmina a bañarse: “tenés dieciséis años y te
tengo que mandar a bañar, ¿no te da vergüenza a esta edad?, todas tus amigas de
novias y vos en veremos, ¡rata!, rata y fracasada como tu padre saliste, qué lo
parió; ¿o te creés que porque me dejó por una pendeja es un ganador ahora?” Por lo general, después de estas arremetidas
verbales contra Cecilia, Annie II salía al patio en donde Vicente —atado con
una soga que por lo corta, apenas le permitía echarse al piso a dormir sin
ahorcarse— recibía una larga tunda de fustazos, prorrumpiendo en alaridos que
aún hoy, contemplando al monstruo exangüe en sus acaso últimos hálitos, me
siguen martirizando al recordarlos. Lo cierto es que cualquier desajuste
emocional la llevaba a castigar al animal a quien, por otra parte, no podíamos
considerar exonerado de sus pesares cuando cesaban los flagelos, ya que vivía
ligado por esa corta soga a un tapial, en una pequeñísima parcela que en verano
recibía de lleno el sol del mediodía y de la tarde, y sin ser demasiado
gráficos, en otros meses, las inclemencias de toda estación, pasando por alto
el abandono, la frugal alimentación y los días sin agua como castigo extra por
vaya a saber qué motivo. Solamente lo desataba esporádicamente, cuando recibía
visitas —tal vez con espíritu de adulterar la realidad ante sus invitados—, excepto
cuando recibía a su amante, quien parece ser que compartía la decisión de Annie
II de imponer ese trato a Vicente. No obstante, esas esporádicas liberaciones
hacían que el perro recobrara la esperanza en el buen obrar de su dueña,
circunstancia que provocaba, cuando ya no era necesario guardar las apariencias
y era llevado nuevamente a su reducto, que aullara durante horas en su inocente
pedido de liberación, hecho este que culminaba con una nueva paliza.
Afortunadamente,
la corpulenta hija de quien ahora yace en el césped de su patio, empapada por
la lluvia que no para de caer, pasa la mayor parte del tiempo en casa de sus
abuelos paternos, y dada la situación que me permite estirar esta extraña y
contemplativa venganza, la comunicación en los días en que la chica convive con
sus abuelos, es por lo menos en apariencia nula o muy escasa en relación con su
madre, particularidad que de truncarse arruinaría mi pasiva represalia.
En
cuanto a los Arena, ¿qué decir?, a fuer de ser honesta, debo referir que
ejercen los preceptos religiosos que predican de una forma metódica y rigurosa,
a punto tal que en lo tocante a la resolución del affaire Vicente no quisieron
participar, esgrimiendo el argumento de que Dios y Su justísima sabiduría
obrarían a su tiempo. Gastón, con quien ahora mantengo una hermosa amistad,
trataba de embarcar a Juan, el jefe del clan Arena (conformado por éste, su
mujer y sus tres hijos varones de once, nueve y cuatro años) en la gestión de
una denuncia conjunta por malos tratos hacia el perro, ya que entre los dos
habíamos especulado que si la acusación venía solo de nuestro lado, no contaría
con demasiadas posibilidades de prosperar. Descartamos filmar las sesiones de
tortura desde la ventana del dormitorio en que ahora me encuentro —que por
ubicarse en la planta alta, permite una perfecta visión del patio en donde se
cometían las fustigaciones— debido a que Annie II nos sorprendió la primera vez
que lo intentamos, amenazándonos con que su amante César, personaje cuyo sombrío
quehacer ignorábamos, nos la iba a cobrar cara si nos metíamos con ella: “no se
metan en lo que no les interesa porque mi novio conoce gente pesada, eh. Además, yo con mi perro hago lo que quiero.” Previamente
habíamos intentado hablar de manera civilizada con Annie (a esta altura del
relato ya podemos prescindir del ordinal), pero sus réplicas daban cuenta de
una psicología impenetrable por cualquier argumento a que pudiéramos recurrir
desde nuestra visión del malhadado conflicto. Por fortuna, Gastón no llegó a
comunicar a Juan Arena nuestro apresurado plan de rescate del perro, consistente
en ingresar de manera furtiva a la propiedad arrendada por su martirizadora; a
lo mejor en este caso mi vecino hubiera dejado de lado a la divina vara en la
resolución del asunto, e inspirado por sus propios dictámenes, nos hubiera
denunciado; o peor aun, encomendándose a la inmaculada admonición, recibiese
del Todopoderoso la señal de entregarnos a la justicia humana, y hoy nos
encontraríamos mi exnovio y yo acechados por Annie, su temible partenaire y
algún magistrado burócrata haciéndonos pasar un mal trance.
