La vieja guitarra ya estaba perfectamente afinada, recostada sobre el sillón en que Manuel solía sentarse a mirar el valle en aquellas tardes largas que prolongaban el espectáculo de los haces de luz, arrebatándole tantos colores al valle.
Manuel había muerto súbitamente la tarde anterior, y él, había regresado de la cremación, había depositado un recipiente de cerámica azul con las cenizas de su compañero sobre la repisa de la chimenea, había afinado la guitarra y la había puesto a descansar.
No era necesario tocar la vidala que el Canta, como se lo apodaba en el pueblo a Manuel, solía pedirle que tocase. La vidala se atisbaba hoy más que nunca en el silencio, absoluto, implacable. Él jamás pensó que cuando llegase el día, la casa lo recibiría así, un sosiego tan triste: los huesos luchando por sostenerlo en pie, las vísceras doliendo finalmente una pérdida, acaso inesperada, la partida de esas uvas lavadas sobre un plato pintado a mano, también Manuel, también el Canta.
Las fieles lechuzas de su camarada escoltaban ahora sus cenizas, dos de un lado, dos al otro.
Él, miraba la guitarra afinada, recostada sobre el respaldo del sillón en que el Canta solía sentarse a releerle alguna triste balada de ese sur de blues, de Carson, que caminaron jóvenes, pagando con sudor y desencanto el precio de esos sueños de juventud que buscan paraísos perdidos en tierras ajenas, bailando danzas invisibles, cantando a dúo mudas y hermosas melodías.
Pero ahora se estaba allí, con la tarde, la guitarra, afinada, sobre el respaldo del sillón de Manuel, sus cenizas sobre la repisa de la chimenea, escoltadas por las cuatro lechuzas que él tantas veces quiso mandar a destierro y que ahora miraban con él el valle, miraban la tristeza, miraban una ausencia y la vidala, la vidala que sonaba su prórroga, tal vez interminable.
El Canta había comenzado a morir la tarde anterior una muerte prolongada, de sombras largas, de canciones aguardando, de lecturas ausentes, del recuerdo de esas uvas lavadas sobre un plato, de fuegos y tibios soles de mayo acariciando un vacío de antiguos coloquios.
Él, parado junto a la ventana, miraba ahora hacia arriba, el cielo diáfano que nimbaba el valle, y esperaba la aparición de esa primera estrella.