viernes, 13 de marzo de 2015

Otra puerta de acceso a la catedral proustiana


Ilustración de Pablo García


Con motivo del cumplimiento de los cien años de la primera publicación de Por el camino de Swann, en 2013 se publicó en este espacio un artículo titulado Marcel Proust: los primeros cien años de su catedral. Allí se mencionaba, entre otras ideas y aproximaciones a la extensa novela enciclopédica del escritor francés, que si bien el acceso a la "catedral" para algunos lectores significaba un fascinante viaje desde el encuentro con las primeras páginas, para otros suponía el riesgo incluso de conducir a un juicio errado respecto de las motivaciones que llevaron a Proust a consagrar los últimos años de su vida a la composición y constante corrección de En busca del tiempo perdido. "Como ha ocurrido con varias novelas, pongamos por caso La montaña mágica de Thomas Mann o Ulises de James Joyce, En busca del tiempo perdido se ha transformado en una suerte de ritual literario, que a pesar de haber transcurrido cien años de la publicación de su primer volumen, sigue sumando adeptos, esos “amigos de Proust, que forman en el mundo entero una inmensa sociedad espiritual…”, escribió André Maurois en el prólogo de La vida de Jean Santeuil. Hay quienes desisten al primer volumen, aludiendo argumentos parecidos al de Humblot (ver artículo completo). Hay quienes llegan al tomo III o IV y abandonan en ese umbral en que las revelaciones proustianas comienzan a cuajar y a ejercer su efecto de fascinación. Los hay quienes, tras haber abandonado, vuelven al tiempo y completan la lectura de la novela. Hay quienes perciben, llegando acaso a través de testimonios, ensayos o artículos, que la catedral los estaba esperando, y comprueban, a los pocos instantes de comenzar la lectura de Por el camino de Swann, que esos senderos de Combray son un espejo cuyo objetivo es reflejar los caminos propios." se escribía en esa oportunidad. Juan Forn, en su contratapa de hoy del diario Página 12, cuenta cómo, después de varios intentos, gracias a la lectura de El caso Lemoine, pudo al fin superar los prejuicios y adentrarse en ese orbe proustiano en donde el arte asume el rol de transportarnos al lugar en donde  "todo es más real que en la vida misma."