Decía
que el plan de restitución fue apresurado porque en nuestra contra jugaba el
punto de que Annie sabía que la situación de Vicente nos afligía, con lo cual,
la desaparición del perro nos delataría o por lo menos nos colocaría en el
lugar de principales sospechosos. Pero la delgadez de los muros obró como una
doble carta a favor. Hace hoy exactamente una semana, escuché la siguiente
conminación de parte de la enfermera a su hija: “comprá de una vez la soga que
te encargué para el perro, la que tiene está hecha mierda y en cualquier
momento se rompe. Esta tarde te viene a buscar tu abuelo y yo no voy a ir a la
ferretería porque no tengo tiempo, pendeja. El perro te lo regalaron a vos, y si
la soga se corta y se escapa ni sueñes con que te voy a comprar otro.” Unas horas antes de este ultimátum,
Cecilia, siguiendo consciente o instintivamente los funestos pasos de su madre,
había descubierto un nuevo método de tortura destinado a Vicente. Era el primer
día de la ola de calor que hoy culminó en esta tormenta que sigue empapando el
cuerpo exánime de Annie, aproximadamente la una de la tarde. La gigantesca púber, calculando el largo de la
soga que mantenía al perro en un mínimo espacio, y contando con que haría más
de un día que no bebía agua, llenó el recipiente vacío con agua y lo arrimó a
una distancia a la que no pudiese llegar. Como corolario del espectáculo atroz que
observé desde la ventana de mi cuarto, Celicia repetía la palabra Vicente,
Vicente, Vicente de manera burlona, intercalando una risa macabra ante el
intento desesperado de su víctima por llegar al agua, hecho que me dio una vez
más la pauta de que la impunidad y la truculencia humanas son moneda mucho más
usual de lo que incautamente podemos imaginar. Esa tarde no pude lograr que
decante un ápice mi enfado, pero a las pocas horas del penoso tormento, escuché
la conminación de la soga. Jugaba a nuestro favor la probabilidad de que
Cecilia no comprase la dichosa correa, ya que la advertencia en tono
exhortativo había sido bramada por su madre varias veces en otra oportunidad
(época en que el salvamento no estaba planeado) sin ser cumplida solícitamente por
su asignataria. Por su parte, el hecho de que el abuelo se llevase a la hija de
Annie, aportaba un gran porcentaje de previsibilidad de que César se pasase a oficiar
una de esas noches en que los intraducibles sollozos de mi vecina, atravesaban
la delgadez de la pared medianera. Esa habitual circunstancia fue la segunda
carta que colaboraría con nuestro plan. Me puse en contacto con Gastón, con
quien ya teníamos un bastante deliberado esbozo de rescate, del cual en su
tiempo habíamos desistido especulando con que Annie sospecharía de nosotros al
descubrir que el perro había desaparecido. Pero desde esta nueva perspectiva,
la desgastada soga se habría cortado por los tirones de Vicente, quien liberado
de ella, saltaría fácilmente el bajísimo tapial utilizando como apoyo previo
unos cajones de cerveza arrumbados contra él, zafando finalmente de su prolongada
penitencia. Asimismo, los gemidos de Annie, junto con la orgiástica avenencia
que completaba César, absortos los dos en vaya a saberse qué especie de lasciva
ceremonia, nos permitirían proceder con nuestra estratagema con mucho menor
riesgo de ser escuchados.
