sábado, 14 de enero de 2017

Train to Busan, de Yeon Sang-ho


Experiencia visual intensa. Auténtica joya del género y del relato cinematográfico, la actual película de Yeon Sang-ho (su debut fuera del cine de animación) asusta, divierte y hace reflexionar sobre los aspectos morales más elementales de nuestra sociedad. 

La última entrega del realizador surcoreano Yeon Sang-ho -su primer realización rodada con actores, ya que proviene del cine de animación- retoma el tema de los zombies que había abordado en su predecesora Seoul Station. Verdadera maravilla del género en muchos sentidos, Train to Busan o Invasión Zombie, nombre bajo el cual se la proyecta en Argentina, no solo propone un viaje horroroso dentro de un tren infectado de zombies, sino también hace un homenaje al cine como artefacto narrativo, narra una historia de padre-hija integrantes de una familia disfuncional, y formula a la vez un despliegue de arquetipos humanos reaccionando de formas diversas ante una situación límite. Es difícil pensar en este film sin recordar Snowpiercer (2013), el otro viaje en tren propuesto por el también surcoreano Bong Joon-ho, que planteaba la extrapolación de una sociedad (distópica en ese caso) al ámbito reducido de un tren viajando en un círculo interminable, sociedad obviamente con mucho menos luces que sombras. Pero en esta ocasión la idea es más simple: un virus se ha propagado por el país y un zombie se cuela dentro de un tren que realiza el trayecto de Seoul a Busan, desencadenando todo topo de calamidades.

Tal vez de manera traída de los pelos se ha pretendido a veces abordar el género de zombies como una parábola social. Sin embargo, hay ejemplos que admiten de forma manifiesta dicha interpretación. Es claro que en 1968, cuando se estrenó La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, el relacionar la película con el clima de violencia y de muerte que se vivía en ese entonces a raíz de la Guerra de Vietnam, fue más que pertinente. Por su parte, en la remake de Dawn of the dead (2004) de Zack Snyder, los supuestamente “no infectados por el virus” se refugian en un centro comercial, emblema si los hay, no solo del consumismo, sino también de ese sentimiento de encontrarse en un ambiente en donde todo está controlado, escindidos de un afuera amenazador y en donde la garantía de bienestar estaría -en principio- garantizada. Y en la más reciente World War Z (2013), de Marc Forster, esa escena apocalíptica de la horda de zombies trepando ese enorme muro en Israel, habla por sí sola. En el caso de Train to Busan, es el mismo director quien admite la metáfora social, poniendo a jugar a personajes que se diferencian claramente entre los que apuestan por la salvación individual o por la colectiva, y no es casual que el padre que viaja con su hija sea un financista al que tal vez de manera demasiado obvia se le cargan todas las tintas de lo negativo que puede esperarse de un ser humano; esa obviedad y la redundancia innecesaria de algunos diálogos que huelgan, dados los rostros y las actitudes de los personajes que hablan de ellos por sí solos, son quizás los únicos puntos flacos que pueden encontrarse.

Puede asimismo hacerse un recorte más minucioso de los prototipos humanos mostrados en el viaje, ya que la historia aborda también -en una combinación de géneros que van desde la épica y el drama, pasando por el romance y hasta ciertos toques de comedia que descomprimen la sensación de asfixia- el tema de la vejez, el de una vida por venir con la consecuente esperanza que esto representaría, el del héroe desapegado de su suerte y dispuesto a jugarse por el prójimo, hasta la historia de amor de juventud de dos estudiantes de secundaria. Por eso se insiste en la idea de dispositivo puesto en función de divertir, hacer pensar y asustar, traccionado en base a elementos cinematográficos puros, enfocados casi netamente en lo visual. Quizás de manera implícita el director haya querido homenajear a Hitchcock en aquella comparación que hizo entre una película y un viaje en tren en una de sus conversaciones con Truffaut: "Para mí es evidente que las secuencias de una película nunca deben estancarse, sino avanzar siempre, exactamente como avanza un tren rueda tras rueda o, más exactamente todavía, como un tren «de cremallera» sube la vía de una montaña, engranaje tras engranaje." Y es así, engranaje tras engranaje, se nos invita a mirar por las ventanillas del tren, cómo dentro de ese contexto reducido se complementan una historia, una colección de semblanzas humanas y un guiño constante a la narración cinematográfica, apostando mucho más por lo visual que por los diálogos que por momentos (se insiste) uno siente que sobran, redundando sobre lo que los rostros y las acciones cuentan por sí mismos. Se cita un ejemplo: la escena de un ingente número de zombies encastrándose unos con otros, prendidos a la cola de la locomotora para frenarla, es una innegable y memorable proeza que incluso provoca algunos tímidos aplausos antes de que termine la película.     

Train to Busan lleva recaudados más de cien millones de dólares a escala mundial y se ha convertido en un tanque del negocio cinematográfico en su país, siendo vista allí por más de diez millones de personas (más del veinte por ciento de la población). 

Cabría preguntarse por último, a modo de apartado, a quiénes les caben las características del zombie en nuestra sociedad global. Queda claro que los dos rasgos más sobresalientes del zombie son el automatismo, el obrar sin razón e ir a por un objetivo primario, basal; y por el otro, el constituir una amenaza para los que pretenden vivir en un estado de “normalidad” no violentada por un factor desestabilizador. Si pensamos en una sociedad actual en la que los que no se han caído del bote (los normales) adoptan (o son llevados a adoptar) un automatismo que les impide advertir ese virus, ese submundo de exiliados incubándose; si pensamos en normales que miran pero no ven el riesgo de que esa realidad eclosione y se los lleve puestos en forma de delito, terrorismo, refugiados o las múltiples formas en las que puede expresarse un grupo humano barrido hacia la marginalidad, en ese caso, la idea del ser autómata, les cabría también a los no infectados (hablando de manera figurada) por el indeseable virus.