Previamente
a desistir por los motivos ya expuestos, habíamos hablado con Héctor, un
excompañero de secundaria de Gastón, veterinario, quien se comprometió a
auxiliarnos en lo concerniente a dormir a Vicente, ya que la operación hubiera
resultado inviable sin este paso, dado que el perro ladraba ante cualquier
ruido, y sobre todo en el silencio de la noche, momento en que sería consumado
el salvataje. Héctor invirtió gran parte de la herencia que recibió de un fallecido
familiar sin hijos, en la compra de un predio de unas veinte hectáreas en el
que instaló una reserva a la que va a parar todo tipo de animal con necesidad
de cuidado. Cuenta con un disparador de dardos sedantes, ya que alberga a
varios tigres y pumas provenientes de un zoológico municipal en estado
calamitoso que por fortuna cerró. También con el conocimiento acerca del uso y
la dosis apropiada para los diferentes portes de animales.
Ante
la nueva coyuntura que el azar nos ofrecía, nos pusimos en contacto con Héctor,
quien se comprometió a estar pendiente de nuestro potencial aviso. Si la suerte
colaboraba con nosotros, al oír yo el motor de la moto del disoluto amante de
mi vecina, transmitiría la novedad a mis cómplices para que se acercaran a
proceder con lo estipulado.
No
hubo que esperar demasiadas horas para que se nos ofrecieran las condiciones
convenientes para consumar nuestro cometido. Alrededor de las diez de la noche,
al escuchar el estrepitoso motor de la moto de César, contacté con mis aliados.
La moto de nuestro turbio galán, oficia como una suerte de prolongación de su
instintiva intención de ocultar las oscuridades de su espíritu (operación que
no logra otra cosa que ponerlas más a la luz); la maniobra comienza por la
sobredosis de cama solar, continúa con su vestimenta, excesivamente apretada y vulgar,
vulgaridad que consiste no solo en la espeluznante apariencia de su atuendo,
sino también en la combinación de horrores que exacerba la fealdad que
singularmente cada prenda posee, y acaba con el rodado en que ruidosa y
orondamente se pavonea. ¿Qué decir de la moto? Esos clásicos chatarros que
pretenden parecerse a una “Harley-Davidson”, pura chapa y poco motor, comprados
en 36 o 48 cómodas cuotas y a los que su dueño anexa todo tipo de barbarie
estética: alforjas enormes, manillares con larguísimas tiras de cuero, espejos
estrafalarios, aparatos reproductores de música que escuchan a un excesivo
volumen en su afán de embelesar a las destinatarias de sus festejos, etc.
Gastón me citó respecto de estas cuestiones, una noche en la que
despotricábamos contra César, hartos de las explosiones de ese escape que hacía
estallar como despedida final de Annie cuando partía, una frase de Moran, un
personaje de Molloy, una novela de
Samuel Beckett: “siempre me ha parecido
algo abominable la grosera observancia de fachada, que sólo esconde los harapos
del alma.”
Héctor
y Gastón tuvieron la precaución de dejar el auto a varias cuadras de la manzana
en la que convivíamos tan estrechamente los Arena, Annie con su hija y Vicente
y yo. Cuando llegaron, mi vecina estaba recibiendo los apasionados embates de
su amante, acompañados por los consecuentes alaridos, razón por la cual, ya que
el plan estaba suficientemente meditado, procedimos. Abrí muy silenciosamente
la ventana de mi cuarto, Gastón iluminó con una linterna al perro que dormía y
Héctor disparó un dardo que cuando se internó en el anca de su destinatario,
arrancó de su parte un gimoteo bastante ruidoso pero relativamente breve. Salimos
cautelosamente de mi dúplex y dimos la vuelta rodeando el de Annie, con motivo
de evitar que los Arena, cuya vivienda linda al noroeste con la mía, notasen
algún movimiento. Gastón saltó lo más silenciosamente que pudo el tapial
frontero con la desolación que ciñe las tres viviendas, retiró el dardo del
anca del perro tal cual le había indicado su amigo, cortó la soga en el lugar
más desgastado, lo alzó, y Héctor y yo lo recibimos. El resto de la empresa no
consistió en otra cosa que en mis aliados alejándose con Vicente totalmente
sedado. Cuando volví a mi refugio, Annie seguía bramando en su correspondencia
con el atlético esmero del cocoliche, lo que arrojaba la pauta de que los
amantes no habían notado ninguno de nuestros movimientos. A los pocos minutos
recibí un mensaje de Gastón a mi celular confirmándome que ya estaban en camino
al destino que previamente habíamos acordado para alojar a nuestro rescatado.
La
gala de mis contiguos fornicantes se extendió hasta la una y media de la
madrugada. No se escuchó demasiado diálogo ni movimiento ulterior. El garañón
voló pronto. Probablemente Annie y César se encuentren en una de esas fases en
donde algunas relaciones amorosas comienzan a ser minadas por la fuerza del
hábito, norma que deja de obrar en principio y en alguna medida en los momentos
netamente sexuales, para arrojar también sus sombras sobre ese aspecto en un
cercano o lejano futuro, dependiendo de las múltiples variables que suelen
actuar sobre los vínculos humanos. Antes de las dos de la calurosa madrugada,
oí el motor de la moto de César, con las consabidas aceleradas de despedida y
la partida, partida que me atizó bastante ya que temí que Annie, antes de
acostarse, verificase la presencia de su víctima en el patio. Pero no ocurrió
lo temido por mí. Pronto se hizo un agradable silencio, que sin embargo no
colaboró con que yo pudiese conciliar el sueño rápidamente.
Juan Arena y Annie
están hablando entre paredes de mármol con un gigantesco hombre de traje negro,
cara de sapo. El hombre se hace cada vez más grande, explota y la sangrienta
piel se adhiere a mi cuerpo, huele a puerto. Ya no están, pero me encuentro en
un fangal del cual no puedo levantar mis piernas para dar un paso. Ahora Buenos
Aires, bicicleta, calle empedrada, nadie a la vista. En una enorme terminal
espero un bus que sé que debe venir a buscarme. Llega, subo, César lo conduce.
No me habla. Suena un tango instrumental. Patagonia, estepa, cárcel. Paramos.
Entro y me introduzco sola en una celda idéntica a mi habitación. Una luz insoportable.
Un grito grotesco, agudísimo, me aturde: “Viceeenteeee, hijo de puutaaa,
Viceeenteeee.” Me despierto. Observo la escena desde los orificios de mi
persiana. Mi vecina golpea su cabeza contra el tapial que anoche saltó Gastón.
Ahora corre hacia adentro de la casa, la sigo escuchando gritar. Pienso en los
Arena. Ruego que no escuchen. Annie sale nuevamente al patio y repite los
topetazos de su cabeza contra la pared. Se da vuelta como para correr nuevamente
hacia el interior del dúplex. Frena en mitad del patio. Mira el sol del
mediodía, prorrumpe en un definitivo y ahogado grito y cae de espaldas, con las
piernas apuntando hacia mi punto de observación. Respira rápidamente. Pasan los
minutos y la respiración se hace más lenta. Mueve su antebrazo izquierdo.
Pasaron
seis días y el cuerpo sorprendentemente sigue moviéndose, cada vez de forma más
excepcional. Son las once y cuarto de la noche. Llueve cada vez más fuerte. El
viento sur arrecia, ahora más impetuoso. Gastón y Héctor están al tanto de lo
ocurrido con Annie. Creo en ellos cuando me juran que no van a contar a nadie
nuestro salvamento de Vicente y nuestra decisión de hacer silencio ante las
derivaciones. Ayer fueron a visitarlo a la quinta en donde vive desde hace unos
días. Una gran familia humana y perruna lo ha recibido muy bien. Dicen que no
para de correr y jugar con sus nuevos amigos. Los Arena no me preguntaron por
mi vecina en estos días. Tal vez mañana finalmente llame alguien y decidan
venir a ver qué pasó. Estaría de vacaciones, ya que evidentemente nadie en su
lugar de trabajo ha intentado comunicarse con ella. Tampoco su familia y César
lo hicieron. Cuando ocurra lo inexorable, si me interrogan, declararé que
debido al calor, mi ventana y la cortina estuvieron cerradas herméticamente todos
estos días, y encendido el aire acondicionado. Si la contingencia se posterga
un par de jornadas más, pensaré en un argumento convincente para los ventosos y
frescos días de otoño que se avecinan. Me voy a dormir escuchando The
Head on the Door, de The Cure.
♫
In between days ♫…
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